La forma correcta de sobrevivir a una novela de cautiverio y decadencia - Capítulo 12

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Era claramente el mismo idioma y, aun así, no lograba entender nada.

Pero quizá no era solo su mente la que no podía comprenderlo.

Un determinado aroma llegó hasta su nariz.

Era una sensación extraña que estimulaba su olfato y, al mismo tiempo, producía una sensación física.

—¿Eh?

Fue entonces cuando percibió un olor que recordaba a la madera quemada, aunque también llevaba consigo el aroma agridulce del chocolate negro.

No era frío, pero su cuerpo comenzó a temblar sin control.

Las puntas de sus dedos y de los pies hormiguearon, mientras una pesada sensación se asentaba en la parte baja de su abdomen.

Instintivamente intentó retroceder, pero una mano fuerte lo sujetó, bloqueando su huida.

Pyo Jaebeom empujó la puerta, que había quedado entreabierta, hasta abrirla por completo y avanzó un paso.

Eunsol retrocedió.

Jaebeom avanzó otro paso.

Aquella retirada aparentemente interminable terminó de golpe cuando su muslo chocó contra el escritorio.

Sobresaltado, Eunsol cerró los labios antes de que pudieran abrirse.

Por alguna razón, sintió que era lo correcto en ese momento.

Miró de reojo a Pyo Jaebeom, buscando una forma de escapar aunque tuviera que arrastrarse.

Pero incluso eso resultó imposible.

El enorme cuerpo del alfa cerró la distancia al instante.

—Eh, eh… s-señor, se-señor, director, presidente…

Su decisión de fingir ser tímido había sido completamente innecesaria.

Frente a Pyo Jaebeom, su nerviosismo natural aparecía sin ningún esfuerzo.

Pensará que esta es mi forma de ser habitual.

No tenía tiempo para preguntarse si aquello era bueno o malo.

La parte superior de su cuerpo estaba siendo presionada por aquella figura imponente, obligándolo a echarse hacia atrás.

A ese paso terminaría tumbado sobre el escritorio.

Además, la concentración de feromonas que los rodeaba parecía hacerse cada vez más intensa.

—¡No, no!

Eunsol gritó mientras reunía todas sus fuerzas para empujar el pecho de Pyo Jaebeom.

Por desgracia, él apenas se estremeció ligeramente.

No se movió ni un centímetro.

Incluso en medio del pánico, el rostro de Pyo Jaebeom se acercó aún más.

A Eunsol le pareció injusto que aquellos rasgos tan atractivos siguieran cautivando su mirada incluso en una situación así, así que cerró los ojos con fuerza.

—No hay ningún error. Estás desbordando feromonas.

—¿Eh?

Preguntó aturdido, como si desde hacía un rato solo supiera responder con un «¿eh?».

Pero Pyo Jaebeom no contestó.

Volvió a acercar la nariz al cuello de Eunsol.

Pensé que iba a besarme…

Solo entonces Eunsol comprendió su absurdo malentendido, y sus orejas se tiñeron de rojo.

La nariz alta de Jaebeom rozó la zona bajo su barbilla.

—Ha… hace cosquillas.

En realidad no estaba tocándolo, pero así se sentía.

Ahora incluso los dedos de sus pies hormigueaban.

Eunsol se removió inquieto, encogiendo y estirando los dedos una y otra vez.

—Estás liberando feromonas.

—Ah… sí… podía olerlas.

—Pero finges que no pasa nada.

¿Qué exactamente?

La pregunta ni siquiera llegó a tomar forma.

Sus hombros fueron sujetados y una fuerza poderosa lo empujó hacia atrás, inmovilizándolo contra el ancho escritorio.

—¡Ah!

La explosión del aroma del alfa le hizo sentir como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.

Al mismo tiempo, todo su cuerpo ardió como si le hubieran encendido fuego desde dentro.

La saliva se acumuló en su boca.

Su visión se volvió borrosa.

Los temblores ya no se debían únicamente al miedo.

La razón era demasiado evidente.

—Señor Pyo…

La voz de Eunsol tembló.

Sus dedos, también temblorosos, se aferraron desesperadamente al brazo de Jaebeom.

La mirada con la que el alfa respondió a aquel contacto era más oscura que nunca.

—Así que sabes actuar de manera seductora.

Como si respondieran a aquel tono de voz, las feromonas del omega que se expandían a su alrededor despertaron en Jaebeom un deseo abrumador.

No solo quería poseerlo.

También quería conquistarlo, hacerlo suyo.

Era el instinto de un alfa.

Y no tenía ninguna intención de resistirse.

—Dijiste que no eras un omega. ¿Dónde aprendiste a seducir usando tus feromonas?

Eso era realmente injusto.

—Mire, esto es así. Tengo que explicarlo…

Eunsol intentó explicar que, como omega novato, no sabía controlar sus feromonas.

También pensaba mencionar casualmente que había utilizado el portátil de Pyo Jaebeom.

Cuando se encontró cara a cara con él, lo primero que pensó fue:

¡Me descubrió!

Las excusas atropelladas que había dado junto a la puerta habían surgido precisamente porque sabía que debía de haber cámaras de vigilancia en algún lugar.

—¡Ah!

Eunsol se quedó inmóvil.

Las palabras se le atascaron en la garganta cuando una cálida y suave lengua rozó la piel de su cuello.

—Eunsol, escucha con atención.

Mientras intentaba recuperar el aliento, la voz de Pyo Jaebeom rozó su oído.

Curiosamente, no solo le hacía cosquillas.

Un escalofrío recorrió su espalda desde la nuca, haciendo que su cuerpo se encogiera.

Los labios de Jaebeom rozaron el lóbulo de su oreja.

Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se había acercado tanto.

—A partir de ahora vas a jugar conmigo de la manera más intensa posible. ¿Estás de acuerdo?

La pregunta fue directa.

—¿Q-qué acaba de decir?

—¿No me escuchaste? ¿Quieres que lo repita?

Levantó la mirada temblorosa.

Los ojos que lo observaban parecían salvajes e implacables, como si fueran a devorarlo por completo.

Eunsol no podía ignorar lo que significaban.

—Ah…

Aquel suspiro apenas podía considerarse una respuesta.

—Parece que lo entendiste perfectamente.

Sabía que Pyo Jaebeom estaba interpretándolo a su conveniencia.

Pero no tenía fuerzas para discutir.

Como un depredador mostrando los colmillos, Jaebeom sonrió.

Al mismo tiempo, una explosión de feromonas alfa, dulces y ahumadas como chocolate quemado, llenó el ambiente.

—Haa…

El cuerpo del omega, golpeado de lleno por las feromonas del alfa, tembló violentamente.

Sus ojos brillaban humedecidos.

La mirada comenzaba a desenfocarse.

La extraña sensación que recorría su cuerpo le resultaba completamente desconocida.

—Lee Eunsol. Sí, debes hacerlo.

Un susurro grave se deslizó hasta su oído.

Era una orden imposible de rechazar.

—Sí…

—Lo haré.

Insatisfecho con aquella respuesta tan corta, Jaebeom añadió:

—Yo… yo lo haré.

Con los sentidos ya medio nublados, Eunsol repitió las palabras.

—Bien. Me has dado permiso.

La bata, que ya estaba medio abierta, cayó inmediatamente al suelo.

—Ah…

Una sensación cálida se extendió por su pecho, haciendo que los ojos de Eunsol se abrieran.

Un cosquilleo, semejante a una descarga eléctrica, recorrió su espalda.

Era una sensación extraña, a la vez dolorosa y placentera.

Sin pensarlo, Eunsol levantó la mano y sujetó la cabeza del alfa, inclinada sobre él.

En respuesta a ese contacto, Pyo Jaebeom deslizó lentamente la lengua sobre su piel.

—N-no haga eso… ah…

Como si quisiera impedir cualquier negativa, el aire volvió a llenarse de feromonas intensas.

La mano de Eunsol se tensó.

Su voz sonó como una mezcla de protesta y gemido.

Sin inmutarse ante la fuerza que amenazaba con arrancarle el cabello, Jaebeom continuó.

Antes de darse cuenta, sus labios habían ascendido, mordiendo la piel que llevaba rato estimulando sus sentidos.

—¡Duele!

Sobresaltado, Eunsol golpeó instintivamente aquel hombro ancho y firme.

Pero su puñetazo fue tan ligero como una pluma.

Apenas tuvo efecto.

Mientras mordisqueaba aquí y allá, las manos de Jaebeom seguían moviéndose.

La sensación suave y elástica bajo sus dedos lo hacía volver una y otra vez.

—Eunsol.

Al escuchar aquella voz tan agradable llamando su nombre, levantó la vista por reflejo.

Pyo Jaebeom curvó los labios.

—Parece que eres un talento natural.

¿Qué significaba eso?

Sus pensamientos estaban completamente dispersos.

No logró entenderlo.

Eunsol ni siquiera era consciente de la cantidad de feromonas que estaba liberando.

Solo se estremeció ligeramente cuando una caricia descendió por la parte baja de su espalda.

—¡Ah!

La sensación desconocida provocó que un jadeo escapara de sus labios.

Sin saber cómo reaccionar, su siguiente acción no fue rechazarlo.

Como si estuviera pidiendo más, sus piernas se separaron ligeramente.

—Ha… Lee Eunsol.

Los ojos del alfa brillaron al comprender inmediatamente aquella reacción.

—Ah… ahh…

Se sentía como si estuviera en un barco atrapado en medio de una tormenta.

Su cintura se movía violentamente.

Sus piernas colgaban sin fuerzas.

Y cada vez una intensa sensación recorría su espalda, nublando su mente.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Deténgase… ah!

Aferrarse al cuerpo del otro fue un acto puramente instintivo.

Sin ello, sentía que podría desplomarse por completo.

Pero lo que más aterraba a Eunsol era aquella sensación extrema que jamás había experimentado.

Era tan intensa que no podía distinguir si lo que sentía era miedo o placer.

—Con un cuerpo así…

Una voz ronca, como si las palabras fueran masticadas antes de salir, llegó hasta sus oídos.

Al mismo tiempo, su cuerpo volvió a sacudirse violentamente.

—¿Cómo puedes decir que no eres un omega?

Claramente era la voz de una persona.

Pero, mezclada con aquella diversión apenas perceptible, sonaba como el gruñido de una bestia.

Quizá era culpa de las feromonas que llenaban el aire.

—Ah… ha…

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