La Esposa del Joven General es el Señor Suertudo - Capítulo 129

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  4. Capítulo 129 - Todo es familiar
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Apenas Yu Jinli entró al museo, sus ojos se fijaron en las vitrinas. Cuanto más miraba, más curiosidad sentía.

“Las reliquias culturales expuestas en esta sección fueron excavadas en un lugar de la antigua Tierra llamado China. Se dice que, miles de años atrás, cuando la humanidad aún no se había mudado de su planeta madre al universo, China fue un gran país, y la Federación está compuesta en su mayoría por descendientes de ese lugar.” Explicó el conferencista del museo al introducir el origen de las piezas.

“Por aquí, por favor. Este objeto rectangular era una herramienta de comunicación que usaban los terrícolas, algo parecido al terminal personal que todos usamos ahora.” Continuó el guía.

La mirada de Yu Jinli siguió el dedo del guía hasta el punto señalado, y entonces algo no podría resultarle más familiar entró en su campo de visión.

Aunque el logotipo de la parte posterior había desaparecido, la pantalla estaba rota y el botón de inicio apenas se distinguía, Yu Jinli estaba cien por ciento seguro de que se trataba de un teléfono celular vivo, muy popular entre los chinos.

A su lado yacía el cargador; junto a este, un vaso de agua, una mochila gastada, un cuaderno amarillento y otras cosas de lo más comunes en su vida anterior. En otra sección, incluso había computadoras de escritorio, televisores y portátiles.

En efecto, este museo exhibía una buena cantidad de reliquias, la mayoría de las cuales le resultaban ordinarias a Yu Jinli, pero eran extremadamente valiosas para la gente de este mundo. Por eso se había sorprendido tanto al entrar.

En su concepción, lo que podía llamarse “reliquia” eran objetos antiguos y remotos, como jarrones famosos o escrituras antiguas —así se entendía en su vida anterior—. Ver de pronto que cosas modernas se llamaran “antigüedades” lo dejó atónito al principio.

Pero, pensándolo bien, era comprensible. Para la gente moderna, las “antigüedades” podían ser utensilios cotidianos o caligrafías y pinturas de épocas pasadas; ahora, miles de años después del “Periodo de la Tierra”, lo que fue común entonces naturalmente se volvía una antigüedad.

Precisamente porque eran cosas comunes, a Yu Jinli le resultaban cálidas.

Había pensado que en esta vida no volvería a ver nada de la Tierra, y sin embargo, para su sorpresa, las veía aquí de este modo.

Yu Jinli había vivido como bestia espiritual durante miles de años y presenciado muchas dinastías; en teoría, ni siquiera las “antigüedades” modernas deberían impresionarle.

Pero, antes de tomar forma humana, no era más que una pequeña carpa koi que pasaba casi todo el tiempo en el agua, y solo de vez en cuando el maestro de secta o algún hermano lo llevaba al mundo humano de paseo. En aquellos tiempos remotos no era fácil conocer a fondo el mundo. La mayor parte del conocimiento que poseía ahora lo obtuvo después de su transformación, a través de libros y computadoras.

Por eso, para Yu Jinli, la dinastía más familiar era la China moderna, y los objetos más familiares, naturalmente, eran los de esa época.

Así, estas cosas tan ordinarias le provocaban la nostalgia más intensa.

Para la gente de este mundo, esos artículos tenían miles de años de historia; para Yu Jinli, eran cosas que le habían sido arrancadas de la vida hacía apenas unos meses.

Antes de venir a este mundo, todavía usaba ese tipo de teléfono.

“¿Una herramienta de comunicación? Es muy grande. ¿No sería pesada para llevar? ¿Cómo se usa?” Preguntó una niña que viajaba con sus padres, mirando el teléfono.

Quizá, a ojos de la gente de este mundo, un “smartphone” como herramienta de comunicación era muy simple e inconveniente: aquí todo se hace con el terminal personal —comunicación, pagos, almacenamiento de información e incluso libros de texto electrónicos—; todo se descarga al terminal.

Además, el terminal personal es diminuto y se lleva en la muñeca. Un teléfono que hay que cargar en un bolso o en un bolsillo podría parecer realmente poco práctico; aun así, a Yu Jinli le gustaban más los teléfonos.

Sujetar uno para jugar, ver videos, hacer videollamadas con su maestro… esas eran, antes de su transformación, cosas que más anhelaba.

“En aquella época no existían tecnologías avanzadas como los terminales personales, pero tenían esto. En cuanto a cómo se usa, tampoco estamos seguros: cuando estas piezas se encontraron ya estaban demasiado dañadas para volver a funcionar.” Explicó el guía con paciencia a la niña.

“Esto de aquí, junto a la herramienta de comunicación, es su cargador. Se dice que el aparato solo funcionaba cuando se conectaba al cargador, pero no hay descripciones precisas al respecto.” El conferencista fue presentando las reliquias una a una.

Aunque Yu Jinli sabía más sobre esas llamadas “reliquias” que el propio guía, escuchaba con atención, sin apartarse del grupo, y seguía de cerca el recorrido.

“Qué dura debió de ser la vida en el planeta madre. No había aerocoches para surcar el cielo ni herramientas de comunicación convenientes. Hasta los utensilios cotidianos no parecen fáciles de usar. Aun así, esas incomodidades me hacen tenerle más cariño y querer volver a ver con mis propios ojos cómo vivía la gente de la Tierra.” No pudo evitar comentar el Tigre Blanco.

Estaban lejos de la Tierra, tanto en el tiempo como en el espacio. Sabían poco sobre ella: en el proceso de migración se perdieron muchas cosas, lo que creó una enorme brecha cultural. Solo podían vislumbrar la vida terrestre a través de estos objetos triviales, e imaginar en sus mentes su estilo y entorno.

Pese a la brecha cultural y la enorme distancia, los humanos nacen con un vínculo hacia su planeta madre. La Tierra es el origen, el mundo natal por el que comparten un amor imposible de cortar. Ese afecto está en los huesos y en la sangre, y no se borra.

Niños bulliciosos y adolescentes rebeldes guardaban silencio en aquel museo, donde solo resonaba la voz del conferencista y se clavaba en los oídos de todos.

A medida que el guía avanzaba hacia las salas más profundas, Yu Jinli veía más y más cosas que le habían sido sumamente familiares, y de sus ojos se desprendía una fuerte nostalgia.

Jiang Mosheng no apartaba la vista de Yu Jinli; al notar aquella añoranza, se volvió más taciturno. La curiosidad, que había mantenido contenida, por saber más de él empezó a agitarse de nuevo.

¿Qué echaba de menos su pequeño? ¿Qué le recordaban esos objetos? ¿O a quién?

Jiang Mosheng no tenía pruebas, pero su instinto le decía que Yu Jinli conocía bien aquellas cosas de la antigua Tierra, e incluso sabía usarlas mejor que el guía.

En ese instante, Yu Jinli le pareció inasible, como si, de continuar así, su pequeño se alejara cada vez más, igual que las piezas del museo, hasta desaparecer por completo.

Al pensarlo, por primera vez, algo que podía llamarse “miedo” se apoderó de Jiang Mosheng. De pronto tomó a Yu Jinli del brazo y, al encontrarse con su mirada inquisitiva, no supo qué decir.

“Me siento un poco mal. ¿Salimos un momento?” Apretó la pequeña mano de Yu Jinli y habló con una fragilidad de la que ni él mismo fue consciente.

Yu Jinli quería quedarse en el museo, pero al verlo realmente incómodo, le importó más Jiang Mosheng que las reliquias terrestres.

“Está bien. Salgamos primero.” Dijo, y lo sostuvo para salir juntos.

Bestia Divina, que venía detrás, se apresuró a seguirlos al verlos dirigirse a la salida.

Cuando oyeron que el jefe se sentía mal, los siete se quedaron mudos del impacto, con los ojos llenos de incredulidad.

¿Ese hombre que parecía vulnerable era su jefe? ¿Aquel que se atrevió a entrar solo en el nido de los Zerg, a luchar contra la Mente Colmena, y cuyo semblante no cambió ni siquiera cuando supo que estaba muriendo?

No bromeen. ¡Aunque el mundo entero mostrara fragilidad, su jefe no lo haría!

“¿Qué le pasa al jefe? ¿Lo maldijeron? ¿Cómo que se siente mal y con esa actitud tan débil?” El Tigre Blanco seguía sin creérselo.

“Tal vez alguien lo sustituyó.” Secundó el Qilín.

El Pájaro Escarlata no pudo evitar poner los ojos en blanco ante aquellos dos tontos y dijo con calma: “Es obvio que el jefe está fingiendo, ¿no?”

“¿Fingiendo?” Ahora el Tigre Blanco y el Qilín estaban aún más perdidos.

El Pájaro Escarlata los miró con decepción y analizó: “A ver, el cuñado está interesadísimo en las piezas del museo y no le ha prestado nada de atención al jefe. El jefe se sintió ignorado y se inventó esta maña para atraer de nuevo la atención del cuñado.”

“¿De veras? ¿El jefe haría algo así?” Ambos seguían sin creerlo.

¿Cómo iba a ser tan calculador su héroe? Seguro que el Pájaro Escarlata estaba delirando.

“Cuando uno está enamorado, el coeficiente intelectual baja, y su comportamiento deja de poder medirse con el sentido común. El análisis del Pájaro Escarlata no es imposible.” Aprobó el Dragón Azul, pues, de lo contrario, ¿quién daría una explicación más razonable a la conducta del jefe?

En ese momento, los de Bestia Divina sintieron que algo se quebraba —ya fuera la imagen de su jefe o su visión del mundo—.

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