La Esposa del Joven General es el Señor Suertudo - Capítulo 102

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  4. Capítulo 102 - Lentitud para actuar
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Los estudiantes de la Clase F por fin se estaban tomando las cosas en serio, pero la realidad resultó frustrante.

Durante las clases, trataban de no distraerse, de no hablar ni molestar a sus compañeros. Intentaban aprender de los estudiantes de otras clases y escuchaban atentamente las lecciones. Sin embargo, como nunca habían prestado atención antes, todo lo que el profesor decía les sonaba a un idioma desconocido. Peor aún, los maestros seguían dando clase a su propio ritmo, sin preocuparse si entendían o no, e ignoraban por completo las preguntas, lo que los dejaba indignados e impotentes.

El hecho de que los profesores no respondieran sus dudas hacía el estudio todavía más difícil.

—¡Maldita sea! —Liu Xingye no pudo contenerse y golpeó el escritorio.

El “¡bang!” resonó con fuerza en el silencioso salón, tanto que hasta asustó al profesor, quien dio un gran paso hacia atrás como si estuviera listo para huir del aula.

Esa reacción solo encendió más la indignación de los estudiantes, que ahora lo miraban con ojos enrojecidos, como cachorros heridos que fulminaban al causante de su dolor.

—Profesor, ¿podría ir un poco más despacio? No logramos seguirle el ritmo —la suave voz de Yu Jinli resonó en el salón como un arroyo fresco que calmó el enojo de todos. Con su bonito rostro y piel clara y bien cuidada, Yu Jinli tenía un aire tierno que fácilmente despertaba simpatía.

Sin embargo, la ternura del maestro hacia él duró apenas un segundo. Cuando volvió a mirar al resto de la clase, recuperó su expresión impasible y dijo:
—Si voy más despacio, no podré avanzar con el programa.

Tras eso, dejó de prestarle atención a Yu Jinli y continuó su lección, sin importarle si los estudiantes escuchaban o no. Estaba acostumbrado: su trabajo era dar clase, no preocuparse por los alumnos.

Ante semejante actitud, Yu Jinli frunció el ceño, algo poco habitual en él. No sabía qué hacer. Nunca se había enfrentado a una situación así, pero comprendía que debía actuar rápido; de lo contrario, el entusiasmo recién despertado de sus compañeros podría apagarse fácilmente.

Los alumnos de la Clase F no eran amantes del estudio precisamente. Ahora que por fin querían esforzarse, sería una verdadera tragedia que los maestros les quitaran las ganas.

Estaban divididos entre la rabia y la desilusión.

Si los profesores ya los habían dado por perdidos, ¿cómo se suponía que iban a intentarlo? ¿Cómo?

Aun así, pese al enojo y la frustración, no causaron alboroto. Permanecieron sentados hasta que sonó la campana y el profesor se marchó.

Probablemente era la primera vez que, en esa clase, el primero en salir no era un alumno, sino el maestro.

—¡Maldita sea! —gruñó Liu Xingye con los puños apretados, los ojos rojos de ira, pero también de dolor y autocrítica.

En realidad, no toda la culpa recaía sobre los profesores. Si los estudiantes no hubieran sido tan rebeldes y desobedientes desde el principio, si no hubieran faltado constantemente a clases, si no se hubieran pasado las lecciones jugando y riendo, si hubieran mostrado un mínimo de respeto, tal vez los maestros no habrían terminado completamente decepcionados, al punto de volverse indiferentes.

En pocas palabras, estaban pagando las consecuencias de sus propios actos.

Después de todo, eran jóvenes, apenas adultos. Podían aparentar madurez o fingir que no les importaba nada, pero en el fondo estaban perdidos.

Yu Jinli nunca había enfrentado algo así. No sabía cómo manejarlo. Por eso, el primer nombre que vino a su mente fue el de Jiang Mosheng.

Su poderoso “as bajo la manga” era tan confiable que podría resolver el problema con facilidad.

El ánimo de Yu Jinli se elevó al pensar en él. Envió un mensaje explicándole la situación, y pronto recibió una respuesta. Bastaron unas pocas palabras para que se sintiera tranquilo.

Si Ah Sheng le decía que lo dejara en sus manos, entonces no había nada de qué preocuparse.

Yu Jinli siempre había tenido una confianza absoluta en Jiang Mosheng.

—Ánimo, todo tendrá solución —dijo con una gran sonrisa.

Los demás, al verlo tan seguro, se contagiaron de su optimismo.

Debían fortalecerse. ¿Cómo podían rendirse por un obstáculo tan pequeño?

¿Acaso no se creían los mejores antes? Superarían esto también.

Sin embargo, los profesores que vinieron después fueron exactamente igual que el primero: se plantaban frente a la clase, dictaban su lección sin preocuparse si alguien los seguía, y se marchaban apenas terminaban su tiempo.

La primera vez, los estudiantes se sintieron tristes e indignados. La segunda y la tercera se calmaron gradualmente y comenzaron a reflexionar, a buscar soluciones.

La última clase de la mañana era artes marciales mixtas. Al ver el horario, todos se emocionaron como si les hubieran inyectado adrenalina. Se cambiaron rápidamente a sus trajes de entrenamiento y fueron al gimnasio, olvidando por completo lo mal que lo habían pasado la última vez.

Solo pensar que su ídolo volvería a darles clase los llenaba de entusiasmo.

Cuando sonó la campana, Jiang Mosheng entró en el salón de entrenamiento. Sus botas brillantes, las piernas largas envueltas en el pantalón deportivo, la cintura firme y marcada, el uniforme limpio, el rostro apuesto y los ojos oscuros y afilados formaban un aura imponente a su alrededor.

Mientras avanzaba, los estudiantes, que momentos antes reían y jugaban, se quedaron en silencio y se alinearon de inmediato.

Esta vez, Jiang Mosheng no trajo consigo a los miembros de la Bestia Divina, lo cual solo aumentó la tensión y la emoción del grupo.

Su ídolo, el dios de la guerra, iba a instruirlos personalmente: un privilegio que pocos podían presumir.

—Veinte vueltas en media hora —ordenó Jiang Mosheng con voz firme.

Los alumnos se miraron entre sí, perplejos.

¿Veinte vueltas? ¿Qué veinte vueltas?

¿Y qué quería decir con “media hora”?

Sabían que el Mayor General Jiang era un hombre de pocas palabras, y ya era una suerte que hablara tanto. Pero… ¿no podía haber sido un poco más claro?

Algunos incluso empezaron a extrañar a los miembros de la Bestia Divina. A pesar de lo duros que eran, al menos daban instrucciones más precisas.

—Nos pidió que corriéramos veinte vueltas en media hora —dijo Yu Jinli, tomando la iniciativa de explicarles a sus compañeros. Tal vez los demás no entendieran al general, pero él sí.

Su voz fue tan clara en el silencio que todos lo oyeron. Pero en lugar de agradecerle, sus rostros se llenaron de horror.

¡Le había hablado al Mayor General sin permiso!

Frente a ellos estaba Jiang Mosheng, el famoso dios de la guerra, conocido por su estricta disciplina. Ni el más mínimo movimiento escapaba a su mirada. ¿Y ahora Yu Jinli se atrevía a hablar sin autorización?

Está acabado, pensaron sus compañeros con angustia.

Yu Jinli, sin embargo, no tenía idea de lo que pasaba por sus mentes.

Las cejas de Jiang Mosheng se fruncieron lentamente. Su mirada, aguda como una cuchilla, recorrió a los estudiantes frente a él.

Nadie se atrevió a levantar la vista; parecía que solo con mirarlo podían resultar heridos.

El ambiente se volvió tenso. Todos sentían que el general estaba molesto.

Algunos se preocuparon por Yu Jinli, otros lo culparon en silencio por hablar fuera de turno. Si terminaban castigados con más entrenamiento, sería por su culpa.

Liu Xingye, con la cabeza baja, podía sentir la mirada cortante de Jiang Mosheng. Dudó si debía reunir valor para explicarle que su amigo solo había querido ayudar. Incluso si no servía, estaba dispuesto a recibir el castigo junto a él.

Entonces, la voz profunda y magnética de Jiang Mosheng resonó de nuevo. Esta vez, fría como el hielo:
—Les quedan veinticinco minutos.

Miró su reloj inteligente con visible descontento.

Castañita ya les explicó, y aun así no se mueven. Demasiado lentos.
Necesitan más entrenamiento, concluyó para sí.

Los estudiantes, ajenos a sus pensamientos, creyeron que el enfado del instructor se debía a las palabras de Yu Jinli. Con los ojos muy abiertos, soltaron un grito y salieron corriendo.

Correr veinte vueltas en media hora ya era difícil, ¡y encima habían perdido cinco minutos sin hacer nada!

Sin la competencia de los miembros de la Bestia Divina, los alumnos no corrían tan rápido como la vez anterior. Esta vez, incluso menos personas lograron completar las veinte vueltas, y ninguno lo hizo dentro del tiempo.

Ahora, nadie se atrevía a mirar a su instructor. El miedo era palpable.

Y aun así, todos sintieron cómo la temperatura del lugar bajaba varios grados.

—¡Mala movilidad! ¡Poca resistencia! —fueron las únicas dos frases de Jiang Mosheng.

Los jóvenes, normalmente indomables, bajaron la cabeza al instante. Si sus padres los hubieran visto, sin duda se habrían sorprendido: esos chicos que no temían a nada ahora se comportaban dócilmente. Era cierto que cada persona tenía su némesis.

—Entrenamiento con equipo —ordenó Jiang Mosheng, y luego se hizo a un lado para ajustar los aparatos de acuerdo con el nivel de cada estudiante.

Esta vez no hizo falta que Yu Jinli explicara nada.

Todos lo siguieron obedientemente.

En realidad, aquel equipo no les era desconocido: la mayoría tenía aparatos similares en casa. Pero como siempre habían pensado que, siendo forjadores de tarjetas, nunca tendrían que ir al campo de batalla como los mutantes, se habían convencido de que no necesitaban entrenar tanto, siempre y cuando se mantuvieran saludables.

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