¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 61
Aunque Eddie no había pasado mucho tiempo en Sandern, quizá porque habían ocurrido demasiadas cosas en tan poco tiempo, durmió casi todo el día durante dos días seguidos.
Por supuesto, la posada funcionaba perfectamente sin él, así que su ausencia de unos cuantos días como posadero no causó ningún problema. De hecho, para cuando abrió los ojos, la mayor parte del trabajo ya estaba terminada.
La montaña de recipientes de kimchi frente a él era la prueba.
—Huaa…
Eddie dejó escapar un suspiro de felicidad sin darse cuenta y, enseguida, se limpió debajo de la barbilla, preguntándose si se le habría caído la baba. Por suerte, el dorso de su mano estaba completamente seco.
Jamás imaginó que volvería a ver kimchi en el Imperio Reneva. Si hubiera despertado en una granja o en una mina en lugar de una posada con una tienda de conveniencia, ni siquiera habría soñado con algo así.
Su posada era realmente increíble.
El único pequeño inconveniente era que Sebastian, quien había preparado todo aquel kimchi prácticamente él solo, no fue a presumirle orgulloso el excelente resultado ni intentó hacerle notar cuánto se había esforzado.
Eso era porque Gerold lo tenía atrapado todos los días estudiando, y hoy no era la excepción.
En cuanto terminó de preparar el kimchi, Sebastian, convertido en un auténtico difusor ambulante de olor a ajo, declaró una huelga, pero Gerold lo arrastró sin contemplaciones, como si esa idea ni siquiera mereciera ser considerada.
—¡Déjame trabajar mejor!
Incluso gritó aquello entre lágrimas, pero Gerold no le hizo el menor caso.
Al contrario, con una expresión fría dijo:
—Sebastian, ¿no te estás concentrando?
Eso era lo que significaba ser afilado como una navaja.
Eddie, incapaz de rescatar a Sebastian de aquel abismo, aunque Gerold fuera alguien a quien este profesaba una lealtad absoluta, solo pudo despedirlo agitando la mano para animarlo.
Menos mal que conseguí el parche del idioma.
Lo pensó para sus adentros.
—Mmm.
Eddie contempló con satisfacción el kimchi y se quedó pensando. Por desgracia no tenía un refrigerador especial para kimchi, pero como en este mundo existía la Hechicería, no tenía que preocuparse por conservarlo. Lo que debía pensar ahora era cómo aprovecharlo.
Un plan de negocios tras otro comenzó a surgir en su mente.
Aun después de enfrentarse a la complicada verdad tras regresar de Sandern, Eddie seguía deseando vivir aquí una vida larga y tranquila, así que se tomó muy en serio aquellos planes a largo plazo.
Si alguien descubriera que no era más que una pieza con un papel predeterminado sobre el tablero, tal vez renunciaría a todo al enfrentarse a una verdad tan abrumadora.
Pero Eddie no era esa clase de persona.
Claro que, aunque ahora deseara vivir una vida larga y cómoda, nadie podía garantizar que realmente fuera a conseguirlo.
Aun así…
Quizá incluso después del final, la historia de este mundo seguiría adelante, aunque el texto hubiera terminado.
Y quizá Eddie también.
Pensaba dar lo mejor de sí durante el tiempo que le fuera concedido.
En cualquier caso, ahora que tengo kimchi, puedo añadir muchísimos platos nuevos al menú.
—Mmm…
Precisamente ese era el problema: había tantas posibilidades que no dejaban de ocurrírsele ideas.
Como era una posada, primero pensó en platos que sirvieran tanto como comida completa como aperitivo.
Estofado de kimchi.
Panqueques de kimchi.
Arroz frito con kimchi coronado con un huevo frito.
Solo de pensarlos ya se le hacía agua la boca; eran platos cuya deliciosa fama estaba garantizada para cualquier coreano. El propio Eddie quería prepararlos y comérselos cuanto antes.
El inconveniente era que el sabor y el olor del kimchi resultarían completamente desconocidos para la gente del Imperio Reneva.
Incluso Sebastian, pese a haberlo preparado él mismo, lo había mirado con una expresión que parecía suplicarle que se detuviera, preguntándole si de verdad pensaba cocinar algo con aquello.
Pero Eddie estaba convencido de que podía demostrar que las preocupaciones de Sebastian eran infundadas.
Entonces, ¿cuál sería la mejor forma de que la gente se familiarizara con el kimchi?
Después de pensarlo un poco, llegó rápidamente a una conclusión.
Los panqueques de kimchi.
Sin duda eran la mejor opción.
Entre todos los platos con kimchi, en este el kimchi era solo un ingrediente secundario, y además era una comida que solía gustarles a los extranjeros.
Con las dudas resueltas, Eddie bajó emocionado a la tienda de conveniencia del sótano.
Sin pensarlo dos veces, reunió todos los ingredientes necesarios para preparar panqueques de kimchi. Era un plato que hacía con frecuencia para sí mismo, así que los ingredientes acudieron a su memoria sin esfuerzo.
Harina para panqueques, azúcar, aceite para cocinar…
Mientras iba metiendo cosas en la cesta casi por reflejo, sus ojos se toparon con la leche de soya sabor chocolate favorita de Ketron.
Ahora que lo pienso… ya casi es la hora.
La hora a la que Ketron entrenaba todos los días.
Ketron comía enormes cantidades de una sola vez, como si fuera un glotón, pero no probaba nada desconocido a menos que Eddie se lo diera. Podría decirse que era un quisquilloso muy selectivo.
Gracias a eso, Eddie había adquirido la costumbre de pensar siempre en qué podría gustarle a Ketron y darle distintas cosas para probar. Ahora incluso disfrutaba haciéndolo, así que, cuando encontraba algo interesante en la tienda, lo tomaba de inmediato para llevárselo.
Además, la leche de soya sabor chocolate era un éxito asegurado.
Ketron siempre se la bebía obedientemente, como un pajarito esperando que lo alimentaran.
—¿Un pajarito?
Claro que, si Sebastian escuchara ese pensamiento, seguramente frunciría el ceño y le preguntaría qué demonios estaba diciendo.
Por desgracia para él, Sebastian no podía leerle la mente.
A esta hora debe de estar entrenando.
Con pasos ligeros, Eddie tomó también la leche de soya y salió de la tienda.
Desde hacía algún tiempo, Ketron calentaba todas las mañanas en el patio trasero de la posada.
Su rutina diaria era sencilla.
Por la mañana entrenaba, luego se duchaba y, después del almuerzo, ayudaba a Eddie con el trabajo de la posada.
Tras repetir aquello una y otra vez, también se había convertido en rutina que, mientras Ketron entrenaba, Eddie bajara a la tienda de conveniencia para pensar en nuevos platos y luego regresara con algo que creyera que a Ketron le gustaría.
Como era de esperar, al encontrarlo hoy calentando en el patio, Eddie sonrió sin darse cuenta.
Al verlo blandir la Espada Sagrada con una sola mano como si no pesara absolutamente nada, recordó de pronto una decisión que había tomado hacía tiempo.
Ahora que lo pienso… yo también había decidido empezar a hacer un poco de ejercicio.
Se rascó la mejilla.
Había tomado esa decisión cuando sintió que su vida corría peligro, pero en cuanto volvió a sentirse seguro y cómodo, se olvidó por completo del asunto.
—¡Ket!
Eddie lo llamó mientras se acercaba.
Después de llevar ya un buen rato entrenando, la atractiva parte superior del cuerpo de Ketron brillaba cubierta de sudor.
No era la primera ni la segunda vez que Eddie veía a Ketron con el torso desnudo.
Lo había visto cuando curó sus heridas por primera vez, durante todos los días que entrenaba e incluso la última vez que ambos se habían bañado.
No debería resultarle extraño en absoluto.
—…
Al percibir su presencia, Ketron levantó la cabeza y lo miró.
En el instante en que sus ojos se encontraron, Eddie sintió una extraña vergüenza al seguir contemplando aquel torso cubierto de sudor.
Los músculos bien definidos que sobresalían bajo la piel.
Las gotas de sudor deslizándose lentamente sobre ellos.
Si solo fuera cuestión de mirarlo, quizá no sería para tanto.
Pero él había apoyado sus propias manos sobre ese pecho.
Y también lo había tocado accidentalmente varias veces cuando se bañaron juntos…
Tac.
Sin darse cuenta, por pura costumbre, Eddie clavó el popote en el envase de la leche de soya sabor chocolate.
La sensación lo hizo sobresaltarse.
—Ah.
Sentía las mejillas ardiendo.
Sacudió la cabeza apresuradamente.
¿Pero en qué estoy pensando?
Se acercó a Ketron y, con total naturalidad, le ofreció la leche de soya con el popote ya colocado.
Ketron, igual de naturalmente, inclinó la cabeza y sujetó el extremo del popote entre los labios.
No era la primera ni la segunda vez que ocurría aquello, así que para él ya era algo habitual.
Sin embargo, ver aquellos labios perfectamente delineados rodeando el fino popote y sentir el aroma de su piel al haberse acercado tanto hizo que Eddie se volviera extrañamente consciente de todo, incapaz incluso de decidir hacia dónde mirar.
Los ojos ligeramente bajos.
Su actitud extraordinariamente dócil.
Y ese rostro que hoy también parecía resplandecer…
Todo eso lo veía todos los días.
Entonces…
¿Por qué de pronto era tan consciente de ello?
Qué raro… Lo veo todos los días. ¿Por qué de repente me pasa esto?
No entendía por qué aquel cuerpo, tan familiar para él, de pronto lo alteraba tanto.
Lo veo todos los días… ¿Por qué ahora?
En todo ese tiempo lo único diferente había sido que habían visto un poco del torneo.
Nada había cambiado.
Y, sin embargo, por alguna razón, Eddie frunció el ceño al darse cuenta de que quien había cambiado era él mismo, o al menos la forma en que percibía aquella imagen.
Tras vacilar unos instantes, decidió preguntar con un tono deliberadamente despreocupado cuando volvió a cruzar miradas con Ketron.
—Ket… ¿qué te parece si entreno contigo?
Había sido un comentario bastante impulsivo.
Pero también completamente sincero.
Lo había comprendido durante el ataque al carruaje.
Era mejor hacer ejercicio.
Cuando todavía era Lee Jeong-hoon, incluso después del trabajo, por muy cansado que estuviera, entrenaba para cuidar su salud.
Sin embargo, después de morir joven a pesar de haberse esforzado tanto por vivir más tiempo, terminó renunciando al ejercicio.
Pero ahora también quería vivir aquí durante mucho tiempo.
Y, si era posible, con buena salud.
El cuerpo de Eddie no era especialmente débil, pero si seguía evitando el ejercicio, hasta los ligeros abdominales que aún conservaba desaparecerían.
Ya fuera por salud o para poder protegerse, si de todas formas iba a entrenar, era mejor empezar desde ahora.
Sin embargo, Ketron, de quien esperaba un asentimiento inmediato, mostró una expresión bastante difícil de interpretar.
—…¿Tú, Eddie?
Parecía convencido de haber oído mal.
Aquella reacción hirió un poco el orgullo de Eddie.
—¿Qué pasa conmigo? ¡Yo también puedo hacer ejercicio! Claro… aquí solo he estado entrenando los pulmones respirando.
—Antes también hacía bastante ejercicio, ¿sabes?
En mi vida anterior.