¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 145
Era un secreto a voces que el objetivo de la purga contra la facción nobiliaria era Pakirius.
Por supuesto, aunque las sospechas eran fuertes, no existían pruebas concretas. Ebon había actuado a la perfección.
Aquello a lo que intentaban aferrarse desesperadamente era el propio Pakirius. Argumentaban que la mera existencia de Pakirius había quebrantado la confianza entre la familia imperial y los nobles.
Naturalmente, ninguno de los presentes ignoraba que aquello no era más que un pretexto. Partiendo de esa premisa, los nobles parecían decididos a negar la existencia de Pakirius para atacarlo desde todos los frentes.
Arremetieron contra él cuestionando si alguien que ni siquiera había recibido una educación adecuada y cuya madre biológica tenía orígenes inciertos —un eufemismo para señalar su baja cuna— realmente merecía ocupar el primer lugar en la línea de sucesión al trono. También criticaron su relación ilícita con el Héroe, alegando que un miembro de la realeza, quien debía servir de ejemplo para todos, no solo había mantenido una relación con alguien de su mismo sexo, sino que además había abierto una posada y prácticamente vivido con él sin siquiera estar casados.
Aquello no solo constituía una afrenta contra los orígenes de Pakirius, sino que también revelaba sutilmente la incomodidad que les provocaba su derecho al trono y su intención de encontrar defectos en su vida privada.
Al observarlos, el Emperador dejó escapar una risa vacía.
Qué descaro.
Por supuesto, el Emperador sabía que una sorpresa impactante como «¡Tarán! ¡Tenemos un miembro oculto de la realeza!» no les resultaría divertida.
Era inevitable que les incomodara la repentina aparición de un «hermano del Emperador» que alteraba el prometedor futuro en el cual el puesto vacante de Emperatriz habría sido ocupado por una dama perteneciente a alguna de sus familias.
Naturalmente, aquello excedía los límites de lo que podían decir sobre el miembro de la realeza al que servían y constituía una actitud excesivamente insolente.
El Emperador estaba a punto de estallar debido a la ira que hervía en su interior, pero consiguió contenerla al ver que Pakirius, quien recibía abiertamente todos aquellos ataques, parecía sorprendentemente tranquilo.
No lo sabían.
No sabían que aquello que intentaban arrebatarle con tanta desesperación no le resultaba particularmente atractivo.
Por ejemplo, el derecho de sucesión al trono.
No tenían idea de que su condición de príncipe no era más que una carga para Pakirius.
A diferencia de ellos, cuya visión estaba nublada por la ambición de poder, Pakirius era alguien que ansiaba desprenderse de su autoridad.
¿Cómo respondería?
Después de que los nobles lanzaran de una sola vez una avalancha de ataques contra Pakirius, este permaneció en silencio durante largo tiempo.
Normalmente, alguien podría acobardarse al ser atacado de aquella manera, pero su peculiar hermano menor permaneció sentado con una expresión vacía, como si hubiera desviado todos los ataques. Tras una pausa considerable, abrió la boca.
—Entonces, todos los aquí presentes…
Pakirius se detuvo, como si buscara las palabras adecuadas. Sin embargo, al no encontrar una alternativa apropiada, habló con franqueza.
—Al parecer, mi existencia les resulta inconveniente.
Cuando Pakirius señaló directamente aquel aspecto, los nobles guardaron silencio.
—Ejem.
Incapaz de contenerse, el Emperador estuvo a punto de soltar una carcajada ante aquella manera tan sincera y frontal de abordar el asunto.
Por instinto, miró a su compañero de tantos años. Cuando sus ojos se encontraron con los de Simon, quien también había vuelto la mirada hacia él, no pudo evitar que las comisuras de sus labios se elevaran.
Las normas sociales de la nobleza solían consistir en dar varias vueltas alrededor de un asunto en lugar de abordarlo directamente, por lo que las palabras de Pakirius parecían haberlos tomado desprevenidos. Desconcertados por aquel ataque sorpresa, abrían y cerraban la boca de una manera bastante cómica.
Al ver que no negaban precisamente su afirmación, Pakirius dejó escapar una risita semejante a un suspiro.
—No se preocupen. No tengo intención de vivir en el Palacio Imperial ni me interesa particularmente el poder.
Sin embargo, al oír esas palabras, el Emperador, que hasta entonces había estado sonriendo, se puso serio de repente.
—¡Paki!
Su reacción hizo parecer que Pakirius estaba renunciando a sus derechos debido a la presión que ejercían sobre él.
No obstante, Pakirius le dedicó una sonrisa tranquilizadora, como si quisiera decirle que todo estaba bien. Al comprender el significado que encerraba —Confía en mí, no pasa nada—, el Emperador no intervino más.
Pakirius volvió la mirada hacia los nobles y prosiguió:
—Además, si mi hermano tiene un heredero, mi derecho al trono perderá todo sentido de cualquier manera. Entonces, ¿por qué se preocupan todos ustedes por adelantado?
La razón por la que Pakirius ocupaba actualmente el primer lugar en la línea de sucesión era que no existían otros descendientes imperiales directos.
Debido a la sangrienta purga ocurrida dentro de la familia imperial durante la generación anterior y como si la dinastía estuviera maldita desde la fundación de la nación, el linaje imperial sufría una grave escasez de herederos. En la generación actual, aparte del Emperador y Pakirius, ni siquiera existían parientes colaterales comunes.
El matrimonio tardío del Emperador y su falta de descendencia también habían influido de manera considerable.
Sin embargo, aquello cambiaría si el Emperador, que todavía estaba soltero, contraía matrimonio y tenía hijos.
En cuanto naciera el primero, Pakirius descendería al segundo lugar en la línea de sucesión; después, al tercero, y así sucesivamente.
Aun así, aunque en verdad no le interesara la sucesión, de repente pensó que no sería conveniente dar la impresión de que estaba cediendo ante los nobles. Pakirius los miró directamente y declaró:
—Por supuesto, no ambiciono nada, pero tampoco tengo intención de renunciar a lo que me pertenece. Si ninguna de las partes interfiere con la otra, podremos vivir en mayor armonía.
En otras palabras: si no me provocan, no tendré que someterlos utilizando la autoridad de la familia imperial.
Aquello no era una advertencia indirecta.
Si no causan problemas innecesarios, permaneceré tranquilo, así que dejemos las cosas en paz. Ese puesto no me interesa demasiado.
Paradójicamente, la sonrisa que Pakirius mostró al decir aquello, como si expresara que el enemigo de su enemigo era su amigo, pareció ponerlos aún más en guardia.
Fuera consciente de ello o no, Pakirius contempló la sala, que ahora había quedado en silencio, y se rascó la mejilla.
—Y, bueno, respecto a Ket, a quien ustedes llaman el Héroe…
Alguien murmuró: «¿Ket?», pero Pakirius lo ignoró.
Solo el Emperador, quien conocía la peculiar insistencia de su hermano menor en utilizar aquel apodo adorable y encantador para referirse al Héroe, dejó escapar una risa vacía. En ese momento, Pakirius soltó una revelación explosiva.
—Así es. Tenemos una relación.
Probablemente era la primera vez que un miembro de la realeza de alto linaje, con un rango superior al de gran duque, anunciaba públicamente que tenía un amante masculino. Sin embargo, Pakirius no parecía preocupado por el peso de aquella declaración oficial. Sonrió con incomodidad ante los nobles que murmuraban y se rascó la nuca.
—Comprendo que la excesiva cercanía entre un miembro de la realeza y el Héroe, el gran salvador de la humanidad, pueda percibirse como una amenaza.
Después inclinó la cabeza con auténtica perplejidad y añadió:
—Pero, si realmente quisiera hacerlo, ¿acaso necesitaría al Héroe para causarles problemas?
La sala de conferencias, que se había llenado de ruido debido a los murmullos simultáneos de innumerables personas, quedó en completo silencio.
No había un solo noble entre ellos que no comprendiera las palabras del joven príncipe.
Después de todo, incluso sin el Héroe, todos sus amigos murieron a manos de los míos, así que ¿para qué necesitaría su ayuda?
¿Acaso no era eso lo que había querido decir?
Después de aquello, ningún noble se atrevió a desafiar nuevamente al príncipe Pakirius.
—Entonces, pasemos a discutir el asunto de los criminales.
El funcionario que presidía la reunión percibió el ambiente y pasó rápidamente al siguiente punto del orden del día.
Al darse cuenta de que, considerando la atmósfera, no tenía nada más que añadir, Pakirius se recostó en la silla, sintiendo la espalda entumecida.
—Es bastante…
El Emperador, que lo observaba con atención, se dirigió al marqués Rivalt.
—Carece de tacto, pero posee una extraña habilidad para dar justo en el clavo.
¿Acaso eso no era también un talento político? ¿No? El Emperador miró al marqués Rivalt en busca de aprobación, y este asintió.
—Fue una ofensiva y una defensa torpes, pero extrañamente perfectas.
Su hermano menor carecía de tacto y, además, era una persona que no necesitaba preocuparse por tenerlo. Por eso, aquella era una de esas situaciones excepcionales en las que ignorar las sutilezas y afrontar el problema de frente producía resultados sorprendentemente buenos.
En cualquier caso, los nobles se calmaron. Ante aquella contundente declaración final, ninguno fue lo bastante valiente para volver a mencionar al príncipe Pakirius, por lo que el ambiente se desplazó de manera natural hacia el nuevo punto del orden del día.
Se trataba de una discusión acerca del destino de los criminales Arthur y Boram.
—Manejaste el asunto con mucha más audacia de la que esperaba.
El Emperador compartió sus impresiones mientras caminaba junto a Eddie inmediatamente después de que concluyera la reunión. Eddie, que estaba distraído, comprendió tardíamente el significado de sus palabras y dejó escapar una risa vacía.
—No pretendía ser tan agresivo.
Lo decía sinceramente. Eddie simplemente había sido honesto en todo momento. Después de todo, tratar de hablar con indirectas frente a nobles experimentados solo complicaría las cosas y, como no sentía que tuviera nada que ocultar, desde el principio había pretendido hablar con franqueza.
También influía en gran medida que no sintiera ningún apego persistente hacia el poder ni hacia ninguna otra cosa. Eddie seguía siendo un plebeyo que se sentía incómodo con su condición de príncipe.
Sin embargo, el Emperador parecía bastante satisfecho con la manera en que había manejado la situación.
—Lo habrías hecho bien incluso si te hubieras convertido en Emperador.
—…Por favor, hermano, no levantes ninguna bandera extraña.
Qué cosa tan espantosa acababa de decir.
Cuando era pequeño, mientras sus amigos manifestaban grandes ambiciones y decían que soñaban con convertirse en presidentes, él había sido un humilde retoño que escribió «dueño de una librería» como profesión deseada.
—Ahora iré a descansar.
Eddie se adelantó al Emperador antes de que pudiera decir algo todavía más extraño. Este lo observó durante un momento y luego asintió sin objeciones.
—Sí, parecías desanimado durante toda la reunión de hoy. Ve a descansar.
Al oír esas palabras, Eddie se estremeció.