¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 124

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Para cuando concluyó el relato sobre las fuerzas aliadas del Imperio y los Reinos que se enfrentarían al ejército del Rey Demonio, se había hecho bastante tarde.

—Esperaba que ese niño formara una familia con alguien más común y bondadoso.

Mientras el exterior se oscurecía y la conversación se acercaba a su fin, el Emperador pronunció aquellas palabras como un lamento. Ketron, quien había permanecido encorvado como un muñeco sin vida durante todo el relato, lo fulminó con la mirada al escucharlo.

—¿Y?

—Significa que, al menos, tú no eras esa persona.

No era como si a esas alturas pretendiera discutir si estaba cualificado o no, pero, cuando Ketron entrecerró los ojos, el Emperador continuó:

—Cuando escuché a grandes rasgos qué clase de relación mantenías con ese niño, quise impedírselo desesperadamente. Tus métodos son demasiado crueles. Careces de humanidad y no sabes lo que es el afecto.

Ketron no se inmutó ante aquella valoración negativa pronunciada frente a él. Estaba de acuerdo con todo: sus métodos eran crueles, carecía de humanidad y no sabía lo que era el afecto.

—No eres en absoluto adecuado para ese niño. Pero…

El Emperador dejó escapar un leve suspiro. En ese momento, su rostro parecía menos el del soberano del Imperio y más el de un joven común que tenía un hermano menor.

—Harías cualquier cosa por él. La razón por la que tú, que ahora debes sentirte más desilusionado con este mundo que nadie, has decidido volver a luchar también es ese niño.

El Emperador comprendía la situación con mayor objetividad que nadie. Sabía por qué Ketron había decidido salvar el mundo que una vez abandonó.

—Como Emperador y como hermano de ese niño, te lo pido.

—Esto es lo único que puedo hacer —añadió con una voz cargada de agotamiento.

Había nacido en el seno de la familia imperial, pero hasta entonces había recorrido un camino de espinas en lugar de uno glorioso. Ahora era como el capitán de un barco que se hundía, tratando simplemente de resistir.

Ketron no sentía lástima por él. Su sensibilidad no era tan abundante como para experimentar semejantes emociones. Sin embargo, el hombre que tenía delante no era otro que el hermano de Eddie.

—Ganaré la guerra, sin duda alguna.

Por eso Ketron se entrometió de una manera impropia de él. Lo hizo porque aquel hombre era el hermano de Eddie.

—Cuando tu hermano abra los ojos, será la persona más feliz del mundo. Mucho más feliz de lo que tú jamás podrías hacerlo.

Así que no necesitas preocuparte.

Tras pronunciar aquellas palabras, Ketron se levantó de su asiento.

La decisión estaba tomada. También habían elegido al personal. Cuanto antes partieran, mejor, por lo que realmente no quedaba mucho tiempo hasta su marcha.

Como si se tratara de la calma que precedía a la tormenta, ambos bandos habían terminado sus preparativos para la guerra. Tanto los humanos como los demonios.

Ketron estaba a punto de regresar al lado de Eddie cuando recordó algo y le hizo una pregunta al marqués Rivalt.

—¿Dónde está Arthur?

Arthur había vuelto a ser confinado en la prisión subterránea.

Como era natural, las medidas de seguridad habían sido reforzadas hasta un extremo casi absurdo en comparación con las anteriores. Numerosos magos de la corte habían unido fuerzas para desplegar barreras todavía más poderosas y el número de guardias se había quintuplicado.

Eran medidas excesivas para una sola persona, pero el fracaso anterior había sido demasiado doloroso.

¿Quién habría imaginado que un prisionero recluido lograría escapar, encontraría a un miembro oculto de la familia imperial y lo atacaría repentinamente? Debido a aquel incidente, el capitán de la guardia del Palacio Imperial había tenido que renunciar a su cargo.

Por supuesto, aquello no bastaría para resolver el asunto.

El marqués Rodrigo también había sido una figura importante. Solo por haberlo asesinado, Arthur ya se enfrentaba a una condena severa.

Sin embargo, el intento de asesinato de un miembro de la familia imperial era un asunto completamente distinto. Sobre todo porque el objetivo era el único heredero al trono en esos momentos.

No era algo que pudiera pasarse por alto con la simple excusa de que desconocía su identidad.

Ketron entró en la prisión y se encontró frente a Arthur.

A diferencia de la ocasión anterior, cuando permanecía recluido pero podía moverse con libertad, ahora Arthur tenía las cuatro extremidades encadenadas y era incapaz de hacer cualquier cosa por sí mismo.

Le daban de comer dos veces al día y solo durante esos momentos podía hacer sus necesidades.

—……Ja.

Como de costumbre, Arthur tenía la intención de proclamar su inocencia creyendo que quien se acercaba era un guardia, pero, al ver el rostro del visitante, dejó escapar una exhalación de incredulidad.

Los dos se contemplaron durante un largo rato sin decir nada.

Sin embargo, la situación era demasiado evidente. Uno se encontraba dentro de la celda y el otro fuera de ella.

Arthur, acusado ahora de intentar asesinar a un miembro de la familia imperial, ya no era un simple prisionero. Habían llegado al punto de debatir si debían ejecutarlo de inmediato o condenarlo a muerte.

Si todos no hubieran estado tan ocupados con la resurrección del Rey Demonio, ya habrían decidido su destino y ejecutado la sentencia.

En cierto modo, que lo olvidaran debido a la urgencia de la situación le había permitido aferrarse a la vida.

Arthur apretó los dientes. Sentía una humillación y una vergüenza insoportables. ¡Tener que encontrarse de aquella manera con un antiguo compañero al que había traicionado!

¿Acaso la situación no era completamente opuesta a la del momento en que lo traicionó? Parecía como si alguien hubiera preparado deliberadamente aquella escena.

Lo único que le quedaba a Arthur eran su rencor y su orgullo. Incluso estos habían sido pisoteados hasta quedar en un estado precario. Ahora Ketron había aparecido como si pretendiera aplastarlos todavía más.

—Si viniste a burlarte de mí, ¿por qué no dices algo?

Arthur habló con irritación. Sin embargo, Ketron no mostró la dramática reacción que esperaba.

—En realidad, no.

Ketron no había ido para burlarse de Arthur. Como ya se encontraba en el Palacio Imperial, solo había acudido para zanjar algo que tarde o temprano tendría que afrontar.

Hubo un tiempo en el que había odiado y aborrecido intensamente a la persona que tenía delante. Una época en la que habría dedicado el resto de su vida a buscar venganza.

Si no hubiera logrado superar aquel momento, ni siquiera el propio Ketron sabía qué habría podido hacer.

En el lugar que había ocupado aquella intensa emoción que estuvo a punto de consumirlo, ahora había creado un nuevo espacio para una sola persona. Allí no quedaba sitio para preocuparse por Arthur.

—No me quedan sentimientos que desperdiciar en ti.

Aunque una vez lo había odiado y todavía no era como si le agradara particularmente.

Arthur ya no era alguien capaz de despertar las emociones de Ketron.

Los ambiguos sentimientos que una vez había albergado por él, en algún punto de la frontera entre el compañerismo y la amistad, se habían evaporado hacía mucho tiempo.

Al comprender por la expresión de Ketron que no había ido a buscar venganza, el rostro de Arthur se deformó de desesperación.

Tal como Ketron había dicho, ahora podía sentir de manera tangible que ya no era alguien digno de despertar semejantes emociones.

—Hijo de puta.

Incapaz de contenerse, escupió aquella maldición. Por supuesto, a Arthur ni siquiera se le ocurrió que no estaba en posición de criticar la actitud de Ketron.

—¡No entiendo cómo alguien como tú puede ser el Héroe!

—¿Ah, sí? ¿Y tú sí lo eres?

Arthur enmudeció, como si aquel comentario lo hubiera dejado sin palabras. Al verlo en su estado actual, nadie podría afirmar que fuera digno de serlo.

—Si ibas a robármelo, al menos debiste utilizarlo bien, en lugar de permitir que todos se aprovecharan de ti con tanta facilidad.

Al final, Tarajiel se había limitado a utilizarlo y Arthur había terminado de aquella manera.

—Me arrebataste demasiadas cosas.

La más importante de ellas no había sido la gloria de ser el Héroe, ni la riqueza material ni el honor.

Había sido la seguridad de una sola persona.

Por supuesto, Arthur parecía creer que Ketron se refería a la gloria que le había robado.

Ketron sonrió débilmente mientras observaba cómo Arthur tragaba saliva con nerviosismo, como si nunca antes hubiera pronunciado una maldición, y abrió la puerta de la celda con magia.

La puerta estaba sellada con varias capas de magia poderosa, pero quien tenía delante no era otro que el verdadero Héroe, un hombre que había alcanzado la cúspide de la magia.

Con un chirrido escalofriante, la puerta se abrió.

—¿Q-qué?

Presintiendo algo siniestro, Arthur intentó retroceder todavía más dentro de la estrecha celda, como si quisiera apartarse de Ketron mientras este entraba.

Por supuesto, ya se encontraba firmemente encadenado a la pared, así que los dedos de sus pies solo consiguieron apartar lastimosamente la paja húmeda del suelo sin que nada cambiara.

El rostro de Ketron permanecía tan impasible como siempre. Era un hombre conocido por su incapacidad para expresar emociones y su falta de empatía.

Precisamente por eso sus métodos eran tan despiadados. Incluso Augustine, quien había compartido una profunda amistad con él, había criticado con frecuencia su forma de ser. ¿Qué podía esperar entonces Arthur?

Ketron sacó una botella del interior de su ropa. Cuando retiró el tapón del recipiente, que contenía una sustancia de color aceituna, un aroma fragante se extendió por la húmeda y maloliente prisión.

Se acercó en silencio y vertió el líquido sobre el rostro estupefacto de Arthur.

—¡Ah! ¡Maldito loco! ¿Qué estás haciendo?

Arthur gritó cuando aquel líquido desconocido cayó repentinamente sobre su cabeza.

Sin embargo, enseguida comprendió por su peculiar olor que no se trataba de agua, sino de aceite, y su rostro perdió todo el color.

Había comprendido lo que Ketron pretendía hacer.

—No… Estás loco. Eres un maldito loco.

Arthur sabía muy bien que Ketron era capaz de someter a terribles torturas a cualquiera que considerara su enemigo si lo creía necesario. En el pasado había pensado que era una suerte que Ketron no fuera su enemigo, pero ahora no cabía duda de que Arthur lo era.

Se encontraban dentro del Palacio Imperial. Aunque su culpabilidad fuera evidente, nadie se atrevería a cometer semejante locura contra un prisionero que ni siquiera había sido juzgado.

Sin embargo, su oponente no era otro que el Héroe. El hombre que sostenía entre sus manos el destino de la humanidad era alguien a quien ni siquiera el Emperador podía tratar a la ligera.

Aunque Arthur fuera sometido a terribles torturas y muriera allí mismo, nadie culparía a Ketron.

Pero Ketron decidió mostrarle misericordia. Arthur no moriría ese día.

—No te preocupes.

Ketron tranquilizó con voz impasible a Arthur, quien temblaba y gritaba histéricamente.

—Si parece que vas a morir, seguiré curándote.

Seguiré. Una y otra vez.

Por supuesto, aquello no tenía nada de tranquilizador.

Las llamas creadas mediante la magia de Ketron se avivaron. La lúgubre prisión quedó iluminada al instante y, bajo aquella luz artificial, el rostro aterrorizado de Arthur se distinguió con total claridad.

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