En el Fin del Mundo, Obtengo Habilidades de Todos los Mundos al Iniciar Sesión - Capítulo 511

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  4. Capítulo 511 - Mil años de la Noche Eterna, Mu Qiu atraviesa el tiempo y el espacio
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¡Whoosh!

El silbido del látigo cortó el aire, haciendo que los humanos alrededor, incapaces de soportar la escena, giraran el rostro y cerraran los ojos.

Ya podían imaginar la escena sangrienta del joven siendo desgarrado por el látigo.

Sin embargo, contra todo pronóstico, ocurrió lo inesperado.

El sonido del azote y el grito de dolor que todos anticipaban no llegaron. En su lugar, de la boca del hombre bestia con cabeza de cerdo surgió un rugido grave y furioso.

Alguien levantó la cabeza con asombro, pero en el acto se quedó sin palabras.

Frente a ellos, el hombre vestido con túnica negra había extendido la mano justo en el instante en que cayó el látigo, sujetándolo con firmeza.

Pero lo que realmente dejó a todos atónitos no fue que hubiera detenido el golpe, sino que se hubiera atrevido a resistirse.

—¡Mocoso, estás buscando la muerte!

Era la primera vez que el hombre bestia cabeza de cerdo quedaba en ridículo frente a un humano. En el acto montó en cólera, desenvainó una espada de hierro de su cintura y la descargó hacia la cabeza de Mu Qiu.

—Un simple humano plebeyo…

Con los ojos llenos de ferocidad, el hombre bestia de armadura de cuero murmuró entre dientes, sin conceder la menor importancia a aquellos humanos, a quienes consideraba poco más que hormigas.

Pero al segundo siguiente, el hombre frente a él extendió dos dedos y detuvo la espada de hierro con una pinza perfecta.

La expresión del hombre bestia cambió de inmediato.

Descubrió que, por más fuerza que hiciera, era incapaz de mover aquellos dos dedos que parecían tan delgados.

Mu Qiu entrecerró los ojos. Un brillo oscuro cruzó su mirada.

La energía comenzó a agitarse en su brazo derecho, y una descarga de poder relampagueante estalló.

La corriente recorrió la hoja de la espada hasta alcanzar el cuerpo del hombre bestia, que comenzó a convulsionarse violentamente, con los ojos en blanco.

Al instante siguiente, el robusto hombre bestia cabeza de cerdo, junto con la armadura que llevaba puesta, se convirtió en cenizas ante los ojos de todos.

Los humanos de alrededor quedaron tan impactados por aquella escena que no pudieron pronunciar palabra. Sus rostros estaban llenos de horror, y la fila detrás de ellos se detuvo por completo.

Mu Qiu retiró los dedos y miró las cenizas de bestia esparcidas en el suelo.

Por alguna razón, había percibido en aquel hombre bestia un leve rastro del linaje de la Raza de la Noche Eterna.

Pero esa sangre era extremadamente débil.

Si Mu Qiu no fuera el creador de la familia real de la Noche Eterna, probablemente ni siquiera lo habría notado.

¿Había sido una ilusión?

—¡¿Quién va ahí?!

En ese momento, otros supervisores bestiales a lo lejos también notaron la anomalía y corrieron hacia el frente de la fila con armas en mano.

Cuando vieron a la multitud arrodillada y a la única figura de túnica negra que permanecía de pie, atacaron a Mu Qiu sin siquiera preguntar.

Un hombre lagarto lanzó una horca de acero hacia él.

Mu Qiu lo atrapó directamente por la cabeza.

Con una ligera presión, el cráneo del hombre lagarto explotó como una sandía.

Mu Qiu levantó la mano, mostrando una sonrisa escalofriante.

—Aunque todavía no entiendo qué está pasando, ya que quieren jugar… entonces los acompañaré a estirar un poco los músculos…

Levantó lentamente la mano.

El poder del rayo que había devorado del Dios del Trueno estalló al instante.

Arcos eléctricos dorados comenzaron a enroscarse alrededor de su brazo, liberando una presión aterradora que hacía difícil respirar.

—¡Ese poder… él es… un Despertado… un Despertado humano!

Uno de los hombres bestia señaló a Mu Qiu, cuya mano estaba envuelta en electricidad, y gritó horrorizado.

Los demás también palidecieron. Tras intercambiar miradas, rugieron al unísono:

—¡Todos juntos, elimínenlo!

Decenas de hombres bestia de formas diversas alzaron sus armas y cargaron contra Mu Qiu, como si pretendieran aplastarlo mediante superioridad numérica.

La comisura de los labios de Mu Qiu se curvó en una leve sonrisa.

Transformó la palma en una garra.

La electricidad crepitó en la punta de sus dedos.

De un movimiento brusco, trazó un arco eléctrico frente a sí.

Un rayo salió disparado.

A plena luz del día, un relámpago resplandeciente cruzó la colina.

Todo hombre bestia que tocaba era atravesado por la furiosa electricidad, y sus cuerpos se reducían instantáneamente a cenizas.

Bajo la mirada aterrorizada de todos, Mu Qiu permaneció inmóvil.

Con una sola mano, disparó innumerables corrientes eléctricas que se extendieron por el aire como una telaraña.

Los hombres bestia que intentaban abalanzarse sobre él quedaban carbonizados al ser alcanzados.

Algunos incluso se desintegraban en polvo en el aire.

En apenas unos instantes, a los pies de Mu Qiu ya yacían decenas de cadáveres chamuscados…

Decenas de supervisores hombres bestia habían sido exterminados por él con un simple gesto.

Sin embargo, Mu Qiu observó los cuerpos ennegrecidos bajo sus pies y las cenizas flotando en el aire, y negó con la cabeza para sí mismo.

Aún no dominaba por completo el poder del trueno que acababa de obtener.

Al menos, todavía le faltaba precisión en el control de la intensidad.

Pero la práctica hace al maestro.

Estaba seguro de que, tras un tiempo de entrenamiento, su control sobre el poder del trueno alcanzaría otro nivel.

Solo entonces Mu Qiu se giró lentamente.

Con una sonrisa tranquila, miró al anciano humano que antes había intentado advertirle y habló con una voz profunda y magnética:

—Entonces ahora, hazme el favor de decirme… ¿qué lugar es este?

El anciano lo miró temblando.

Pasó un largo rato antes de que, tartamudeando, lograra responder:

—E-este lugar… es la mina del Desierto del Norte.

—¿La mina del Desierto del Norte?

Mu Qiu frunció el ceño.

No recordaba ningún lugar con ese nombre.

Miró a los numerosos humanos que aún seguían arrodillados a su alrededor, aterrados y temblorosos.

Entonces recordó las palabras del hombre de túnica blanca.

Una audaz suposición surgió en su mente.

Su expresión cambió de inmediato, y preguntó de repente:

—¿En qué era estamos ahora?

El anciano lo miró con una expresión extraña; el miedo en sus ojos aún no se había disipado.

—M-mi señor… ahora estamos en el año mil… de la Noche Eterna.

—¿Mil años… de la Noche Eterna?

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