El veterinario número uno del Imperio - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - Duodécimo día del doctor Pei
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Pei Zhou encendió primero la calefacción del baño para asegurarse de que el zorro, al que acababa de recortarle el pelaje, no pasara frío. Solo entonces salió, cerró la puerta y comenzó a preparar todo lo necesario para bañarlo.

Aunque nunca había tenido un zorro como mascota, bañar a uno…

¿No debería ser más o menos igual que bañar a un gato?

Había escuchado incontables veces a los dueños de mascotas quejarse de lo difícil que era conseguir que un gato se bañara obedientemente.

Pei Zhou tampoco quería terminar herido.

Así que se equipó como si fuera a entrar en combate: se puso unos guantes largos, una mascarilla blanca y regresó al baño cargando una pequeña silla de madera.

Al abrir la puerta, lo hizo con extremo cuidado.

Temía que aquel astuto zorro saliera disparado a la velocidad del rayo, recorriera toda la casa y acabara volviéndose imposible de atrapar.

Sin embargo, para su sorpresa, el zorro seguía envuelto en la manta, sentado obedientemente junto a la bañera.

Cuando lo vio entrar, solo le lanzó una mirada indiferente y luego volvió a bajar la cabeza, como si estuviera sumido en profundas reflexiones.

Pei Zhou:

—…¿Eh?

¿Tan obediente?

Aunque el señor zorro estaba mostrando una cooperación extrema, Pei Zhou no se atrevió a bajar la guardia.

¿Y si todo era una estrategia para hacerlo relajarse?

¿Y si esperaba a que se descuidara para lanzarse de repente sobre él y convertir el baño en un campo de batalla?

Colocó la pequeña silla junto a la bañera y se sentó lentamente.

Mientras dejaba correr agua tibia, mantenía los ojos clavados con cautela sobre el señor zorro.

Parecía un interrogador observando a un peligroso y astuto espía enemigo, preparado para frustrar cualquier intento de fuga.

Pero…

¿Por qué le parecía ver un rastro de burla en aquellos ojos de zorro?

Con elegantes pasos, el zorro de pelaje recortado rodeó la bañera.

Después dio un ligero salto.

Y entró por iniciativa propia.

El agua tibia le cubrió exactamente las cuatro patas.

Pei Zhou ya no pudo ocultar la sorpresa en sus ojos.

—¿De verdad eres tan obediente? ¿No le tienes miedo al agua?

Metió una mano en la bañera para comprobar la temperatura mientras murmuraba aquello.

A partir de ahí, todo avanzó de una forma inesperada…

Pero, al mismo tiempo, extrañamente natural.

Después de mojar ligeramente al zorro, Pei Zhou utilizó rápidamente jabón para cubrirlo de espuma.

Durante todo el proceso casi no encontró ninguna resistencia.

Es más, cuando sostenía la ducha con la mano derecha y utilizaba la izquierda para retirar la espuma, el zorro incluso cooperaba activamente con sus movimientos.

Si le pedía levantar una pata, la levantaba.

Si le pedía ponerse recto, se ponía recto.

—Ahora vamos con las patas. La delantera. No, esa no, la izquierda… Eso es. Ahora la derecha.

—Levanta un poquito la barbilla. Voy a lavarte el cuello. No te echaré agua en la cara, no tengas miedo…

—Ahora la espalda… la cola… Agárrate al borde de la bañera con las patas, voy a lavarte la barriga…

La coordinación entre ambos era tan buena que Pei Zhou finalmente se relajó por completo.

Una sonrisa apareció también en su rostro.

Mientras seguía bañando al zorro, comenzó a hablarle casualmente:

—Pequeño zorrito afortunado, eres muy obediente e inteligente…

Pensó un momento.

—¿Qué tal si te llamo Guai Guai, «Buenito»?

Al escuchar aquello, el señor zorro no respondió.

Pero la mitad superior de su cuerpo se inclinó repentinamente hacia atrás.

Sus orejas descendieron hacia los lados formando unas perfectas «orejas de avión».

Y sus estrechos ojos de zorro le dirigieron una mirada dominante que parecía preguntar:

¿Eres idiota?

Pei Zhou no supo si reír o llorar.

—¿Eh? ¿No te gusta?

—Está bien, entonces no te llamaré así…

Pero no se rindió.

Continuó negociando alegremente:

—¿Qué tal Xiaobai? ¿Xiaofu? ¿Huahua?…

Pei Zhou quedó completamente atrapado en el juego de ponerle nombres.

Feliz como un niño, soltó una larga sucesión de posibilidades.

Al principio, el zorro todavía lo miraba con desprecio.

Al final, simplemente bajó los párpados y permaneció inmóvil como un viejo monje en meditación, fingiendo que Pei Zhou ni siquiera existía.

Tsk.

Lo estaba despreciando.

Pei Zhou no se desanimó.

Continuó bañándolo con entusiasmo.

—Eres tan lindo… ¿qué tal Mengmeng? ¿Te gusta?

Osmon:

—¡…!

El zorro quedó completamente rígido.

Como si alguien hubiera presionado un punto de acupuntura y lo hubiera paralizado.

Después levantó muy lentamente su fino rostro empapado.

Sus hermosos ojos, brillantes como cuentas de cristal, miraron a Pei Zhou con absoluta conmoción.

Como esta vez no apareció aquella habitual expresión de desprecio, Pei Zhou también se quedó desconcertado.

Probó tentativamente:

—¿Mengmeng?

El pelaje mojado de su rostro ayudó a ocultar la incomodidad que sentía.

El señor zorro giró la cabeza hacia un lado y soltó deliberadamente un rugido feroz:

—¡Wuao!

——¡¿Qué Mengmeng?!

¡Acabamos de conocernos y ya me llamas de una manera tan íntima!

¡Humano frívolo!

Sin embargo…

Hasta él mismo se sobresaltó al escuchar su propia voz.

¿Por qué había sonado como un «wuaa~» utilizado para expresar cariño y buena disposición?

Aquella prolongada y seductora entonación dio tantas vueltas como un camino montañoso lleno de curvas.

Podría haber llevado un automóvil hasta las afueras de la ciudad.

—¡Jajaja! ¡Contestaste! Entonces te llamarás Mengmeng.

Los ojos de Pei Zhou se iluminaron.

Y repitió varias veces con entusiasmo:

—Mengmeng. Mengmeng. Mengmeng…

El señor zorro perdió completamente la compostura.

Cada vez que escuchaba aquel nombre, sentía tanta vergüenza que quería empezar a dar vueltas persiguiendo su propia cola para desahogar aquella inexplicable irritación.

Ese era precisamente el problema de permanecer en su forma original.

Su inteligencia disminuía.

Sus emociones se volvían demasiado evidentes.

¡Parecía un completo idiota!

El señor zorro se enfadó.

Le dieron ganas de cruzar los brazos sobre el pecho…

Aunque ni siquiera sabía si estaba enfadado con aquel humano o consigo mismo.

—¡¡¡Wuao!!!

¡Deja de llamarme así!

Pero al segundo siguiente…

Sintió que su cuerpo era volteado.

Una corriente de aire frío pasó entre sus piernas.

Y una cálida mano humana se acercó.

Siguiendo el flujo del agua, comenzó a frotarle suavemente…

Los…

¡¡¡Testículos!!!

El señor zorro mostró una expresión de conmoción absoluta:

—¿¡…!?

—No te muevas. También están sucios y hay que lavarlos.

Pei Zhou lo había puesto boca arriba con una mano de manera completamente natural.

Mientras enjuagaba con agua, comenzó a limpiar aquella zona con movimientos suaves.

Como todo el baño había transcurrido hasta ese momento sin el menor problema, había perdido por completo cualquier cautela hacia aquel pequeño.

El señor zorro:

¡¡¡Joder, joder, joder, joder, joder!!!

¡¿Sucios qué?!

¡Yo me los lamo todos los días!

En un instante, sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos líneas verticales.

Todo su pelaje intentó erizarse por puro instinto.

Lástima que ya casi no tenía.

Solo consiguió que se le abrieran los poros.

Y entonces sintió claramente el aire frío recorriéndole todo el cuerpo.

Pero su cabeza…

Su cabeza estaba ardiendo.

¡Incluso parecía que el cerebro iba a empezar a hervirle!

En ese momento, toda razón salió disparada hasta el noveno cielo.

La vergüenza era tan intensa que sentía que el pelaje de su trasero podía incendiarse.

Arrastrando aquel cuerpo débil y gravemente herido, sus ojos brillaron intensamente.

De repente, explotó con la última pizca de potencial que le quedaba.

——Todo el zorro salió disparado del agua como una flecha liberada de un arco.

Una lluvia de gotas explotó a su alrededor.

Aterrizó directamente sobre el hombro de Pei Zhou.

Arqueó la espalda y utilizó su cuerpo como punto de apoyo.

Sus ojos azul índigo se fijaron en el picaporte del baño.

Uno.

Dos.

Tres…

¡Salta!

—Clic.

El picaporte descendió.

La puerta se abrió.

—¡Fshhh!

En tres segundos…

Ni sombra.

Ni zorro.

—¡¡¡Aaaaaah!!!

Pei Zhou soltó un grito al ser tomado completamente por sorpresa.

Intentó esquivarlo.

No lo consiguió.

Terminó convertido en trampolín para cierto zorro.

Cayó aparatosamente de la silla.

Hasta sus gafas de montura plateada salieron despedidas y cayeron al suelo.

Quedó empapado de pies a cabeza.

—…

En apenas tres segundos…

Un humano por los suelos.

Y un zorro desaparecido.

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