El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 149

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—Ah… Ah…

—Adrian. Mi… Mi espalda.

Carl llamó a Adrian con una voz agradablemente ronca.

—Sí, sí.

Adrian se apresuró a acercarse y comenzó a masajearle la espalda.

—Ay… Ay…

Incluso al ver a Carl gimiendo como un anciano de ochenta años, una imagen completamente carente de sensualidad, Adrian se excitó.

La saliva no dejaba de acumulársele en la boca al contemplar aquel cuerpo cubierto por los moretones rojizos y violáceos que él mismo le había dejado.

«Todos los Alfas son seres próximos a las bestias mágicas. Eso significa que dejarán cicatrices en sus parejas, ya sean físicas o psicológicas. Ni siquiera Su Alteza, el estimado príncipe heredero, es una excepción. Por eso debe ejercer siempre el autocontrol y vigilar sus actos».

Esa había sido la primera lección que recibió Adrian Heineken, un Alfa extremadamente dominante.

En aquel entonces le resultó sumamente impactante y dolorosa.

Después de experimentar su primer rut, comprendió que su instructor había recurrido a aquella explicación como último recurso. Entonces estuvo de acuerdo con ella y, con el tiempo, terminó olvidándola.

Sin embargo, al comprobar que se excitaba con tanta facilidad ante su amante, quien estaba postrado por su culpa, recordó de nuevo aquella enseñanza.

—¿Todavía te duele mucho?

Para distraerse del deseo que seguía aumentando, Adrian habló con Carl.

—¿Por qué? ¿Estás preocupado?

—Sí. Porque lo siento.

Carl esbozó una sonrisa tenue. Después, soltando un gruñido de esfuerzo, se incorporó.

Adrian cubrió su cuerpo desnudo con una bata fina y suave.

—No tienes que disculparte cada vez que entras en rut. Yo también lo disfruté bastante.

Carl se humedeció los labios y, quedando frente a él, rodeó el cuello de Adrian con los brazos.

La parte superior de su cuerpo definitivamente parecía lamentarlo, pero ¿por qué la parte inferior no mostraba el menor arrepentimiento? Carl no pudo evitar sonreír ante aquella contradicción.

Adrian suspiró profundamente y lo acercó más.

El cuerpo de Carl era una droga potente para Adrian. Se parecía a la Tenjira: una pequeña cantidad podía resultar beneficiosa, pero su consumo prolongado era capaz de llevar a alguien a la locura.

Por supuesto, sería Carl quien terminaría exhausto a manos de un Adrian enloquecido, pero las cicatrices en el cuerpo de Carl también harían sufrir a Adrian, así que al final era lo mismo.

¿Qué ocurriría si, después de desearlo y desearlo, algún día terminara destrozando a Carl Lindbergh?

Dominado por una inquietud infundada, Adrian jugueteó con el dorso de la mano de Carl y murmuró:

—¿Por qué sigues sonriendo? Si continúas así, tendrás serios problemas.

Ante su tono malhumorado, Carl sonrió como una flor en plena primavera, como si quisiera provocarlo todavía más.

—¿Quién los tendrá? ¿Tú o yo?

Como añadido, liberó unas feromonas de aroma exquisito.

Adrian apretó los dientes.

Esto es peligroso. En serio.

—¿Lo estás haciendo a propósito? Mi rut acaba de terminar.

—Y yo te deseo siempre, incluso cuando no estoy en rut —gruñó Adrian—. Ni siquiera puedes hacer lo que te dé la gana cuando te lo ordeno.

Cuando Carl sonrió haciendo un pequeño puchero, Adrian se humedeció los labios resecos y le clavó los dientes.

—¿Me estás provocando?

—Ah… No, me rindo.

Adrian empujó al risueño Carl sobre la cama, contuvo su excitación y comenzó a contar números mentalmente.

Hoy debía ejercer autocontrol a toda costa.

Si Belfry hubiera estado allí, habría armado un escándalo al verlos juguetear de nuevo. Sin embargo, Adrian y Carl, ya profundamente sumergidos en su propio mundo, estaban demasiado ocupados demostrándose afecto y discutiendo cariñosamente.

Después de pasar un largo rato besándose, succionándose y riendo, ambos quedaron acostados uno al lado del otro sobre la cama.

Incluso desde allí podían contemplar el mar y el cielo a través del amplio ventanal.

Aunque resultara un cliché, el mar solo podía describirse como de color esmeralda, fundiéndose con el cielo en una frontera imprecisa. Y las nubes cúmulos flotaban como puntos dispersos.

En el jardín se escuchaba el sonido de las ramas al ser podadas si uno prestaba atención, además de las voces de los sirvientes conversando en pequeños grupos.

De vez en cuando caían gotas de lluvia que mojaban la hierba de hojas anchas.

Todo era perfecto.

Además, las tres comidas diarias y los refrigerios consistían en menús sumamente lujosos, preparados según las preferencias de Carl Lindbergh.

Si hubiera tenido que ponerle un precio, habría sido como hospedarse en un hotel de cinco… no, de seis estrellas.

Era un lujo abrumador y hasta agobiante.

Más aún al recordar su vida anterior, cuando su máximo entretenimiento consistía en caminar junto al río Han sin gastar un centavo, abrir ocasionalmente una cerveza o convencer al reacio Jaeyoung de visitar un jardín botánico.

Ahora quería disfrutar de aquello al máximo. De esa forma, podría convertirlo en el sustento que lo acompañara durante el resto de su vida.

Después de admirar el paisaje cuanto quiso, volvió de pronto la cabeza hacia Adrian, quien también lo contemplaba fijamente.

Sus ojos parecían decir que, si fuera posible devorar a alguien con la mirada, ya lo habría hecho.

Adrian abrió la boca.

—Observarte dormir así todos los días se ha convertido en mi mayor alegría.

—Ya empiezas otra vez con tus frases empalagosas.

Carl lo reprendió, avergonzado, aunque sentía exactamente lo mismo.

—En realidad, a mí también me pasa.

—Me alegra que sintamos lo mismo.

Carl se removió en su lugar y se incorporó para abrir el cajón de la mesita de noche.

Adrian también se levantó, pero cuando Carl le mostró lo que sostenía, ni siquiera pudo sonreír. Sus labios comenzaron a temblar.

—¿Qué… es esto?

—Dame la mano.

Carl Lindbergh tomó la mano izquierda de Adrian.

Después, colocó en su dedo anular un anillo con un diamante grande y de excelente calidad, rodeado por numerosas granates verdes.

Los ojos de Adrian temblaron de manera incontrolable.

Carl se arrodilló solemnemente.

Estaban sobre la cama y ambos se encontraban desnudos, de modo que la escena distaba mucho de ser majestuosa, pero eso no le importaba en lo más mínimo.

—A decir verdad, nunca he pensado demasiado en mi patrimonio. Cuando abrí los ojos, ya era un príncipe que lo tenía todo. Y después tampoco lo necesité, porque tú me proporcionabas cuanto hacía falta.

Adrian no pudo apartar los ojos de Carl, quien había comenzado a hablar en voz baja.

Todo había comenzado el día anterior a la coronación. Leia Lindbergh le había entregado a Carl una pequeña caja repleta de joyas.

«Deberías tener propiedades privadas, ¿no crees? En realidad, quería darte una dote enorme para guardar las apariencias, pero ahora mismo no puedo permitirme ofrecerte más que esto. No tengo otra opción. Lo siento».

Leia le había confesado que llevaba mucho tiempo preocupada porque su único pariente consanguíneo iba a casarse con alguien del Imperio sin llevar siquiera una dote.

—No pude decir que no necesitaba algo así porque, en cuanto vi esas joyas, pensé en ti.

Adrian tenía muchísimas cosas que responderle, pero esperó hasta que Carl terminara de hablar.

Carl acarició el dorso de su mano, tal como Adrian hacía siempre con él.

—En el mundo donde vivía, se entrega un anillo al proponer matrimonio. Por lo que veo, aquí es igual.

Había sido un gran alivio descubrir que todavía quedaba algo que Carl Lindbergh podía darle a Adrian.

Por eso, aquella misma noche, después de reunirse con Leia, Carl se puso en contacto en secreto con el Imperio, sin que Adrian lo supiera.

—Tardó un poco. Fueron necesarias dos semanas completas para enviar el anticipo al artesano del Imperio, recibir el artículo y pagar el resto.

Y entonces, cuando Carl había perdido la cabeza debido al rut de Adrian, el anillo llegó finalmente a la villa de Eugenie donde se hospedaban.

Quienes lo ayudaron no fueron otros que el gran duque Balvenie y el duque Hendrick.

Balvenie utilizó sus contactos para encontrar a un artesano célebre por su trabajo excepcional, mientras que el duque Hendrick pagó el anticipo en nombre de Carl, quien no disponía de tiempo suficiente para efectuar personalmente el pago.

Carl Lindbergh solo le hizo una petición al artesano.

Quería que fuera tan espléndido que el propio anillo pudiera convertirse en su símbolo, una pieza única en el mundo.

De esa forma, si se perdía o era robado, cualquiera podría reconocerlo a primera vista.

Sin embargo, no quería piedras mágicas. Deseaba que estuviera hecho únicamente con joyas auténticas.

Cuando el artesano contratado en secreto descubrió que estaba fabricando un anillo de compromiso para Adrian Heineken, buscó por todas partes toda clase de gemas verdes.

De ese modo, colocó en el centro un diamante blanco puro que simbolizaba la inmutabilidad y, a su alrededor, engastó numerosas hidrogrosularias, cuyo color era el que más se asemejaba al de los ojos del príncipe heredero.

Lo que hacía única a la pieza era que, en lugar de utilizar oro o plata, materiales fáciles de moldear, las joyas habían sido engastadas en cristal pulido para darle un toque distintivo.

Carl Lindbergh gastó toda la fortuna que Leia le había entregado para pagar aquellas joyas.

—No sé sé mucho sobre piedras preciosas, pero el gran duque Balvenie garantizó su calidad.

Solo eso ya le otorgaba un gran valor, pero, como era el segundo regalo que Carl le daba, ya se había convertido en un tesoro de valor incalculable para Adrian.

El primero, desde luego, era el propio Carl Lindbergh.

—Hasta ahora, no he hecho más que recibir cosas de ti. La confesión y todo cuanto poseo actualmente. Aunque fuiste generoso y me permitiste afirmar que yo había propuesto primero nuestro compromiso… Antes de que nos casemos, de verdad quería preguntártelo.

Con la mano ligeramente temblororosa, Carl cubrió el dorso de la mano de Adrian y lo besó.

—El significado de esta joya es «la culminación del amor». Así que, Adrian Heineken…

Como hipnotizado, Adrian no podía apartar los ojos de los labios de Carl.

Los vio moverse mientras sus palabras se entrelazaban como un hechizo que aprisionaba su corazón.

—¿Quieres casarte conmigo y vivir a mi lado durante el resto de nuestras vidas? Te haré feliz.

—Carl…

La voz húmeda de Adrian apenas logró escapar de sus labios.

Contrario a la serenidad que reflejaba su exterior, su corazón brincaba dentro de su pecho.

La única persona a la que deseaba poseer estaba hablando ahora de pasar toda una vida a su lado.

—…Respóndeme.

Cuando Adrian se limitó a mirarlo sin decir nada, Carl, con las mejillas ardiendo, se cubrió los ojos con el dorso de una mano.

Sentía cosquillas y estaba temblando.

Ya estaban comprometidos y marcados, así que no resultaba extraño que los consideraran un matrimonio.

Sin embargo, aunque estaba seguro del amor de Adrian, continuaba nervioso.

Adrian no pudo responder de inmediato y se llevó ambas manos a la nariz.

Carl lo observó y se frotó las frías yemas de los dedos.

Era la primera vez que colocaba a alguien por encima de Jaeyoung.

Era la primera vez que decidía amarse a sí mismo por el bien de otra persona.

Jamás había imaginado que se enamoraría de un hombre.

Todo había sido difícil para Carl Lindbergh, pero, paradójicamente, el proceso había transcurrido con fluidez.

Y todo se debía al afecto inquebrantable de Adrian. Sin él, la vida de Carl Lindbergh no significaba nada.

Adrian no necesitaba romperle los tobillos a Carl Lindbergh.

Sin necesidad de hacerlo, Carl pertenecía a Adrian y Adrian pertenecía a Carl.

—¿Adrian?

—Solo un momento.

Carl, que había estado perdido en sus pensamientos, volvió la cabeza para comprobar la expresión de Adrian, quien todavía no respondía, y se sobresaltó.

—¿Q-Qué? ¿Qué sucede?

—N-No… No es nada.

El mismísimo Adrian Heineken estaba derramando lágrimas enormes como excrementos de gallina por una propuesta tan sencilla.

Y, para colmo, tenía la barbilla arrugada como una nuez y las comisuras de los labios caídas.

—¿Qué sucede? ¿Mmm? No llores.

Desconcertado, Carl abrazó la cabeza de Adrian.

Había supuesto que se sentiría feliz, pero jamás imaginó que lloraría.

—Nunca lo imaginé. Quería ser yo quien te hiciera primero una propuesta grandiosa.

Adrian, sorbiéndose la nariz y con los ojos enrojecidos, se aferró a la cintura de Carl.

Su comportamiento se alejaba tanto de su personalidad habitual que Lulu se habría lamentado si hubiera estado allí para verlo.

Conteniendo las lágrimas, Adrian respondió:

—Gracias, Carl Lindbergh. Gracias por venir hasta mí.

—No es nada. No tienes que ponerte así por una cosa tan pequeña.

Carl, que había estado consolándolo mientras fingía mantener la calma, se llevó una mano a su propia nariz, que comenzaba a arderle.

El dominante obsesivo y llorón y el pasivo dulce y llorón se abrazaron y lloraron durante mucho tiempo.

Hasta que un sirviente, preocupado porque ambos habían dado señales de estar despiertos, pero aún no salían de la habitación, llamó a la puerta.

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