El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 115

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—Eliminen primero la amenaza y luego envíen al príncipe. Él quiere cambiar las reglas del juego, no participar en una matanza sin sentido. Lo que necesita es al rey de Parman, no otra guerra.

El uso tan casual que Theresa hizo de la palabra matanza le recordó a Glenn a su padre.

El conde Calvados, uno de los guerreros más formidables de Heineken, había decidido permanecer como margrave, manteniéndose alejado de las luchas de poder de la capital. Su hija mayor, Theresa, estaba destinada a heredar tanto su título como sus responsabilidades.

Pero Glenn se la había llevado.

La había encerrado, en cierto modo, dentro de la jaula dorada del Palacio Imperial.

Como consecuencia, se había ganado una prohibición de por vida para poner un pie en la residencia de los Calvados.

A pesar de los años transcurridos, su suegro seguía sin perdonarlo.

Era un hombre increíblemente terco.

Las mejillas de Theresa adquirieron un delicado tono rosado.

—Cariño…

Solo utilizaba aquel apelativo cuando quería pedirle algo.

El emperador Glenn entrecerró los ojos y la miró con absoluta adoración.

—Theresa… eres realmente astuta.

—¿No te gusta?

—No. Me parece adorable.

Theresa soltó una risita al oír aquel tono completamente embelesado.

Después apoyó ambas manos sobre su abultado vientre y se puso de pie.

—Entonces ve. Haz tu trabajo.

No tenían tiempo para seguir allí.

Animar al emperador era uno de los privilegios de la emperatriz.

También era una pequeña forma de vengarse por haber sido encerrada como un pájaro en una jaula.

Después del nacimiento del bebé estaría ocupada durante un tiempo, pero más adelante retomaría sus responsabilidades y volvería a involucrarse en los asuntos del Estado.

En realidad ya debería estar trabajando.

Sin embargo, Glenn, demasiado preocupado por su salud, había delegado la mayor parte de sus tareas al duque Hendrick.

Así que aquella era su manera de contribuir.

De intervenir.

Glenn solía quejarse de sus hijos indisciplinados y de sus subordinados rebeldes.

Pero Theresa sabía que, en el fondo, disfrutaba viendo cómo desobedecían sus órdenes y se negaban a actuar exactamente como él esperaba.

—No te preocupes tanto. Nuestro deber es apoyarlos y sostenerlos cuando tropiecen. Puede que sean diferentes, pero sabrán encontrar su propio camino.

Con el andar algo torpe propio del embarazo, Theresa salió lentamente del patio.

El emperador la siguió de inmediato.

Los sirvientes también se retiraron detrás de ellos, dejando al mensajero solo, contemplando la espalda de la emperatriz con expresión de absoluta admiración.

❖ ❖ ❖

—Vamos a hacer la impronta.

—¡¿Qué?!

El emperador y la emperatriz se quedaron boquiabiertos.

Adrian acababa de anunciarlo con la misma naturalidad con la que alguien anunciaría una boda.

—E-Ese es el plan.

Carl Lindbergh se rascó la cabeza con cierta timidez.

—Adrian comprende perfectamente lo que implica, pero Carl… ¿estás realmente seguro?

Preguntó la emperatriz.

Carl, sonrojándose, asintió.

—No sería apropiado que entrara en Parman siendo un Omega sin una impronta, Su Majestad. Sobre todo con todas las incertidumbres que existen ahora mismo.

Alguien le había comentado que ya habría atravesado dos períodos de celo si Adrian no hubiera estado marcándolo constantemente.

Hasta entonces nunca había comprendido del todo las implicaciones ni el peligro de sufrir un celo inesperado.

—Además, Kitchener está allí. Todo el mundo sabe que en Heineken está prohibido realizar una impronta antes del matrimonio. Si Carl Lindbergh llegara allí sin haber sido marcado, se convertiría en un objetivo.

—Aunque dudo mucho que ese Alfa de segunda sea capaz de hacer gran cosa.

El emperador resopló con desprecio mientras asentía a las palabras de Adrian.

—Por eso… esta vez no utilizaré piedras mágicas para suprimir mi rut.

Adrian se humedeció inconscientemente los labios.

Carl Lindbergh, con un destello de nerviosismo en los ojos, apartó rápidamente la vista.

Desde que ambos se habían confesado sus sentimientos, sus cuerpos, antes llenos de vacilaciones, parecían atraerse como imanes.

Carl incluso se entregaba voluntariamente a los deseos de Adrian.

Si normalmente ya era tan intenso…

¿Qué ocurriría durante el rut, cuando Adrian perdiera por completo el control?

La sola idea lo llenaba de emoción…

Y también de miedo.

La emperatriz, que observaba las emociones cruzar una tras otra el rostro de Carl, habló con suavidad.

—Me parece una decisión razonable. Ya están comprometidos y, en Heineken, un compromiso posee prácticamente el mismo valor que un matrimonio. Nadie los culparía por adelantar la impronta.

Mientras hablaba, acariciaba con dulzura su vientre para tranquilizar al bebé, que cada vez se movía con más energía.

—De hecho… ¿por qué no acompañas a Adrian a Parman después de realizar la impronta?

Carl, sorprendido por la propuesta del emperador, negó inmediatamente.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por qué no?

Adrian, que ya esperaba el consentimiento de su padre, lanzó una mirada fulminante a Carl.

—Como ya dije antes, Adrian es el príncipe heredero. Si llegara a ocurrirle algo…

—Y tú eres la futura emperatriz. ¿Qué crees que le ocurrirá a Adrian si eres tú quien resulta herido? Ya te lo expliqué antes.

El emperador lo interrumpió con firmeza.

—O Adrian va contigo a Parman… o ambos se quedan aquí.

Los ojos de Carl Lindbergh fueron del emperador a Adrian y luego volvieron al emperador.

Estaba completamente acorralado.

Desde el punto de vista del emperador, aquello ni siquiera admitía discusión.

Adrian era el guerrero más fuerte de Heineken.

Un mago extraordinario.

Y, además, el compañero destinado de Carl.

Era perfectamente natural que permaneciera a su lado.

La emperatriz, al notar la angustia de Carl, habló con voz tranquila.

—Carl, como príncipe de Lindbergh y futura emperatriz de Heineken, debes comprender que dos compañeros unidos por la impronta son dos mitades de una misma alma. Si murieras en Parman, Adrian se consumiría aquí.

—¿Qué quiere decir?

—La impronta une las almas. Perder a tu compañero extingue las ganas de vivir. En ocasiones, si existen hijos, ellos se convierten en el único motivo para seguir adelante. Por eso el difunto emperador permitió tener una consorte. No fue un matrimonio nacido del amor, sino de la necesidad.

—¿Unión de almas…? Sabía que era algo importante, pero…

Siempre había pensado que era una simple metáfora.

Una manera poética de describir los efectos de las feromonas y del amor.

¿Adrian… consumiéndose lentamente?

Ni siquiera podía imaginar algo así.

—Así suele ocurrir. Y puesto que eres tú quien correrá el mayor riesgo, Carl, es natural que Adrian permanezca a tu lado.

Carl Lindbergh siempre había querido proteger a los demás.

Quería cuidar de Adrian.

No convertirlo en alguien obligado a compartir las consecuencias de sus decisiones peligrosas.

Pero…

—Si todavía no estás completamente seguro… entonces olvídate de la impronta.

—¡Madre!

El tono cortante de Adrian la hizo sobresaltarse.

Por fin había conseguido convencer a Carl.

No pensaba permitir que diera marcha atrás.

Aunque el propio Carl protestara.

Estaban destinados a permanecer juntos.

Para Adrian no existía nadie más.

Y él estaba convencido de que para Carl también era igual.

Adrian era la única persona que conocía su secreto.

Su verdadera identidad.

Quizá el único confidente auténtico que tenía en aquel mundo.

Carl había dejado claro que jamás pensaba abandonar a Adrian.

La impronta era inevitable.

Simplemente la estaban adelantando.

Y aun así…

Adrian no conseguía librarse de aquella ansiedad persistente.

¿Y si Carl cambiaba de opinión?

¿Y si se marchaba solo a Parman?

—Unir tu alma a otra persona, especialmente siendo tan joven, cuando todavía existen tantas posibilidades y tantas personas por conocer… no es una decisión sencilla. Por eso existen los compromisos matrimoniales. Ese tiempo de noviazgo permite que ambos consoliden sus sentimientos. Es, por decirlo de alguna manera, un período de prueba. Así la impronta no parece una decisión precipitada.

Aunque jamás había existido un caso de una impronta rechazada o un compromiso roto dentro de la familia imperial —el atractivo de un Alfa de Heineken era sencillamente demasiado poderoso—, Theresa seguía sintiendo una pequeña inquietud.

Ella misma había sido manipulada por Glenn.

Y luego aprendió a manipularlo a él.

Se resistió.

Se rebeló.

Pero al final terminó enamorándose.

Y Adrian era su hijo.

Criado por ella.

Heredero de las mejores cualidades de Glenn.

Tenía plena confianza en él.

Tras unos instantes de duda, durante los cuales incluso había estado a punto de aceptar quedarse atrás, Carl sonrió con dulzura.

El corazón de Adrian dio un vuelco.

—Supongo que no tengo elección. No tengo intención de abandonar a Adrian ni de alejarlo de mi lado. Haremos la impronta… e iremos juntos a Parman. Tienen nuestra palabra, Majestades.

La emperatriz sonrió radiante.

Siempre había pensado que Adrian era una versión en miniatura de Glenn.

Pero aquella sonrisa…

Era exactamente igual a la de Theresa.

Carl quedó completamente absorto al descubrir el pequeño hoyuelo que aparecía en la mejilla de la emperatriz.

Era idéntico al de Adrian.

Los contempló a ambos con fascinación, maravillado por el increíble parecido entre madre e hijo.

—Felicidades.

La emperatriz parecía mucho más emocionada que ellos dos.

—Adrian, ¿cuándo comenzará tu rut?

—…Mañana.

El emperador sonrió ampliamente.

—Entonces disponemos de unos tres días.

El ejército de Heineken llegaría a Parman en un día.

Había tiempo de sobra para prepararles el camino.

—Y recuerden usar anticonceptivos. Aunque no me importaría ayudar a Theresa con otro nieto, un embarazo puede complicar muchas cosas.

Adrian y Carl le dedicaron una sonrisa educada, aunque claramente forzada, ante aquella broma.

Theresa, en cambio, le pellizcó el brazo con fuerza.

—Ay…

De pronto la emperatriz soltó un pequeño jadeo y se llevó una mano al vientre.

El bebé estaba dando patadas con entusiasmo.

Como si compartiera por completo su felicidad.

❖ ❖ ❖

La noticia de la inminente impronta también llegó a oídos de Leia Lindbergh.

Fue Belfry quien se la comunicó.

Sin darse cuenta, se había convertido en el encargado de mantener el contacto entre Leia y el castillo.

Al ver su expresión todavía algo apagada a través del dispositivo de comunicación, Leia no pudo evitar sonreír.

Con Adrian Heineken entrando en su rut, dos de los principales responsables del castillo quedarían temporalmente fuera de servicio.

El regreso de Leia Lindbergh era ya inevitable.

—Parece que mi presencia aquí ya no es necesaria.

Belfry soltó una sonrisa amarga.

Leia se alegró en silencio al comprobar que, poco a poco, estaba dejando atrás sus sentimientos.

—Te lo he dicho muchas veces, Belfry. Ese nunca fue tu lugar.

—Uno también tiene derecho a soñar, ¿no? Aunque supongo que ni siquiera eso me está permitido ya.

A pesar de la broma de Leia, Belfry parecía haber recuperado su compostura habitual.

De no haber sido por la constante y casi entrometida preocupación de Leia, probablemente seguiría hundido en la autocompasión.

Tras unos instantes de silencio, Leia preguntó con genuina curiosidad:

—Debo admitir que, incluso tratándose de mi propio hermano, su comportamiento me resulta difícil de entender. Se confesó… y luego volvió a confesarse otra vez…

—Según el príncipe, gustar de alguien y amar a alguien… son cosas distintas.

Carl Lindbergh, asegurando que existían diferentes niveles de afecto, le había pedido hablar a solas.

Y luego había dicho sin el menor reparo:

—Aunque Adrian encontrara a otro verdadero amor… yo no lo dejaría ir.

En otras palabras…

Había atravesado el corazón de Belfry por segunda vez.

—Ja…

Qué tonto.

Leia comprendió de inmediato el malentendido de Carl Lindbergh.

Pero decidió no corregirlo.

Solo conseguiría volver a abrir las heridas que Belfry apenas estaba empezando a cerrar.

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