El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 1
Los pájaros cantaban mientras disfrutaban de la estación, y un arcoíris colgaba en el cielo despejado como si fuera una pintura.
Los jardines del Palacio Imperial de Heneken eran de una escala digna del Imperio, repletos de flores y árboles jamás vistos, que se mecían bajo la brisa primaveral.
Las flores, aún impregnadas de la humedad de la lluvia de la noche anterior, desprendían una delicada fragancia.
El sol brillaba tras la tormenta, y todo el castillo exterior, donde se hospedaban los invitados, estaba alborotado por culpa de un hombre que atraía todas las miradas.
—Dios mío, ¿ese es el del que hablan los rumores?
Una doncella que trabajaba en el castillo se cubrió la boca con la mano.
—Así es. Es el príncipe del Reino de Lindbergh.
La criada del castillo exterior respondió con orgullo, encogiéndose de hombros.
Sin embargo, sobre el pecho del príncipe Carl Lindbergh, que permanecía agachado en medio del jardín, parecía pesar una nube oscura.
Cada vez que el príncipe suspiraba, una mariposa aparecía de quién sabe dónde y revoloteaba a su alrededor.
Las doncellas, que contemplaban la escena como si fuera un paisaje pintado, se sonrojaban, mientras los guardias del palacio quedaban embelesados.
Los dos hermanos que habían llegado al Imperio de Heneken desde el Reino de Lindbergh una semana atrás se habían convertido en el tema de conversación de todos. Hacía mucho tiempo que el castillo, que llevaba tanto tiempo vacío, no recibía huéspedes de larga estancia, y uno de ellos estaba destinado a convertirse en la futura emperatriz de Heneken.
Cada vez que soplaba el viento, el cabello del príncipe ondeaba reflejando la luz del sol, mientras sus ojos azules brillaban como zafiros cuidadosamente pulidos.
Con su piel translúcida y sus extremidades largas y esbeltas, parecía una flor danzando bajo la luz del sol, como si estuviera envuelto en un fino velo blanco.
El revuelo entre las doncellas era aún mayor porque el protagonista de una novela muy popular de hacía años era exactamente igual a él.
—Pensé que los rumores exageraban, pero… qué belleza.
Los guardias tragaron saliva con nerviosismo mientras observaban al príncipe espantar a la mariposa.
Cada vez que levantaba la vista, podían distinguir incluso el suave aleteo de sus largas pestañas.
—Hoy parece mucho más abatido.
—Siempre parecía una persona muy animada. ¿Habrá ocurrido algo?
Los jardineros susurraban mientras observaban al príncipe, acurrucado entre la hierba.
Por alguna razón, el príncipe había sido confiado al Imperio de Heneken y, desde entonces, salía todos los días, atrayendo sin proponérselo la atención de todos.
A veces recorría el campo de entrenamiento acompañado de su enorme perro; otras, pasaba el día entero sentado en la terraza con vistas al jardín.
Nunca dudaba en remangarse para ayudar a los jardineros o cargar el trabajo de las demás doncellas.
Cada vez que salía a pasear, mostraba interés por cualquiera que encontraba en su camino, regalando sonrisas o iniciando conversaciones.
Al verlo actuar de esa manera, los sirvientes del castillo exterior incluso llegaron a apostar que el Reino de Lindbergh lo había mantenido encerrado hasta ahora.
Y, sin embargo, el príncipe que siempre era dulce y alegre llevaba todo el día sentado en un rincón del jardín con una expresión sombría.
La forma en que suspiraba profundamente y, de vez en cuando, rompía a llorar mientras miraba el cielo hacía evidente que algo no estaba bien.
Las doncellas intercambiaban miradas preocupadas.
—Su Alteza el Príncipe Heredero vino ayer y, desde que se marchó, está así.
La doncella más joven habló en voz baja.
—¿Habrá discutido con él? No escuché que alzaran la voz.
—No lo creo… pero parece que algo lo dejó muy afectado.
—Dios mío… ¿qué habrá pasado?
No era un asunto sobre el que personas de su posición debieran hablar, pero era imposible contener la curiosidad.
Cuando el príncipe comenzó a rascar el suelo como si intentara cavar un túnel, el revuelo aumentó todavía más.
—¡Ay! Tú, ve a preguntarle qué ocurre.
—¿Y si lo hago enojar?
—Eres la persona más sociable de toda la capital imperial. No me digas que ahora te da miedo.
—Además, todos dicen que el príncipe es muy amable. No pasará nada, ¿verdad?
A lo lejos, el príncipe dejó de escarbar al escuchar el ladrido de su perro, que parecía estar buscándolo.
—Escuché que Lindbergh atraviesa tiempos difíciles. Tal vez sea por eso.
Uno de los guardias del palacio comentó mientras se acariciaba la barba.
Pero otro negó con la mano.
—Imposible. Tengo entendido que jamás se interesó por la política. Ya sé que con esa cara cuesta creerlo, pero seguro han oído hablar de su personalidad, ¿no? Dicen que es una bomba de tiempo andante.
En cuanto los demás guardias comenzaron a murmurar lo mismo, las doncellas dirigieron una mirada fulminante hacia los dos hombres.
—¿De dónde sacaron semejantes rumores falsos? ¿Qué harán si el príncipe los escucha?
El guardia, intimidado por las miradas de las jóvenes, agitó las manos apresuradamente.
—No, bueno… ya saben. Se dice que ese príncipe de apariencia tan frágil hizo morir a tanta gente que terminó quedándose con un solo sirviente.
—Escuche bien, señor caballero. Mida sus palabras. No solo el príncipe; también la princesa Lea vino aquí acompañada únicamente por una doncella. ¿Acaso no sabe que la situación actual de Lindbergh es mucho peor de lo que aparenta y que Su Alteza el Príncipe Heredero los trajo con urgencia?
La doncella encargada de limpiar la habitación del príncipe apoyó una mano en la cintura.
El guardia chasqueó la lengua.
Mirando al príncipe tal como estaba ahora, a él mismo le costaba creer aquellos rumores, pero según sus superiores, el muchacho había causado muchos problemas.
—Entre los caballeros se comenta que desde pequeño ha sido muy excéntrico y que, tarde o temprano, mostrará su verdadera naturaleza. Puede que haya exageraciones, pero…
Su voz fue apagándose.
Las expresiones de las doncellas eran tan frías como la escarcha en pleno invierno.
—Si vieras lo bien que trata a sirvientes como nosotros, jamás dirías eso.
—Siempre muestra respeto por las doncellas mayores.
—Tiende su cama todas las mañanas y hasta se baña solo. No es algo que haga de vez en cuando; siempre ha sido así. Es trabajador y tiene un corazón muy cálido.
Por primera vez en mucho tiempo, todas las doncellas se unieron para rebatir las palabras del guardia.
El hombre, completamente desconcertado, intentó justificarse.
—No pretendía hablar mal del príncipe…
Pero ninguna cedió.
—No hay nadie entre nosotros que no envidie lo bien que trata al sirviente que trajo consigo.
—Todos atravesamos etapas difíciles cuando somos jóvenes. ¿No es así, señor caballero?
Las doncellas pensaban que el príncipe de Lindbergh poseía un corazón tan hermoso como su rostro.
Su habitación estaba siempre tan ordenada que apenas había trabajo para limpiarla, y cada vez que tenía un momento libre intentaba ayudar a las criadas, hasta el punto de que ellas mismas tenían que regañarlo.
Y luego estaba la princesa Lea Lindbergh.
Poseía carisma, inteligencia y siempre era amable con la doncella muda. Verla apartarse el cabello tras la oreja mientras leía un libro en la terraza cautivaba por igual tanto a hombres como a mujeres.
Por eso, en apenas una semana, los sirvientes del castillo exterior habían quedado completamente fascinados por aquellos dos hermanos.
Mientras las doncellas levantaban la voz al unísono, los guardias solo pudieron rascarse la cabeza.
—Ah… sí… Parece que, después de todo, no se puede creer en los rumores. Ja, ja…
Una doncella mayor le señaló con el dedo.
—No importa lo que el príncipe haya hecho en el pasado. Ahora es una persona digna e inteligente. Así que mantenga la boca cerrada.
El guardia asintió de mala gana.
Había otra razón, ligeramente distinta, por la que defendían al príncipe.
Todo el mundo, incluso un niño pequeño de cualquier aldea, sabía que el príncipe heredero Adrian del Imperio era extraordinariamente apuesto. Y el príncipe Carl Lindbergh tampoco se quedaba atrás.
Cuando ambos estaban juntos, parecían una pintura viviente, y contemplarlos producía una enorme satisfacción a las doncellas.
Cada vez que coincidían en el mismo lugar, sus corazones latían con fuerza, e incluso en el Palacio Imperial circulaban novelas muy populares protagonizadas por ambos.
Hacía ya veinte años que el dominante príncipe heredero Alfa no prestaba atención a ningún otro Omega. Y como precisamente él había traído personalmente a ese Omega al palacio, casi todos daban por hecho que ambos terminarían convirtiéndose en pareja.
Una de las doncellas alzó la voz, convencida de que la expresión aturdida del príncipe no era más que timidez cada vez que el príncipe heredero visitaba el castillo exterior.
—¡El día en que el príncipe se convierta en príncipe consorte, se arrepentirá de haber dicho eso!
Estaban tan absortas defendiendo al príncipe que no se dieron cuenta de que el hermoso joven estaba justo detrás de los aterrados guardias.
El príncipe se rascó una oreja con expresión de incredulidad y, al final, terminó dejándose caer hacia atrás.
Cuando cayó sentado de espaldas sobre el césped, el jardinero que lo observaba desde cerca corrió alarmado hacia él, mientras una doncella que acababa de llegar dispersaba a las demás para que regresaran a sus tareas.
«El día en que el príncipe se convierta en príncipe consorte…»
—¡Aaaaaah!
Me sujeté la cabeza mientras lanzaba un grito, y Marco, mi sirviente, se acercó sobresaltado.
Elizabeth, que descansaba plácidamente tomando el sol a mis pies, también dio un salto del susto.
La conversación de las doncellas había avivado las brasas que el príncipe heredero había encendido el día anterior.
—¿Su Alteza?
—Marco, pellízcame.
Me aferré apresuradamente al pantalón de Marco.
Pero él frunció el ceño, sacudió la pierna y consiguió soltarse.
Has cambiado. ¡Antes fingías desmayarte si yo te lo pedía!
—S-Su Alteza, ya está otra vez… ¿Cómo podría atreverme a tocar el cuerpo de un príncipe? El cielo me castigaría.
El príncipe heredero te golpearía antes de que el cielo tuviera oportunidad.
Cada vez más irritado al verlo hacer pucheros, enterré otra vez la cara en el cojín y grité:
—¡Aaah!
Si alguien pudiera decirme que todo esto no es más que un sueño, que aparezca ahora mismo aplaudiendo y confesando que todo lo que he vivido como Carl Lindbergh ha sido una cámara oculta.
—Su Alteza, beba un poco de agua fría y tranquilícese. Ah, ¿quiere que le prepare un chocolate caliente? Comer algo dulce siempre mejora el ánimo.
Después de dejar un vaso de agua sobre la mesa, Marco dio una palmada y salió apresuradamente de la habitación.
En su lugar, abracé al enorme perro de pelaje esponjoso que estaba sentado a mi lado.
Escuchar los latidos de su corazón, apenas un poco más rápidos que los de una persona, logró calmarme un poco.
—Elizabeth, ¿lo sabes? No tienes idea de todo lo que me costó llegar hasta aquí.
—¡Guau!
—Es verdad… Tú ya lo sabes. Eres mi única amiga que conoce mi secreto.
Como no podía hablar, Elizabeth, que hacía las veces de mi confidente, me empujó suavemente la mejilla con el hocico.
Cuando mi agitación se calmó gracias al agradable calor que desprendía su cuerpo, mis ojos comenzaron a cerrarse lentamente.