El padre carne de cañón de tres pequeños villanos - Capítulo 1

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A Ji Zhiqiu de repente le dieron ganas de llorar.

Un segundo antes todavía estaba acostado en la litera inferior del dormitorio de posgrado, hablando con sus compañeros sobre el brillante futuro que les esperaba. Al siguiente segundo, había aparecido cinco años en el futuro y se había convertido en un agotado y aburrido trabajador de oficina.

¡¿Qué clase de desafortunado elegido por el destino era él?!

Y las desgracias nunca vienen solas. También descubrió que vivía dentro de una novela.

Según la línea temporal, el protagonista de la historia todavía era apenas un pequeño embrión. Sus tres adorados hijos crecerían hasta convertirse en los principales rivales del protagonista, es decir, los villanos de la novela. Y él, como padre, no solo sería humillado y maltratado por sus propios hijos, sino que además quedaría atrapado en la lucha entre facciones y terminaría muriendo de forma miserable.

Aunque, siendo justos, en la novela tampoco era una buena persona. Era egoísta y parcial. El hecho de que sus tres hijos acabaran desarrollando personalidades retorcidas y convirtiéndose en villanos también era, en gran parte, culpa suya.

Durante los años que había perdido la memoria, todo había seguido exactamente el curso establecido por la trama original. Los errores ya estaban cometidos y no podían deshacerse.

Al darse cuenta de eso, el rostro de Ji Zhiqiu se volvió aún más sombrío. La ansiedad era tan intensa que no dejaba de mover la pierna.

¡Todavía le quedaban muchísimos años maravillosos por disfrutar! ¡No podía acabar de esa manera!

Tenía que educar correctamente a sus tres hijos para convertirlos en jóvenes ejemplares, sanos en pensamiento y moralidad. Además, debía evitar los momentos clave de la trama y procurar que jamás se cruzaran con el protagonista para impedir que se convirtieran en los grandes villanos de la historia.

Ninguna de esas tareas era sencilla.

La mirada de Ji Zhiqiu se volvió seria. Inconscientemente observó a su alrededor y, tras encontrar lo que buscaba, se levantó apresuradamente y caminó hacia allí.

—…

Cuando volvió en sí, se quedó mirando el helado que sostenía en la mano. Sus ojos estaban vacíos.

De repente sintió ganas de sostenerse la frente y suspirar.

Su expresión era la de alguien condenado por el destino.

Realmente estaba harto de sí mismo.

Cada vez que surgía algo importante y urgente, acababa haciendo de forma inconsciente alguna actividad completamente irrelevante, como si su cerebro activara un mecanismo automático de protección.

¡¿Era este el momento de comer helado?!

Olvídalo. Ya que lo había tomado, primero se lo comería para tranquilizarse.

Jejeje, qué rico.

Qué felicidad.

Ji Zhiqiu se dejó caer en el sofá con una expresión amarga, como si cargara con todos los sufrimientos del mundo. Sin embargo, eso no le impidió devorar el helado a toda velocidad.

La dulzura que se extendía sobre la punta de su lengua parecía tener un efecto curativo.

Después de terminarlo, realmente se sintió mucho más calmado.

Se levantó y caminó hacia el estudio.

Pero justo cuando llegó a la puerta, antes siquiera de levantar la mano, esta se abrió sola desde dentro dejando una pequeña rendija.

Un niño pequeño, apenas tan alto como sus rodillas, asomó la cabeza.

Parecía que acababa de despertarse.

Su cabello suave estaba completamente despeinado, con varios mechones levantados hacia arriba. En sus mejillas regordetas aún se veían las marcas rojizas de haber dormido apoyado sobre ellas, y en la comisura de los labios había una sospechosa manchita de saliva.

Vestía un pijama de conejito cuyo dobladillo le cubría el trasero, haciendo que sus dos piernitas cortas parecieran todavía más pequeñas. Todo su cuerpo era redondito y mullido, tan adorable como esos niños de dibujos animados con proporciones exageradamente tiernas.

Ji Zhiqiu se quedó inmóvil.

Sus ojos se abrieron de par en par.

Aunque ya lo había imaginado antes, solo ahora lo sentía de verdad.

¡Ahhh!

¡Todavía era solo un niño!

¡¿Cómo habían terminado poniéndolo a criar hijos?!

La mente de Ji Zhiqiu era un completo caos.

Se quedó mirando al pequeño y el pequeño lo miró a él.

Tras varios segundos, los músculos de su rostro se contrajeron involuntariamente.

Logró esbozar una sonrisa forzada.

Por costumbre, suavizó la voz, se agachó y dijo:

—Pequeño…

El adorable niño que hacía un momento se frotaba los ojos mientras lo observaba con expresión soñolienta y confundida levantó repentinamente la cabeza y comenzó a llorar a gritos:

—¡Buaaa, buaaa! ¡Te odio! ¡Papá malo!

Ji Zhiqiu:

—…

Aquella voz tenía una capacidad de penetración impresionante.

A tan corta distancia, sintió que le dolían los tímpanos y que las venas de las sienes comenzaban a palpitar.

¡Era prácticamente la reencarnación de un pequeño demonio!

Volvió a ponerse de pie.

Observó al niño llorón con una expresión complicada.

Como carecía por completo de experiencia en el cuidado infantil, sinceramente no sabía qué se suponía que debía hacer en una situación así.

Ji Yanyan siguió armando escándalo.

Ni una sola lágrima salió realmente de sus ojos.

Parecía estar enfadado porque Ji Zhiqiu no hubiera ido a consolarlo.

De pronto se dejó caer al suelo y empezó a revolcarse como un cangrejo puesto patas arriba, agitando brazos y piernas sin parar.

Tampoco dejó de gritar:

—¡Ese era mi heladito! ¡No podías comerlo!

Ji Zhiqiu frunció el ceño.

Pequeño mocoso.

Ese helado lo compré yo.

No solo podía comerme uno. Aunque vaciara por completo el refrigerador, tú no tendrías derecho a decir ni una palabra.

Mirando al niño malcriado que se revolcaba por el suelo, sintió un fuerte dolor de cabeza.

—Todavía hay muchos en el refrigerador. Levántate y te dejaré probar un bocado.

Sin embargo, el niño se volvió todavía más descarado.

Aprovechando un descuido, le lanzó un puñetazo al estómago intentando que escupiera el helado.

—¡Devuélvemelo! ¡Todo es mío! ¡Mío!

Quizás lo había hecho sin pensarlo.

Pero que un niño de apenas tres años mostrara semejante malicia resultaba inquietante.

El rostro de Ji Zhiqiu se fue endureciendo poco a poco.

Su mirada cambió varias veces.

Unos segundos después se agachó nuevamente.

De repente adoptó otra expresión.

Sonrió con los ojos entrecerrados mientras observaba al pequeño revoltoso.

Sus facciones eran extraordinariamente hermosas y poseían una capacidad engañosa. Incluso podía decirse que parecía una persona muy amable.

El niño creyó que finalmente iba a consolarlo.

Levantó orgullosamente la nariz.

Justo cuando estaba a punto de sentirse satisfecho, vio que Ji Zhiqiu levantaba una mano muy alto.

—Pequeño, ¿quieres probar un helado sabor bofetada?

Ji Yanyan:

—¿???

El cerebro de un niño de tres años no procesaba tan rápido.

Parpadeó confundido y hasta olvidó seguir llorando.

—¿Qué es un helado sabor bofetada? Nunca lo he probado.

—Está muy rico.

La sonrisa desapareció de los labios de Ji Zhiqiu.

Su mirada se volvió severa.

Su voz recuperó la normalidad.

Con rapidez y precisión sujetó al pequeño por el cuello del pijama y levantó sin esfuerzo aquel redondito cuerpo.

Al perder el equilibrio de repente, Ji Yanyan agitó frenéticamente sus manitas.

Estaba a punto de lanzar otro grito desgarrador cuando Ji Zhiqiu lo detuvo usando apenas un dedo.

Señaló su nariz y dijo con severidad:

—Ahora mismo te voy a dejar probar el helado sabor bofetada. Ponte de pie, saca el trasero y no me obligues a actuar.

El niño quedó completamente atónito.

Lo miró fijamente.

En sus enormes ojos ya no había la despreocupación y arrogancia de antes.

Por primera vez apareció un rastro de miedo.

Detrás de cada niño malcriado suele haber un adulto que lo consiente.

Hasta ahora, Ji Zhiqiu había sido extremadamente indulgente con él.

Le concedía todo lo que pedía.

Cada vez que lloraba o hacía un escándalo, él se disculpaba y lo calmaba con paciencia.

Con el tiempo, aquello había convertido al pequeño en un auténtico tirano doméstico que ya ni siquiera recordaba lo que era sentir miedo.

Pero ahora Ji Zhiqiu mostraba una actitud completamente diferente.

Un niño de tres años no tenía fuerza ni recursos propios.

Toda su confianza provenía de la tolerancia incondicional de sus padres.

Por eso, un cambio tan pequeño bastó para intimidarlo.

Aunque un niño malcriado seguía siendo un niño malcriado.

Incluso sintiendo miedo quiso llevarle la contraria.

Frunció los labios y gritó:

—¡No lo haré!

Ji Zhiqiu no dudó ni un instante.

Le bajó los pantalones.

Originalmente había pensado darle algo de dignidad y dejar que adoptara él mismo la postura adecuada para limitarse a darle un par de palmadas por encima de la ropa.

Pero ya que rechazaba la oportunidad, tampoco tenía por qué ser amable.

Le dio directamente una palmada.

Como el pequeño emperador de la casa, Ji Yanyan siempre había tenido lo mejor para comer y vestir.

Su cuerpo estaba bien alimentado y regordete.

La piel de su trasero era suave y delicada.

Tras la palmada, la carne tembló ligeramente como si fueran ondas sobre el agua.

A Ji Zhiqiu le picaron las manos.

Aprovechó para pellizcar discretamente aquella pequeña nalga.

La sensación era excelente, como apretar una gelatina elástica.

Para disimular aquel gesto poco serio, le dio otra palmada.

Cuando Ji Yanyan sintió el dolor en el trasero, pareció quedarse sin respiración.

Ya no se atrevió a llorar.

Quedó completamente inmóvil.

Incluso olvidó parpadear.

Ji Zhiqiu retiró la mano, bastante satisfecho con el resultado.

No era partidario de la educación mediante la violencia.

Pero las situaciones especiales requerían medidas especiales.

En momentos así, un par de palmadas resultaban mucho más efectivas que cualquier sermón.

Solo cuando uno siente el dolor de verdad la lección queda grabada.

Además, ni siquiera había usado fuerza.

Las nalguitas seguían blancas e impecables, sin una sola marca roja.

Ji Zhiqiu consideró que había sido extremadamente generoso.

El niño quería helado.

Pues bien, le había dado dos.

Solo que eran de sabor bofetada.

Con tono burlón preguntó:

—¿Te gustó?

Ji Yanyan encogió el cuello.

Sus ojos grandes y húmedos parpadearon varias veces.

—N-No me gustó.

—¿Y todavía quieres más?

Ji Yanyan negó la cabeza con tanta fuerza que parecía un sonajero.

Su cuerpecito regordete retrocedió varios pasos.

La educación debía impartirse mientras el hierro estaba caliente.

Ji Zhiqiu cruzó los brazos y lo observó desde arriba con expresión fría.

—Somos una familia. Las cosas buenas se comparten. No te pertenecen solo a ti. Y tampoco significa que cuanto más escándalo hagas, más conseguirás. ¿Entendido?

Normalmente Ji Yanyan nunca se tomaba en serio a Ji Zhiqiu.

Revolcarse por el suelo y hacer berrinches era prácticamente la forma habitual en que se relacionaban.

Al escuchar esas palabras, hizo un puchero y quiso replicar instintivamente.

Pero cuando vio la mirada fría y severa de Ji Zhiqiu, sintió miedo de forma natural y cerró la boca de inmediato.

La expresión de agravio fue extendiéndose lentamente por su carita infantil.

Se mordió el labio.

No se atrevió a emitir ni un sonido.

Sus ojos redondos se llenaron de lágrimas.

El niño era tan adorable que aquella expresión estuvo a punto de derribar todas las defensas de Ji Zhiqiu.

Tosió ligeramente.

Luego bajó deliberadamente la voz:

—¡Habla!

—Y-Yo… no me atreveré a hacerlo otra vez…

dijo Ji Yanyan con un pequeño puchero y voz entrecortada por el llanto.

Solo entonces Ji Zhiqiu asintió.

Magnánimamente decidió no seguir discutiendo el asunto.

—Bien. Súbete los pantalones.

Ji Yanyan se agachó.

Con sus manitas regordetas agarró los pantalones y comenzó a subirlos torpemente.

Con su pequeña cabecita no era capaz de describir los sentimientos que lo invadían en ese momento.

Después de vestirse, levantó la cabeza cuarenta y cinco grados hacia el cielo.

Sorbió la nariz.

Los ojos llenos de lágrimas brillaban mientras se negaba obstinadamente a dejarlas caer.

Quiso fulminar a Ji Zhiqiu con la mirada, pero terminó cediendo ante su autoridad.

Retiró la vista con cobardía.

Bajó la cabeza.

Su expresión estaba llena de agravio.

Solo sus pequeñas manos permanecían apretadas en puños y los labios formaban una línea recta.

Ji Zhiqiu observó aquella actitud tan obstinada y arqueó una ceja divertido.

Su tercer hijo había sido un niño problemático durante la infancia.

Más tarde se convertiría en el matón de la escuela.

Y cuando creciera sería un presidente dominante que recurría a la fuerza para conseguir lo que quería.

Pero, en esencia, seguía siendo un típico protagonista estilo Long Aotian.

En situaciones como esta, normalmente se activaba el programa automático:

Mirada ardiente.

Odio al mal.

Puño cerrado.

Cuello erguido.

Y entonces pronunciaba la legendaria frase:

«Treinta años al este del río, treinta años al oeste del río. ¡No menosprecies a un joven pobre!»

Lástima que Ji Yanyan apenas tuviera tres años.

Sufría por falta de educación.

Después de contenerse durante un buen rato, finalmente solo levantó la cabeza.

Su carita regordeta y blanca estaba bañada en lágrimas.

Miró a Ji Zhiqiu con ojos empañados y, usando una vocecita infantil, lanzó su feroz amenaza:

—¡Papá es malo! ¡Ya no voy a hablarte nunca más!

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