El Padrastro De Repente Se Volvió Popular - Capítulo 73
Después de tres o cuatro días, las plantas acuáticas en la pecera ya se habían asentado perfectamente.
Era el momento ideal para añadir peces y conchas.
Huo Mianmian había seguido todo el proceso con un entusiasmo constante. Así que cuando Lin Yi dijo que por fin podían traer peces, el niño se emocionó tanto que casi parecía que le brillaban los ojos.
Por la mañana, Lin Yi hizo una llamada para organizar el envío de peces y conchas a la villa.
Huo Mianmian se sentó a su lado masticando un bocadillo de gelatina. Pero en cuanto escuchó la palabra “peces”, se quedó mirando la pecera con una nostalgia tan intensa que hasta se olvidó de su gelatina, que normalmente era sagrada para él.
Una hora después, llegó el personal con las criaturas.
Lin Yi fue a inspeccionarlo y Huo Mianmian lo siguió con sus piernitas cortas, trotando con impaciencia.
El empleado descargó con cuidado los peces y las conchas… y además trajo unas medusas.
Lin Yi se quedó un poco sorprendido.
Meter esas criaturas en el acuario no era como tirar canicas en un frasco; requería experiencia y cuidado.
Por eso le pidió:
—¿Podrías ayudarnos a colocarlos?
—Por supuesto, señor Lin.
El empleado se preparó para introducirlos en el tanque, y Lin Yi y Huo Mianmian observaron atentamente a un costado.
No solo ellos: el mayordomo y varios sirvientes también se acercaron a mirar, y de pronto la sala se llenó de un ambiente cálido, casi festivo.
Tras un rato, el empleado terminó.
En el instante en que las criaturas quedaron dentro, todos abrieron un poco los ojos.
La pecera cobró vida.
Peces de distintos colores nadaban con energía, recorriendo el tanque de un lado a otro como si ya lo hubieran reclamado como su hogar.
Las medusas, sobre el fondo azul profundo, se veían de un azul oscuro hipnótico. Se movían lentamente, contrayéndose y expandiéndose, como flores azules flotando en silencio.
Las conchas descansaban sobre las rocas volcánicas, quietas, aportando una calma serena a la escena.
Plantas acuáticas y corales se mecían con suavidad. Y entre todo eso, los peces pasaban como flechas brillantes.
Era, realmente, un mundo submarino.
Huo Mianmian se pegó al vidrio, fascinado. Después de un rato, se volvió hacia Lin Yi, con la voz llena de emoción:
—¡Papá, es igual que la caricatura que vi!
Lin Yi sonrió y le alborotó el cabello.
—¿Ves? Ahora tienes tu propio mundo submarino.
Huo Mianmian asintió feliz y volvió a apoyarse en el vidrio, observando cada movimiento como si estuviera viendo un milagro.
Lin Yi y los demás lo miraron con sonrisas.
Huo Mianmian quedó tan cautivado que incluso durante las comidas comía distraídamente… y a mitad de camino se llevaba el tazón para plantarse frente a la pecera.
Lin Yi no sabía si reír o regañarlo.
Pero al final solo suspiró divertido. Era un niño, al fin y al cabo.
Pasaron varios días y su fascinación disminuyó un poco.
Seguía encantado, sí… pero ya no necesitaba comer de cara al tanque.
Aprovechando eso, Lin Yi decidió sacarlo a pasear.
Padre e hijo fueron a un gran centro comercial cercano y entraron a un restaurante de barbacoa para almorzar.
El lugar estaba lleno. Todas las mesas ocupadas. El aire estaba saturado del aroma de carne asada, especias y carbón caliente, un olor que hacía que el estómago se despertara incluso si ya estabas lleno.
Lin Yi reservó una habitación privada.
La habitación era tranquila, amplia y elegantemente decorada. En el techo había un diseño de cielo nocturno con estrellas titilantes, lo que la hacía sentir acogedora y un poco fantástica.
Un camarero les entregó el menú y Lin Yi pidió una buena variedad.
Pronto llegaron los ingredientes: tentáculos de calamar, anguila, panceta de cerdo, lomo… y algunas verduras.
Lin Yi puso primero varios trozos de carne sobre la parrilla.
En cuanto tocaron la superficie caliente, chisporrotearon con fuerza y el aroma se esparció, inmediato, tentador.
Con unas pinzas, Lin Yi volteó la carne con paciencia.
Huo Mianmian se sentó frente a él sosteniendo su tazón y esperando obedientemente, como un pequeño príncipe en su trono.
La panceta comenzó a dorarse, el sonido se intensificó y el olor se volvió casi cruel.
Cuando estuvo lista, Lin Yi tomó un trozo, lo envolvió en lechuga y, como era para Huo Mianmian, no le puso condimentos.
—Cariño, abre la boca.
Huo Mianmian abrió la boca sin dudar.
Lin Yi le dio el rollito, y el niño mordió con ganas.
Mientras masticaba, una sonrisita se le dibujó en la cara.
Lin Yi lo miró con cariño.
—¿Qué tal? ¿Está bueno?
Huo Mianmian asintió y contestó con la boca medio llena:
—Bieeen~.
Lin Yi dejó más panceta en su plato y acercó la lechuga.
—Entonces envuélvela tú y cómela.
—Bueno.
Lin Yi también empezó a comer.
Tomó lechuga, puso dos rebanadas de panceta, las mojó en la salsa, añadió un poquito de ajo y cebollín, envolvió… y se lo metió a la boca.
Al instante entrecerró los ojos, satisfecho.
La carne asada, combinada con la salsa y el ajo, tenía un sabor brutal. La lechuga equilibraba todo, refrescante, evitando que fuera grasoso.
Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que comía barbacoa.
Y seguía siendo igual de deliciosa.
Después de comer, tomó un trago de su bebida.
En ese momento, los tentáculos de calamar ya estaban listos.
Venían marinados, así que eran especialmente sabrosos.
Lin Yi tomó una brocheta, sopló un poco y mordió.
Fragantes, masticables, con ese sabor marino tan particular que daba ganas de seguir.
Se comió varias brochetas seguidas y después atacó la anguila.
Del otro lado, Huo Mianmian comía con seriedad total.
Se había envuelto un paquete enorme de lechuga y se lo metió en la boca; sus mejillas se inflaron como un hámster, adorables.
Cuando terminaron, habían pasado dos horas.
Ambos estaban llenísimos.
Huo Mianmian bajó la vista, se tocó la pancita ligeramente abultada y pareció sorprendido, como si acabara de descubrir el concepto de “comí demasiado”.
Pero la barbacoa era demasiado rica.
¡En el futuro comería más!
Después de pagar, Lin Yi tomó a Huo Mianmian de la mano y salieron del restaurante.
Apenas salieron, alguien lo llamó:
—Lin Yi.
Lin Yi se giró y vio a Huo Yun.
Huo Yun tenía rasgos delicados, y llevaba esa sonrisa pura que daba una impresión inocente y agradable.
Lin Yi lo había visto una sola vez: cuando Huo Yun estaba siendo intimidado por Huo Yiping y otros niños ricos en la antigua residencia de la familia Huo.
Fuera de eso, no tenía una impresión muy profunda.
Huo Yun se acercó y sonrió.
—¡Qué coincidencia! ¿También estás comprando aquí?
—Sí —respondió Lin Yi—. Acabamos de comer. ¿Y tú?
—Se acerca el cumpleaños de mi mamá, así que estoy eligiendo un regalo.
Lin Yi comentó con naturalidad:
—Eres considerado.
En familias adineradas, lo común era mandar a un sirviente y ya. Poca gente venía en persona.
Huo Yun sonrió, pero su voz bajó un poco, con un matiz extraño.
—No mucha gente recuerda el cumpleaños de mi madre. Como su hijo… yo debería recordarlo.
En sus ojos pasó un destello oscuro, breve, tan rápido que casi podía confundirse con una sombra.
Lin Yi no sabía mucho de la familia Huo, así que solo asintió, sin profundizar.
Pensó que Huo Yun se iría después de la charla.
Pero no.
Huo Yun preguntó:
—Ya que nos encontramos… ¿puedo ir de compras contigo?
Lin Yi se quedó ligeramente sorprendido.
No eran cercanos.
Sonaba un poco… demasiado familiar.
Aun así, Lin Yi no quiso interpretar mal. Rechazar a alguien amable sin razón era de mala educación.
—Claro, ¿por qué no? Tú decides.
Huo Yun pareció genuinamente contento.
—¡Genial! ¿A dónde vamos ahora?
Lin Yi quería comprar ropa y juguetes para Huo Mianmian, así que subieron y bajaron varios pisos.
Al final, compró tanto que terminaron con siete u ocho bolsas.
No pesaban demasiado, pero sí eran voluminosas.
Huo Yun las tomó todas, con una amabilidad casi insistente.
—Déjame ayudarte.
Lin Yi lo detuvo:
—¿Cómo voy a dejar que tú las lleves?
Pero Huo Yun no se dejó.
—Estoy libre de todos modos. Mejor hago algo útil. Tú sigue escogiendo.
Ante esa insistencia, Lin Yi no volvió a quitárselas.
Además… Huo Yun era primo de Huo Mianmian. Tal vez quería ayudar por el niño.
Los tres siguieron.
Después de caminar un buen rato, Lin Yi empezó a sentir calor.
Se quitó la chaqueta sin pensar… y en ese movimiento su teléfono se deslizó del bolsillo sin que lo notara.
Estaban al borde de unas escaleras.
El teléfono cayó y empezó a rebotar escalón tras escalón, directo hacia la plataforma de abajo.
Lin Yi lo vio todo en un segundo.
Atrapar el teléfono podía ser peligroso.
Concluyó rápido: la seguridad era primero.
No se lanzó.
Pero en ese instante, Huo Yun sí lo hizo.
Se lanzó hacia delante y atrapó el teléfono.
Y al hacerlo, tropezó.
Su rodilla golpeó con fuerza el borde de un escalón.
Lin Yi abrió los ojos.
Se apresuró a sostenerlo.
—¿Estás bien? ¿Quieres que vayamos al hospital?
Huo Yun negó con la cabeza, apretando los labios como si intentara restarle importancia.
—No. Se ve peor de lo que es. En serio no duele tanto.
Luego, incluso así, le extendió el teléfono a Lin Yi.
—Toma. Mira si se dañó.
Lin Yi tomó el teléfono, pero por dentro se quedó inquieto.
¿Por qué?
No eran cercanos.
No tenía necesidad de arriesgarse por un teléfono.
¿Huo Yun estaba siendo deliberadamente amable?
¿Con qué intención?
Pero… ¿qué podría querer de él?
Lin Yi no logró sacar una conclusión.
Guardó el teléfono y dijo:
—Hay un banco por allá. Vamos a sentarnos un rato.
—Está bien.
Se sentaron.
Huo Mianmian, tranquilo, jugaba con un molinito de viento que Lin Yi le había comprado. Lo agitaba para hacerlo girar, entretenidísimo.
Lin Yi, por su parte, quiso revisar la rodilla de Huo Yun.
—Súbete un poco el pantalón, a ver si te raspaste.
Si estaba herido, Lin Yi pagaría el tratamiento. Era lo mínimo.
Pero Huo Yun se negó.
—De verdad, estoy bien. Sé cuándo es grave y cuándo no.
Lin Yi no pudo convencerlo y dejó el tema.
Se quedaron un rato en silencio.
Entonces Huo Yun se giró hacia él y preguntó, de pronto:
—Lin Yi… ¿eres feliz todos los días ahora?
Lin Yi se quedó un segundo sin reaccionar.
—Estoy bien. ¿Por qué preguntas?
Huo Yun lo miró con seriedad.
—Siento que… somos el mismo tipo de persona.
Lin Yi alzó una ceja.
—¿A qué te refieres?
Huo Yun vaciló, como si estuviera midiendo cuánto debía decir.
Pero justo en ese momento sonó el teléfono de Lin Yi, interrumpiendo todo.
Lin Yi miró la pantalla: era Huo Jihan.
Sin darse cuenta, una sonrisa ligera le suavizó el rostro.
—¿Hola?
Del otro lado, la voz profunda de Huo Jihan sonó clara.
—¿Dónde estás ahora?
Lin Yi arqueó una ceja, en tono de broma.
—¿Otra vez vas a salir temprano del trabajo?
Ese día Huo Jihan había llegado a casa alrededor de las tres. Y hoy… la hora era parecida.
Huo Jihan soltó una risa baja, suave, que se filtró por el teléfono como un violonchelo en notas graves, provocando un cosquilleo incómodo en el pecho de Lin Yi.
—Hoy no salí temprano. Necesito hablar contigo de algo.
Lin Yi sonrió un poco más.
—Está bien. ¿Te mando la dirección?
—Sí.
Colgó y empezó a escribir la ubicación del centro comercial.
Mientras lo hacía, miró a Huo Yun.
—Por cierto… ¿qué ibas a decir?
Huo Yun lo observó teclear, con una expresión compleja, y en vez de responder, preguntó:
—¿Era el primo?
Lin Yi asintió sin darle importancia.
—Sí.
Huo Yun se quedó callado.
Pasaron unos segundos largos.
Cuando Lin Yi levantó la vista, Huo Yun ya había escondido esa expresión y sonreía de nuevo, pero con un brillo distinto.
—Creo que… no puedo seguir comprando contigo. Acabo de recordar que tengo algo más que hacer.
No quería encontrarse con Huo Jihan.
O peor… no quería que Huo Jihan notara lo que se le estaba moviendo por dentro.
Porque Huo Jihan no era un hombre común. Bajo su mirada, cualquiera se sentía expuesto.
Lin Yi no insistió.
—Está bien. Ve a lo tuyo.
Luego añadió, sincero:
—Y si tu pierna se pone mal, avísame. Agrégame a WeChat.
Lo decía por responsabilidad. Al fin y al cabo, Huo Yun se lastimó por él.
Lin Yi siempre había sido así: alguien que asumía su parte sin escurrirse.
En su vida anterior, esa cualidad le había ganado clientes y subordinados leales.
Pero Huo Yun lo interpretó de otra forma.
Entendió esas preguntas como preocupación genuina, una atención que hacía mucho no recibía.
Su corazón se aceleró.
Solo por la emoción.
De pronto, acercarse a Lin Yi le pareció una elección correcta.
Porque en su mente, ambos eran marginados. Ambos habían soportado presión, exclusión, indiferencia.
Y ahora… Lin Yi parecía dispuesto a “estar de su lado”.
Huo Yun lo miró con un fervor extraño, como si hubiera encontrado un compañero.
—No te preocupes. Estoy bien.
Lin Yi sintió que ese entusiasmo era demasiado intenso, pero no dijo nada.
Huo Yun preguntó:
—¿Cuál es tu ID de WeChat?
Lin Yi se la dio.
Huo Yun lo añadió, se despidió otra vez y se marchó.
Lin Yi lo vio alejarse y se quedó pensativo.
Había algo raro en Huo Yun.
Esa inocencia delicada… a veces se quebraba, dejando ver algo más profundo, más oscuro, como una mente que pensaba demasiado.
Pero Lin Yi no lo conocía bien, y seguramente no se verían seguido.
Así que no se quedó atrapado en eso.
Miró la hora.
Huo Jihan todavía tardaría un poco en llegar.
Así que decidió jugar con Huo Mianmian.
Compró fichas y se acercaron a una máquina arcade.
Un juego le llamó la atención:
Las reglas eran simples: había que hacer expresiones faciales según indicaciones. La cámara las grababa, y si coincidían, se ganaba una “recompensa misteriosa”.
Lin Yi se emocionó.
—Niño, ven. Aquí tienes que hacer caras según lo que te pida la pantalla. ¡Si lo logras, hay recompensa misteriosa!
Huo Mianmian inclinó la cabeza.
¿Misteriosa?
La palabra “misterioso” era magia para los niños.
Se plantó frente a la máquina.
Lin Yi insertó tres fichas y comenzó.
Primera indicación: feliz.
Huo Mianmian sonrió de inmediato. Sus ojos se curvaron en medias lunas.
La pantalla capturó la expresión y mostró:
“¡Buen trabajo! ¡Sigue así!”
Huo Mianmian se sorprendió por su éxito inmediato y se le infló la confianza.
Segunda indicación: enojado.
Huo Mianmian se puso las manos en la cintura, frunció el ceño y soltó un “hmph” muy serio.
Lin Yi se rió. Nunca lo había visto así.
Era adorable incluso cuando intentaba ser feroz.
Tercera indicación: feroz.
Huo Mianmian pensó un momento.
Luego hizo una cara dura… y hasta añadió un sonido:
—¡Ja!
Pero por lo suave y tierno que era, no parecía feroz.
Parecía un gatito queriendo intimidar.
Daba ganas de abrazarlo.
Las indicaciones siguieron.
El problema era que muchas se repetían y el ritmo se volvía confuso.
Huo Mianmian cambiaba y cambiaba de expresión, hasta que empezó a marearse.
Inclinó la cabeza hacia Lin Yi, desesperado:
—Papá… ¡mis expresiones ya no me escuchan!
Lin Yi se carcajeó.
—¿Cómo que no te escuchan?
Huo Mianmian, muy serio:
—¡No sé! ¡Pero ahora están todas confundidas!
Lin Yi se rió más.
—Aguanta un poquito. Seguro ya casi termina.
Huo Mianmian hizo unas cuantas más y por fin la pantalla mostró:
“¡Ding dong! ¡Has completado todas las expresiones! ¡Ahora toca la pantalla para reclamar tu recompensa misteriosa!”
Lin Yi se emocionó.
—¡Niño, toca la pantalla!
Huo Mianmian extendió su dedito meñique y tocó.
El círculo blanco giró, giró… tardó muchísimo.
Y al final reveló:
“Estimado cliente: su recompensa misteriosa es… ¡otra oportunidad de volver a jugar!”
Lin Yi: “…”
Huo Mianmian: “…”
Los dos se quedaron en silencio, como si acabaran de vivir una traición personal.
¿Eso era una recompensa?
¿Y encima “misteriosa”?
Tras unos segundos, Lin Yi suspiró con solemnidad:
—Este juego es verdaderamente despreciable.
Huo Mianmian frunció el ceño, indignado:
—¡Despreciable! ¡Humph!
Pero con sus mejillas rosadas y su carita redonda, parecía todavía más adorable. Nada intimidante.
Lin Yi le dio unas palmaditas en la cabeza para consolarlo y suspiró, filosófico:
—Así es la vida. A veces crees que habrá una sorpresa… y al final no hay nada.
Huo Mianmian era demasiado pequeño para entender eso.
Solo lo miró con ojos grandes.
Lin Yi se derritió.
—Vamos. Papá te compra un helado para compensar la decepción.
—¡Está bien!
Fueron a una tienda cercana y cada uno compró un helado grande.
Cuando salieron con los helados, Huo Jihan estaba por llegar.
Así que Lin Yi llevó a Huo Mianmian fuera del centro comercial.
Encontraron una plataforma elevada y se sentaron ahí, comiendo helado mientras esperaban.
No pasó mucho.
Un Porsche negro se acercó desde la distancia.
La matrícula le resultó familiar a Lin Yi.
El auto se detuvo frente a ellos.
La puerta se abrió.
Huo Jihan bajó, vestido con traje negro.
Como siempre, su porte era frío, distante, impecable.
Pero cuando vio a Lin Yi y a Huo Mianmian, su expresión se suavizó, como si una brisa cálida derritiera la escarcha.
Caminó hacia la plataforma con una caja en una mano, aunque Lin Yi no alcanzó a ver qué era.
Lin Yi sonrió y lo saludó:
—Sr. Huo, ya llegó.
Mientras hablaba, se preparó para saltar.
La plataforma tendría metro y medio; para él era fácil.
Pero Huo Jihan frunció apenas el ceño.
—Espera.
Lin Yi se detuvo, confundido.
—¿Qué pasa?
Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, Huo Jihan dio un paso adelante y lo levantó con un brazo, bajándolo del borde como si no pesara absolutamente nada.
Lin Yi se quedó atónito.
Solo volvió en sí cuando Huo Jihan lo colocó con cuidado en el suelo.
¿Estaba preocupado por que se cayera?
Pero lo verdaderamente impactante no era eso…
Era que lo levantó con una mano.
Lin Yi era un adulto, alto, más de 1.80.
Y aun así, Huo Jihan lo movió sin esfuerzo.
Era la primera vez que Lin Yi sentía tan de cerca esa fuerza explosiva en los brazos de Huo Jihan: firme, controlada, inquebrantable.
En comparación… Lin Yi se sintió de pronto débil.
Él casi no hacía ejercicio. A lo mucho nadaba de vez en cuando.
Si compitieran en fuerza, perdería en segundos.
Pensando en eso, miró a Huo Jihan de manera casi automática.
En ese momento, Huo Jihan también había bajado a Huo Mianmian con facilidad.
Notó la mirada de Lin Yi y se volvió hacia él.
—¿Qué pasa?
Lin Yi negó con la cabeza, apurado.
—Nada.
Solo que, de repente, había sentido con claridad lo poco que podía resistirse a él.
Ni un poquito.
Y eso… por alguna razón, le dejó el corazón incómodamente acelerado.