El Padrastro De Repente Se Volvió Popular - Capítulo 45

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Su Bai había caído por completo en desgracia.

Internet se inundó de revelaciones sobre él, y los internautas se dieron un festín con el escándalo.

—Pensé que Su Bai de verdad tenía un padre poderoso… ¡y resulta que era un sugar daddy!
—Sus fans se la pasaban presumiendo de eso. Ahora no pueden decir ni pío.
—Qué descaro, paseándose con su sugar daddy a plena luz del día…
—Hay un chisme sin confirmar: dicen que tuvo varios antes, pero este fue el más rico.
—No puedo creer que me gustara antes. Debí estar ciego.
—¡Vayan a Weibo! Alguien lo expuso: tenía pareja, pero la engañó porque despreciaba su origen humilde…

—¡Madre mía, esto es una cadena de escándalos!

La discusión en línea ardía, y en la realidad no iba mejor.

Los directivos de la agencia tenían grandes esperanzas depositadas en Su Bai. Nadie esperaba un estallido así, y menos aún en la fiesta anual. En cuestión de minutos, la prioridad dejó de ser el evento: empezaron a alejarse de él, temiendo que arrastrara la reputación de la empresa al barro.

Su Bai, cubierto de moretones, se acurrucó en un rincón con la ropa hecha jirones, demasiado avergonzado para mirar a nadie.

Su sugar daddy estaba ocupado apagando incendios en su propia casa; aunque tuviera tiempo, tampoco iba a preocuparse por Su Bai. Al fin y al cabo, aquello siempre había sido una transacción.

¿De verdad esperaba cariño?

Su Bai se quedó solo.

Los aduladores que antes lo rodeaban desaparecieron sin dejar rastro, como si jamás hubieran existido.

Solo entonces comprendió algo: Lin Yi no era alguien con quien se pudiera jugar.

Elegirlo como “blanco” quizá había sido el mayor error de su vida.

Y aun así, en lo más profundo, Su Bai seguía creyéndose noble. Una estrella a la que el mundo debía rendirle culto.

Pero, lo quisiera o no, para los demás ya no era esa figura glamorosa.

El tiempo pasó rápido, y pronto llegó el día de grabar el programa de paternidad.

Lin Yi casi nunca madrugaba, pero aquella mañana sí. Bajó las escaleras estirándose, todavía con el sueño pegado en los huesos.

Una vez abajo, empezó a buscar a Huo Jihan.

Iba a emprender un viaje con Huo Mianmian; lo correcto era informarle.

Por suerte, Huo Jihan aún no se había ido a la empresa. Estaba en la sala, sentado con porte impecable, revisando documentos.

Li Feng permanecía a un lado, respetuoso, esperando a que firmara para enviar los papeles a las sucursales.

Lin Yi no los interrumpió. Se apoyó contra la pared y esperó.

Cuando Huo Jihan entraba en modo trabajo, su presencia era abrumadora: una autoridad fría, silenciosa, que parecía mantener a todos a distancia.

Poco después, firmó el último documento.

Lin Yi se acercó.

—Sr. Huo, tengo algo que decirle.

Huo Jihan levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Voy a llevar a Mianmian a filmar el programa.

Huo Jihan, que rara vez dejaba ver emociones, frunció levemente el ceño.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. El equipo me avisó anoche y no tuve oportunidad de decírselo antes.

Huo Jihan hizo una pausa.

—¿Cuándo regresan?

Lin Yi no esperaba esa pregunta. Ni siquiera se habían ido y ya le preguntaba por la vuelta.

Sin entender del todo el motivo, respondió con honestidad:

—No lo sé. Escuché que el lugar está lejos… tal vez diez días o medio mes.

Huo Jihan no dijo nada.

Pero Lin Yi, que ya había convivido lo suficiente con él como para captar mínimos matices, sintió que… estaba un poco molesto.

Eso lo desconcertó.

¿De verdad le afectaba que él y Mianmian se fueran a grabar?

Li Feng permaneció en silencio, pero por dentro su mente trabajaba rápido.

Llevaba años con Huo Jihan y era la primera vez que percibía un descontento tan claro. Normalmente, ni con miles de millones en juego su jefe se inmutaba.

Eso solo podía significar una cosa: Lin Yi importaba más de lo que parecía.

El ambiente se quedó en un silencio extraño.

Justo cuando Lin Yi pensaba decir algo más, su teléfono sonó.

Sacó el móvil: un número desconocido.

Dudó un segundo, pero contestó.

—¿Hola? ¿Quién habla?

Del otro lado llegó una voz familiar, fría, altanera y con prisa:

—Lin Yi, ¿ya vas a venir o qué? ¡Te estoy esperando en la entrada del aeropuerto! ¡Date prisa!

Lin Yi: “…”

Esa voz solo podía ser de Shen Feng.

—¿Cómo demonios supiste en qué ciudad estoy? —preguntó, sin palabras.

Shen Feng se atragantó un instante, culpable. Había presionado al personal del programa para obtener la dirección… pero ni loco lo admitiría.

Así que cambió de tema con descaro:

—Por cierto, escuché que el rodaje esta vez es en un desierto. ¿Ya preparaste lo necesario?

Lin Yi se sorprendió.

—¿Un desierto?

El equipo solo le había dado la hora de salida y los detalles del vuelo, nada más.

Shen Feng soltó un suspiro, aliviado por haber logrado distraerlo.

—¿Ves? Te estoy cuidando. Te estoy dando información privilegiada.

—¿Eso cuenta como información privilegiada? —replicó Lin Yi, seco.

—¡Claro que sí! Ya, no te hago perder tiempo. Empaca y ven. ¡Te espero!

Y colgó.

Lin Yi se quedó un momento mirando la pantalla antes de guardar el teléfono.

Entonces notó que Huo Jihan lo estaba observando.

Con aparente casualidad, Huo Jihan preguntó:

—¿Quién era?

Lin Yi contestó sin rodeos:

—Alguien del programa. No sé cómo, pero se enteró de dónde estoy y me está esperando en el aeropuerto para apurarme.

Aunque Lin Yi hablaba con un toque de sarcasmo, el tono dejaba claro que no se llevaban mal.

Los ojos de Huo Jihan parpadearon apenas.

—Parece que se llevan bien.

—¿Eh? —Lin Yi se desconcertó—. Bueno… grabamos juntos la última vez. Tiene sus… manías, pero sí, supongo que somos amigos.

La mirada de Huo Jihan se volvió más profunda por un instante.

Luego dijo, con calma:

—Haré que Li Feng los lleve al aeropuerto.

Lin Yi negó de inmediato.

—No es necesario. Li Feng tiene que entregar documentos, ¿no? Mianmian y yo podemos ir solos.

Para sorpresa de Lin Yi, Huo Jihan insistió:

—Primero que los lleve. Después entrega lo que tenga que entregar.

Lin Yi no encontró motivo para seguir rechazando.

—Está bien.

Huo Jihan se giró hacia Li Feng.

—Al aeropuerto.

Li Feng entendió sin necesidad de más.

Se acercó a Lin Yi.

—Sr. Lin, permítame ayudarle con el equipaje.

Lin Yi asintió.

—Gracias.

Veinte minutos después, Lin Yi y Huo Mianmian salieron de la villa.

Li Feng conducía.

Tras escuchar lo del desierto, ambos se vistieron ligero, pero empacaron abrigos gruesos en las maletas: la diferencia de temperatura entre el día y la noche en el desierto podía ser brutal.

Lin Yi llevaba una camisa blanca de manga corta, sencilla.

Huo Mianmian, en cambio, iba con un traje de conejito. Cuando se puso la capucha, dos orejas se quedaron erguidas sobre su cabeza, y parecía un conejito real, adorable hasta el exceso.

Lin Yi no resistió la tentación de pellizcarle las mejillas.

—Mianmian, ¿estás emocionado por jugar en el desierto?

Huo Mianmian asintió y, con el movimiento, las orejas de conejo se balancearon.

—Estoy emocionado.

Ya se había acostumbrado al formato del programa.

Y, sobre todo, mientras Lin Yi estuviera con él, todo era divertido.

Padre e hijo charlaron todo el camino, hasta que llegaron al aeropuerto.

Al bajar del auto, Lin Yi miró hacia la entrada y vio a Shen Feng y a Song Yutao esperándolos.

Ambos llevaban gafas de sol, cada uno apoyado en una maleta, con ese aire de “no me hablen” tan suyo.

Shen Feng también vio a Lin Yi.

Se quitó las gafas de un tirón y caminó hacia él a grandes pasos.

—¡Qué lento eres! ¿Eres una tortuga? ¡He esperado tanto que se me van a marchitar las flores!

Lin Yi lo miró con indiferencia.

—¿Quién te pidió que me esperaras? Tú insististe en venir.

Shen Feng: “…”

Por un segundo se quedó sin respuesta.

Resopló, fingiendo dignidad.

—¡Ya, ya! No voy a discutir contigo. ¡Apúrate, entremos al aeropuerto!

Lin Yi lo ignoró y primero bajó con calma a Huo Mianmian.

Li Feng ya había sacado el equipaje.

—Sr. Lin, que tenga buen viaje.

Lin Yi tomó la maleta.

—Gracias. Puedes regresar. Has trabajado duro.

Shen Feng no reconoció a Li Feng, así que ni lo miró. En cambio, se apresuró a quitarle la maleta a Lin Yi.

—¡Déjamela! ¡Vamos, apúrate!

Lin Yi lo miró sin expresión.

—¿Por qué tanta prisa? ¿Tienes prisa por renacer?

Shen Feng: “…”

En realidad solo quería pasar más tiempo con Lin Yi, pero se atragantó con la respuesta.

Si alguien más le hubiera dicho eso, ya estaría explotando.

Con Lin Yi, en cambio, ni siquiera encontró las palabras.

Resopló y se dio la vuelta.

Lin Yi se inclinó hacia Huo Mianmian con una sonrisa.

—Vamos, peque. Vamos a tomar un avión.

Li Feng se quedó a un lado, observando sin llamar la atención.

Estaba claro: esos dos eran amigos.

Al menos, Lin Yi veía al otro como un amigo, sin ninguna otra intención.

Pronto, el grupo entró al aeropuerto, seguido por dos asistentes de Shen Feng.

Li Feng permaneció donde estaba, viendo cómo Lin Yi y Huo Mianmian desaparecían entre la gente.

Luego se dio la vuelta para marcharse.

Ahora tocaba regresar…

y reportarle al Sr. Huo.

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