El Padrastro De Repente Se Volvió Popular - Capítulo 4
Lin Yi condujo el Ferrari de regreso a la villa con el techo abajo, dejando que la brisa le golpeara la cara.
La sensación fue… sencillamente adictiva.
Las líneas del coche eran perfectas, el rugido del motor limpio, y la respuesta del acelerador hacía que todo lo demás pareciera lento.
“El gusto de Lin Jie no es malo”, pensó.
Pero ese Ferrari, por supuesto, estaba destinado a una sola persona.
A él.
Ni en sueños se lo iba a regalar a un “hermanito chupasangre”.
Al llegar a la villa, entregó las llaves al encargado del estacionamiento, bajó con tranquilidad y caminó hacia dentro.
El mayordomo lo vio regresar y se acercó enseguida.
—Señor Lin, ya volvió.
—Mm.
Lin Yi subió un par de escalones, con intención de ir directo a su habitación, cuando el mayordomo lo alcanzó de prisa.
—Señor Lin… el joven maestro aún no se ha acostado. ¿Le gustaría pasar a verlo?
Lin Yi estuvo a punto de decir “no”.
¿Qué sentido tenía?
Pero recordó la petición del mayordomo: “pase más tiempo con el joven maestro”.
Y también recordó otra cosa: el viejo ya casi tenía sesenta, y aun así vivía pendiente del niño como si fuera su propia sangre.
Suspiró.
—Está bien. Iré un momento.
Además… ver a ese pequeño podía mejorarle el humor.
El mayordomo sonrió como si acabara de recibir una noticia maravillosa.
Lin Yi se dirigió hacia la habitación de Huo Mianmian.
Era imposible negar que la habitación parecía sacada de un sueño: colores cálidos, pegatinas de caricaturas, peluches ordenados… un mundo suave y protegido.
Un sirviente estaba de guardia. Al ver a Lin Yi, lo saludó y se retiró discretamente.
Lin Yi entró al baño.
Huo Mianmian estaba de pie sobre un taburete, concentrado como si estuviera realizando una misión importante.
Intentaba poner pasta en su cepillo. No tenía fuerza suficiente; lo intentó dos veces hasta lograrlo. Luego comenzó a cepillarse, meticuloso, serio, como un adulto pequeñito.
Lin Yi se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
La verdad era que… fuera de ser demasiado callado, el niño era perfecto.
Bonito, bien cuidado, y sorprendentemente independiente.
Terminó de enjuagarse, guardó todo con cuidado y se bajó del taburete.
Dio un par de pasos… y recién entonces notó a Lin Yi.
Parpadeó, confundido, como preguntando: “¿desde cuándo estás ahí?”
Lin Yi soltó una risa.
—Vine a ver si te ibas a dormir bien.
Como si lo hubiera tomado como una orden, Huo Mianmian caminó hacia su camita.
Se subió como un pingüinito: manos, rodillas, esfuerzo, y finalmente se dejó caer bajo la manta, acomodándose con disciplina.
Luego lo miró con esos ojos enormes y brillantes.
No dijo una palabra, pero el mensaje era claro:
“¿Así está bien?”
Lin Yi se quedó mirándolo un segundo.
Qué peligro.
A este paso, el niño lo iba a entrenar sin darse cuenta.
Carraspéó, buscando qué hacer.
—¿Quieres… que te cuente un cuento antes de dormir?
Los ojos de Huo Mianmian se iluminaron al instante.
Cuento.
Eso lo había visto en caricaturas.
Un adulto sentado a un lado, una historia suave… y el niño durmiéndose sin miedo.
Su carita mostró una alegría pequeña, contenida. Aparecieron dos hoyuelos.
Lin Yi, viendo esa expresión, ya no podía echarse atrás.
Se sentó en el borde de la cama.
Abrió la boca…
Y se quedó en blanco.
“Genial.”
Él no sabía cuentos. Ni canciones. Ni nada que no fuera un Excel.
Probó rescatarse.
—Ejem… entonces… ¿una canción?
Huo Mianmian asintió, expectante.
Lin Yi aclaró la garganta.
—Una ranita feliz…
Se detuvo.
¿Y luego qué?
Huo Mianmian lo miró.
Confundido.
Lin Yi sintió un raro calor subirle a la nuca.
—Bien… otra.
—Huluwa, Huluwa…
Se detuvo otra vez.
Silencio.
Los ojos de Huo Mianmian parecían decir: “¿se rompió?”
Lin Yi mantuvo el rostro serio, como si nada.
Sacó el teléfono con calma absoluta.
Buscó: “cuento para dormir”.
Encontró uno.
Y leyó:
—Érase una vez un conejito que se perdió mientras caminaba…
Esta vez sí funcionó.
Huo Mianmian escuchó fascinado, tan quieto que parecía una estatua.
Lin Yi soltó un suspiro interno.
“Gracias, tecnología.”
La voz de Lin Yi se fue calmando con el ritmo de la historia.
En algún punto, notó que el niño ya no respondía con la mirada.
Huo Mianmian se había dormido… acurrucado en el hueco de su brazo, como si ese lugar fuera seguro.
Lin Yi bajó la voz hasta callarse.
Le acomodó la mantita, metió la manita que había quedado afuera, y se puso de pie.
Antes de irse, no pudo resistirse: le dio un toque suave en la mejilla.
Pequeño. Casi imperceptible.
Y salió con una extraña sensación… como si hubiera hecho algo correcto sin proponérselo.
En el pasillo, su teléfono vibró.
Era su agente.
“Te inscribí en un programa de variedades para niños. La grabación empieza pronto. Prepárate.”
Un segundo mensaje llegó enseguida, más agresivo:
“Si no vas, pagas multa. Tú decides.”
Lin Yi entrecerró los ojos.
Multa.
En su vida pasada, perder dinero por algo absurdo era una afrenta. No por necesidad… sino por principio.
“Típico. Contrato trampa.”
Suspiró.
—Está bien. Iré.
Pero se detuvo.
Un programa infantil implicaba… un niño.
¿Y él de dónde sacaba uno?
Su mirada se deslizó, inevitable, hacia la puerta de la habitación de Huo Mianmian.
“Podría llevarlo conmigo… si se lo aprueban.”
Y ahí surgió el verdadero problema.
Para eso tenía que hablar con el padre biológico.
Con Huo Jihan.
Lin Yi sacó el móvil, entró a contactos… y se quedó mirando la pantalla vacía.
El dueño original ni siquiera tenía el número del esposo.
—Qué matrimonio tan decorativo… —murmuró.
En toda la villa, solo el mayordomo tenía el contacto de Huo Jihan.
Así que fue a buscarlo.
Cuando el mayordomo escuchó lo que Lin Yi quería, sonrió como si el cielo le hubiera concedido un milagro.
—¡Exacto! Las parejas deben comunicarse. Eso fortalece la relación.
Lin Yi lo miró.
—Solo necesito hablar de un asunto.
—Claro, claro. Comuníquense más. Con el tiempo, los sentimientos crecen.
—…
Lin Yi decidió rendirse con dignidad.
—¿Me da el número, por favor?
El mayordomo, feliz, empezó a hablar como si estuviera presentando a un príncipe:
—Por cierto, señor Lin, usted no sabe mucho del señor Huo, ¿verdad? Nuestro señor es excepcional. Se saltó tres grados, entró a una Ivy League, doctorado a los veinticinco…
Lin Yi sonrió con sequedad.
“Un monstruo académico.”
El mayordomo siguió, orgulloso, contando cómo Huo Jihan había regresado, tomado el Grupo Huo y purgado a los familiares que intentaron frenarlo.
—Frío, rápido, sin piedad —concluyó, casi con devoción—. Ahora el Grupo Huo es el primero de Jing. Y el señor… es aún más imponente.
Lin Yi escuchó y, de repente, recordó el perfil del personaje en la novela.
Brillante. Calculador. Despiadado.
Un hombre que veía el matrimonio como un trámite.
Un hombre que ni siquiera se molestó en conocer a su propio esposo nominal.
Lin Yi tomó el número que el mayordomo le extendía, lo miró un segundo… y pensó:
“Sí. No es una persona normal.”