El Favorito del Cielo - Capítulo 725

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  4. Capítulo 725 - Hilar seda desde los capullos (7)
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¡Bang!

—¡Ustedes, estúpidas criadas, hablen! ¿Quién las instigó a coser la tela manchada con el virus de la viruela en las túnicas del séptimo príncipe?

¿Cómo se atrevían a mirar a Yan Shengrui en busca de ayuda? Chu Yunhan golpeó la mesa con tanta fuerza que esta tembló varias veces. Viendo eso, las dos doncellas quedaron tan aterradas que el alma casi se les escapó. Los ojos de Yan Shengrui y los demás se clavaron en ellas como radares, sin dejar escapar ni un solo cambio en sus expresiones.

—N… nos acusan injustamente. Somos sólo sirvientas de la oficina de ropas. ¿Cómo podríamos atrevernos a perjudicar al séptimo príncipe? Su Majestad, por favor, haga justicia por nosotras… ¡Somos inocentes!

Una de las criadas, con los labios pálidos, se postró en el suelo y sollozó proclamando su inocencia. Viendo eso, la otra también se arrodilló:

—Su Majestad, ¡nos acusan injustamente! ¿Cómo podríamos tener el valor de perjudicar al séptimo príncipe?

—¡Por favor, haga justicia por nosotras! ¡Somos inocentes!

—Su Majestad…

Antes de que nadie les hiciera algo, las dos ya lloraban cada vez más alto. Mientras se defendían, no paraban de golpear la frente contra el suelo. El olor a sangre comenzaba a impregnar el aire.
Ling Jingxuan colocó lentamente la taza de té sobre la mesa y dirigió la mirada hacia ellas.

—¿Ya terminaron de golpearse la cabeza? Si es así, levanten la vista.

Su voz era suave como una brisa primaveral, pero cuando las dos levantaron la cabeza rígidamente y miraron sus ojos, no pudieron evitar retroceder. Con la frente sangrando, temblaban sin emitir sonido alguno. La mirada de Jingxuan era tan aterradora, tan fría, que parecía dispuesto a cortarlas en pedazos; más temible aún que la ira de la emperatriz.

—No tengo tanta paciencia. Como dicen que son inocentes, metan esto en su boca. No hará falta mucho, una hora será suficiente. Si lo hacen, las dejaré ir.

Sin ganas de perder ni un minuto más con ellas, Ling Jingxuan tomó un bisturí, recogió con él la tela olvidada sobre la mesa y se acercó despacio. La doncella que estaba más cerca no sabía bien qué era, pero al ver las manchas de sangre seca en ella, el miedo se reflejó en su rostro. Cuando la tela pasó frente a su cara, sólo mostró repulsión.

—No, quítelo de mí, ¡nooo!

Cuando Ling Jingxuan acercó la tela a la otra sirvienta, ésta, paralizada en el suelo, retrocedió desesperadamente, agitando las manos y gritando hasta no tener adónde escapar.
La respuesta era evidente: si no supiera qué era ese trozo de tela, ¿por qué se asustaría tanto? Nadie dejaba de temerle a la viruela.

—Llévatela —ordenó Ling Jingxuan con un gesto.

Yan Shan se llevó a la doncella inocente.
Ling Jingxuan se incorporó y caminó hacia la que temblaba de miedo.

—Te daré una última oportunidad. ¿Quién te ordenó hacerlo?

Nadie teme tanto a la muerte como las sirvientas del palacio. Sus vidas no valen nada. Si no fuera porque su intervención había cambiado la situación, aquella criada ya habría sido silenciada. Tal vez el culpable no había tenido tiempo de eliminarla todavía. De cualquier modo, aquello era su suerte.

—No, no… yo… no sé de qué está hablando.

La criada se encogió y se aferró con fuerza a un pilar cercano. No se atrevía a mirarlo, ni mucho menos a mirar la tela que sostenía.
Ling Jingxuan entornó los ojos, peligrosamente fríos.

—En ese caso, no me culpes por ser cruel.

¡Crack!

—¡Aaah!

Apenas terminó de hablar, Ling Jingxuan arrojó la tela a un lado, le agarró el brazo con una mano y, con la otra, lo rompió de un golpe seco.
El sonido de los huesos fracturándose resonó en la sala, acompañado de un grito desgarrador. Sin darle tiempo a suplicar, tomó el otro brazo y lo rompió igual. Los alaridos llenaron todo el salón.

—¡Aaah… no… aaah…!

Incapaz de seguir sosteniéndose del pilar, la criada cayó al suelo.
De pie, Ling Jingxuan la miró con frialdad y le lanzó una patada en el muslo. La joven, que intentaba suplicar, soltó otro grito desgarrador. Sus dos brazos y una pierna ya estaban rotos. Incluso un hombre adulto habría perdido el conocimiento, pero nadie presente mostró compasión. Lo que ella había hecho era mucho más cruel que lo que él estaba haciendo.

—Sollozos…

La doncella, tirada en el suelo, no podía moverse; sólo gemía de dolor. Con los ojos llenos de lágrimas, miró suplicante a Ling Jingxuan, pero…

¡Crack!

—¡Aaaah!

Ling Jingxuan no le dio oportunidad de seguir fingiendo debilidad. Le rompió la otra pierna de la misma forma, simple y brutal.
Esta vez, los gritos de la sirvienta se mezclaron con temblores; su cuerpo temblaba en el suelo como un charco de lodo. Lo más extraño era que, hasta ese momento, ni una sola gota de sangre había salido.

—Shanzi, tráeme mi botiquín —ordenó sin inmutarse.

Ignorando la escena miserable frente a él, Ling Jingxuan se agachó nuevamente. Al oír su voz, la criada se estremeció de terror, soportando el dolor insoportable mientras gritaba entre lágrimas:

—¡Yo… yo hablaré! ¡Por favor, perdóneme!

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