El Favorito del Cielo - Capítulo 689
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- Capítulo 689 - Una víspera nada tranquila (3)
—Wuyang, ¿por qué crees que te abandonaría para favorecer a otra persona?
Tirando de él para hacerlo recostarse, Sikong Cheng lo sostuvo con un brazo y habló lentamente:
—Hace nueve años, lo primero que hice al regresar fue arrodillarme ante mis padres y pedirles que nos unieran. Como príncipe heredero, debía asumir la responsabilidad de fortalecer el reino y también la de continuar con la línea familiar. Pero me enamoré de ti, un hombre que no puede darme hijos. Al principio, mis padres se opusieron con fuerza, pero cuando vieron que mi decisión era firme, no les quedó más remedio que aceptar. Sin embargo, con una condición: debía permitir que una mujer diera a luz a mi heredero. Eso ya lo sabías, ¿verdad? Mi padre ascendió al trono tras una cruel matanza. Si yo no tuviera descendencia, la familia imperial se vería envuelta en una tormenta aún mayor en el futuro. Tengo la obligación de evitar otro baño de sangre, así que acepté. No te enfades. Déjame terminar.
Al notar que el otro estaba a punto de perder la calma otra vez, Sikong Cheng cerró los ojos y suspiró con impotencia. Cuando se aseguró de que Xue Wuyang ya no intentaba apartarse, continuó:
—Sí, acepté, pero aún te amo más de lo que puedo expresar. No quiero tocar a nadie más que a ti. El día que mis padres dispusieron para eso, tomé una decisión. Usé como excusa un duelo de artes marciales con Hao para llamarlo, lo dejé inconsciente, le di un afrodisíaco y lo envié a la habitación de aquella mujer. Luego lo devolví al Palacio del Este según el tiempo que duraba el efecto del afrodisíaco. Todo lo hice yo mismo, nadie más lo supo. Aunque Hao sintió algo raro al día siguiente, creyó que era consecuencia del combate. Como sabes, tanto Hao como Yu confían en mí. Nunca dudó de mis palabras. Fue la primera vez que tramé algo contra mis propios hermanos, por ti. Por suerte, poco más de un mes después, aquella mujer quedó embarazada. Mis padres la mantuvieron en el profundo harén hasta que dio a luz a Qi’er. Querían matarla después, pero murió desangrada durante el parto. Para darle a Qi’er una identidad legítima, mis padres propusieron nombrarla princesa heredera, pero me negué. Viva o muerta, mi princesa heredera solo puede ser tú.
Aquello era un asunto demasiado grande. Si alguna vez se supiera, sus padres se enfurecerían y surgirían grietas entre él y su hermano menor Sikong Hao. Pero no le preocupaba enfrentarse a su ira; lo que temía era que descargaran esa ira sobre Xue Wuyang o que su confesión destruyera la buena imagen que tenía de sus padres. Al fin y al cabo, tampoco había sido fácil para ellos. Como soberanos y como padres, sus exigencias eran razonables. Por eso eligió ocultárselo. Si no hubiera sentido que esa noche lo perdería para siempre, habría llevado ese secreto a la tumba.
Con la sagacidad de Xue Wuyang, aun sin que él lo dijera, comprendía por qué había decidido esconderle la verdad. Aun así, su corazón era un torbellino de emociones. Cuando ignoraba el motivo, sentía una espina clavada en el pecho; ahora que lo sabía, no se sentía mejor. Si hubiera confiado un poco más en Sikong Cheng, ¿habría habido tantos malentendidos?
—Entonces, ¿por qué Qi’er se parece tanto a ti cuando eras pequeño?
Para evitar que notara su agitación, Xue Wuyang fingió cambiar de tema. En realidad, cuando Cheng y Hao eran niños, se parecían bastante, y además Sikong Qi lo admiraba y trataba de imitarlo en todo. Era natural que tuviera rasgos similares. Todo había sido culpa suya, cegado por los celos, incapaz de ver con claridad. El venerado Señor del Palacio Fantasma resultó ser un necio frente al amor.
—Jejeje… Le puse el nombre de Sikong Qi a propósito. Incluso Hao lo notó y vino al Palacio del Este a preguntarme. Pero tú fuiste el único que olvidó que aquel año fue un verano sofocante. ¿No recuerdas que Hao dijo que llamaría Sikong Qi a su primogénito? ¿Lo recuerdas?
Sabiendo que la pregunta no buscaba respuesta, Sikong Cheng no le dio una explicación directa. En cambio, le levantó el mentón y lo obligó a mirarlo. Su rostro de rasgos marcadamente occidentales mostraba una sonrisa llena de ternura. Pasará lo que pasará, Wuyang siempre sería el primero en su corazón.
Al escuchar eso, Xue Wuyang pareció recordar aquel año, cuando Sikong tenía diez años y él nueve, y lo acompañó a celebrar el cumpleaños del emperador. Esa noche quiso subir a la barca de flores, y ellos… En ese entonces, Sikong Hao, un año menor, sí había dicho esas palabras. Maldita sea, ¿cómo pudo olvidar algo tan importante? Si lo hubiera recordado, tal vez no lo habría malinterpretado durante tanto tiempo.
—¡No te muerdas el labio!
Cada vez que Xue Wuyang se sentía extremadamente molesto, se mordía el labio. Sikong Cheng conocía ese hábito mejor que nadie. Sus dientes blancos apenas rozaron el labio inferior de él.
—¿Qué…?
Ante esa escena, Sikong Cheng se quedó inmóvil un segundo. Sus ojos azul oscuro se llenaron de deseo, y en un instante lo volteó, presionándolo bajo su cuerpo. Así, la apasionada noche entre ambos se encendió rápidamente.