El falso joven maestro huyó después de quedar embarazado - Capítulo 15
—Claro.
Bai Yi sonrió ampliamente.
—Después de todo, tomé esta foto para ti. Quédatela.
Chi An guardó la fotografía en su bolsillo. Al pensar en la imagen donde aparecía junto a Gege, una dulzura silenciosa llenó su corazón.
El letrero del restaurante decía “Parrillada del Noreste”.
La dueña era una tía originaria de Sichuan, cálida y extrovertida. Había reservado para ellos la sala privada más grande del local. El espacio de dos pisos estaba repleto de estudiantes recién graduados.
El sabor de la juventud era apasionado y bullicioso, acompañado por el sonido de los brindis y las carcajadas.
El aire estaba impregnado del aroma del carbón, las especias y las brochetas asadas, una fragancia intensa y apetecible.
Eran alrededor de una docena de personas.
Chi An y sus dos amigos fueron los últimos en llegar.
La mesa ya estaba llena de brochetas recién hechas, y al lado descansaba una caja completa de cerveza helada.
—¡Vamos, vamos, les guardamos sitio!
—¡Miren quién llegó! ¡Nuestros graduados destacados de la facultad!
—¡Chi An, siéntate aquí!
Apenas entraron, los saludos comenzaron a llegar desde todas partes.
Chi An respondió con una sonrisa mientras Bai Yi y Lu Xin’ou lo arrastraban hacia tres asientos consecutivos.
—¡Felicidades por graduarse, chicos!
La dueña apareció personalmente cargando una enorme bandeja de acero inoxidable llena de frituras recién hechas.
Su voz era fuerte y alegre.
—¡Nueva receta de hongos fritos y gajos de papa! ¡Con chile molido fresco! ¡Huele delicioso! ¡Prueben y me dicen qué tal! ¡Si les gusta les traigo más!
Oh, cielos, amiguitos.
✦✦✦
Los hongos y las papas estaban cubiertos con una fina capa de masa dorada y crujiente.
A diferencia de otras frituras, no se veían grasosas.
El chile molido era de un rojo intenso, mezclado con semillas de sésamo tostadas.
El sabor era picante, fragante y adictivo.
Chi An siempre había disfrutado los bocadillos fritos.
Como tenía hambre, comió bastantes.
Después tomó varias brochetas de carne, las bañó en chile y se las llevó a la boca. Cada pocos bocados necesitaba dar grandes tragos a su bebida para aliviar el ardor.
Se limpió los labios enrojecidos con una servilleta y sacó el teléfono para enviarle un mensaje a Fu Wenxiu.
Bu An: «¡Ya llegué a la parrillada!»
Bu An: «【Foto】【Foto】»
Bu An: «Está buenísima. Qué pena que no pude traerte para que la probaras.»
Tras enviar el mensaje, esperó una respuesta.
Pero no llegó inmediatamente.
En ese momento alguien le preguntó:
—Chi An, ¿no dijiste que querías abrir un estudio después de graduarte? ¿Cómo va eso?
Chi An se rascó el cuello y sonrió.
—Todavía no es algo seguro.
Una compañera intervino:
—Con tus notas seguro te irá bien. Yo ya recibí una oferta laboral. Desde ahora seré una miserable esclava corporativa.
—¡Oye! Cuando tu estudio empiece a contratar gente, ¿puedes ayudarme a entrar? Quiero ser tu empleada.
Bai Yi levantó su cerveza entre risas y le dio una palmada en el hombro.
—Cuando nuestro An Zai se convierta en jefe, el primero que contratará seré yo.
—¡Mira al joven maestro! ¡Ya tiene una empresa enorme esperándolo y aun así quiere quitarnos oportunidades!
—No, no, no, no es quitar oportunidades.
Bai Yi agitó la mano con aire misterioso.
—Los tres venimos en paquete. No podemos separarnos.
Chi An también sonrió, sin responder.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Se rascó el cuello nuevamente y abrió el mensaje.
F: «Habrá muchas oportunidades en el futuro.»
F: «【Oso grande alimentando a osito.jpg】»
Bu An: «Está bien, está bien~»
Guardó el teléfono y volvió a rascarse el brazo.
—¿Hay mosquitos aquí? —preguntó de repente—. ¿Pueden pedirle a la dueña que encienda espirales antimosquitos?
—¿Te picaron?
Lu Xin’ou observó la marca roja en su cuello y asintió.
—Voy a decirle.
La incomodidad comenzó a aumentar.
Chi An se rascó otra vez.
El picor ya se estaba extendiendo por la espalda.
Se quejó con frustración:
—¿Qué clase de mosquitos molestos son estos? ¿Por qué solo me atacan a mí?
—Quizá tu piel es más dulce.
Una chica se rió.
—Mi mamá siempre decía eso. O tal vez tu sangre sabe mejor.
Poco después, Lu Xin’ou regresó junto con la dueña.
Ella traía varias espirales y un encendedor.
Las colocó en una esquina mientras se disculpaba:
—Perdón, chicos. Hoy hay demasiada gente y no nos dio tiempo de fumigar el local.
Cuando levantó la vista, vio a Chi An rascándose otra vez.
Bai Yi frunció el ceño.
—No parece una picadura de mosquito.
Observó detenidamente su cuello.
—An Zai, ¿no será una alergia?
Había varias ronchas pequeñas agrupadas donde antes solo existía una marca.
—Antes había una sola. Ahora aparecieron varias más.
Chi An se quedó inmóvil.
Se tocó el cuello.
Efectivamente.
Las protuberancias se habían multiplicado.
Giró el brazo.
La zona cercana al codo estaba igual.
Las partes que se había rascado ya se habían unido formando una placa roja.
—…Es verdad.
Su corazón dio un vuelco.
Cuando era pequeño sufría reacciones alérgicas inexplicables.
Más tarde le hicieron pruebas y descubrieron varios alérgenos comunes.
Por eso siempre preguntaba por los ingredientes cuando comía fuera.
Pero habían pasado tantos años sin recaídas que había llegado a pensar que, al crecer, su cuerpo se había fortalecido.
Nunca imaginó que reaparecería de repente.
El picor se volvió cada vez más intenso.
Se extendió hacia el pecho y las piernas.
Lu Xin’ou se puso de pie de inmediato.
—Vamos. Te llevo al hospital.
—Yo también voy.
Bai Yi se levantó enseguida.
—No hace falta.
Chi An agitó la mano.
Su reacción no parecía demasiado grave.
El problema principal era el picor insoportable.
—Tengo medicina en casa. Solo necesito tomarla.
—¿Cómo que no hace falta?
—Deberíamos ir al hospital.
Chi An también se puso de pie.
—De verdad estoy bien. Ya me ha pasado antes. Sé cómo manejarlo.
Intentó sonreír.
—Además, mi apartamento está muy cerca. Son diez minutos en taxi.
Como insistió varias veces, los demás finalmente cedieron.
Bai Yi y Lu Xin’ou lo acompañaron hasta la planta baja y le consiguieron un taxi.
—Llámame si te sientes mal.
—Lo haré.
Chi An cerró la puerta del vehículo.
—Vuelvan a comer tranquilos.
El taxi arrancó.
La noche ya había caído por completo.
Bajó la ventanilla.
La brisa nocturna entró en el coche.
Durante un segundo pareció aliviar el picor.
Pero enseguida regresó con más fuerza.
Chi An se rascó el cuello, los brazos y el pecho con desesperación.
Las uñas cuidadosamente recortadas arañaban su piel una y otra vez.
Algunas zonas ya se habían roto.
Pequeñas gotas de sangre comenzaron a filtrarse.
Y al mínimo roce, además de picar, también dolían.