El esposo carne de cañón que todos codician - Capítulo 85

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Los dos encontraron un pequeño restaurante de dumplings cerca de allí. Yu Qi se acercó al dueño y pidió dos porciones: una de carne y otra vegetariana.

—Claro. ¿Las quiere grandes o pequeñas? —preguntó el dueño mientras lo anotaba en su libreta.

Los de carne estaban rellenos de cerdo con apio, mientras que los vegetarianos eran de bolsa de pastor.

Yu Qi volvió la cabeza para mirar a Liang Min y dijo:

—Una porción grande de los de carne y una pequeña de los vegetarianos.

La higiene de aquel modesto restaurante no podía compararse con la de un establecimiento elegante, aunque este ya estaba bastante limpio. Prácticamente no había bolas de papel usado en el suelo y las mesas estaban cubiertas con manteles de plástico. Sin embargo, la grasa acumulada durante años de uso seguía adherida a las mesas y a las patas de las sillas.

Liang Min frunció el ceño de manera casi imperceptible y sacó un buen trozo de papel. Cuando Yu Qi terminó de ordenar, lo vio inclinado, limpiando una silla.

Por alguna razón, le pareció un poco gracioso. Ese hombre acababa de trabajar barriendo las calles. ¿Cómo era posible que recién ahora recordara que tenía una obsesión por la limpieza?

A Yu Qi le daba igual. La obsesión por la limpieza era un lujo demasiado caro que, por el momento, no podía permitirse.

De lo contrario, ¿cómo habría logrado vivir en un barrio marginal?

Estaba a punto de sentarse frente a Liang Min cuando este lo tomó de la muñeca. Yu Qi se detuvo, desconcertado, y Liang Min lo condujo hasta la silla que acababa de limpiar.

—No hace falta —dijo Yu Qi, levantándose de inmediato.

—Le tengo miedo al frío.

Con el rostro inexpresivo, Liang Min señaló el aire acondicionado que soplaba directamente hacia la espalda de Yu Qi.

Era un aparato de una marca desconocida y tenía ya bastantes años. El motor producía un zumbido constante; de no ser por ese ruido, habría sido imposible saber que estaba funcionando.

A Yu Qi le pareció una excusa poco convincente.

Pero, pensándolo mejor, Liang Min no tenía motivos para engañarlo. Solo se habían visto dos veces y ni siquiera podían considerarse amigos.

—¡Aquí están los dumplings!

Poco después, la dueña se acercó con dos tazones de dumplings y dejó el más grande frente a Liang Min.

—Los de carne son los de la porción grande.

Sobre el caldo flotaban algunos trozos de cebollín y cilantro. Era ligero, pero aromático.

A Yu Qi no le gustaban los rellenos de carne. Podía comer carne, pero, una vez picada y convertida en relleno, no estaba dispuesto a probarla ni una sola vez. Aquella masa de carne triturada le hacía recordar los montones de basura podrida.

Cuando llegaba la temporada de lluvias, de los basureros brotaba un agua verde y maloliente, húmeda y nauseabunda, que fluía hasta las alcantarillas impregnadas de un olor rancio.

—Voy a salir un momento —dijo Liang Min, dejando los palillos.

—Mmm.

Yu Qi tenía comida en la boca y no podía hablar bien, así que asintió con las mejillas ligeramente infladas.

Cinco minutos después, Liang Min regresó al restaurante con dos brochetas de tanghulu envueltas en papel.

En verano había puestos de tanghulu por todas partes.

—¿Te gusta el tanghulu? —preguntó Yu Qi.

Pensó que no lo parecía en absoluto. No esperaba que a Liang Min le gustaran los dulces; el contraste era considerable.

Liang Min negó con la cabeza, manteniendo un aire inescrutable.

—No soy yo quien disfruta comiéndolo.

Las dos brochetas eran idénticas: llevaban mitad frutos de espino y mitad fresas. Liang Min le entregó una a Yu Qi.

—Estoy lleno.

Yu Qi ya había comido más de la mitad de lo necesario para saciarse.

—Todavía puedes comerte una brocheta.

Yu Qi la aceptó de mala gana.

Aún era temprano y, puesto que habían coincidido, Yu Qi retomó la conversación que no habían terminado la vez anterior.

Liang Min respondió todo lo que sabía, sin ocultar nada.

Yu Qi tenía una gran capacidad de aprendizaje autónomo. Además de asistir a las clases de su especialidad en la universidad, buscaba información por su cuenta durante su tiempo libre. Ahora, con la ayuda de Liang Min, ya tenía en mente el prototipo del sitio web.

Entrada la noche, se sentó frente al escritorio y encendió la computadora portátil de segunda mano que había conseguido. En aquella vieja máquina, capaz de ejecutar solamente dos programas al mismo tiempo, comenzó a escribir el código necesario para poner en funcionamiento el sitio.

Lo llamó: Sitio AS.

Cuando el cielo empezó a clarear, Yu Qi se frotó los ojos doloridos. Tenía la vista algo borrosa. Parpadeó y, al bajar la mano, el dorso rozó una bolsa. En el silencio de la madrugada, el crujido se magnificó infinitamente.

Era el tanghulu que Liang Min le había comprado.

A Yu Qi no le gustaban los dulces. Comparados con los sabores azucarados, prefería los ácidos.

Retiró la bolsa exterior y descubrió con sorpresa que el tanghulu no estaba cubierto por aquella gruesa capa de caramelo empalagoso. Solo había una fina lámina blanca de papel de arroz envolviendo los rojos frutos de espino y las grandes fresas.

Yu Qi permaneció varios segundos mirando fijamente el tanghulu.

Se preguntó si se habrían olvidado de cubrirlo con caramelo o si…

Bajó sus espesas pestañas y, con los labios secos, le dio un pequeño mordisco a modo de prueba. Sus pupilas, ocultas bajo las largas pestañas, se iluminaron.

Lamió el jugo que salió de la fresa al morderla y volvió a darle otro mordisco, esta vez más grande. Tenía el grado justo de acidez, era refrescante y no resultaba empalagoso.

¡Ding!

Su viejo teléfono vibró.

Yu Qi lo tomó y vio un mensaje de texto enviado por un número desconocido.

【Soy Liang Min.】

Ese era el número de Liang Min.

Yu Qi recordó que Liang Min le había dado sus datos de contacto en el Club Guojin, pero había estado demasiado ocupado y se había olvidado de guardar su nombre.

Lo añadió a sus contactos y, por primera vez, apareció un nombre registrado en la agenda telefónica de Yu Qi.

Después de guardarlo, lo contempló un par de veces con cierta curiosidad.

Respondió con un emoticono de una mano haciendo la señal de “OK”, dejó el viejo teléfono a un lado y, aprovechando que todavía no había amanecido por completo, se apresuró a dormir dos o tres horas.

…

El día siguiente amaneció soleado.

Yu Qi tenía clases por la mañana. Después de comer en la cafetería, salió y se lavó la cara en el lavabo de la entrada.

—¿Pero si no es Yu Qi?

Una voz insolente sonó a sus espaldas.

Yu Qi volvió la cabeza y miró en silencio a la persona que se acercaba. Después de observarla durante unos instantes, sin intención…

El rostro del rubio se puso rojo de furia.

—¡¿A quién llamas perro?!

Yu Qi bajó ligeramente las cejas. Bajo sus hermosos ojos había tenues ojeras, pero no transmitía la menor sensación de abatimiento.

La arrogancia del rubio se debilitó de inmediato.

…se valía del poder ajeno para intimidar a los demás. Sin embargo, nadie sabía desde cuándo, pero Sun Hao parecía haberse esfumado y no había vuelto a la universidad.

—¡Espérame! ¡Ya verás! —gritó el rubio antes de marcharse hecho una furia.

Yu Qi se presionó las sienes y su mente se despejó poco a poco.

Volvió a ponerse en contacto con el «Hermano Dao» y le pidió que, si surgía otro trabajo temporal bien pagado como el de la última vez, lo «recomendara».

【Gracias, hermano Dao.】

【Hermano Dao】: No tienes que agradecerme. Es un acuerdo que ambos aceptamos. Ninguno le debe nada al otro.

【Hermano Dao】: Escuché que, la última vez en el Club Guojin, ¿el joven heredero se fijó en ti?

Al preguntarlo de esa forma, significaba que ya conocía casi toda la situación. Después de todo, alguien que se movía en esos círculos tenía contactos en todos los grandes clubes.

Yu Qi no le mintió y respondió:

【Fue un pequeño problema. No iba dirigido contra mí, solo fue un malentendido. Gracias por preocuparte, hermano Dao.】

Mientras respondía, el hermano Dao no pudo evitar sentir cierta admiración por Yu Qi.

Sabía comportarse, sabía hablar y comprendía lo que estaba en juego.

【Hermano Dao】: Dentro de unos días, un joven señor celebrará su cumpleaños. Veré si puedo introducir a alguien.

Yu Qi aceptó y después le transfirió doscientos yuanes. El hermano Dao recibió el dinero y le dijo que estaba siendo demasiado formal.

Yu Qi sonrió y atendió la llamada que el hermano Dao le hizo.

—Gracias por tomarte la molestia de hacer de intermediario, hermano Dao —dijo en cuanto respondió.

—De acuerdo. La próxima vez que haya trabajo, me pondré en contacto contigo. Bastará con que vengas directamente —respondió el hermano Dao con franqueza.

Recibía dinero y hacía el trabajo correspondiente.

—Mmm, gracias, hermano Dao.

Así eran los estudiantes destacados: educados y rápidos de mente.

Aunque Yu Qi no le hubiera transferido aquella «comisión de intermediario», el hermano Dao también habría pensado en él la próxima vez que surgiera un trabajo. Sin embargo, pagarle o no eran dos asuntos muy distintos.

Tras establecer aquel contacto con el hermano Dao, Yu Qi consiguió otra fuente de ingresos.

Pero seguía sin ser suficiente.

Todos sus ahorros actuales apenas alcanzaban para comprar un servidor en la nube.

Más adelante, para diseñar la aplicación del sitio web, tendría que invertir una gran cantidad de dinero.

Aquella tarde había una actividad en la universidad. La nueva generación de graduados estaba a punto de incorporarse al mercado laboral, por lo que Borui había invitado a un empresario para ofrecer una charla sobre emprendimiento.

El empresario era muy famoso. Según decían, era el presidente de un gran grupo corporativo, así que mucha gente acudió atraída por su reputación.

Tal vez tuvieran un golpe de suerte y el presidente los eligiera para firmar un contrato. Una oferta de trabajo de uno de los cien grupos empresariales más importantes era algo que innumerables personas anhelaban.

Yu Qi no era un estudiante a punto de graduarse, así que la charla no le interesaba demasiado. Estaba a punto de ir a la biblioteca para preparar la clase de chino que impartiría por la noche cuando su orientador lo llamó a la oficina.

—Pequeño Yu, asiste a la conferencia de esta tarde.

Yu Qi frunció levemente el ceño.

—¿No está dirigida a los graduados?

—Sí —respondió el orientador como si fuera lo más natural del mundo—. Pero también puedes escucharla y planificar tu futuro con anticipación. Pequeño Yu, tú eres diferente de ellos. Debes prestar más atención a tu porvenir.

Yu Qi lo entendió.

En realidad, temía que hubiera poca asistencia y quería que él fuera a ocupar un asiento.

El ochenta por ciento de los estudiantes de Borui volvería a casa después de graduarse para hacerse cargo de los negocios familiares. Para ellos, la presión de encontrar trabajo sencillamente no existía. Solo los plebeyos sin ningún respaldo, como Yu Qi, tenían que preocuparse por conseguir empleo.

—Entendido.

—Bien. Será a las tres, en el auditorio principal. No olvides asistir.

Yu Qi no tuvo más remedio que cancelar su reservación en la biblioteca e ir a la conferencia.

Llevó consigo su computadora, dispuesto a preparar la clase mientras escuchaba la charla.

Faltaban diez minutos para que comenzara. La gente entraba poco a poco en el auditorio. Además de los estudiantes de los últimos cursos, también habían acudido bastantes alumnos del mismo año que Yu Qi. Al final, en el enorme recinto solo quedaron algunos asientos dispersos.

Las dos chicas sentadas delante de él pertenecían a su misma generación. Sus padres eran altos directivos de empresas reconocidas. Las dos jóvenes herederas, tomadas del brazo, murmuraban entre ellas.

—Estoy muy nerviosa. ¿Crees que el presidente Zhao vendrá en persona?

—Supongo que sí. Los empresarios como él dan mucha importancia a su reputación. A eso se le llama cumplir la palabra.

—Qué alivio. Uf, estoy deseando verlo.

Una de las chicas vio que su amiga permanecía impasible, así que le sacudió el brazo y preguntó con cierta sospecha:

—Tú ya lo viste una vez. ¿El presidente Zhao se ve realmente igual que en el póster? No será de esos que solo salen bien en las fotos, ¿verdad?

—¿Qué estás diciendo? —Las mejillas de la joven se tiñeron de rojo—. El presidente Zhao no es así.

Era el hombre más apuesto, maduro y adinerado que la joven había visto jamás. Había tenido la suerte de conocerlo cuando acompañó a sus padres, altos ejecutivos, a un banquete. Sencillamente era el hombre de sus sueños.

—Estás encaprichada con él, ¿verdad?

—¡La encaprichada eres tú!

Las dos chicas rieron y jugaron entre ellas, haciendo tintinear sus pendientes de perlas.

En el compartimento bajo el escritorio había uno de los «pósteres» que mencionaban. Yu Qi extendió la mano, lo encontró y lo sacó. En el centro había una fotografía ampliada de un hombre, mientras que a la izquierda aparecían varias líneas de texto que lo presentaban.

—Buenos días, estudiantes.

Una voz grave y melodiosa resonó por los altavoces. Todas las miradas se dirigieron de inmediato hacia el hombre de traje que sostenía un micrófono sobre el escenario.

—Soy Zhao Mingyun, actual presidente del Grupo Zhao.

Yu Qi también alzó la cabeza y su mirada se encontró directamente con los profundos ojos negros de Zhao Mingyun.

Durante un instante, experimentó una extraña ilusión.

Era como si Zhao Mingyun lo conociera desde hacía mucho tiempo.

Con aquella duda en mente, Yu Qi terminó escuchando toda la conferencia sin darse cuenta.

El contenido era sencillo. Zhao Mingyun presentó brevemente la historia del ascenso del Grupo Zhao. La empresa se dedicaba principalmente al sector inmobiliario y tenía su sede en Shanghái. Zhao Mingyun se concentró especialmente en explicar la composición del personal y las prestaciones que ofrecían.

—El Grupo Zhao da la bienvenida a todas las personas con talento —dijo Zhao Mingyun.

Su mirada permanecía fija en la figura más delicada entre la multitud, como un cazador que hubiera localizado a su presa.

—En el Grupo Zhao no nos importan los orígenes ni los antecedentes. Todos hablan por medio de sus capacidades y determinan su posición mediante ellas. No necesitan preocuparse por que alguien acapare los recursos o abuse de su poder para oprimirlos. Si una empresa depende de sus conexiones para funcionar, tarde o temprano acabará derrumbándose por una pequeña grieta.

Sus palabras hicieron que la mayoría de los presentes perdiera el interés, pues ellos eran precisamente la clase de personas que Zhao Mingyun describía como dependientes de las conexiones. Además, no creían que eso tuviera nada de malo.

¿Quién había ordenado que aquellos plebeyos nacieran siendo inferiores?

Permitirles vivir bajo el mismo cielo que ellos ya era una enorme muestra de benevolencia. Pretender competir con ellos por los recursos era una fantasía absurda.

El propio Zhao Mingyun también había nacido en una familia poderosa. A sus ojos, sus palabras no eran diferentes de una traición. Sin embargo, debido a su posición, solo podían tragarse la ira.

Algunas personas, heridas en su orgullo, abandonaron el auditorio delante de todos.

—¿Cómo puede decir eso el presidente Zhao…? Él también es un aristócrata. ¿Cómo puede acusarnos de abusar de nuestro poder? Ellos son plebeyos, ¿cómo podrían ser iguales a nosotros? —protestó la chica sentada delante, haciendo un mohín.

—Quizá el presidente Zhao tenga sus propias consideraciones —dijo la otra, igualmente desconcertada, mientras trataba de justificarlo.

—¡Hum! Declaro que el presidente Zhao ya no es mi octavo esposo. Lo he desterrado al palacio frío.

La joven heredera, mimada desde niña, no toleraba la menor ofensa. Había vivido toda su vida dentro de un tarro de miel y no permitía que nadie afirmara que algo estaba mal en él. Tomó a su amiga del brazo y se dispuso a marcharse.

—¡Nosotras también nos vamos!

Cada vez más personas abandonaron el lugar. Al final, quedaron menos de dos filas de asistentes.

Zhao Mingyun contempló aquellos rostros infantiles y obstinados con desdén. Su mandíbula se alzó, formando una curva burlona.

Su intento de protesta al abandonar el auditorio ni siquiera podía considerarse una pataleta a ojos de Zhao Mingyun.

Era como una hormiga tratando de sacudir un árbol, mientras este ni siquiera se dignaba a mirarla.

Desde el principio hasta el final, solo había un punto en el centro de su campo de visión.

Yu Qi observaba a Zhao Mingyun. Los dedos con los que sujetaba el bolígrafo se tensaron. Sintió que en su pecho se extendía una desconocida oleada de calidez, lo que le impidió bajar la cabeza y apartar la mirada de inmediato, incluso después de que Zhao Mingyun descubriera que lo observaba.

Varios graduados con camisetas universitarias subieron al escenario y rodearon a Zhao Mingyun, mirándolo con una admiración cercana a la veneración de un ídolo.

—Presidente Zhao, ¿para qué puestos contratará gente el Grupo Zhao este año?

—¿Cuáles son los requisitos? ¿Yo podría postularme?

—¡Yo también! ¿Y yo? Si no soy apto, ¿el Grupo Zhao necesita personal de limpieza?

Zhao Mingyun sonrió.

—Todos ustedes tienen talento. ¿Cómo podría enviarlos a limpiar?

Entonces les explicó por separado los requisitos de los puestos.

No eran diferentes de los de otras grandes empresas, pero las prestaciones eran mucho mejores. Lo que más los atraía era que el Grupo Zhao no mostraba la arrogancia de otras compañías. Sus directivos no discriminaban a las personas de los estratos inferiores; al contrario, las animaban a incorporarse.

Para cualquier plebeyo que desde la infancia hubiera sufrido injusticias y discriminación, aquello no era distinto de una amnistía general.

—¡De acuerdo, presidente Zhao! ¡Me esforzaré para ingresar en su empresa!

Zhao Mingyun no rechazó a nadie y mantuvo una expresión amable.

—Espero ver tu nombre en la lista de contratados de este año.

El joven se inclinó ante él y el grupo se marchó poco a poco.

Cuando todos abandonaron el auditorio, Zhao Mingyun giró lentamente la mirada hacia la única persona que seguía sentada.

—Presidente Zhao.

Yu Qi se acercó a él y lo saludó con su voz juvenil y clara.

—¿Qué quieres preguntar? —preguntó Zhao Mingyun.

Alzó una mano y, desde la distancia, hizo el ademán de apartar las puntas del cabello de Yu Qi que le caían junto a las orejas.

En cuanto a la contratación, el grupo de jóvenes de antes ya había preguntado casi todo lo necesario, y Yu Qi había escuchado las respuestas.

—Quiero saber si, dentro de dos años, el Grupo Zhao seguirá actuando como ha dicho hoy o si solo están utilizándonos temporalmente para mejorar su imagen.

Yu Qi habló sin ninguna cortesía.

Zhao Mingyun había escuchado palabras mucho más descorteses. Las yemas de sus dedos volvieron a calentarse, y comenzó a frotarlas lentamente entre sí.

—Yu Qi.

Yu Qi se quedó ligeramente desconcertado. No esperaba que Zhao Mingyun todavía lo recordara.

—Ya te lo dije. Si quieres venir, puedes ponerte en contacto conmigo directamente.

—No necesito un trato especial del presidente Zhao. Por mí mismo puedo entrar en cualquier empresa.

Lo que Yu Qi más detestaba era que le abrieran puertas traseras.

En realidad, no comprendía por qué Zhao Mingyun lo trataba de manera especial. Si la ocasión en el Club Guojin había sido la primera vez que se encontraban, entonces solo había una posibilidad.

Zhao Mingyun se había sentido atraído por su apariencia.

El hermoso rostro de Yu Qi se contrajo de repente, hasta arrugar ligeramente la nariz. No aceptaría que nadie lo mantuviera.

—Tus calificaciones son sobresalientes. Llevo mucho tiempo siguiéndote. El Grupo Zhao no quiere dejar escapar a una persona de talento.

Sin perderse ni una sola de las expresiones de Yu Qi, tan vivaces y propias de un joven, Zhao Mingyun suspiró.

—Yu Qi, eres muy destacado. Si vienes al Grupo Zhao, te garantizo que recibirás los mejores recursos y oportunidades de formación.

—Con tus capacidades, en otra empresa solo quedarías enterrado y pasarías inadvertido. A mi lado, podrás luchar por alcanzar cualquier posición que desees.

No se equivocaba. Si entraba en otra empresa, Yu Qi jamás lograría ocupar un cargo directivo, ni siquiera después de trabajar toda la vida. Siempre sería solamente un empleado de alto nivel.

Las clases sociales eran un abismo difícil de cruzar.

Jamás permitirían que alguien sin poder ni influencia, como Yu Qi, se elevara por encima de ellos.

Pero el Grupo Zhao no era así.

Zhao Mingyun consiguió convencerlo.

Yu Qi levantó la cabeza y preguntó:

—Tengo otra pregunta. ¿Las personas que no son estudiantes también pueden participar en el proceso de contratación?

Los ojos de Zhao Mingyun se entrecerraron de repente.

—¿Qué persona?

—Un amigo mío —respondió Yu Qi.

La agudeza propia de una bestia hizo que Zhao Mingyun percibiera una sensación de peligro.

—¿Cómo se llama?

Yu Qi lo pensó un momento antes de responder:

—Liang Min.

Los músculos de la mandíbula de Zhao Mingyun se tensaron por un instante, y su lengua presionó con fuerza el interior de su mejilla.

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