El esposo carne de cañón que todos codician - Capítulo 82
El hombre llamó a Zhao Mingyun y, con una sonrisa burlona, bromeó:
—Hermano Zhao, dentro de un rato ya no podré acompañarte.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Zhao Mingyun mientras se acomodaba el forro de la chaqueta.
El hombre rodeó los hombros de Yu Qi con un brazo y le apretó con familiaridad la nuca.
—Claro que voy a disfrutar un poco del postre.
Yu Qi bajó la mirada. Sus ojos color ámbar se movieron ligeramente mientras deslizaba una mano hacia la parte baja de su espalda.
—Me lo llevo —dijo Zhao Mingyun.
Con firmeza apartó la mano sucia del hombre y la lanzó a un lado antes de atraer a Yu Qi hacia él.
—¿Eh? —el hombre quedó desconcertado.
Yu Qi también se sobresaltó.
No había depositado demasiadas esperanzas en Zhao Mingyun.
A sus ojos, Zhao Mingyun no era muy diferente del resto de los hombres presentes. Todos pertenecían a esa clase privilegiada que tanto detestaba.
Solo que… tampoco quería caer en manos de aquel desgraciado.
Zhao Mingyun sintió cómo Yu Qi sujetaba con fuerza el borde de su ropa. Bajó la cabeza y vio el pequeño remolino de cabello oculto entre los mechones suaves. Yu Qi parecía tener menos de veinte años: inexperto, delicado, tan tierno que daba la impresión de que, si uno apretaba un poco más fuerte, podría hacerle brotar agua de la piel.
Las espinas de aquella hermosa rosa aún no habían terminado de crecer. A simple vista parecían afiladas, pero al tocarlas seguían siendo blandas.
«Un hombre debe saber doblarse cuando es necesario.»
Si algún día lograba alcanzar el poder, les haría pagar una por una todas las humillaciones.
Obedientemente, Yu Qi se ocultó detrás de Zhao Mingyun.
Sin volver a mirar a nadie, Zhao Mingyun lo sacó del salón de banquetes ante la vista de todos.
Las miradas que los siguieron estaban llenas de envidia, celos… y compasión.
—No te muevas.
Junto a su oído resonó la profunda voz de Zhao Mingyun, tan grave como un violonchelo.
Ambos se detuvieron.
Zhao Mingyun sujetó la muñeca de Yu Qi y sacó su mano de debajo de la ropa.
Yu Qi intentó resistirse por reflejo.
Zhao Mingyun le dio unas suaves palmadas en el dorso de la mano y dijo con un tono que no admitía objeciones:
—Si sigues moviéndote, se va a caer.
¿Había descubierto la porra eléctrica?
—¿Estás temblando?
Yu Qi apretó ligeramente los labios sin responder.
Le tenía miedo.
Aquello hizo que Zhao Mingyun sonriera con curiosidad.
Quién iba a imaginar que el intrépido Yu Qi algún día le tendría miedo.
Yu Qi no conocía al heredero del Grupo Zhao que tenía delante. ¿Y si también era una bestia disfrazada de caballero, alguien que devoraba a las personas sin dejar ni los huesos?
Por lo que había visto hasta ahora… era muy probable.
Un miedo tardío lo invadió de golpe.
Cerró el puño y las uñas redondeadas se clavaron en la palma de su mano.
—Te llamas Yu Qi.
Zhao Mingyun bajó la vista hacia la credencial que colgaba del pecho del joven.
—Sí.
Mientras respondía, la mano de Yu Qi seguía rozando el borde de la porra eléctrica.
—¿Eres estudiante?
—Todavía no me gradúo.
Zhao Mingyun extendió la mano.
Su asistente, muy atento, le entregó de inmediato una tarjeta de presentación negra con detalles dorados.
—Esta es mi tarjeta personal. Si alguna vez necesitas algo, llámame.
Zhao Mingyun
Presidente Ejecutivo (CEO) del Grupo Zhao
¿Grupo Zhao?
Por primera vez desde que lo conoció, Yu Qi levantó la cabeza.
Tomó aquella tarjeta fría entre los dedos y observó, algo atónito, la figura de Zhao Mingyun alejándose.
«¿Será que pensé mal? ¿El joven heredero del Grupo Zhao realmente es una buena persona?»
Sin embargo, el instinto que siempre lo había protegido le decía que no era tan simple.
Sobre todo alguien que, siendo tan joven, ya ocupaba el puesto de máximo dirigente de un conglomerado empresarial.
Ninguno de ellos era una buena persona.
Aquella desconfianza nacía de todas las experiencias y lecciones que había acumulado desde niño.
Y nunca se había equivocado.
Los aristócratas…
No había ni uno solo que fuera bueno.
Yu Qi frunció ligeramente el ceño y guardó la tarjeta en el bolsillo.
…
—A partir de hoy quiero conocer cada uno de sus movimientos, en todo momento. Con quién se reúne y qué hace.
Mientras acariciaba distraídamente su reloj de pulsera, Zhao Mingyun añadió:
—Si aparece alguien llamado Liang Min a su lado, infórmenmelo inmediatamente.
¿Liang Min?
Era la primera vez que el asistente escuchaba ese nombre de boca del presidente Zhao.
Ni siquiera sabía quién era, así que se apresuró a anotarlo.
—Entendido, presidente Zhao.
Un verdadero salvador no debía revelar demasiada información.
Aunque, desde el instante en que vio a Yu Qi por primera vez, Zhao Mingyun sintió el impulso de llevárselo sin importar el precio, mantenerlo siempre a su lado y verlo crecer sin separarse jamás de él.
Así era como debía ser.
El destino le había concedido una segunda oportunidad únicamente para que Yu Qi llegara antes a su lado.
Ese era el curso correcto de la historia.
Un buen cazador sabía esperar pacientemente mientras cerraba poco a poco la red.
Estaba convencido de que, después de aquella noche, su Yu Qi tomaría la decisión correcta.
…
Tras el incidente de hacía un momento, el gerente dejó de prestar atención a dónde iba Yu Qi.
Yu Qi encontró un rincón apartado donde nadie pasaba. Permanecer allí hasta el final del evento sería suficiente para dar por terminado el trabajo y cobrar su paga.
Se sentó en el amplio pasillo junto al cuarto de almacenamiento.
Sobre su cabeza llegaba, amortiguado, el bullicio del banquete.
Aquel lugar estaba muy bien escondido y nadie solía pasar por allí.
Le gustaba.
En la universidad estudiaba Ingeniería de Software.
Con sus capacidades, encontrar trabajo en una empresa tecnológica después de graduarse no sería difícil.
Pero él no quería eso.
Quería fundar su propia empresa.
Sonaba como una fantasía imposible.
Hasta el propio Yu Qi lo pensaba.
No tenía dinero.
No tenía contactos.
Probablemente su empresa quebraría el mismo día que lograra registrarla.
Sacó un cuaderno y un bolígrafo.
Más de la mitad del cuaderno ya estaba escrito y cada página contenía fragmentos dispersos de código.
—Ay…
En el silencioso pasillo, Yu Qi pensó para sí:
«No es él.»
Aún faltaba bastante para que terminara el banquete.
Estuvo un rato escribiendo y corrigiendo código cuando…
¡Bang!
Un ruido sonó detrás de él.
Aguzó el oído y descubrió que provenía del cuarto de almacenamiento.
¡Bang!
Esta vez el golpe fue mucho más fuerte.
Yu Qi se levantó.
Cuanto más se acercaba, más intensos se volvían los golpes.
Puso la mano sobre el picaporte.
Justo cuando dudaba si abrir la puerta…
El pomo giró por sí solo.
Un hombre vestido con el mismo uniforme que él abrió la puerta.
Sus miradas se encontraron.
Al reconocerlo, Yu Qi dejó escapar un silencioso suspiro de alivio.
—Iba a preguntar si este lugar…
Liang Min no respondió.
O, mejor dicho…
Se quedó observándolo fijamente.
De su cuerpo emanaba un ligero aroma a té de limón, dulce y refrescante.
Tras un largo silencio, abrió la boca.
Yu Qi seguía alerta.
Después de haber sido engañado por un camarero hacía un momento, había aprendido la lección.
—Lo siento. Te ocupé el sitio. Ya me voy.
—No hace falta.
Liang Min respondió de inmediato.
Yu Qi no alcanzó a oírlo bien y giró la cabeza.
—¿Eh?
Liang Min explicó:
—No hace falta. Yo solo me encargo de limpiar el cuarto de almacenamiento. El pasillo no está bajo mi responsabilidad.
—Ah… —Yu Qi volvió a dejar sus cosas en el suelo.
¡Clang!
Una porra eléctrica de metal, del largo aproximado de una palma, cayó de entre su ropa y rodó hasta los pies de Liang Min.
Yu Qi guardó silencio.
Liang Min se agachó antes que él y la recogió.
No estaba permitido ingresar con armas al recinto.
Las pestañas de Yu Qi temblaron levemente mientras observaba, algo nervioso, la porra eléctrica en manos de Liang Min.
—Aquí no está permitido entrar con armas.
¿Entonces qué?
¿Iba a denunciarlo?
—Escóndela bien.
Eso fue todo lo que dijo Liang Min.
Después regresó al cuarto de almacenamiento y, unos segundos más tarde, salió con una funda que parecía servir para guardar paraguas.
—Puedes meter la porra aquí. Nadie te preguntará qué llevas.
Yu Qi recibió la funda con cierta desconfianza.
Cuando guardó la porra dentro, realmente parecía un paraguas plegable.
Bajó un poco la guardia frente a aquel hombre y, algo incómodo, murmuró:
—Gracias.
Liang Min asintió y volvió a recuperar aquella actitud distante.
Se quitó los guantes desechables de plástico y pasó junto al escalón donde Yu Qi había estado sentado.
De reojo vio el cuaderno.
—¿Estás programando?
—Solo escribo algunas cosas.
Yu Qi levantó la vista.
—¿Tú también sabes programar?
—Sí.
El tono de Liang Min seguía siendo tranquilo.
—Mi trabajo anterior era ingeniero.
Los ojos de Yu Qi se abrieron como platos.
Su expresión se volvió difícil de describir.
—¿…Y esto es un trabajo de medio tiempo?
Por su aspecto, aquel hombre no parecía alguien que hubiera sido despedido por la edad.
Liang Min no respondió.
Desvió el rostro, como si estuviera reprimiendo algo.
—Todavía falta como una hora para que termine el banquete —cambió de tema Yu Qi.
—Más o menos.
Liang Min renunció a salir.
Se sentó en los escalones y dio unas palmaditas al espacio vacío a su lado, dejándole sitio suficiente.
Yu Qi se sentó junto a él y, aburrido, volvió a sacar el cuaderno para seguir escribiendo.
—¿Y si modificas un poco esta ruta?
Yu Qi detuvo el bolígrafo entre los dedos.
Liang Min comenzó a señalarle algunas mejoras.
Yu Qi las repasó mentalmente y descubrió que, efectivamente, optimizaban bastante el programa.
—Ahora mismo, los grandes portales de información están monopolizados por unas pocas empresas. Si quieres crear un sitio web nuevo, tiene que tener una característica única.
Yu Qi se animó al instante.
Hizo girar el bolígrafo entre los dedos.
—¿Como cuál?
—El algoritmo.
Liang Min respondió con absoluta naturalidad.
—No sé si has oído hablar del big data… o de las recomendaciones personalizadas.
Al hablar de temas profesionales, los ojos de Yu Qi comenzaron a brillar.
Con cierta reserva preguntó:
—He leído algunos libros sobre eso. ¿Tú también lo has estudiado?
—Un poco.
Liang Min preguntó de repente:
—¿Te prestó esos libros algún amigo?
—Los saqué de la biblioteca.
Yu Qi negó con la cabeza y se burló de sí mismo en silencio.
«¿Amigos? ¿De dónde iba a sacar amigos?»
¿Quién se atrevería a hacerse amigo suyo?
Además, tampoco los necesitaba.
Solo entonces Liang Min pudo relajarse un poco.
Afortunadamente, había llegado a tiempo.
Su esposa todavía no había entregado su corazón a aquel desgraciado.