El esposo carne de cañón que todos codician - Capítulo 37
En cierto sentido…
Sin proponérselo, Yu Qi había conseguido su objetivo.
Permanecieron enredados el uno con el otro durante muchísimo tiempo.
Cada vez que Liang Min intentaba apartarse, la razón dispersa de Yu Qi regresaba un poco y volvía a aferrarse a él para impedir que se fuera.
—Ya no puedes más.
El sudor resbalaba por la barbilla de Liang Min. Sus facciones, talladas como si fueran de piedra, se veían afiladas como cuchillas.
Bajó la mirada hacia él.
—Ya estás poniendo los ojos en blanco.
—…Sí puedo.
Temiendo que Liang Min lo soltara, Yu Qi, como un pez fuera del agua, permanecía sentado sobre su regazo. Sus brazos, empapados en sudor, lo rodeaban con fuerza. Sin darse cuenta, su voz se quebró con un tenue sollozo.
—Puedo…
La tormenta ya era lo bastante intensa.
Podía ser aún peor.
Nunca antes había experimentado un placer tan aterrador.
Su mente parecía haberse derretido.
Solo le quedaba un pensamiento.
No dejar que Liang Min se fuera.
¿Por qué no quería dejarlo marchar?
Lo había olvidado.
Solo sabía que…
Era demasiado agradable.
Liang Min le sujetó el mentón con firmeza entre el pulgar y el índice, obligándolo a recuperar un poco de lucidez.
Entonces preguntó con voz grave:
—¿Quién soy?
—Mmm…
—Esposa… ¿quién soy?
—Dímelo… y haré que te sientas bien.
Yu Qi apenas consiguió exhalar unas palabras.
—Liang Min…
Con voz suplicante añadió:
—Tú eres Liang Min…
—No.
—Ah…
…
—Esposo…
Su voz terminó rompiéndose.
—Esposo… eres mi esposo…
Completamente satisfecho, Liang Min besó con suavidad las húmedas sienes de su esposa.
…
—Presidente Zhao.
El asistente dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Aquí está la información de Huanqi Technology.
Últimamente, Zhao Mingyun no dejaba de viajar entre China y el extranjero.
Un cargamento de materiales de construcción había desaparecido misteriosamente durante el transporte marítimo desde Eurasia.
En cuanto ocurrió el incidente, Zhao Mingyun contactó de inmediato con el proveedor.
Solo entonces descubrió que el dueño de la empresa había sido arrestado por delitos económicos.
No era la primera vez que trabajaban juntos.
Ya habían colaborado dos o tres veces anteriormente.
Sus materiales siempre habían sido de excelente calidad y tenían precios competitivos, por lo que Zhao Mingyun nunca había considerado necesario vigilarlos de cerca.
Jamás imaginó que un solo descuido provocaría semejante problema.
Solo ese incidente había supuesto una pérdida de diez millones.
No era suficiente para destruir al Grupo Zhao.
Pero perder semejante suma de dinero de la nada bastaba para mantener a Zhao Mingyun ocupado durante bastante tiempo.
Huanqi Technology era una empresa de videojuegos recién fundada que últimamente estaba en boca de todos.
Uno de sus juegos se había vuelto un auténtico éxito.
Hasta la pequeña sobrina de Zhao Mingyun estaba jugando.
Después de revisar la información de la empresa, Zhao Mingyun comenzó a considerar la posibilidad de adquirirla o comprar una participación accionaria para compensar las pérdidas sufridas con el cargamento.
En su opinión, un pequeño estudio creado por jóvenes emprendedores no dejaba de ser un simple taller.
Seguramente estarían encantados de contar con el respaldo de un gigante como el Grupo Zhao.
—Programa una reunión con el responsable de Huanqi. Quiero hablar sobre una posible colaboración.
—Entendido. Me pondré en contacto con ellos de inmediato.
Una vez terminado el trabajo, Zhao Mingyun recordó que hacía bastante tiempo que no veía a Yu Qi.
Al instante perdió todo el interés por permanecer en la oficina.
—Por cierto, ¿ya llegó lo que te pedí la otra vez?
El asistente ya esperaba esa pregunta.
Sacó una pequeña caja de regalo roja, apenas del tamaño de una palma.
Zhao Mingyun la abrió.
Dentro descansaba un anillo con un enorme diamante azul.
La piedra, casi del tamaño de un pulgar, brillaba intensamente.
La yema de sus dedos acarició la superficie del diamante.
La ansiedad acumulada durante tantos días comenzó a disiparse poco a poco.
El tamaño había sido hecho especialmente para el dedo anular de Yu Qi.
Solo imaginarlo llevándolo puesto hizo que las comisuras de sus labios se elevaran involuntariamente.
—Le quedará perfecto al presidente Yu.
Zhao Mingyun cerró la caja.
Su expresión recuperó la seriedad.
—Algo tan caro le queda bien a cualquiera.
El asistente sonrió sin desmentirlo.
—Claro. Pero solo el presidente Yu conseguiría que se viera tan bien.
—¿Yu Qi te dio algún brebaje? Lo defiendes demasiado.
Aunque sus palabras sonaban a reproche, no había el menor enfado en su voz.
—Llama al restaurante Heyuan. Que pongan el precio que quieran. Esta noche reservaré todo el lugar.
—Entendido.
Después de hablar, Zhao Mingyun tomó la chaqueta del traje y abandonó la empresa.
El conductor ya lo esperaba en la entrada.
—Vamos a Guoxing.
El camino desde el Grupo Zhao hasta Guoxing le resultaba familiar.
Las calles conocidas desfilaban una tras otra ante sus ojos.
Mientras esperaban el semáforo, el conductor observó discretamente por el retrovisor.
Era la primera vez desde el problema con el proyecto que veía al presidente Zhao tan relajado.
Su buen humor era evidente.
—Viejo Liu, tú estás casado, ¿verdad?
Zhao Mingyun golpeaba distraídamente el apoyabrazos.
—Sí, presidente Zhao. Hace muchos años.
Su mirada cayó sobre un pequeño saquito aromático atado al volante.
No parecía comprado en una tienda.
Tenía bordado un hermoso luan, el ave auspiciosa que simbolizaba la paz y la buena fortuna.
Cada puntada demostraba el cuidado de quien lo había confeccionado.
Al notar que Zhao Mingyun lo observaba, el conductor sonrió con timidez.
—Perdone que vea algo tan simple. Lo bordó mi esposa. A un hombre como yo me daba vergüenza llevar un saquito colgado, así que decidí atarlo al volante. En cuanto usted baje del coche lo quitaré.
—Déjalo ahí.
Zhao Mingyun miró la hora.
—Es un regalo de tu esposa. Debes valorar ese tipo de detalles. Con la persona que amas hay que tener paciencia. Los regalos no tienen por qué ser caros; lo importante es el sentimiento.
El conductor dudó un instante antes de preguntar con cautela:
—¿También fue un regalo de su esposo?
—Siempre le gusta regalar cosas inútiles.
Zhao Mingyun suspiró con aparente resignación.
El conductor entendió inmediatamente por dónde iba la conversación.
—Pero eso demuestra el cariño del señor Yu. Seguro que se preocupa muchísimo por usted.
Zhao Mingyun soltó una leve risa.
Le lanzó una mirada de reojo.
—Sabes muy bien qué decir.
Había perdido la costumbre.
¿Cómo había terminado hablando de su vida matrimonial con su propio conductor?
El hombre sonrió mostrando todos los dientes.
Cuando hablaba de su familia, su expresión se volvía extraordinariamente cálida.
—No lo digo por adularlo, presidente Zhao. Usted tiene poder y dinero; puede comprar cualquier cosa. Pero que el señor Yu se fijara en que su reloj llevaba demasiado tiempo usándose demuestra que presta atención a esos pequeños detalles. Mi esposa también es así. A veces ni siquiera me doy cuenta de que tengo la ropa rota y ella ya la remendó antes de que lo note.
Aquellas palabras despertaron una extraña sensación de envidia en Zhao Mingyun.
Qué ridículo.
¿Él… envidiando a un conductor?
«Formar una familia» siempre había sido un concepto inexistente en su diccionario.
Nunca había esperado nada de un hogar.
En el pasado, la futura señora Zhao no habría sido más que una joven escogida entre las grandes familias.
El matrimonio solo era una herramienta para unir intereses.
Pero ahora…
Después de escuchar a su conductor…
Por primera vez sintió una vaga expectativa.
Yu Qi se convertiría en su esposo.
Formarían una familia.
En el futuro, criarían juntos a sus hijos.
Permanecerían uno al lado del otro toda la vida.
Mientras Zhao Mingyun se perdía en aquellas fantasías…
En otro lugar, Yu Qi seguía llamando una y otra vez «esposo» a Liang Min.
Ya estaba exhausto.
Pero no tenía otra opción.
Solo cada vez que pronunciaba esa palabra Liang Min volvía a moverse.
Con la esperanza de prolongar aquello el mayor tiempo posible, Yu Qi había mezclado en el agua el contenido completo de aquella ampolla.
El efecto del medicamento podía mantenerse durante un día entero.
Acurrucado entre los brazos de Liang Min, llorar ya no era lo más vergonzoso.
Qué cansado…
Qué agradable…
Qué cansado…
Qué agradable…
Qué cansado…
Qué agradable…
Ya se habían convertido en dos piezas de madera ensambladas con absoluta precisión.
Separarlas y volver a unirlas resultaba tan natural como si hubieran sido hechas para encajar una con la otra.