El esposo carne de cañón que todos codician - Capítulo 31
El viento, mezclado con la lluvia, golpeaba la ventana una y otra vez. El repiqueteo se volvía cada vez más intenso.
¿Por qué era él?
Yu Qi quiso preguntarlo, pero al pensarlo con calma, tampoco le parecía tan imposible. Ni siquiera él sabía quién le había dado aquella tarjeta de presentación ni cuándo había terminado en sus manos; simplemente había aparecido allí por casualidad.
¿Y Liang Min?
Él no sabía que la persona con la que iba a tener la cita a ciegas era Liang Min, pero Liang Min sí sabía que era Yu Qi.
Entonces, ¿con qué intención había venido a verlo?
Yu Qi recorrió con la mirada al hombre sentado frente a él. Lucía completamente renovado. Su porte era muy distinto al de antes; ahora desprendía una elegancia y una nobleza que nunca había tenido.
Ah…
Había venido a presumir.
Yu Qi bajó la vista con frialdad y se levantó de inmediato para marcharse.
—¿Tanto no quieres verme?
Sin moverse de su asiento, Liang Min le sujetó la muñeca con calma.
Yu Qi respondió sin la menor cortesía:
—He venido a una cita a ciegas, no a reunirme con mi exmarido.
En otras palabras, deja de hacerme perder el tiempo.
—Estás enfermo.
Liang Min sintió el calor que desprendía aquella delgada muñeca. Las mejillas de Yu Qi estaban teñidas por un rubor antinatural y las pestañas seguían húmedas por la lluvia. Incluso intentando mantener su habitual expresión distante, apenas resultaba intimidante.
—No necesito tu falsa preocupación.
Le daba vueltas la cabeza. Tenía el estómago vacío, con náuseas por el ácido. Ya tenía fiebre y, después de mojarse bajo la lluvia, el aire acondicionado solo había empeorado su estado.
Miró el rostro de Liang Min.
Era una cara familiar y, al mismo tiempo, desconocida.
Un rostro conocido se superponía sobre otro extraño.
El rostro conocido le preguntaba:
—¿Por qué quisiste divorciarte de mí?
El desconocido lo miraba con indiferencia.
—Me humillaste de esa manera. Voy a hacerte pagar. Me debes esto.
¿Y qué? ¿Preferías que no me divorciara y verte morir aplastado por esa gente? Tal vez fui demasiado duro al humillarte, pero ¿qué de lo que dije era mentira? Eres un simple ingeniero. ¿Con qué derecho pensabas enfrentarte a ellos?
Buey estúpido.
Yu Qi recordaba haber intentado apartar su mano, aunque ya no sabía si lo había conseguido. Lo único que recordaba con claridad era que su cuerpo perdió el equilibrio y cayó hacia delante.
…
—A partir de ahora trabajaré desde casa. Si surge algo urgente, llámame a mi número personal. Apúntalo.
—Entendido.
Liya sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja mientras anotaba el número.
—Todo lo relacionado con el trabajo, envíamelo por correo.
La secretaria percibió enseguida que aquella llamada tenía un significado especial. Sin embargo, su profesionalismo pudo más que la curiosidad y no hizo preguntas sobre la vida privada de Liang Min.
Hacía uno o dos meses, su jefe había aparecido de repente en la empresa de videojuegos que había registrado a título personal.
Desde entonces pasaba el día programando en la empresa de software y por la noche se ocupaba del trabajo de la filial de Taifeng para el día siguiente. Dormía apenas dos o tres horas al día, y casi siempre en el sofá de la oficina.
Liya no lo entendía.
Según Liang Min, todavía faltaba tiempo para poner en marcha aquella empresa de software. Sin embargo, ahora trabajaba sin importarle su salud, como si estuviera desesperado por ganar tiempo. El verdadero motivo permanecía oculto.
Una vez ella le había preguntado:
—Si Huanqi Technology ya está encaminada, ¿por qué no deja el trabajo en la filial de Taifeng?
La respuesta había sido de solo dos palabras.
—No basta.
Una empresa emergente seguía siendo inestable. No podía abandonar Taifeng. Parte era por intereses económicos… y parte, por motivos personales.
El anciano señor Liang no quería que toda la fortuna de la familia terminara concentrada en una sola persona; que una sola rama dominara era un gran tabú. Por eso repartió acciones de distintas empresas entre los jóvenes de la familia.
Como Liang Min rechazó las acciones de la sede central, el anciano lo envió a dirigir una filial, justo lo que él quería.
¡Bang!
Sonó un fuerte golpe, como si algo pesado hubiera caído al suelo.
Liya oyó que la respiración tranquila de Liang Min se detenía un instante antes de que dijera apresuradamente:
—Tengo que colgar.
La llamada terminó.
Yu Qi abrió lentamente los ojos.
Se incorporó apoyándose en el cabecero. El edredón azul oscuro resbaló desde su pecho y, al llevarse la mano a la frente, una compresa para bajar la fiebre cayó sobre su muslo.
—¿Ya despertaste?
La voz indiferente llegó desde la puerta.
Yu Qi parpadeó. Como la habitación estaba a oscuras, apenas distinguía la figura.
Liang Min palpó la pared, encontró el interruptor y lo encendió.
La habitación quedó inundada de luz.
Yu Qi permanecía recostado sobre la almohada. La manga del pijama de seda color vino se había deslizado hasta el antebrazo. Bajó la mano con la que se frotaba los ojos y apretó ligeramente los labios color rosa malva.
Los dedos de Liang Min se cerraron involuntariamente.
En ese momento entró una doctora cargando un botiquín.
Sacó un termómetro infrarrojo y apuntó a la frente de Yu Qi.
—Treinta y siete punto dos. La fiebre ya ha bajado. Todavía tiene un poco de resfriado, así que estos días descanse bien. Señor Yu, abra la boca.
Aunque seguía algo confundido, Yu Qi obedeció.
La doctora examinó su garganta con un hisopo.
—Está un poco inflamada. No olvide tomar los medicamentos a tiempo.
Después guardó sus instrumentos.
Liang Min salió de la habitación junto con la doctora.
Desde la puerta, Yu Qi alcanzó a escuchar parte de la conversación.
Nada fuera de lo habitual: comida ligera, reposo, evitar el cansancio y asegurarse de que el paciente tomara los medicamentos a sus horas.
El propio paciente: ¿…?
Cinco minutos después, Liang Min volvió a entrar.
Solo entonces Yu Qi advirtió que aquel lugar no era Anlan.
La decoración del dormitorio era casi idéntica a la de la habitación principal de Anlan, aunque con pequeñas diferencias.
¿Y qué tiene que ver conmigo que la haya copiado exactamente igual?, pensó sin expresión alguna.
Levantó el edredón y bajó de la cama. Sus redondeados dedos se deslizaron dentro de unas pantuflas rosadas.
Apenas había dado unos pasos cuando Liang Min habló:
—No puedes irte.
—¿Por qué?
Liang Min no respondió.
Solo dijo:
—Quédate aquí.
La conciencia de Yu Qi seguía reaccionando con lentitud. Tenía las palmas húmedas por el sudor; ahora que se había secado, solo quedaba una sensación fría y pegajosa.
—Piensa lo que quieras.
Liang Min se dio la vuelta, dejando ver únicamente una espalda distante.
Yu Qi jamás fue tan narcisista como para creer que Liang Min quisiera reconciliarse con él.
Por fin confirmó que aquello que había visto antes de desmayarse probablemente era real.
Liang Min realmente estaba vengándose.
Aunque… pensándolo bien, en el crucero tampoco había actuado de forma completamente normal. Solo había contenido el impulso porque aquel no era el lugar adecuado. Después de todo, apenas pasó aquel día y ya se había aliado con Jian Rang para arruinar el proyecto de colaboración de joyería entre él y Phoenix.
La puerta del dormitorio no estaba cerrada con llave.
Yu Qi la abrió.
Fuera había un pasillo de casi diez metros. El dormitorio estaba en el segundo piso.
Se apoyó en la barandilla para mirar hacia abajo y quedó inmóvil.
Si no estuviera completamente seguro de que aquello no era Anlan…
Habría jurado que sí lo era.
La distribución era idéntica.
El sofá.
Los armarios.
Los ventanales.
La ubicación del comedor.
Hasta la lámpara del techo era exactamente igual.
Como si sintiera su mirada, Liang Min se quitó el delantal gris, tomó un tazón de gachas de arroz y levantó la vista hacia el segundo piso.
Las pupilas oscuras de Yu Qi se cruzaron con las suyas durante unos segundos antes de apartarse.
—No quisiste quedarte con Anlan, pero construiste otra casa exactamente igual. ¿Te sobra tanto el dinero como para quemarlo así?
Liang Min ni siquiera levantó la cabeza.
Era una forma silenciosa de admitirlo.
Yu Qi arrastró las pantuflas hasta la puerta principal.
Era una cerradura electrónica.
Probó al azar una combinación de números.
«Contraseña incorrecta.»
No se dio por vencido.
Introdujo la fecha de cumpleaños de Liang Min.
«Contraseña incorrecta.»
«Contraseña incorrecta. Se ha detectado una operación anómala. Inténtelo de nuevo dentro de cinco minutos.»
—…
—Ven a comer algo.
Yu Qi miró el tazón de gachas casi transparentes. Solo flotaban dos hojas marchitas de col china.
Frunció la nariz.
—No quiero.
—Si te despiertas de madrugada con hambre, aquí no hay ningún otro ingrediente.
Apenas terminó de hablar, el estómago de Yu Qi rugió con absoluta falta de dignidad.
En los ojos de Liang Min apareció una pizca de diversión.
Con el rostro completamente oscuro, Yu Qi terminó aceptando el tazón por puro instinto de supervivencia y fue tomando cucharada tras cucharada.
Cuando terminó, solo quedaban las dos hojas de verdura marchitas.
—Cómetelas también.
Liang Min se apoyó contra el armario, observándolo fijamente.
—Si no, mañana tampoco saldrás del dormitorio.
Un hombre inteligente sabe cuándo ceder.
Es una venganza… pero la soportaré.
Como si hubiera tomado una gran determinación, Yu Qi cerró los ojos y tragó a la fuerza aquellas verduras amargas. El sabor quedó pegado en la raíz de la lengua y su expresión parecía incluso más marchita que las propias hojas.
En su estado actual no tenía ninguna posibilidad de imponerse por la fuerza.
Mientras bebía agua tibia, lanzó una mirada de reojo al hombre que permanecía a un lado.
Alto.
Espalda ancha.
Pecho firme.
Si no podía vencer físicamente, al menos lo haría con la lengua.
—Médico privado, mansión nueva… ¿Qué intentas demostrar? ¿Que ahora eres rico y poderoso y por fin puedes estar por encima de mí?
Liang Min no lo negó.
Yu Qi siguió burlándose con tono mordaz:
—Qué lástima. Por mucho que un don nadie se esfuerce, jamás podrá cruzar esa brecha. Aunque ganes usando trucos sucios, ¿cuánto tiempo podrás mantenerlo? Puedes ocultarlo una vez, pero si lo haces repetidamente, ¿quién volverá a confiar en ustedes?
Liang Min permaneció impasible.
—El tiempo que pueda.
—Pues espero que lo consigas.
La voz de Yu Qi era gélida.
En el fondo estaba convencido de que Liang Min no podría retenerlo mucho tiempo.
En cuanto Guoxing descubriera que había desaparecido, harían todo lo posible por localizarlo. Y si averiguaban que Liang Min se lo había llevado, tarde o temprano lo encontrarían.
Después de todo, vivían en un país regido por la ley.
No le preocupaba que Liang Min fuera a hacerle daño.
Como mucho, pensó, lo tendría encerrado unos días para disfrutar de verlo humillado y así satisfacer su orgullo.
Aun así, no podía evitar sorprenderse por el cambio de Liang Min.
¿De verdad esa era la influencia de estar al lado del protagonista?
La idea le resultó casi cómica.
No tenía sentido seguir discutiendo.
Después de tomar su medicina, Yu Qi regresó a la habitación a descansar.
Aquella noche durmió muy mal.
Por momentos soñó con la vida anterior, cuando era acosado por aquellos aristócratas.
Después soñó con el Yu Qi de la novela, pobre y despreciado por todos.
Su alma quedó atrapada dentro de una pequeña habitación blanca.
Entonces apareció una enorme bola de fuego que derritió las paredes y entró por la ventana.
Muy pronto dejó de ver aquellas escenas.
Solo sintió que él también era absorbido por ese fuego abrasador.
Se fundió.
Se convirtió en un charco de agua.
Luego en vapor.
Ascendió con ligereza hacia el cielo…
…hasta disiparse por completo en el aire.
Cuando despertó, los huesos ya no le dolían tanto como el día anterior.
La enfermedad había llegado rápido y también se marchaba rápido. Después de una sola noche, ya estaba mucho mejor.
Sus hermosas cejas se relajaron perezosamente.
Entrecerró los ojos y, de pronto, vio a un hombre perfectamente vestido de pie al final de la cama.
Los párpados le dieron un respingo.
No había oído ningún paso.
—¿Cuándo entraste?
Liang Min, de espaldas a él mientras se ajustaba la corbata, no respondió.
Yu Qi tampoco insistió.
Parece que va a salir a trabajar. Como en esta casa no vive nadie más, aprovecharé para irme en cuanto se marche.
Su ilusión se hizo añicos.
Liang Min no salió.
Vestido impecablemente con traje, pasó toda la mañana trabajando desde la sala del primer piso.
Yu Qi permaneció apoyado sobre la barandilla del segundo piso observándolo durante horas.
Liang Min no se movió ni una sola vez.
Finalmente dio media vuelta con resentimiento.
En silencio, solo pudo rezar para que su asistente descubriera cuanto antes que estaba desaparecido… y llamara a la policía para sacarlo de allí.