Dominio de las bestias; puedo ver las rutas de evolución, así que soy invencible - Capítulo 335

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  4. Capítulo 335 - ¡Al menos es consciente de su propia imagen! ¡Prota absoluto!
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Vender de una sola vez algo por ocho millones y pico…
O el comprador lo necesitaba con urgencia,
o le sobraba el dinero.

El dueño del puesto miró a Qiáo Bái, dudando entre una opción y la otra…
Hmm, definitivamente el jefe no tenía cara de ser un idiota con plata.

¡Claramente era porque el tipo del puesto de al lado era demasiado descarado!

No sólo su precio era abusivo,
¡encima se burlaba de los demás!
¡Bien merecido que no vendiera nada!

—¡Jefe, con que pase la tarjeta por ocho millones quinientos está bien! ¡Los picos se los perdono! —el vendedor tecleó rápidamente un par de veces y le pasó la terminal a Qiáo Bái.

Qiáo Bái no rechazó el “descuento”.

Ingresó la contraseña.

La máquina imprimió el comprobante.

Transacción completada.

Todo el proceso fue tan fluido que los dueños de los puestos de alrededor lo miraban con cara de incredulidad.

—¿Y la parte del regateo? ¿Así nada más se la saltaron?

—¡Maldición! ¡¿Por qué yo nunca me topo con un cliente así de fácil de tratar?!

—¡Dímelo a mí! La última vez en el mercado grande me tocó un idiota. Algo de un millón, y quería que se lo dejara a mitad de precio. ¡Pff! ¡Como si yo hubiera venido a hacer caridad!

—Ocho millones… son ocho millones, ¿eh? ¿No habría sido mejor comprar directo en la web oficial de la Alianza?

—Es que aquí sigue siendo un poco más barato…

—¡Yo lo digo porque me da envidia! ¡Un comprador así que no se me acerque, que me duele verlo!

Mientras oían los comentarios nada discretos a su alrededor, el dueño del puesto que acababa de cerrar una venta de ocho millones y pico soltó una risita feliz.

—Suerte, pura suerte~ —dijo, contentísimo, mientras guardaba la terminal y empaquetaba la mercancía.
Luego miró hacia los otros con una sonrisa más brillante que un foco nuevo.

—Listo~

—¡Vuelva pronto, jefe~!

Le pasó a Qiáo Bái el paquete de recursos envueltos con sumo cuidado, con una actitud que no podía ser más cordial.

Qiáo Bái sonrió también.

—Se nota que se llevan bien, ¿eh?

—Más o menos —respondió el vendedor, riendo y moviendo la mano—. Al final todos nos conocemos, unos más, otros menos.

Mientras hablaba, señaló al joven del puesto de al lado, el mismo que le había dicho a Qiáo Bái que la piedra costaba dos millones quinientos.

—Este extranjero —dijo—, es de los que pesca tres días y seca la red dos. Siempre anda diciendo que en las ferias grandes no aparecen clientes buenos, y cuando alguien pregunta precio, suelta cualquier cifra inflada.

El vendedor le estaba sacando todos los trapitos al sol delante de Qiáo Bái, sin importarle para nada la cara cada vez más oscura del joven, y siguió:

—Su mayor hobby es ver la cara de los que se encaprichan con algo y luego no pueden pagarlo. ¡Le encanta verlos rabiar!

—¡Jah!

—Pero hoy, por lo menos, se topó con una pared —añadió, mirando a Qiáo Bái con una sonrisa pícara—. Esta vez sí se estampó de lleno.

—Yo digo que se va a arrepentir, seguro.

Joven del puesto de al lado, alias “el extranjero”: “…”

¿Arrepentido?
¡Le ardían hasta los intestinos del coraje!

¿Pero quién se habría imaginado…?

¡Que soltara ocho millones quinientos mil sin parpadear!

No, no, no.

Cuanto más lo pensaba, más sentía que todavía tenía salvación.
Si no hacía algo, iba a estar deprimido todo el mes.

Con ese pensamiento, el joven miró a Qiáo Bái con cara zalamera y casi suplicante:

—¡Jefe! ¡Gran jefe! He sido un ciego sin ojo para ver el oro… ¿Podría hacer como que no recuerda las ofensas de este pobre?

—Esta piedra de energía, ¡se la dejo en un millón! ¿Qué le parece?

Qiáo Bái, que ya estaba por irse, se detuvo al oír eso.
Se tocó la barbilla.

Shěn Ruòyán y Shěn Ruòwǎn habían visto todo el episodio y no dijeron nada.

Según su experiencia, esa piedra valdría entre un millón trescientos y un millón setecientos, dependiendo de qué criatura venenosa extraordinaria la hubiera generado.

Pero en cualquier caso, a un millón estaba definitivamente barata.

—¡Tch! —Fù Tiānguāng, en cambio, no tenía el hábito de quedarse callado—. ¡Hablas como si a nosotros nos hiciera falta ahorrarnos treinta o cincuenta mil!

El joven se atragantó.

Treinta o cincuenta mil…
Sí, ser domador de bestias era un pozo sin fondo, pero eso no quería decir que treinta o cincuenta mil dejaran de ser dinero.

¿Sabía ese sujeto lo difícil que era ganar esa cantidad?

El joven miró la expresión tranquila de Qiáo Bái y entendió que ese tipo con un pájaro gigante en la cabeza lo decía en serio.

Apretó los dientes.

Si no vendía algo, iba a morirse de hambre.

Al fin tenía delante a un cliente gordo, un gran jefe, y encima con buen ojo…

—¡Mire esto! —dijo de repente—. ¡A ver si le interesa, jefe!

—¡Es mi tesoro más preciado!

Con voz decidida, el joven sacó con muchísimo cuidado algo de su pecho.

Qiáo Bái: —¿Eh?

Miró, sorprendido, el objeto que el joven había sacado.

Parecía un trozo de plato roto, una esquirla bastante grande.
Plateado con vetas color bronce, con aspecto de antigüedad envejecida.

—¡Eh, eh, eh, tú, extranjero! —Antes de que Qiáo Bái o los otros dijeran nada, el dueño del puesto que acababa de cerrar la venta millonaria intervino—.

Agitó la mano, mirando al joven como si fuera un chamaco revoltoso:

—¡Ve y búscalo si quieres, pero no se lo metas al jefe!

—Tu mal gusto y tus manías yo ya ni te las discuto, pero después de la lección de hoy ya deberías entender.

—Pero con eso… —se detuvo un instante, con una expresión muy complicada—. Si quieres engañarte a ti mismo, pase… ¡pero no arrastres al gran jefe contigo!

Mientras hablaba, le guiñaba el ojo sin parar al joven.

El mensaje era claro:
Ese es un cliente muy gordo. No lo provoques.

Otra vez lo mismo:
Los domadores de bestias eran un agujero negro de dinero.

Ellos también lo eran, pero ninguno tenía la capacidad de Qiáo Bái, que acababa de pasar la tarjeta por ocho millones sin pestañear.

Hoy parecía que había ganado un montón, pero lo que había en el puesto no lo había conseguido él solo; al volver tenía que repartirlo con su equipo de exploración.

Al final, lo que quedara para cada uno ya no se veía tan impresionante.

Y después de separar lo de gastos diarios y lo de la familia, cuando ellos querían comprar recursos, tenían que contar hasta los centavos.

Así que, ¿para qué buscarse problemas con alguien tan forrado?

El joven entendía la buena intención del otro, pero se negó a ceder:

—¡No me estoy engañando a mí mismo! —protestó.

—¡Esto es un buen objeto, seguro!

—Si no fuera porque no tengo habilidad ni dinero, jamás lo vendería.

—Me lo quedaría, y quién sabe, quizá algún día me caería una gran oportunidad gracias a él.

Sacó pecho mientras hablaba, con toda la cara llena de seguridad.
Pero, a mitad de frase, su ímpetu se desinfló un poco.

—… Pero no tengo dinero… —murmuró, resignado.

Dejó de discutir con su vecino y se volvió hacia Qiáo Bái, mirándolo muy serio:

—De verdad —dijo—. No estoy bromeando con usted.

—He visto todos los recursos que escogió y son buenos. Se ve que tiene muy buen ojo y que no anda corto de dinero. Por eso me animé a enseñarle esto.

—Si fuera otro, ni siquiera se lo ofrecía.

El joven habló con absoluta convicción.

Que a Qiáo Bái le hubiera movido algo en el corazón o no, era difícil de decir.

Quien sí se sintió tentada fue Shěn Ruòyán:

—Oye… si yo lo compro…

Miraba la pieza plateada y bronce con forma de arco, con expresión curiosa e interesada.

Shěn Ruòwǎn: —¿Eh?

—¿Va en serio? —la miró, sorprendida—. No creí que te fueras a antojar.

—¿No te parece que todo lo que dijo suena a estafa? —comentó con seriedad—. Eso de menospreciar al cliente, luego ser “castigado por el karma” y sacar el tesoro escondido… Mira, si lo leo en una novela, ya me parece cliché. ¡En la vida real es aún más ridículo!

—Hermana, si no tienes vida de protagonista, no agarres enfermedad de protagonista —se cruzó de brazos y asintió para sí misma—. Ajá, muy de acuerdo con lo que acabo de decir.

Shěn Ruòyán: “…”

Perfecto.
Diagnóstico confirmado.
Hermana biológica.

Sólo una verdadera hermana se atrevería a trollear así.

Pero pensándolo desde ese ángulo…
Shěn Ruòyán empezó a sentir que algo de razón sí tenía.

—Sólo dije que me parecía que el objeto tenía buena vibra… pero escuchándote… mejor lo pienso otra vez…

—Ponle precio —dijo Qiáo Bái.

El joven, que ya pensaba que no iba a vender nada después de oír a las hermanas, se quedó helado.

La voz de Qiáo Bái era muy tranquila, igualita a cuando había dicho antes “pase la tarjeta”.

Las dos hermanas se quedaron boquiabiertas.

El dueño del puesto vecino también se giró a verlo, con cara de “no me lo esperaba para nada”.

—Este objeto tiene su gracia —dijo Qiáo Bái con sinceridad.

De verdad la tenía.

En teoría, su talento 【Ojo de la Perspicacia】 no reaccionaba con objetos.
Sólo podía mostrar paneles de información de criaturas extraordinarias.

Pero hacía un momento, por puro impulso, Qiáo Bái había activado su talento…
Y encima de ese fragmento, vio una línea que decía: 【???】

Qiáo Bái: interesante.jpg

Si su “dedo dorado” reaccionaba, estaba seguro de que no era cualquier cosa.

Quizá el joven tenía razón y aquello sí que era un gran tesoro.

Al verlo tan dispuesto a comprar, el rostro del joven se volvió extraño.

—Emm… —se quedó pensando, con cara muy conflictiva.

El otro vendedor miraba la escena y quería intervenir por él.

¡Suelta un número ya!

Antes pensaba que la cosa aquella era una basura.
Y que, aunque fuese un tesoro, en ese estado de fragmento no valdría mucho y nadie querría comprarla.

Pero ahora…
Mejor no decir nada del jefe. Tal vez realmente no le importaba la plata.

Fuera como fuera, ¡tenía que aprovechar la oportunidad y venderla ya!

Si dejaba ir a ese cliente, no encontraría otro igual.

—¡Ocho millones! —soltó el joven al fin, mordiéndose el labio.

Miró a Qiáo Bái muy serio:

—Todo lo que le dije antes era de corazón. Ocho millones. Ese es mi precio. Usted decide si la quiere.

Si Qiáo Bái la compraba, él usaría el dinero para entrenar bien a sus bestias, dejaría de pensar en “destinos” y aceptaría que no era para él.

Si no la compraba, se la quedaría y renunciaría a venderla.
Si no estaba destinado a él, quizá lo estaría para sus descendientes.

—Pff—

—¡Cof, cof!

—¡No manches!

El alboroto llamó a mucha gente alrededor.

Ocho millones, ¿por un fragmento de quién sabe qué?

Y encima ni siquiera parecía un recurso de criatura extraordinaria… ¿Cómo se atrevía a pedir esa cifra?

Los humanos eran animales que amaban el chisme.
Muchos desviaron la atención hacia esa escena.

Evaluaban a Qiáo Bái con miradas curiosas.

Todos se preguntaban si de verdad iba a dejarse estafar así.

Por desgracia, Qiáo Bái llevaba gorra y gafas de sol, así que nadie podía verle bien la cara.
Si no, ya habrían empezado a stalkearlo por todos lados.

Eso sí, las gemelas a su lado se veían muy familiares.

Los que estaban más enterados de lo que pasaba en Héng City sí las reconocieron.

En Héng City, la familia Shěn era bien conocida.

—Oye, ¿no son las dos chicas más talentosas de la nueva generación de los Shěn?

—¡Sí, sí, ellas! Shěn Ruòyán y Shěn Ruòwǎn, las “Dos Bellezas del Honghu”. Son bastante famosas.

—Si pueden ser tan cercanas a ellas, ese tipo tiene que ser rico sí o sí.

—Capaz que también es de Honghu. Ocho millones puede que ni le importen.

—Una cosa es que no le importe… pero es que esto no se ve ni de cerca como algo que valga ocho millones.

—Yo qué sé… Una buena bestia de tipo dragón ya cuesta más que eso; empiezan en decenas de millones. A los domadores de Honghu a lo mejor de verdad no les pesan.

La gente comentaba sin discriminar el volumen.
Era imposible que sonaran bajo.

El joven estaba sudando a chorros, tanto en la frente como en las palmas.

Estaba extremadamente nervioso, ojos abiertos como platos, sin pestañear, esperando la respuesta de Qiáo Bái.

Sí, o no.

Ni él mismo sabía qué respuesta esperaba escuchar.

—Entonces pásala por la tarjeta —dijo Qiáo Bái, sonriendo. Sacó la misma tarjeta de antes.

Repitió casi punto por punto el proceso de hace unos minutos.

Pagó el fragmento sin vacilar.

Toda la operación no tomó ni cinco minutos.

Al final, Qiáo Bái recibió el fragmento empapado en sudor de manos del joven.

Lo sostuvo apenas por el borde, con una expresión de ligero asco.

Ni modo.

Así se quedaba.

Miró a las personas que se habían juntado a su alrededor, todas con ojos brillando de emoción, como si estuvieran viendo renacer a un gran “mártir del consumo”, y a los vendedores de alrededor mirándolo como a un estúpido reencarnado.

Qiáo Bái guardó silencio.

Luego miró a Shěn Ruòyán y Shěn Ruòwǎn:

—Volvamos.

Shěn Ruòyán: —¡Vamos!

Shěn Ruòwǎn: —Estoy de acuerdo.

Fù Tiānguāng: —Como quieran…

Los tres no tenían objeciones.
Los cuatro regresaron juntos a la residencia de los Shěn.

…

—Ocho millones por un fragmento de quién sabe qué… —ya en el auto de regreso, Shěn Ruòwǎn miraba a Qiáo Bái, con ganas de decir algo pero sin atreverse.

El chófer de los Shěn iba al volante.

Nada más sentarse, Qiáo Bái se había quitado la gorra y las gafas. Sonrió con calma:

—Me cayó bien. El precio me parecía aceptable. Así que lo compré.

Shěn Ruòwǎn: “…”

Tenía sentido.

Al fin y al cabo, a Qiáo Bái de verdad no le faltaba ese dinero.

Ser profesor de investigación en evolución de bestias era un trabajo conocido por quemar dinero como agua.
Sin habilidad, ni siquiera conseguirías presupuesto.
Y quienes lograban conseguirlo, no estaban pendientes de “unos cuantos milloncitos”.

Ni hablar del sueldo.

Sólo las regalías posteriores de una sola ruta de evolución que desarrollara ya superaban con creces esa cantidad.

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