Domesticación Global de Bestias; Puedo Ver las Rutas de Evolución - Capítulo 328

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  4. Capítulo 328 - El Maestro de Técnicas del Alma
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Una leve duda cruzó la mente de Lin Ze.

Era la primera vez que veía al hombre vestido de negro. No entendía por qué le dirigía aquella hostilidad inexplicable.

Aun así, no hizo nada. Tras mirarlo brevemente, apartó la vista.

A su lado, Di Ping ya comenzaba a explicarle los detalles de esa noche.

—Hermano Lin, el combate de hoy es algo especial. Incluyéndome a mí y a mi rival, hay seis participantes. Cada uno enviará a un Maestro de Bestias para competir. En cada ronda, todos deberán enfrentarse en un combate contra bestias. La dificultad irá aumentando progresivamente. Los que fallen quedarán eliminados. El último en pie será el campeón.

Lin Ze asintió, comprendiendo el formato.

—¿Y qué nivel tienen mis oponentes?

—Sus niveles no son nada del otro mundo. Muchos ni siquiera tienen mascotas de séptimo rango.

La respuesta sorprendió a Lin Ze.

Al ver su expresión, Di Ping explicó con paciencia:

—Como sabes, en el coliseo está prohibido invocar mascotas. Por eso, el nivel de las mascotas no importa allí. Lo esencial es el dominio de las técnicas del alma del propio combatiente.

—En toda la Federación existen muchos coliseos subterráneos como este. Donde hay demanda, surge el mercado. Con el tiempo, apareció un grupo de personas que renunciaron a centrarse en el cultivo de sus mascotas para dedicarse exclusivamente a perfeccionar sus técnicas del alma. En el sector los llaman “Maestros de Técnicas del Alma”.

¿Maestros de Técnicas del Alma?

Lin Ze se sorprendió ligeramente.

No imaginaba que hubiera Maestros de Bestias que, por competir en coliseos subterráneos, abandonaran el desarrollo de sus mascotas para especializarse únicamente en técnicas del alma.

Pero al pensarlo mejor, tenía sentido.

Según lo que decía Di Ping, los premios en el coliseo eran generosos. Una sola victoria podía equivaler a semanas de caza en el desierto para un Maestro de Bestias promedio.

Para aquellos con talento limitado, que difícilmente llegarían lejos por el camino tradicional, cambiar de rumbo y ganar dinero como Maestro de Técnicas del Alma era una opción comprensible.

Di Ping continuó:

—La mayoría de estos Maestros de Técnicas del Alma no tienen mascotas de alto rango. El noventa y nueve por ciento ni siquiera posee una de séptimo rango. Pero tras años de dedicación, su dominio de técnicas del alma es extraordinario. Son expertos en combate sin mascotas, y algunos incluso dominan técnicas especiales extrañas y poderosas. Su capacidad de combate no es nada despreciable.

En ese momento, Di Ping lanzó una mirada hacia el asiento delantero.

—Por ejemplo, Liao Hua —dijo sonriendo—. Él es un Maestro de Técnicas del Alma. Su mascota más fuerte solo es de sexto rango, pero su capacidad de combate personal no es inferior. Incluso ha derrotado en el coliseo a una bestia de sexto rango, quinta etapa.

El hombre vestido de negro —Liao Hua— mostró una expresión de orgullo.

Sin embargo, la siguiente frase de Di Ping congeló su semblante.

—En un principio pensaba enviarlo a competir. Pero me enteré de que mi rival contrató a alguien con un dominio de técnicas del alma extremadamente alto. Liao Hua probablemente no sea su rival. Así que decidí buscar refuerzos. Justo hace poco Zhengyang me habló de ti, hermano Lin. Además, como el torneo académico estaba por comenzar, supuse que vendrías a Longjing. Así que fui al hotel a esperarte.

A través del espejo retrovisor, Lin Ze notó claramente la expresión sombría de Liao Hua.

En ese instante, comprendió la razón de la hostilidad.

El otro pensaba que le había arrebatado su lugar.

Lin Ze chasqueó la lengua internamente y apartó la mirada.

No era más que un individuo de mente estrecha que descargaba su frustración en otros.

Mientras conversaban, el coche entró en el centro de la ciudad y finalmente se detuvo frente a un bar.

El letrero luminoso del local parpadeaba con luces de neón, mezclándose con el brillo vibrante de la zona.

Hombres y mujeres entraban y salían, riendo y abrazándose.

Los guardias en la entrada eran corpulentos, vestidos con trajes impecables. Incluso los encargados del estacionamiento llevaban uniformes elegantes.

Desde la puerta del bar, sus miradas afiladas y vigilantes examinaban a cada persona que pasaba.

Cualquiera con aspecto sospechoso o apariencia descuidada era discretamente apartado.

Todo el lugar emanaba una atmósfera de lujo decadente.

Lin Ze bajó del coche y observó alrededor.

—No esperaba que el coliseo subterráneo estuviera en una zona tan concurrida. Son bastante audaces —comentó.

Di Ping sonrió.

—El bar es solo una fachada. El verdadero coliseo está debajo.

Mientras hablaba, se dirigió a un callejón oscuro junto al bar.

Lin Ze lo siguió.

Al adentrarse en el callejón, la iluminación cambió de inmediato. La luz brillante del exterior parecía quedar bloqueada por una barrera invisible en la entrada, dando paso a un mundo completamente distinto.

Pronto llegaron a una puerta trasera en medio del callejón.

Era una puerta metálica, cubierta de chapa oxidada, con grafitis dibujados con tiza por todas partes.

No tenía manija visible, solo una discreta cerradura y una mirilla.

Sin guía, nadie imaginaría que tras aquella puerta aparentemente abandonada se escondía un coliseo subterráneo.

Liao Hua golpeó la puerta.

Se escucharon pasos al otro lado. La mirilla se oscureció levemente.

Unos segundos después, la puerta chirrió al abrirse.

Un hombre corpulento asomó el cuerpo, su mirada fría recorrió al grupo y se detuvo en Di Ping. Tras una breve pausa, se apartó para dejarlos pasar.

—¿Ha llegado Song Hong? —preguntó Di Ping al entrar.

—Ya está aquí —respondió el hombre con voz grave.

Di Ping no dijo más y le hizo un gesto a Lin Ze para que lo siguiera.

Atravesaron la puerta metálica, caminaron por un largo pasillo y llegaron a un ascensor en una esquina.

Cuando las puertas se cerraron, una ligera sensación de ingravidez los envolvió.

En apenas siete u ocho segundos, el ascensor se detuvo.

Al salir, recorrieron otro pasillo largo hasta detenerse frente a una enorme puerta de hierro.

—Hemos llegado —dijo Di Ping.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

De inmediato, una ola de sonido ensordecedor salió por la rendija.

Gritos exaltados. Rugidos de furia. Aclamaciones eufóricas.

Una mezcla de voces que vibraba con tal intensidad que hacía doler los tímpanos.

Lin Ze enfocó la mirada.

Tras la puerta se extendía un espacio vastísimo.

En el centro había un enorme escenario circular, más amplio que una cancha de baloncesto.

Alrededor, en forma de anillos escalonados, se alzaban innumerables asientos.

Todos estaban ocupados.

Hombres y mujeres de todas las edades llenaban el lugar.

Pero había algo que todos compartían:

Sus rostros enrojecidos por la emoción, ojos abiertos de par en par, fijos en la batalla que se desarrollaba sobre el escenario.

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