Domesticación Global de Bestias; Puedo Ver las Rutas de Evolución - Capítulo 268
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- Capítulo 268 - Hoy volveré a matar un dragón
—¡Rooaaar!
Un dragón rugió con fuerza, haciendo temblar el cielo.
Casi en el mismo instante en que el Dragón Demonio de Piedra ascendió, los nogasianos detectaron su presencia.
Una presión aterradora, la temible aura dracónica, cayó desde lo alto y cubrió todo el campamento en un abrir y cerrar de ojos.
El enorme campamento estalló en caos.
Innumerables soldados nogasianos salieron corriendo de los edificios, mirando con pavor al dragón gigantesco en el cielo.
—¿U-un dragón?
—¿¡Por qué la raza dragón está aquí!?
—¡Es un Maestro de Bestias! ¡Debe ser una invocación de esos invasores malditos!
—¡R-rápido, hay que detenerlo!
La aparición repentina del dragón desató el pánico. Muchos nogasianos corrían sin rumbo como moscas sin cabeza.
Hasta que una voz furiosa y atronadora retumbó:
—¡Silencio!
El grandullón de antes apareció en el centro del campamento sin que nadie supiera cuándo. Con los ojos desbordando ira, barrió a todos con la mirada.
Su voz, potente como un trueno, aplastó de inmediato los gritos de alarma.
—¡Solo es un dragón! ¿De qué se asustan?
El hombre los recorrió con frialdad. Donde su mirada caía, los soldados bajaban la cabeza, avergonzados.
Entonces resopló y, volviendo la vista al Dragón Demonio de Piedra, habló con tono grave:
—Dylan, lidera un pelotón. Ustedes se encargarán de ese dragón.
—¡Sí, señor Gustav!
Un caballero superior dio un paso al frente y se inclinó.
—Hughes. Debe haber un Maestro de Bestias cerca. Llévate gente, encuéntralo y mátalo.
Otro caballero superior avanzó y aceptó la orden.
No tardaron mucho.
Los dos caballeros superiores salieron del campamento, cada uno con sus hombres.
El grandullón mantuvo la vista fija en el dragón, con una luz fría en los ojos.
—Sea quien sea… si te atreves a causar problemas en el territorio de la familia Boyle, ¡saldrás de aquí sin regreso!
…
Al abandonar el campamento, Dylan condujo a su escuadrón de cien hombres directo hacia el Dragón Demonio de Piedra.
La presión dracónica era tan opresiva que muchos aprendices y escuderos mostraron pánico sin poder evitarlo.
Dylan frunció el ceño y le hizo una seña a su ayudante.
Este entendió al instante y gritó hacia atrás:
—¡Anímense! ¡Solo es un dragón! ¿A qué le temen? ¡No olviden que el señor Dylan ya mató un dragón con sus propias manos!
Los caballeros oficiales también hablaron a tiempo.
—¡Exacto! ¡Con el señor Dylan, un simple dragón no es nada!
—¡Una raza dragón no significa nada ante el señor Dylan!
—¡Somos tantos! ¿Cómo no vamos a poder con un solo dragón?
—¡Levanten el ánimo! ¿No quieren probar lo que se siente matar un dragón?
Tras esas palabras, el temor en los rostros se disipó. En su lugar apareció la emoción.
Muchos incluso gritaron con entusiasmo.
En el Imperio Nogasiano, matar un dragón era el mayor honor.
Quienes lograban semejante hazaña, como mínimo, eran caballeros superiores.
Pensar que hoy podrían participar en algo así les encendió la sangre.
Dylan observó sus reacciones y asintió para sí. Luego alzó la espada, apuntando directamente al Dragón Demonio de Piedra en el cielo.
—¡Hoy volveré a matar un dragón!
Apenas terminó de hablar, descargó la espada con violencia.
La hoja afilada rasgó el aire y liberó una onda de choque invisible que se transformó en energía de espada, disparándose hacia el dragón.
—¡Rooaaar!
El Dragón Demonio de Piedra rugió y avanzó sin retroceder. Su garra se extendió como un relámpago y atrapó de lleno la energía de espada.
Al verlo, Dylan esbozó una sonrisa fría.
Esa energía de espada era uno de sus movimientos más orgullosos.
Podía cortar el acero en dos.
Por dura que fuera la garra de un dragón… ¿acaso podía ser más dura que el acero?
En su mente ya aparecía la escena: la garra del dragón amputada, sangre salpicando.
Pero al instante siguiente, sus ojos se abrieron de par en par.
¡Bum!
Con un golpe sordo, la garra del Dragón Demonio de Piedra se cerró y aplastó la energía de espada hasta pulverizarla.
Los fragmentos se dispersaron en forma de ráfagas de viento.
Y en la garra del dragón… solo quedó un rasguño superficial.
Ni una sola gota de sangre.
Dylan se quedó atónito, con un zumbido en la cabeza.
¿Qué clase de dragón era ese?
Había resistido su energía de espada casi sin daño.
La vez que mató un dragón, su energía de espada casi lo partió en dos, dejándolo moribundo.
¿Por qué la diferencia era tan brutal?
Los demás caballeros y soldados también se sobresaltaron. Sus rostros, enrojecidos por el fervor, palidecieron al instante.
Pero no tuvieron tiempo de reaccionar.
El Dragón Demonio de Piedra ya había iniciado su contraataque.
—¡Rooaaar!
Un rugido que sacudió el cielo estalló, cubriendo cientos de metros a la redonda.
En un instante, salvo Dylan —que apenas se detuvo un momento antes de recuperarse—, todos los que escucharon el rugido cambiaron de expresión y quedaron dominados por un terror extremo.
Arrojaron sus armas y huyeron en desbandada.
—¡Cálmense! ¿Qué están haciendo? —gritó Dylan, alarmado.
Nadie le respondió.
Entonces, una sensación helada surgió en su interior.
Algo terrible se acercaba.
Y venía de arriba.
Dylan levantó la vista con horror.
Lo que vio fue una niebla carmesí que se abalanzaba como una marea.
En un abrir y cerrar de ojos, los nogasianos, aún atrapados en el caos y el pánico, fueron devorados por esa niebla sin poder resistirse.
¡Crack!
¡Crack, crack!
Se escuchó alrededor un sonido repentino, como piedras chocando.
Dylan miró en todas direcciones, estremecido.
Dentro de la niebla, apenas distinguía a sus subordinados, rígidos e inmóviles…
Convertidos en estatuas de piedra.
—¿Q-qué… qué demonios está pasando?
Dylan quedó espantado.
Jamás había visto una habilidad tan extraña.
En un instante, más de cien guerreros de élite habían perdido toda capacidad de combate.
Pero no tuvo tiempo de pensar.
Desde lo alto llegó el silbido de algo cortando el aire.
Dylan levantó la espada para bloquear por instinto.
Al segundo siguiente, una garra gigantesca atravesó la niebla y golpeó con violencia la hoja.
Garra Rompepiedras.
El impacto sacudió a Dylan como si lo hubiera alcanzado un rayo. Un rubor subió a su rostro: sus órganos internos habían quedado dañados.
Pero eso no era lo peor.
Una vibración extraña se transmitió por la espada y se extendió por toda la hoja.
¡Crack, crack!
La espada de acero templado, forjada con hierro refinado, mostró grietas desde el centro y se rompió en pedazos.
El rostro de Dylan cambió por completo.
Y en ese instante, la garra volvió a atacarlo sin darle respiro.
Dylan sintió un escalofrío subir por su espalda.
Un miedo a la muerte, como nunca antes, lo devoró.
De por sí, no era rival para ese dragón.
Ahora, sin arma, su poder caía en picada.
Quiso escapar, pero la niebla carmesí lo rodeaba, sin dirección posible.
Y, por supuesto, el Dragón Demonio de Piedra no pensaba dejarlo huir.
En ese momento, era evidente:
No tenía salida.
La desesperación se dibujó en el rostro de Dylan.