Después de dejar que mi exmarido recogiera a los niños por error - Capítulo 11
Quizá gracias a la bolsa de agua caliente, cuyo calor se había extendido por todo su cuerpo, el sudor frío fue desapareciendo poco a poco y Su Zhiqiu consiguió relajarse un poco.
Ling Suihan tampoco le había mentido. Cuando regresó, ya había terminado los trámites. Llevaba los documentos en una mano y con la otra le sostenía la bolsa de suero.
Una vez de regreso en el automóvil, Su Zhiqiu no esperó a que Ling Suihan le abriera la puerta. Subió por su cuenta al asiento trasero.
—¿Y la bolsa de agua caliente?
Ling Suihan se lo preguntó de repente.
Su Zhiqiu pensó que quería utilizarla y se la ofreció.
—¿Para qué me la das?
Ling Suihan le dirigió una mirada de reojo.
—Escuché que, si colocas una bolsa de agua caliente debajo de la mano mientras te administran el suero… no duele tanto.
Su Zhiqiu se quedó inmóvil un instante y lo miró sin saber muy bien qué sentir.
Ling Suihan colgó la bolsa de suero del techo del automóvil y arrancó.
Su Zhiqiu no sabía adónde pensaba llevarlo, pero tampoco tenía otro lugar al que ir en ese momento.
Si regresaba a casa, solo conseguiría preocupar innecesariamente a Tuantuan y a Su Zhifeng. Era preferible terminar de recibir el suero fuera y volver después.
En cuanto se alejó del intenso olor a desinfectante, su semblante mejoró considerablemente.
El tratamiento comenzó a hacer efecto poco a poco y, para cuando Ling Suihan estacionó el automóvil, Su Zhiqiu ya sentía que se había recuperado por completo.
Se encontraba recostado de lado sobre el asiento cuando miró por la ventana.
Habían llegado a una farmacia que todavía estaba abierta.
Ling Suihan se colocó una mascarilla mientras abría la puerta. Sin decirle nada, bajó del vehículo.
Su Zhiqiu permaneció acostado en el asiento trasero, observando cómo su figura desaparecía en el interior de la farmacia.
Evidentemente, había ido a comprarle medicamentos.
Bajó la mirada hacia la bolsa de agua caliente que sostenía entre las manos y se quedó pensativo.
A decir verdad, si no fuera porque desde que tuvo a Tuantuan no había vuelto a estar con nadie, casi habría sospechado que estaba embarazado otra vez.
Las constantes arcadas y náuseas de aquella noche lo habían atormentado hasta dejarlo sin saber qué hacer consigo mismo.
Pero cuando quedó embarazado de Tuantuan, cuatro años atrás, aquello era prácticamente parte de su vida cotidiana.
Durante varios meses había vomitado todos los días, desde la mañana hasta la noche.
Como no tenía experiencia, llegó a asustarse tanto que creyó que terminaría perdiendo al bebé de tanto vomitar.
En aquel entonces estaba completamente solo.
Tenía demasiado miedo para contárselo a nadie, ni siquiera a su madre o a su hermano menor.
Su madre no gozaba de buena salud y Su Zhifeng apenas estaba en la preparatoria. Todavía era demasiado joven para asumir semejante responsabilidad.
Todo lo relacionado con la familia recaía sobre los hombros de Su Zhiqiu.
Inventó una excusa para marcharse de casa y alquiló un apartamento donde pudiera vivir solo.
Mientras otras personas aumentaban de peso durante el embarazo, él perdió más de cinco kilos.
Hubo momentos en los que el sufrimiento se volvió tan insoportable que Su Zhiqiu deseó desesperadamente llamar a Ling Suihan.
Solo quería escuchar su voz.
Aunque fuera durante un segundo.
Sin embargo, siempre conseguía contenerse justo antes de marcar el número.
Cuando caminaba por la calle y veía a los familiares que acompañaban y sostenían a las futuras madres, cargando pequeños biberones y ropa de bebé…
Quizá fuera por las hormonas, pero Su Zhiqiu reconocía que había sentido un poquito de envidia.
Cuando las náuseas lo dejaban completamente agotado, deseaba con todas sus fuerzas que hubiera alguien a su lado.
Alguien que le sirviera un vaso de agua caliente, que lo ayudara a levantarse o que, al menos, le ofreciera unas palabras de consuelo.
Con eso se habría sentido un poco mejor.
Pero todo aquello no pasaba de ser una fantasía.
Aguantó solo hasta que estaba a punto de cumplir nueve meses de embarazo. Solo entonces se lo contó a su madre y a Su Zhifeng.
Sin embargo, al ver cómo Ling Suihan se había ocupado de él aquella noche, su figura se superpuso inexplicablemente con la que tantas veces había imaginado.
Si Ling Suihan hubiera estado a su lado entonces, quizá aquellos largos meses de embarazo habrían sido menos aterradores y habría podido sobrellevarlos mejor.
Por supuesto, ya no tenía sentido hablar del pasado.
Todas aquellas experiencias desagradables habían sido consecuencia de sus propias decisiones. No podía culpar a nadie y tampoco tenía motivos para sentirse agraviado.
Su Zhiqiu apartó aquellos pensamientos y cambió de posición.
Entonces distinguió algo por el rabillo del ojo.
Se detuvo un instante y extendió la mano casi por reflejo.
Era una billetera negra.
Le resultaba familiar.
Se parecía mucho a la que había perdido.
O, mejor dicho, ¡parecía ser exactamente su billetera!
¡Lo que acababa de llamar su atención era el pequeño colgante que llevaba sujeto!
Su Zhiqiu se quedó completamente atónito.
Miró rápidamente por la ventana y, al comprobar que Ling Suihan todavía no aparecía, abrió la cremallera para echar un vistazo.
Allí estaban su conocida tarjeta de acceso, las llaves, el bolígrafo y…
Su Zhiqiu abrió uno de los compartimentos interiores.
También estaba aquella fotografía tan familiar.
No tuvo tiempo de preguntarse cómo había terminado su billetera en el automóvil de Ling Suihan.
Mientras seguía absorto en sus pensamientos, escuchó un ruido.
Levantó la cabeza y vio que Ling Suihan se acercaba.
Instintivamente, guardó la billetera en el bolsillo del pantalón y volvió a sentarse correctamente.
—¿Por qué te incorporaste?
Ling Suihan giró la cabeza para mirarlo. Llevaba una bolsa de plástico en la mano.
—Me cansé de estar acostado.
Su Zhiqiu carraspeó ligeramente.
Ling Suihan no sospechó nada. Simplemente le entregó la bolsa.
—Es lo que indicó el médico. También hay agua. Cuando regreses, come algo y después toma los medicamentos.
Su Zhiqiu sostuvo la botella de agua mineral y respondió distraídamente.
Mientras revisaba el contenido de la bolsa, observó a Ling Suihan a escondidas.
Al comprobar que no parecía haber notado la desaparición de la billetera, finalmente respiró aliviado.
—Su Zhiqiu —dijo de pronto Ling Suihan mientras conducía—. Hay un cochecito de juguete dentro de la bolsa. Sácalo.
Su Zhiqiu bajó la mirada.
Efectivamente, en el fondo encontró una caja de plástico que contenía un automóvil de juguete rojo intenso.
Tenía unas líneas elegantes y un aspecto muy llamativo.
Parpadeó y se lo entregó.
Por alguna razón, Ling Suihan lo miró antes de colocar el juguete en el asiento del copiloto.
Su Zhiqiu sintió curiosidad.
—¿Las farmacias también venden juguetes?
—No. —Ling Suihan giró el volante con una mano y respondió despreocupadamente—. Cuando compras cierta cantidad, puedes participar en un sorteo. Me tocó eso. Justo me servirá para… contentar a alguien.
A Su Zhiqiu le dio un vuelco el corazón.
Abrió inmediatamente la bolsa.
Tal como sospechaba, Ling Suihan había comprado varias cajas de cada medicamento, además de un grueso paquete de parches térmicos y varias botellas de suplementos elaborados con extracto de hongo melena de león, entre muchas otras cosas.
¡Con razón había conseguido un cochecito de tan buena calidad en el sorteo!
¡Aquello era un verdadero abuso!
—La empleada dijo que esto era bueno para el estómago. Comprueba si te sirve.
Ling Suihan lo dijo con indiferencia.
—De verdad no hacía falta, yo…
Su Zhiqiu ni siquiera había terminado su cortés protesta cuando Ling Suihan lo interrumpió.
—Deja de hablar tanto. Te compré esas cosas porque estás tan flaco que se te está hundiendo la cara. Ya me resultaba desagradable verte así.
Era la segunda vez aquella noche que Ling Suihan lo llamaba feo.
Su Zhiqiu sabía que su aspecto había cambiado respecto a cinco años atrás, pero aun así se sintió agraviado.
No pudo evitar preguntar en voz baja:
—¿De verdad estoy tan flaco que me veo horrible?
Su madre y los demás siempre le decían que seguía siendo muy atractivo.
Aunque quizá solo intentaban hacerlo sentir mejor.
Ling Suihan lo observó a través del espejo retrovisor.
Abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero al final solo pronunció unas palabras secas:
—Al menos tienes bastante carne en el trasero. Me dejaste el brazo adolorido.
Su Zhiqiu sintió tantas ganas de desaparecer de la vergüenza que decidió no seguir haciendo preguntas que pudieran herir su autoestima.
—¿Cuánto costó todo?
Mientras preguntaba, cerró la bolsa.
Aunque no había encontrado el recibo, ya presentía que le esperaban varios días de estrecheces económicas.
—¿Para qué quieres saberlo?
Su Zhiqiu suspiró.
—Te transferiré el dinero.
Ling Suihan lo miró por el espejo retrovisor.
Movió los labios y murmuró algo.
Su Zhiqiu se atragantó con su propia respuesta.
—Yo… yo no…
—Si quieres agregarme a WeChat, dilo directamente. No hace falta que inventes lo de transferirme dinero.
Su Zhiqiu no sabía cómo defenderse.
Quería explicarse, pero temía que Ling Suihan terminara convencido de que estaba utilizando una pequeña artimaña para conseguir su contacto de WeChat.
—Con tu código de cobro es suficiente.
Al final, eso fue lo único que consiguió decir.
Ling Suihan giró hacia una calle donde estaban realizando obras.
Conducía concentrado y no le respondió.
Quizá no lo había escuchado.
Su Zhiqiu temió distraerlo y decidió guardar silencio.
Volvió a mirar el automóvil rojo que descansaba en el asiento del copiloto.
Era tan bonito como llamativo, un juguete que a cualquier niño le encantaría.
Incluso a él le había gustado desde el primer momento.
Solo entonces comprendió tardíamente por qué Ling Suihan había elegido aquel cochecito.
«Justo me servirá para contentar a alguien».
Seguramente pensaba llevárselo a casa para contentar a su hijo.
Aquel pequeño al que había levantado tan alto en el centro comercial.
Al pensar en eso, una sensación inexplicable lo invadió.
Su Zhiqiu comenzó a removerse inquieto en el asiento.
Con un chirrido, Ling Suihan frenó de repente.
Frunció el ceño y preguntó con impaciencia:
—¿Necesitas ir al baño?
Su Zhiqiu negó con la cabeza.
—Entonces deja de moverte tanto. Me distraes mientras conduzco.
Hizo una pausa y añadió inesperadamente:
—Además, si se te sale la aguja, se te hinchará la mano.
Su tono pareció suavizarse un poco.
En aquella noche invernal del norte, incluso transmitía cierta ternura, como si estuviera intentando tranquilizarlo.
Su Zhiqiu sintió que volvía a imaginar cosas.
Para distraerse, apartó la mirada y observó los edificios que los rodeaban.
Descubrió que habían llegado a una exclusiva zona residencial situada en el centro de la ciudad.
—Esto es…
Frunció el ceño y levantó la mirada hacia Ling Suihan.
Ling Suihan lo observó.
—Mi casa.
La vacilación apareció en el rostro de Su Zhiqiu.
Ling Suihan malinterpretó su expresión y añadió:
—Aquí la seguridad es buena. Los paparazzi y los fans obsesivos no pueden entrar.
Su Zhiqiu dedujo que se trataba de una propiedad que Ling Suihan no utilizaba habitualmente y respiró aliviado.
Eso significaba que su esposa y su hijo probablemente no estaban allí.
Sin embargo, enseguida se reprochó aquella reacción.
Estuvieran allí o no, ¿qué tenía que ver con él?
Ling Suihan condujo hacia el estacionamiento subterráneo.
La calefacción del automóvil estaba bastante alta.
La frialdad y el odio que habían dominado su encuentro en las escaleras parecían haber desaparecido.
Por una vez, el ambiente dentro del vehículo podía considerarse cálido y acogedor.
Ling Suihan se mostraba tranquilo y despreocupado, como si fueran una pareja cualquiera que regresaba a casa después de pasar la noche juntos.
Pero Su Zhiqiu sabía perfectamente que no lo eran.
Cerró lentamente el puño.
Levantó la cabeza para mirar la bolsa de suero y dio unos golpecitos suaves en el respaldo del asiento del conductor.
—Por favor, detén el coche.
El vehículo ya estaba descendiendo por la rampa del estacionamiento.
Ling Suihan apretó el volante con una mano, aunque su tono continuó siendo despreocupado.
—Aguanta un poco más. Ya casi llegamos.
Su Zhiqiu vaciló.
Finalmente, dijo en voz baja:
—El suero está a punto de terminarse. Será mejor que regreses a dormir. Yo puedo pedir un taxi e irme.
—No quiero molestarte más.
No habló demasiado alto, pero en el silencioso interior del automóvil sus palabras fueron perfectamente audibles.
—¿Por qué tanta cortesía? —Ling Suihan siguió conduciendo—. ¿Acaso tienes adónde ir?
—Puedo tomar un taxi hasta el estudio, recoger mi coche y volver a casa.
Ling Suihan arqueó una ceja.
—¿Crees que estás en condiciones de conducir?
Su Zhiqiu sonrió.
—Sí. No te preocupes, no habrá ningún problema.
—No quiero verte mañana en las noticias de accidentes de tránsito.
Ling Suihan soltó una risa desdeñosa.
—La policía acabaría interrogándome a mí también.
—Yo… escuché a Fang Xing decir…
Al final, Su Zhiqiu no pudo evitar insinuarlo:
—Que le prometiste a su hermana llevarlo a casa.
Los ojos del hombre reflejado en el espejo retrovisor se entrecerraron ligeramente.
Sin cambiar de expresión, respondió:
—Parece que sabes bastantes cosas.
—Ya son más de las tres de la madrugada.
Su Zhiqiu no quería decirlo demasiado directamente, así que se limitó a recordarle:
—Que todavía no hayas regresado a casa… no está muy bien, ¿verdad? Tu familia podría preocuparse.
—No se preocuparán. Casi nunca vuelvo a casa. Ya están acostumbrados.
Ling Suihan lo dijo como si no tuviera importancia.
Pero Su Zhiqiu ya no pudo continuar aquel intercambio de palabras.
—¡Joven señor Ling, detén el coche!
No había levantado demasiado la voz.
Sin embargo, la mano que sostenía el volante se puso rígida.
No estaba claro si había sido por aquella forma de dirigirse a él o por el tono indignado, teñido de una desesperación apenas contenida.
El automóvil se detuvo bruscamente.
Solo faltaba un pequeño tramo para llegar a la entrada.
Ling Suihan finalmente se quitó el cinturón de seguridad y se volvió para mirarlo.
Al encontrarse con aquellos ojos tan familiares, Su Zhiqiu vio reflejado en ellos su propio rostro pálido.
Solo entonces comprendió que quizá acababa de perder un poco el control.
La aparente tranquilidad que habían mantenido dentro del automóvil se hizo pedazos en un instante.
En su lugar apareció una frialdad imposible de ignorar, como si hasta el aire se hubiera congelado.
Ling Suihan pronunció unas pocas palabras:
—Qué impresionante.
—Señor Su —añadió con una sonrisa cargada de sarcasmo—, sigues siendo tan hipócrita como siempre.
Su Zhiqiu escuchó cómo volvía a utilizar aquella forma distante de dirigirse a él.
No sabía qué sentir.
—Cuando necesitas a alguien, te aferras a él y no lo sueltas. Pero en cuanto te encuentras bien, te apresuras a darle una patada para apartarlo. Basta con que esa persona diga unas palabras de más para que cambies de actitud.
Las luces del estacionamiento eran intensas.
Iluminaban el rostro de Ling Suihan y la curva de desprecio que se había formado en sus labios.
—¿Cómo puedes tener tanta desfachatez?
Su Zhiqiu balbuceó unas sílabas.
—No es eso. Tengo miedo de que haya un malentendido…
Un clic interrumpió su explicación entrecortada.
La puerta del automóvil se había abierto.
—Lárgate.
Ling Suihan escupió aquellas dos palabras con frialdad.
Su Zhiqiu no quería hacerlo enfadar.
Pero, por alguna razón, aunque podía conversar y reír con naturalidad frente a cualquier otra persona, cada vez que estaba delante de Ling Suihan se quedaba sin saber qué decir.
—Date prisa.
Ling Suihan ya se había vuelto de espaldas.
—Es muy tarde. ¿No acababas de recordarme que debía apresurarme a volver con mi familia? Y ahora estás aquí haciéndome perder el tiempo.
Al escuchar aquello, Su Zhiqiu reaccionó y respondió apresuradamente.
En la bolsa de suero apenas quedaba un poco de líquido.
Sin esperar a que terminara de vaciarse, se retiró él mismo la aguja.
Lo hizo con prisas y sin demasiada destreza.
Del pequeño orificio brotaron unas gotas de sangre, que cubrió rápidamente con una bolita de algodón medicinal.
Por suerte, no le dolió demasiado.
Su Zhiqiu tomó la bolsa de medicamentos, abrió la puerta y bajó del automóvil.
No volvió a despedirse.
Simplemente siguió las señales del estacionamiento y comenzó a caminar lentamente hacia la salida.
Cuando dobló una esquina, un resplandor apareció detrás de él.
Dos faros iluminaron el suelo mientras un automóvil se acercaba poco a poco.
Finalmente, se detuvo a su lado.
Su Zhiqiu giró la cabeza.
Era el coche de Ling Suihan.
Por alguna razón, aunque había sido él quien había insistido en marcharse, al ver que Ling Suihan lo había seguido sintió una pequeña oleada de emoción.
Ling Suihan bajó la ventanilla.
Sin apartar la vista del frente, dijo con indiferencia:
—Devuélveme el abrigo.
Su Zhiqiu se quedó perplejo.
Instintivamente, bajó la cabeza y descubrió que todavía llevaba puesto el abrigo negro de Ling Suihan.
Aunque no era tan alto como él, también tenía una figura esbelta, de cintura estrecha y piernas largas, que hacía que la ropa le quedara bien.
El abrigo le resultaba un poco largo, pero le sentaba bastante bien.
Tan bien que incluso había olvidado que pertenecía a Ling Suihan.
Al darse cuenta de que otra vez había imaginado cosas, Su Zhiqiu se sintió avergonzado.
Se quitó rápidamente el abrigo, abrió la puerta del copiloto y lo colocó con cuidado sobre el asiento, cubriendo el pequeño automóvil rojo de juguete.
Después de haberlo llevado puesto toda la noche, la prenda había quedado impregnada de su temperatura corporal y de su olor.
Aquello hizo que Su Zhiqiu se sintiera todavía más incómodo.
Cerró la puerta con un golpe seco.
Al instante siguiente, Ling Suihan dio la vuelta y se marchó.
De principio a fin, no le dedicó ni una sola mirada.
Su Zhiqiu observó cómo se alejaba y continuó caminando.
Solo cuando estaba a punto de salir del estacionamiento subterráneo volvió la cabeza para mirar una última vez.
El automóvil de Ling Suihan ya había desaparecido.
Seguramente había regresado a casa.