Después de dejar que mi exmarido recogiera a los niños por error - Capítulo 1

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El invierno en el norte era gélido y descolorido.

Parecía eternamente largo, tanto que no se alcanzaba a vislumbrar su final.

A Su Zhiqiu no le gustaban esos inviernos porque hacía demasiado frío.

Sin embargo, cuando volvió a encontrarse con Ling Suihan, fue precisamente durante un invierno sin nieve.

En aquel momento, estaba intentando convencer a Su Tuantuan de que se alejara del pequeño tren de un centro comercial.

—No puedes.

Su Zhiqiu intentó imponer su autoridad como padre. Con expresión seria, levantó un dedo y lo movió de un lado a otro.

Luego repitió:

—Ya has dado tres vueltas. Tenemos que volver a casa.

Al ver aquella expresión tan poco habitual en su padre, Su Tuantuan se encogió ligeramente. Sin embargo, enseguida recuperó su aspecto lastimero y comenzó a parpadear mientras lo miraba con sus enormes ojos negros.

Aquellos ojos parecían dos uvas silvestres, negros y brillantes. Cuando miraban a alguien con ese resplandor húmedo, nadie podía resistirse.

Y mucho menos Su Zhiqiu.

Cada vez que aquellos ojos, tan familiares y a la vez tan extraños, se posaban sobre él, no podía evitar recordar a… otra persona.

—Pero, papá, ¿no dijo la abuela que hoy no iba a volver a casa? Entonces podemos jugar un poquito más. La abuela no se va a enterar y no nos va a regañar.

Por suerte, la vocecita infantil de Su Tuantuan lo sacó a tiempo de sus pensamientos.

Su Zhiqiu carraspeó. Sabía que aquella distracción le había hecho perder la mejor oportunidad de mantenerse firme, así que tuvo que recomponerse e intentar razonar con su hijo.

—Pero hoy tu tío sí va a volver. Me contó en secreto que te trajo un regalo enorme. Si no vamos, ¡al regalo le saldrán piernas y se escapará!

Su amenaza consiguió asustar al pequeño.

Su Tuantuan tragó saliva con fuerza y, con expresión indecisa, se aferró al volante del trenecito. Su carita se arrugó por completo.

Sin embargo, ni siquiera aquella expresión tan cómica conseguía restarle belleza a su rostro, de piel extraordinariamente blanca y facciones delicadas. Daba tanta ternura que resultaba imposible no compadecerse de él.

—En… entonces, papá, ¿una vez más, sí? Solo una última vez. Después podemos ir más rápido y no… ¡no llegaremos tarde!

Tras una intensa lucha interna, Su Tuantuan finalmente tomó una decisión. Levantó con dificultad un dedito y, haciendo un puchero, miró a su padre con expresión suplicante.

Su Zhiqiu siempre había sido muy indulgente con él. Si esta vez no quería dejarlo jugar, era únicamente porque temía hacer esperar demasiado a Su Zhifeng. Al verlo así, ya no tuvo corazón para negarse y terminó asintiendo, dejando de lado todos sus principios.

Al recibir la aprobación de su padre, Su Tuantuan gritó un emocionado «¡Sí!». Con una enorme sonrisa, introdujo otras dos monedas en la máquina y, al son de la música, volvió a poner en marcha el pequeño tren mientras soltaba alegres exclamaciones.

Aunque lo llamaban tren, en realidad solo consistía en tres pequeños vagones unidos entre sí, decorados con dibujos y luces de colores. No tenía nada de lujoso, avanzaba muy despacio y únicamente podía circular por una zona determinada del centro comercial.

Aun así, Su Tuantuan conducía con absoluta seriedad. Se aseguraba de abrocharse correctamente el cinturón de seguridad, sujetaba el volante con sus manitas y hasta imitaba con la boca el sonido de un motor.

Su Zhiqiu caminaba lentamente detrás del tren mientras sacaba el teléfono para llamar a Su Zhifeng.

Al ver lo emocionado que estaba Tuantuan, no pudo evitar sonreír, aunque al mismo tiempo dejó escapar un suspiro cargado de tristeza.

Aquel trenecito no tenía nada de especial. Los niños que frecuentaban el centro comercial parecían haberse aburrido de él hacía tiempo y pasaban de largo después de echarle un par de miradas indiferentes.

Pero era la primera vez que Tuantuan veía algo así, de modo que estaba completamente fascinado.

Pensándolo bien, la culpa era suya. En aquel entonces había estado tan concentrado en esconderse que terminó descuidando las necesidades de Tuantuan.

Su madre tenía razón. Ya había privado a Tuantuan de demasiadas experiencias.

Por fortuna, ahora había regresado a Beicheng, una ciudad próspera que contaba con toda clase de instalaciones y servicios. Tuantuan todavía era pequeño, así que aún estaban a tiempo de recuperar lo perdido.

Al comprobar que el niño seguía conduciendo felizmente por su cuenta, Su Zhiqiu se apartó un poco y realizó la llamada.

Su Zhifeng contestó enseguida. Después de escuchar su explicación, respondió sin vacilar:

—No hay prisa. Deja que Tuantuan juegue todo lo que quiera. O, si prefieres, puedo ir ahora mismo al centro comercial a buscarlos.

—No hace falta. ¿No tenemos ya una reservación? —rechazó Su Zhiqiu—. No te molestes en venir.

Intercambiaron unas palabras más y colgaron.

Sin embargo, cuando Su Zhiqiu se dio la vuelta, estuvo a punto de chocar de frente con alguien.

La otra persona se apresuró a disculparse.

—¿Está bien? Lo siento mucho.

—No pasa nada —respondió Su Zhiqiu con una sonrisa—. Fui yo quien no prestó atención.

La mujer, alta y esbelta, también le sonrió antes de explicar el motivo por el que se había acercado.

—Disculpe, ¿sabe cuánto falta para que se detenga el trenecito? Mi hijo también quiere jugar. ¿Podría subir con él?

Su Zhiqiu siguió la dirección de su mirada y, efectivamente, vio a un niño de aproximadamente la misma edad que Tuantuan. Estaba de pie a un lado, observando atentamente cómo Tuantuan conducía el pequeño tren.

Comprendió enseguida y asintió con cordialidad.

—Por supuesto. Aunque nosotros estamos a punto de irnos, así que podrán seguir jugando después.

La mujer inclinó educadamente la cabeza y estaba a punto de decirle algo al niño cuando este pareció reconocer a alguien. De pronto dio un salto y salió corriendo en aquella dirección.

Incluso desde lejos podía distinguirse la enorme sonrisa en su rostro. Era evidente que estaba encantado de ver a quien acababa de llegar.

Su Zhiqiu siguió instintivamente su mirada y vio a un hombre que acababa de subir por las escaleras mecánicas.

Llevaba una mascarilla negra y una gorra de béisbol. Era muy alto, de hombros anchos y piernas largas. Vestía una gabardina negra que le quedaba extraordinariamente bien.

Aunque no podía verle el rostro, bastaba con observar su figura para darse cuenta de que debía de ser un hombre atractivo.

Un instante después, el niño llegó hasta él y comenzó a saltar, pidiéndole que lo cargara.

El hombre pareció sonreír. Se inclinó para levantarlo en brazos y empezó a decirle algo en voz baja mientras caminaba hacia ellos.

Su Zhiqiu miró de reojo a la mujer que tenía al lado y dedujo que debían de ser una familia de tres.

Y, por lo que veía, una familia muy feliz.

No tenía intención de entrometerse, así que les dirigió una última mirada antes de apartar cortésmente los ojos.

Sin embargo, fue precisamente esa última mirada la que lo dejó completamente paralizado.

El niño levantó una mano y, sin querer, le arrancó la mascarilla al hombre, dejando su rostro al descubierto.

Tenía unas facciones extraordinariamente armoniosas, cejas y ojos negros, piel muy blanca, nariz recta y labios de un rojo intenso. La línea ligeramente afilada de su mandíbula le confería un aire distante, difícil de abordar.

Era tan apuesto y hermoso que cualquiera se habría quedado contemplándolo durante unos segundos.

Pero lo que sintió Su Zhiqiu al verlo no fue admiración, sino una profunda conmoción.

El sonido de la música del centro comercial pareció detenerse de golpe.

Aquel rostro, tan familiar y a la vez tan extraño, lo transportó instantáneamente a un día de cinco años atrás.

Un día que había quedado grabado en lo más profundo de su memoria.

No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, pero debió de ser bastante, porque la mujer que estaba a su lado comenzó a mirarlo con cierta cautela.

Solo entonces Su Zhiqiu comprendió que no era apropiado que un hombre adulto se quedara mirando tan descaradamente al esposo de otra persona.

Se pellizcó con fuerza la palma de la mano.

El dolor lo devolvió de inmediato a la realidad.

Al ver que el hombre se acercaba cada vez más, ni siquiera se molestó en dar explicaciones. Apartó rápidamente la mirada, se dirigió a toda prisa hacia el trenecito que avanzaba lentamente, desabrochó el cinturón de seguridad y levantó en brazos a Su Tuantuan, que todavía reía felizmente.

Después se marchó en dirección contraria sin volver la cabeza.

A sus espaldas, la mujer continuó llamándolo:

—¡Señor! ¡Señor!

Pero Su Zhiqiu fingió no escucharla. Cubrió el rostro de Tuantuan con una mano y, sosteniéndolo firmemente entre sus brazos, se alejó a grandes zancadas hasta desaparecer.

Ling Suihan llegó junto a la mujer con el niño en brazos.

Sin saber qué estaba mirando, preguntó despreocupadamente:

—¿Qué ocurre?

La mujer negó con la cabeza y recogió una billetera que había quedado a un lado.

—El señor que estaba aquí se marchó tan deprisa que olvidó su billetera.

Ling Suihan le echó un vistazo.

Era una billetera de cuero negro, sin nada particularmente llamativo.

Dejó al pequeño sobre el trenecito y dijo:

—Mira si tiene algún dato de contacto.

La mujer comprendió y la abrió de inmediato.

Dentro solo había una tarjeta de acceso, algunas monedas y billetes sueltos. No había ningún dato de contacto.

Negó con la cabeza y estaba a punto de cerrarla cuando, al tirar accidentalmente de uno de los compartimentos interiores, dejó al descubierto la esquina de lo que parecía ser una fotografía.

Ling Yue no tenía intención de invadir la privacidad de nadie, así que volvió a introducir la fotografía y se dispuso a cerrar la cremallera.

Sin embargo, el hombre que estaba a su lado pareció advertir algo.

Una mano de dedos largos y elegantes se extendió hacia la billetera y extrajo la fotografía para examinarla.

Cuando Ling Yue la miró con atención, también se sorprendió.

La persona que aparecía en ella era nada menos que Ling Suihan, quien estaba de pie a su lado.

La fotografía parecía tener muchos años. El reverso ya había adquirido un ligero tono amarillento, pero su dueño la había protegido cuidadosamente con una lámina de plástico transparente. Sobre el plástico había incluso varios corazoncitos, suficientes para demostrar cuánto apreciaba aquella imagen.

Ling Yue se quedó desconcertada y volvió instintivamente la cabeza hacia el hombre.

—Esta parece ser de… cuando acababan de debutar, ¿verdad?

Había cierta incertidumbre en su voz.

Después de todo, habían transcurrido casi diez años desde entonces y ella solo podía orientarse por la ropa y la edad que aparentaba en la fotografía.

Ling Suihan, naturalmente, recordaba mejor aquel momento.

Sostuvo la fotografía entre los dedos, la observó unos instantes y asintió.

—Sí.

Tras una pausa, añadió:

—La presentación del día de nuestro debut.

En la imagen, llevaba sobre los hombros la magnífica capa que distinguía al integrante que ocupaba la posición central del grupo. Tenía un brazo levantado en alto y, a su alrededor, innumerables flashes se concentraban sobre él, destellando sin descanso.

Bajo el escenario, una multitud inmensa lo vitoreaba con entusiasmo.

Era una imagen que transmitía una confianza y un esplendor indescriptibles.

En aquel entonces, esa fotografía suya se había vuelto extremadamente popular.

Tanto que aquella misma noche había alcanzado las tendencias más comentadas de internet y nadie había conseguido hacerla desaparecer de las listas. Incluso después, cuando se convirtió en un artículo de colección, su precio solía dispararse hasta alcanzar cifras exorbitantes.

Sin embargo, esa no era la razón por la que la recordaba con tanta claridad.

Aquella fotografía se la había tomado esa persona.

Por alguna razón, aunque esa persona le había tomado muchas fotografías, aquella tenía algo especial, como si poseyera alma propia.

Hacía muchísimo tiempo que no la veía.

Debido a lo ocurrido en el pasado, ahora nadie se atrevía siquiera a mencionar a esa persona delante de él.

Todo lo relacionado con ella había sido borrado, sin dejar el menor rastro, como si jamás hubiera existido.

—Será mejor que la guardes —dijo Ling Yue a su lado—. Si la billetera es tan importante, seguramente su dueño volverá pronto a buscarla.

Ling Suihan respondió con un leve sonido de asentimiento y volvió a introducir la fotografía en la billetera.

Los dos se sentaron en un sofá cercano y observaron al pequeño conducir el trenecito de un lado a otro, intercambiando algunas palabras de vez en cuando.

Sin embargo, por alguna razón, Ling Suihan parecía distraído.

Bajó la cabeza varias veces para examinar la billetera que sostenía.

No era de ninguna marca famosa. Era bastante común y se notaba que llevaba mucho tiempo en uso. Los bordes estaban ligeramente desgastados y de la cremallera colgaba un pequeño adorno con forma de automóvil.

Era bastante lindo.

—¿Quién perdió esta billetera?

La pregunta surgió de pronto.

Ling Yue se quedó un momento desconcertada antes de intentar recordar.

—Creo que era un padre joven. Parecía tener más o menos tu edad. Era bastante atractivo y tenía una personalidad alegre.

—Supongo que quizá alguna chica joven de su familia sea admiradora tuya y haya guardado la fotografía en el lugar equivocado —aventuró Ling Yue.

Pero Ling Suihan solo había escuchado las palabras «padre joven».

No prestó atención a nada de lo que vino después.

Frunció el ceño y guardó silencio.

Llegó la hora de comer y el centro comercial comenzó a llenarse de gente. También había llegado el momento de devolver el trenecito.

Sin embargo, el dueño de la billetera seguía sin aparecer.

Ling Yue comentó, desconcertada:

—Qué extraño. ¿Será posible que todavía no se haya dado cuenta? ¿Cómo van a entrar a su casa sin la tarjeta de acceso?

Ling Suihan no respondió.

Después de un momento, dijo con indiferencia:

—Más tarde, entrégala en objetos perdidos.

Le dirigió una última mirada a la billetera y perdió por completo el interés en ella.

Hasta a él mismo le pareció absurda la idea que acababa de cruzarle por la cabeza.

—Tengo un compromiso de trabajo esta noche. Me voy.

Se colocó bien la mascarilla, se despidió de su pequeño sobrino con un gesto de la mano y se marchó.

—¡Papá! ¡Papá!

Las llamadas resonaban junto a sus oídos.

La mente de Su Zhiqiu era un completo caos y respondió casi por instinto:

—Sí, aquí está papá.

—Papá, ¿puedes conducir más despacio? Tuantuan tiene miedo.

Su Tuantuan estaba sentado en su asiento infantil, en la parte trasera del automóvil, y hablaba con mucha cautela.

Su Zhiqiu se estremeció y finalmente volvió en sí.

Pisó rápidamente el freno y detuvo el automóvil con seguridad a un lado de la carretera.

Apartó las manos del volante.

Solo entonces comprendió que su comportamiento anormal había asustado a Tuantuan.

Cerró los puños con fuerza e hizo todo lo posible por tranquilizarse.

—Papá… —Tuantuan no podía desabrocharse el cinturón por sí solo, así que se inclinó hacia delante todo lo que pudo para preguntarle—. ¿Estás bien? ¿Por qué tuvimos que salir corriendo de repente?

Su Zhiqiu abrió la boca, pero descubrió que tenía la voz algo ronca.

Se aclaró la garganta, se volvió hacia el otro lado y exhaló profundamente.

Solo entonces consiguió girarse hacia Tuantuan con una sonrisa.

—No pasa nada, Tuantuan. Papá solo tenía miedo de que tu tío se impacientara esperándonos.

Tuantuan era pequeño y creyó sus palabras sin cuestionarlas.

Asintió, pero comenzó a retorcerse los deditos con tristeza antes de murmurar:

—Perdón, papá. Todo es culpa de Tuantuan por insistir en jugar con el trenecito…

Su Zhiqiu volvió la cabeza.

Ya había caído la noche y la luz de las farolas penetraba en el automóvil, dejando en su interior una iluminación tenue.

Los hermosos ojos de Su Tuantuan volvieron a llenarse de lágrimas.

Se parecían muchísimo a los de aquel hombre.

Tanto que Su Zhiqiu se quedó absorto contemplándolos.

Al ver que su padre no decía nada, Su Tuantuan se puso todavía más nervioso.

Hizo un esfuerzo desesperado y, con un clic, consiguió forzar el cierre del cinturón de seguridad.

Entonces se inclinó hacia delante y preguntó en voz baja:

—Papá, ¿estás enojado con Tuantuan? Prometo que nunca volveré a hacerlo…

Intentó mantener firme la voz, pero no pudo evitar que se le escaparan un par de sollozos.

Al escuchar el llanto ahogado de su hijo, Su Zhiqiu reaccionó casi por reflejo.

Se desabrochó apresuradamente el cinturón de seguridad, tomó al pequeño del asiento trasero y lo sentó sobre sus piernas.

Sin embargo, al sentir aquel abrazo familiar, Su Tuantuan no se tranquilizó.

Por el contrario, pareció asustarse todavía más y rodeó con sus bracitos la cintura de su padre, aferrándose a él con todas sus fuerzas, sin querer soltarlo.

Su Zhiqiu comprendió que su extraño comportamiento realmente lo había aterrorizado.

Al sentir los sollozos de aquella cabecita escondida contra su vientre, se llenó de arrepentimiento y angustia.

Todas las emociones que lo habían atormentado momentos antes desaparecieron instantáneamente de su mente.

Levantó al pequeño y, con la habilidad adquirida de tanto hacerlo, comenzó a consolarlo con voz suave.

Pasó bastante tiempo antes de que finalmente consiguiera tranquilizarlo.

—¿De verdad papá no está enojado conmigo?

Al ver la mirada preocupada de Su Tuantuan, que intentaba aparentar fortaleza, Su Zhiqiu asintió con energía y recuperó su sonrisa habitual.

—¡Por supuesto que no! Papá te quiere muchísimo. ¿Cómo podría estar enojado contigo?

—Y el tío tampoco va a enojarse, ¿verdad?

Su Tuantuan se apresuró a preguntar.

Al ver la expresión nerviosa de su carita, Su Zhiqiu decidió bromear con él.

—Bueno, eso no es tan seguro…

Pero cuando vio que los ojos del pequeño comenzaban a llenarse de lágrimas otra vez, se rindió de inmediato.

—¡Claro que no se va a enojar! Tu tío quiere muchísimo a Tuantuan. Siempre te trae regalos, ¿recuerdas? No se va a enojar.

Su Tuantuan lo pensó detenidamente.

Era verdad.

Solo entonces regresó obedientemente a su asiento infantil, se abrochó el cinturón de seguridad por su cuenta y lo apremió:

—Papá, entonces vámonos rápido. Si hacemos esperar mucho al tío, se va a poner a llorar.

Su Zhiqiu: «…»

No pudo evitar quejarse para sus adentros.

Aparte de ti, pequeño llorón, ¿quién más se pone a llorar por cualquier cosa?

Quién sabe de quién habrá aprendido a hacerse el mimado de esa manera.

Suspiró y respiró profundamente una última vez.

Después de asegurarse de que sus emociones se habían estabilizado, volvió a poner el automóvil en marcha.

Quizá gracias a la interrupción de Tuantuan, durante el resto del trayecto Su Zhiqiu no volvió a tener tiempo ni energía para pensar en aquel reencuentro inesperado.

Solo cuando el automóvil se detuvo ante un paso de peatones, esperando a que cambiara el semáforo, un pensamiento apareció repentinamente en su corazón.

Así que ya se había casado.

Incluso tenía un hijo.

Parecía llevar una vida muy feliz junto a su esposa y su hijo.

Ya era una celebridad tan importante y, aun así, estaba dispuesto a arriesgarse a que algún transeúnte lo reconociera con tal de acompañar a su hijo al centro comercial.

Ling Suihan era, sin duda, un buen padre.

En el asiento trasero, Tuantuan mantenía la carita pegada a la ventanilla mientras contemplaba sin parpadear las animadas calles de la ciudad.

Al mismo tiempo, señalaba con esfuerzo los letreros que veía e intentaba leerlos.

—Tien… tienda de panecillos…

Aquella vocecita tan concentrada y curiosa llegó hasta el asiento del conductor, haciendo que Su Zhiqiu curvara involuntariamente los labios.

En realidad, no estaba tan triste como había imaginado.

Habían pasado cinco años.

Era perfectamente normal que cada uno hubiera formado su propia familia y desarrollado su carrera.

Hacía mucho que había abandonado aquellas fantasías juveniles de permanecer juntos para toda la vida.

Sin embargo, cuando recordó a Tuantuan jugando solito en el trenecito, mientras ante sus ojos aparecía la imagen de aquella feliz familia de tres, sintió como si una aguja le atravesara repentinamente el corazón.

Fue una punzada intensa, dolorosa y amarga.

En aquella escena, él y Tuantuan parecían completamente fuera de lugar.

A pesar de no haber hecho nada malo, había sentido una inexplicable mezcla de culpabilidad e inferioridad, como si fuera un amante clandestino que, acompañado de su hijo ilegítimo, acabara de encontrarse con la esposa legítima.

Aquella sensación indescriptible se agitó violentamente en su interior, provocándole el impulso instintivo de huir, de tomar a Tuantuan en brazos y esconderse de ellos.

Su Zhiqiu terminó riéndose de sus propios pensamientos.

Decidió en silencio que nunca más acompañaría a su madre a ver aquellos melodramas llenos de escándalos y enredos amorosos.

Su Tuantuan era su tesoro más preciado, y solo suyo.

Con eso bastaba.

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