Después de casarme con el villano discapacitado - Capítulo 22
La voz de Shen Ci tembló ligeramente:
—¿Satisfacer… qué?
Qin Yi respondió:
—Quiero besarte.
Shen Ci parpadeó y esperó un buen rato, pero no hubo nada más.
¿Solo quería besarlo?
¡Había pensado que Qin Yi pretendía hacerlo suyo allí mismo!
Shen Ci dejó escapar mentalmente un suspiro de alivio. Definitivamente había imaginado demasiado. ¿Cómo iba Qin Yi a hacerle algo así en ese momento? A plena luz del día… como mínimo tendría que esperar hasta la noche.
Inmediatamente expulsó también aquel pensamiento de su cabeza.
¿Qué demonios estaba esperando?
Shen Ci exhaló y se esforzó por conservar la cordura.
—Está bien.
La presencia del hombre volvió a envolverlo.
Qin Yi inclinó la cabeza y cubrió suavemente sus labios con los suyos. La temperatura de sus labios parecía un poco más alta de lo habitual y su respiración también era más ardiente.
Quizá se debía a la postura, pero Shen Ci sintió una presión y una agresividad mucho más intensas. Su cuerpo tembló involuntariamente.
El Qin Yi de aquel momento era casi dominante, completamente diferente al de costumbre.
Las piernas empezaban a entumecérsele por estar agachado, así que Shen Ci tuvo que enderezar el torso y rodear el cuello de Qin Yi con los brazos.
Aquel movimiento pareció estimularlo.
Qin Yi le rodeó la cintura con un brazo y, con la otra mano, le sujetó la nuca.
Parecía gustarle especialmente esa postura.
Cada vez que Qin Yi lo sujetaba de aquella manera, Shen Ci sentía que su cuerpo dejaba de pertenecerle.
Ese día, las yemas de los dedos de Qin Yi no estaban demasiado frías, pero Shen Ci aun así sintió un extraño hormigueo en cada lugar que tocaba.
El beso comenzó a dificultarle la respiración.
Solo entonces Qin Yi finalmente lo soltó.
Sin embargo, inmediatamente deslizó los labios desde la comisura de su boca hasta la base de su oreja y mordisqueó suavemente su lóbulo.
Todo el cuerpo de Shen Ci se estremeció.
De su garganta escapó una voz temblorosa:
—Gege…
Los dedos de Qin Yi se detuvieron ligeramente.
De repente, enterró el rostro en el hueco de su cuello y mordió la piel blanca y delicada de aquel lugar, ejerciendo un poco de fuerza.
Shen Ci solo sintió un calor repentino junto al cuello.
Una leve punzada se mezcló con una sensación húmeda, como si la punta de una lengua hubiera rozado su piel. El extraño cosquilleo resultaba imposible de describir: dolía y picaba al mismo tiempo.
Las piernas se le debilitaron al instante.
Jamás habría imaginado que el joven señor Qin tuviera tanto talento para aquello.
¡Apenas era la tercera vez que se besaban y ya parecía increíblemente hábil, incluso sabía variar las cosas!
¿Qué se suponía que era eso?
¿Talento innato?
¿Aprender una cosa y deducir otras tres?
¿También era un genio en ese aspecto?
Shen Ci ya no conseguía mantenerse agachado. Involuntariamente dejó escapar un pequeño gemido que sonó casi como una súplica.
Qin Yi finalmente lo soltó y lo sostuvo para ayudarlo a levantarse.
Shen Ci aprovechó el apoyo para ponerse de pie, pero sus piernas debilitadas no lograron sostenerlo. Dio un traspié y estuvo a punto de caer, aunque consiguió recuperar el equilibrio por muy poco.
Se llevó el dorso de la mano al rostro.
Tenía las mejillas ardiendo, respiraba deprisa y su corazón continuaba latiendo salvajemente, sin calmarse ni después de un buen rato.
Menos mal que Qin Yi no había querido llegar más lejos.
De lo contrario, ¿no habría acabado directamente en el hospital por una taquicardia?
Quizá la próxima vez que se encontrara con el doctor Lu debería preguntarle qué clase de problema era que el corazón se acelerara tanto al besar a alguien.
Cuando finalmente logró recuperarse, escuchó a Qin Yi decir:
—Ve a practicar piano.
Shen Ci:
—¿?
¡¿Seguía siendo humano?!
—¿Qué ocurre? —Qin Yi parecía no entender su extraña expresión y explicó—. Ya que hemos aclarado las cosas, no tienes por qué seguir distrayéndote por mi culpa. Si quieres entrar al conservatorio, tienes que esforzarte por conseguirlo. No deberías permitir que nada externo desvíe tu atención. Puedes dejar de lado cualquier cosa, cualquier persona, pero jamás debes abandonar tus sueños.
Shen Ci lo miró completamente conmocionado.
¿El joven señor Qin acababa de darle un discurso motivacional?
¡Definitivamente, Qin Yi durante un episodio era otra persona!
Estaba tan sorprendido que tardó bastante en reaccionar.
Qin Yi frunció el ceño.
—¿Dije algo incorrecto?
—Eh… no.
Shen Ci se apresuró a volver a sentarse en el banco del piano y acomodó nuevamente la partitura.
—Entonces practicaré. Tú ve a descansar.
—No hace falta. Me quedaré vigilándote —respondió Qin Yi sin la menor intención de marcharse—. Ya que hoy tengo bastante energía, puedo orientarte un poco más.
Shen Ci:
—…
Tampoco hacía falta llegar tan lejos.
Qin Yi tenía demasiada energía ese día.
Después de todo lo que acababan de hacer, no solo no estaba cansado, sino que todavía pretendía quedarse allí supervisando su práctica.
Shen Ci se sintió profundamente inquieto.
Que Qin Yi lo instruyera personalmente era todo un honor, pero… dadas las circunstancias, aquella «instrucción» parecía haberse impregnado de una atmósfera ligeramente ambigua.
Respiró profundamente.
Repitió mentalmente diez veces tengo que concentrarme, colocó los dedos sobre las teclas y comenzó nuevamente a practicar.
*
Shen Ci pasó prácticamente todo el día encerrado en la sala de piano.
Como Qin Yi no le dijo que se detuviera, tampoco se atrevió a hacerlo por su cuenta.
Durante la mayor parte del tiempo consiguió mantener la concentración, pero hacia el final los dedos comenzaron a dolerle tanto que ya no pudo soportarlo.
Se vio obligado a terminar la práctica del día.
Pensó que, sumando mañana y tarde, apenas había practicado unas seis horas. Además, durante ese tiempo se había detenido en varias ocasiones para escuchar las indicaciones de Qin Yi.
De ninguna manera debería tener que descansar simplemente porque le dolían los dedos.
Había estudiantes de piano que practicaban varias horas al día.
¿Cómo podía decir que estaba dispuesto a «esforzarse diez veces más que una persona común» si ni siquiera podía soportar aquello?
Shen Ci bajó la mirada hacia las yemas enrojecidas de sus dedos.
Este cuerpo realmente era demasiado delicado.
Probablemente aquellas manos jamás habían realizado ningún trabajo pesado. Después de descansar un solo día y retomar la práctica, ya no conseguían adaptarse.
Entonces escuchó a Qin Yi preguntar:
—¿Ya no vas a practicar?
—No.
Shen Ci se puso de pie. Después de permanecer sentado tanto tiempo, sentía el cuerpo entumecido y comenzó a estirar los brazos y las piernas doloridos.
De pronto, sus movimientos se detuvieron.
Miró a Qin Yi.
Solo entonces se dio cuenta de algo.
Él había pasado toda la tarde practicando…
¿y Qin Yi también había permanecido allí sentado acompañándolo durante toda la tarde?
¿No aumentaba su dolor neuropático cuando permanecía sentado demasiado tiempo?
¡¿Acaso no le importaba su propia vida?!
Shen Ci se apresuró a intentar mandarlo de vuelta al dormitorio, pero Qin Yi habló primero:
—Estoy bien. Ahora no me duele.
Shen Ci no tenía ninguna intención de creer semejante tontería.
El propio Qin Yi había dicho que la sensación de dolor disminuía durante esos episodios.
Eso significaba que no era que no le doliera, sino que su cerebro estaba procesando el dolor de manera diferente y temporalmente no lo percibía con claridad.
Empujó a la fuerza la silla de ruedas fuera de la sala de piano.
—Ve a acostarte.
—Ya es hora de cenar.
—…Entonces, después de cenar, te acuestas temprano.
—Bien.
Shen Ci fue a lavarse las manos.
Después de sumergir los dedos bajo el agua fría, finalmente sintió algo de alivio.
Al levantar la cabeza y verse en el espejo, de repente notó algo.
Sus orejas volvieron a arder al instante.
En un costado de su cuello había una pequeña marca roja, especialmente llamativa sobre su piel clara.
¡¿Por qué todavía no había desaparecido después de tantas horas?!
Shen Ci acusó mentalmente a Qin Yi.
¿Qué iba a hacer si alguien la veía?
¿Decir que lo había picado un mosquito?
Se secó las manos e intentó subir todo lo posible el cuello de su ropa.
Sin embargo, la marca estaba demasiado arriba.
Por más que tirara de la tela, no conseguía cubrirla.
Después intentó acomodarse el cabello encima, pero tampoco era lo suficientemente largo.
Seguía viéndose.
…
¿Qin Yi lo había hecho a propósito?
Después de luchar durante un buen rato contra aquella marca sin conseguir ocultarla, Shen Ci finalmente se rindió y fue a la cocina por la cena.
Durante todo el camino mantuvo la cabeza baja, temiendo que la cocinera pudiera verla.
Quizá porque Qin Yi había tenido bastante apetito durante los últimos dos días, la cocinera había preparado una cena todavía más abundante de lo habitual.
Incluso había añadido un postre siguiendo la petición de Shen Ci.
El postre mejoró considerablemente su estado de ánimo, así que decidió perdonar, a duras penas, que cierta persona hubiera dejado una marca en su cuello.
Como de costumbre, ayudó a Qin Yi a bañarse y le dio un masaje.
La única diferencia era que el joven señor Qin estuvo extraordinariamente cooperativo ese día.
Ni durante el baño ni durante el masaje mostró la menor resistencia.
De repente, Shen Ci sintió que quizá aquella versión de Qin Yi tampoco era tan difícil de aceptar…
Pasadas las nueve de la noche, después de que Shen Ci se lo recordara varias veces, Qin Yi finalmente decidió descansar.
Cuando Shen Ci terminó de asearse y regresó, lo encontró sentado junto a la cama, sosteniendo un frasco de medicamentos y dejando caer unas pastillas en la palma de su mano.
Shen Ci se acercó inmediatamente.
—¿Por qué estás tomando medicamentos de repente?
—Pastillas para dormir.
Qin Yi se tragó las pastillas con agua y dejó despreocupadamente el frasco sobre la mesita de noche.
Shen Ci miró la etiqueta.
Efectivamente, era el nombre de un medicamento para dormir.
—¿Crees que no podrás dormir esta noche?
—No lo sé. Pero prefiero tomarlas de una vez, así, si realmente no consigo dormir, no tendré que volver a levantarme.
Después de hablar, Qin Yi se acostó.
Shen Ci no sabía qué opinión tener sobre aquella forma de «anticiparse al insomnio».
Acababa de apagar la lámpara de la mesita cuando alguien le sujetó la muñeca.
Un suave tirón bastó para hacerlo caer directamente entre unos brazos.
En medio de la oscuridad, la voz del hombre llegó hasta su oído acompañada de aquella presencia ya familiar.
Sonaba a la vez como una petición y como una orden:
—Duerme conmigo.