De Goblin a Dios Goblin - Capítulo 284

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  4. Capítulo 284 - Traicionar al demonio y unirse a Lin Tian
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“No tengo por qué explicarles nada. Solo llévenme con su líder. Necesito aclarar las cosas, o van a pensar que vine a causar problemas”, dijo Celeste con frialdad.

Su tono era indiscutiblemente autoritario.

Al oírlo, el rostro de Ladrick se tensó.

“Mi Lady, el Dios Demonio ya regresó al Infierno. En este momento… Lady Nanavis es quien está administrando la Zona Deshabitada.”

Celeste lo entendió al instante.

“Bien. Entonces llévenme con ella.”

Aunque volver al Infierno era rápido, todavía tendría que recorrer una gran distancia dentro de él para llegar al único portal de regreso al mundo mortal.

A un lado, el corazón de Scarlett temblaba.

¿Ver a Nanavis? ¡Podrían despellejarla viva… o matarla!

Pero no se atrevía a oponerse a la demonio superior frente a ella: una que incluso tenía el potencial de encender su propia chispa divina.

Con tal de sobrevivir a cualquiera de los siete Reyes Demonio, podía convertirse en un nuevo dios.

En la jerarquía demoníaca, un demonio superior era equivalente a un semidiós entre los humanos: poderoso, con habilidades formidables, casi trampas… aunque no completamente invencible.

Los dioses, en cambio, sí eran invencibles de verdad.

Sin demora, Ladrick y Scarlett, bajo sus órdenes, vertieron agua sobre el polvo explosivo de alta potencia, empapándolo por completo.

Luego lo enterraron todo, sin poder resistirse.

Solo les quedaba ajustar el plan para otro momento.

…

Pronto, los tres llegaron a la Zona Deshabitada.

El Castillo del Orgullo se alzaba cerca, espantando a una bandada de cuervos hacia el cielo.

Sus graznidos llenaron el aire, sombríos y desesperanzadores.

Dentro del castillo, el rostro de Nanavis se tensó.

“Esta aura… ¿un demonio? Y uno poderoso…”

Un cuervo en la ventana aleteó y entró al cuarto. Era el familiar de Ladrick, entregando con anticipación el aviso de la llegada de Celeste.

“¿Por qué vendría aquí?”

Hasta Nanavis, que también era un demonio superior, palideció al escuchar la noticia.

Su arrogancia y vanidad de siempre desaparecieron por completo.

Llamó de prisa a todos sus sirvientes y organizó una ceremonia de bienvenida.

Incluso convocó a los otros Señores del Pecado para que se presentaran.

Al fin y al cabo, la visitante no era otra que la hija de Lucifer, Señor del Infierno.

Por mucho orgullo que tuviera, no era motivo para no agachar la cabeza.

No pasó mucho tiempo cuando Celeste se acercó al Castillo del Orgullo, arrastrando a Scarlett y Ladrick, ambos pálidos de terror.

El castillo estaba decorado con las flores de muerte favoritas de Celeste, un rojo vivo con un tenue olor metálico, como a sangre.

Celeste avanzó pisando la alfombra roja hacia el castillo.

En la entrada, Nanavis, Hir, Winnie y Glotonería esperaban con respeto.

“¡Saludos, Lady Celeste!” dijeron al unísono, junto con todos los sirvientes demoníacos presentes.

Cada uno se inclinó profundamente, sin atreverse a levantar la cabeza hasta que ella los autorizara.

Con un gesto brusco, Celeste arrojó a Scarlett y Ladrick al suelo.

“No hace falta tanto show. No vine a causar problemas. Vine a dejar una cosa clara.”

Su tono era filoso, cargado de tensión.

Toda su aura irradiaba energía demoníaca abrumadora: una presencia de autoridad absoluta.

Todos los demonios temblaron de miedo.

Incluso Hir, Winnie y Glotonería se estremecieron.

Solo Nanavis logró mantenerse firme… aunque se notaba que le costaba.

Hizo lo posible por contener su irritación y habló entre dientes:

“Lady Celeste, por favor, hable claro. ¿Estos dos inútiles le están causando molestias? Si es así, puedo matarlos aquí mismo…”

“¡Espera… Lady Nana, déjame explicar!” El rostro de Ladrick se llenó de terror; sabía perfectamente que esto pasaría.

¡Maldito mestizo! ¡Solo es medio demonio y aun así se atreve a actuar tan altanero!

Pero Celeste lo cortó en seco, con voz helada:

“La Ciudad del Rey Goblin ahora está bajo mi jurisdicción. Si atacan esa ciudad y arruinan mi trabajo, las consecuencias serán graves… Pero sus rencores con los goblins no me importan.”

Nanavis asintió rápido, conteniendo su furia.

“Muy bien. ¡Entonces! No tengo interés en perder el tiempo aquí. Y otra cosa… ¡controla a tu gente!”

Dicho eso, Celeste se elevó hacia el cielo, como un meteorito negro surcando la Zona Deshabitada.

Aunque ya se había ido, la presión helada permaneció, incluso más intensa que antes.

Una inquietud sofocante quedó flotando en el aire.

Scarlett y Ladrick lo sintieron con claridad: detrás de ellos se cernía la ira de una demonio extremadamente furiosa.

“¡Maldita criatura! ¿Cuántas veces te he dicho que esos goblins patéticos no valen la pena? ¡Las cosas miserables atraen mala suerte!”

Nanavis agarró a Scarlett del cuello y la estrelló con fuerza contra el suelo.

Un estruendo sacudió el castillo, y Scarlett quedó tirada en un charco de su propia sangre.

Ladrick, al verlo, estuvo a punto de defenderse, pero Nanavis también lo agarró y lo lanzó al suelo.

Y no se detuvo ahí.

Los golpes resonaron una y otra vez por todo el Castillo del Orgullo.

Solo después de aplastarlos repetidamente —dejándolos destrozados y casi muertos— los restauró por fin.

“¡Lárguense! ¡La próxima vez los mato de verdad!” advirtió Nanavis con una voz que helaba la sangre.

Los Señores del Pecado se marcharon hacia el Palacio de la Lujuria, cada uno con expresión preocupada.

Hir suspiró.

“La verdad no debieron meterse con ese goblin. Esa cosa es pura mala suerte.”

“Déjalo ya, Scarlett. Si ese goblin de verdad va por ti, ¿no podrías pedirle protección a Lady Nana?” sugirió Winnie.

Hasta Glotonería, que casi siempre callaba, habló:

“Aferrarse al odio solo lleva al mismo final que Gallows. Mejor disfruta la comida mientras puedas.”

Pero Scarlett, llena de frustración, estalló en llanto amargo.

“¿Por qué?! ¿Por qué me pasa esto? ¡Soy un Señor del Pecado! ¡Ese goblin asqueroso! ¡Maldito sea!”

“Ah…” los otros volvieron a suspirar.

Sin embargo, ninguno notó a Ladrick escondido entre las sombras, con los ojos hirviendo de un odio retorcido y venenoso.

Dentro de él fermentaba un rencor intenso.

“Maldita… no me culpes cuando te apuñale por la espalda…” pensó, con la decisión ya tomada.

Planeaba jurarle lealtad a Lin Tian.

Pero Scarlett habló primero:

“Si ese es el caso… ¡entonces mejor me convierto en esclava del goblin!”

“¿Eh? La neta no creo que sea necesario.” Winnie se burló. “Es solo un goblin. ¿De verdad vale tanto sufrimiento? Ni siquiera ha habido una pelea de verdad y mira cómo quedaron. Ya estuvo. Me voy a dormir.”

Con eso, Winnie se fue.

Scarlett, sintiéndose agraviada, murmuró:

“Fácil hablar para ustedes. Ustedes son demonios intermedios con protectores. Yo soy un demonio inferior. Si me muero, a Nanavis ni le importaría. Claro que no entienden cómo me siento.”

Ella ya había decidido su siguiente jugada.

Sin dudar, partió de nuevo rumbo a la Ciudad del Rey Goblin.

Creía que, con sus habilidades como súcubo, ningún hombre podría resistirse si ella se entregaba voluntariamente.

En el peor de los casos, se convertiría en la consorte favorita del goblin.

Al ver esto, Ladrick la siguió de cerca, esperando su propia oportunidad para aliarse con Lin Tian.

No descansaría hasta cobrarse su venganza contra Nanavis.

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