De Goblin a Dios Goblin - Capítulo 176
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- Capítulo 176 - Juana de Arco Reaparece, ¡El Imperio Bélico Es Aniquilado!
“¡Sí! ¡Es la Búho Tuerta! ¡Corran!”
Un Guerrero Titán, encargado de una ballesta pesada, se volteó para huir en cuanto la vio.
Ni siquiera le importaron las amenazas de los caballeros supervisores.
Prefería arriesgarse al castigo del supervisor que morir a manos de esa maniática.
Al ver esto, los caballeros supervisores formaron una línea, lanzas en mano, y gritaron: “¡¡Mantengan la formación!! ¡¡Nadie retrocede!!”
En cada nación existían escuadrones supervisores para evitar la deserción en tiempos de guerra, pues cualquier señal de retirada podía destrozar la moral.
Los caballeros supervisores eran altamente capacitados, y uno de ellos de inmediato atravesó al Guerrero Titán que huía, levantándolo en el aire con pura fuerza.
“¡Miren bien! Este es el destino de un desertor…”
Justo cuando el caballero supervisor volteó para advertir al resto, la escena frente a él lo dejó helado.
La Búho Tuerta ya había llegado hasta una de las enormes ballestas, con una sonrisa burlona. “Heh, ¿qué chiste tienen estos juguetitos? ¡Mejor una pelea real!”
“¡Swish, swish, swish!”
¡Sus feroces golpes rugieron por el aire!
Destrozó uno de los carros de ballesta en pedazos de un solo golpe.
En el siguiente instante, tomó a un Guerrero Titán por un dedo y lo agitó como si fuera un enorme martillo.
En un abrir y cerrar de ojos, había destruido varias ballestas más.
Y cualquiera de los Titanes que intentaba acercarse salía volando de un solo puñetazo.
¡Un torbellino giratorio!
Docenas de Guerreros Titán salieron disparados por los aires.
Los restos de las ballestas volaron por todos lados.
La escena era tan aterradora que los guerreros encargados de proteger las ballestas se dieron la vuelta y huyeron.
Preferían enfrentar la furia de los caballeros supervisores antes que terminar aplastados, con los sesos regados por doquier.
“¡E-esa… esa lunática!”
Hasta los caballeros supervisores salieron corriendo. “¡Capitán Corto! ¡La Búho Tuerta rompió la línea! ¡Tiene que hacer algo, está destruyendo todas las armas mata-dragones!”
Al escuchar esto, desde la distancia, el rostro de Corto se volvió sombrío. “¡Maldita sea, si ni siquiera podemos mantener esto! ¿A caso… nuestro Imperio Bélico realmente va a caer?”
Por un momento, todo pareció detenerse.
Los goblins rompieron las defensas y, junto con la Búho Tuerta, destruyeron rápidamente todas las armas mata-dragones.
Las pocas armas restantes fueron abandonadas; nadie se atrevía a operarlas.
Todos retrocedían.
La última línea defensiva, compuesta por un millón de soldados y otro millón de milicianos, se derrumbó en el instante en que los dragones aparecieron.
“¡Capitán, qué hacemos?!”
Ante el embate de los dragones, los soldados abandonaron la resistencia y huyeron junto con los supervisores.
El enorme cuerpo de la Madre Dragón de Fuego se elevaba sobre ellos, ejerciendo una presión abrumadora.
Sus ojos eran tan claros como perlas, y cuando abrió su boca llena de filosos colmillos, un resplandor comenzó a brotar desde su pecho.
Su boca rebosaba llamas, tan calientes como lava.
Los soldados, al mirar atrás, quedaron paralizados de pánico, temblando sin control.
“¡No! ¡No! ¡No te acerques!”
“¿Dónde está nuestro dios? ¡Alguien ayúdeme, no quiero morir!”
“¡Aaaah—!”
“¡¡Boom!!”
De pronto, un torrente de fuego descomunal salió disparado de su boca, recorriendo kilómetros.
Era un espectáculo tan impresionante como terrorífico.
Pero bajo esa belleza ardiente se escondían los gritos de decenas de miles, su terror y desesperación al ser devorados por las llamas.
El poder era abrumador.
Y no terminó ahí. Cuando la Madre Dragón de Fuego ascendió de nuevo, Cicatriz, Calamidad del Trueno y Pecado descendieron para un segundo ataque.
Entre la multitud que huía, Corto sintió su frente palpitar, sus venas sobresaliendo mientras intentaba gritar órdenes… solo para escuchar un súbito zumbido en sus oídos.
Era como si hubiera perdido el sentido del oído… y aun así podía escuchar su propia respiración acelerada.
Miró alrededor, y todo pareció ir en cámara lenta.
La desesperación y el miedo en cada rostro se veían con claridad absoluta.
Algunos tropezaban y caían unos sobre otros.
Otros temblaban, arrodillándose para rezar.
Unos más arrastraban sus piernas cercenadas, ignorando el dolor mientras intentaban huir con la última chispa de esperanza.
Corto se detuvo. “¿Voy… voy a morir?”
Volteó, en contra de la multitud, y vio a los dragones descender con intención asesina. Cerró los ojos lentamente.
No había esperanza. No habría milagro.
Envuelto en una tormenta de fuego y relámpagos, él, como los demás soldados, se redujo a cenizas.
Y así…
El Imperio Bélico fue declarado derrotado. La erradicación total de sus remanentes era solo cuestión de tiempo.
Lin Tian se encontraba en la torre del viejo campanario derrumbado, observando las ruinas.
En la Ciudad del Crepúsculo no hubo atardecer ese día, pero el brillo antiguo aún parecía presente.
Las llamas de los dragones cubrían todo el territorio.
Hasta que todo quedó convertido en cenizas.
Ni siquiera los nobles que escapaban lograron huir: fueron masacrados por las máquinas de guerra enanas en el distrito oeste.
“¡Jajaja! ¡Ahora el Imperio Goblin puede anunciar su establecimiento a todo el continente, causando un impacto absoluto con poder absoluto!”
Bill estaba sentado sobre una máquina de guerra, sonriendo satisfecho.
Dicen que cuando cae una ballena, todo florece.
Los enanos también podían volver a la superficie gracias a los goblins, y los dragones ya no tendrían que esconderse en huecos de árboles.
Lin Tian sintió una profunda emoción; esta victoria tenía un enorme significado, aunque estuviera construida sobre la muerte y la sangre.
Pero era la única forma de declararse al mundo.
Los goblins—esos “miserables goblins”—ya no eran monstruos de bajo nivel. Ahora podían estar al mismo nivel que los líderes de cualquier imperio.
Poco después, comenzaron a limpiar el campo de batalla.
Aunque los distritos este y sur habían quedado en ruinas por el poder destructivo de los dragones, los distritos central, norte y oeste permanecían intactos.
Había muchas provisiones ahí, capaces de fortalecer enormemente al Imperio Goblin.
El grupo llegó al área central para descansar y recuperarse.
El ejército goblin y los dragones descansarían en las zonas destruidas, para evitar más daños. Esta ciudad era un tesoro que podía servir como bastión contra ataques futuros de otros imperios.
El Imperio Goblin se encontraba en el borde del continente, con la Gran Tumba detrás y el Abismo de la Nada más allá.
Hacia afuera, estaban el Reino de la Espada destruido y el Reino Mágico.
Más lejos estaba el Imperio Bélico.
Cualquier imperio que quisiera invadir tendría que pasar primero por aquí.
En el futuro, podrían desarrollar este lugar como una segunda capital.
Al entrar al magnífico palacio, todos se sentaron a descansar, comer y pensar en las tareas por venir.
Estas no serían tan simples como la batalla.
Debían considerar a los enanos, los dragones, el Gremio Asesino de Dragones y cómo distribuir esta ciudad.
La Búho Tuerta, exhausta y cubierta de un sudor fragante, caminaba por el centro del palacio.
Bill tragó saliva al verla, con los ojos brillando. Se concentró especialmente en una gota de sudor que recorría sus abdominales marcados, deslizándose entre los pliegues de sus músculos.
“Ey, viejo enano, te lo digo por tu bien: controla tus ojos y tu boca, o vas a sufrir.”
En ese momento, Grugia pasó junto a él y habló.
Aunque sonaba duro, su fastidio venía de la preocupación: no quería que Bill terminara hecho trizas por querer pasarse de listo con su jefa, la Búho Tuerta.
La Búho Tuerta, aún llena de energía, gritó:
“¡Oye, chamaco! ¡Sin Alexander aquí, no estoy satisfecha todavía! ¿Qué tal un combate cuerpo a cuerpo entre tú y yo? ¡Te voy a hacer enamorarte del contacto piel con piel, ese roce apretado y tan íntimo!”
“Dime, ¿cómo no voy a ver? ¡Con lo que acaba de decir! ¿Cómo se supone que concentre mis pensamientos?” respondió Bill sin poder contenerse.
Lin Tian, pensativo, soltó una risa. “Maestro Bill, la viste hace un momento. Si tu mente se fue tan lejos, ¿no será que llevas demasiado tiempo aguantando? ¿Quieres que mande traer unas muchachas jóvenes y bonitas para que te alivianen el pensamiento?”
Desde tiempos antiguos, tras una victoria, los soldados siempre querían lo mismo.
Al entrar a una ciudad, tomaban lo que querían y a quien querían.
No faltaban mujeres.
“Bah, mejor ocúpate de lo que sigue. No te preocupes por estos viejos huesos,” refunfuñó Bill. Sí quería, pero a estas alturas era solo un pensamiento fugaz.
En la mesa del palacio, la Madre Dragón de Fuego ya había tomado forma humana, con un vestido ardiente y seductor, sentada en una esquina con aire elegante.
No decía nada, solo observaba.
Adele también estaba solemne, considerando si los enanos debían trasladar su nación a la superficie o vivir en la capital goblin bajo la protección de Lin Tian.
Los miembros del Gremio Asesino de Dragones, incluido Osius, voltearon a ver a la Búho Tuerta.
Ella se sintió apenada, sin saber qué decisión tomar.
En ese instante, Alice, quien había comandado a los tres ejércitos, llegó volando a la entrada del palacio y habló con gravedad:
“Mensajero, tenemos una emergencia.”
Al escuchar esto, todos cambiaron de expresión.
“El rey del Imperio Bélico ha regresado, y trae consigo a muchos compañeros extremadamente poderosos. Su nivel de amenaza es mucho mayor que el de los millones de tropas que acabamos de derrotar.”
Nadie pudo permanecer sentado.
Todos se apresuraron a investigar.
Afuera de los muros este de la ciudad, un enorme círculo de teletransportación seguía brillando con colores deslumbrantes.
Alexander, piloteando el artefacto mágico “Carro Rugiente”, giraba en el aire, gritando:
“¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¿Por qué hay tantos goblins, tantos dragones, y hasta… enanos?!”
A lo lejos, Juana de Arco, montada en un caballo blanco, preguntó:
“Su Majestad Alexander, ¿qué ocurre dentro de la ciudad? ¿Es grave?”
“¡Su Majestad Juana! El Imperio Bélico… ha caído,” respondió Alexander, con el rostro torcido de impotencia y desesperación.
La docena de personas que lo acompañaba soltó exclamaciones de incredulidad.
El rostro de Juana cambió, lleno de preocupación y furia. “No temas. Con nosotros aquí, recuperaremos tu imperio.”
El grupo avanzó hacia los muros.
Al ver las ruinas interminables llenas de monstruos, y a los dragones volando en el cielo, todos quedaron shockeados, sin palabras.
Incluso Juana de Arco tuvo dificultades para creerlo.
En ese momento, Lin Tian y los demás llegaron rápidamente, y al ver quiénes eran, su expresión cambió al instante.
Instinto.
Su instinto le decía claramente que ese grupo no era alguien con quien meterse a la ligera… pero tampoco retrocedería.
A lo lejos, Juana de Arco cruzó mirada con Lin Tian, quien estaba entre los dragones, los enanos y los monstruos.
Sus miradas se encontraron.
Un par de ojos rojos y siniestros.
El otro par, claros y brillantes, llenos de justicia e indignación.
¡Chispas volaron entre ambos!
“¡Es él!”
Con una sola mirada, Juana reconoció a Lin Tian, su expresión volviéndose compleja.
En aquel entonces, incluso había considerado razonables sus acciones, defendiendo a Lin Tian con sus palabras. Pero jamás imaginó que de ello resultaría una equivocación tan grave.
Ahora, no podía simplemente ignorar la caída del Imperio Bélico.