Cancelaron mi compromiso y terminé casándome para atraer buena fortuna a una familia rica - Capítulo 91
Jian Xia abrazó a Fu Hanjun y fue estrechándolo poco a poco entre sus brazos.
Al ver que Fu Hanjun no se resistía, se inclinó por completo sobre él y lo abrazó, entrelazando sus cuellos.
—No tengas miedo, hermano —dijo Jian Xia, imitando la forma cariñosa en que Fu Hanjun solía tratarlo. Levantó una mano y hundió las yemas de los dedos entre las raíces de su cabello, masajeándolo con suavidad—. Estoy contigo. Siempre estaremos juntos.
Aquellas palabras fueron como música celestial para Fu Hanjun, cuya alma, sedienta desde hacía tanto tiempo, finalmente recibió un poco de lluvia que alivió su sequía.
Después de tantos años, por fin había alguien que abría las puertas de su corazón, que podía adentrarse en el rincón más desolado y oscuro de su mundo para abrazarlo con fuerza y sujetar firmemente su mano.
La tensión de Fu Hanjun, que había estado a punto de quebrarse, comenzó a disiparse poco a poco. Movió ligeramente el cuerpo y sus suaves labios se posaron, casi con desesperación, detrás de la oreja de Jian Xia y sobre su cuello, dejando una sucesión de besos tan densos como las gotas de lluvia que caían al otro lado de la ventana.
Los relámpagos seguían estallando afuera, iluminando las dos figuras estrechamente abrazadas en el interior.
Pasó un buen rato antes de que Fu Hanjun apretara los brazos y atrajera a Jian Xia contra su pecho.
—No deberías haber venido con este clima —murmuró con una voz profunda y ronca.
Era una voz sensual y magnética, precisamente la que Jian Xia más disfrutaba escuchar. Sin embargo, en aquel momento, oírla solo le provocó un profundo dolor.
Era actor. Su trabajo consistía en comprender la psicología de los personajes y transmitirla mediante sus propias acciones e interpretaciones.
Pero, contradictoriamente, en cuestiones sentimentales era un poco lento para darse cuenta de las cosas.
Por eso, nunca había imaginado que Fu Hanjun siguiera atrapado en el trauma de su pasado después de tantos años.
Después de todo, ante él, Fu Hanjun siempre se había mostrado fuerte y elegante.
Sin embargo, una vez que se dio cuenta del problema y comenzó a reflexionar detenidamente, ¿qué podía quedarle por comprender?
Entendía el sufrimiento de Fu Hanjun y comprendía su sentimiento de culpa.
También entendía que, aunque su llegada lo había conmovido, al mismo tiempo lo aterrorizaba que hubiera desafiado aquella tormenta para acudir a su lado sin importarle nada, pues temía que pudiera repetirse la tragedia de veinte años atrás…
Había sido un accidente. Uno cuya probabilidad de ocurrir era tan pequeña que prácticamente podía ignorarse.
Pero cuando un accidente provoca un daño real, en la mente de quien ha sufrido el trauma, ese accidente se convierte en un punto de referencia para todos sus temores.
Un temor que, cada vez que involucra a alguien importante para él, lo hace sentirse inseguro y lo condena a vivir con el miedo constante de perderlo.
—Hermano.
Los ojos de Jian Xia comenzaron a escocerle. Extendió las manos para sostener el rostro de Fu Hanjun, sintiéndose culpable por haber tardado tanto en comprenderlo.
—Lo siento, hermano.
Bajó la cabeza y apoyó su frente contra la de Fu Hanjun, con el corazón dolorosamente oprimido.
—Esto no tiene nada que ver contigo —respondió Fu Hanjun, esbozando una leve sonrisa mientras levantaba la mano para acariciar la suave mejilla de Jian Xia—. Es un problema mío.
—Antes era solo tu problema, pero ahora ya no —replicó Jian Xia con suavidad, aunque con absoluta firmeza—. Ahora es un asunto de los dos.
La habitación quedó en silencio.
El viento, la lluvia, los truenos y los relámpagos parecieron alejarse de repente.
Fu Hanjun sintió que lo único que podía escuchar era aquella frase de Jian Xia, que seguía resonando junto a sus oídos.
—Hermano —Jian Xia soltó una risita—, ¿no crees que ahora sí podemos decir que estamos juntos en las buenas y en las malas, incluso bajo la tormenta?
Fu Hanjun no respondió.
Simplemente no pudo contenerse: se inclinó, bajó la cabeza y besó profundamente los labios de Jian Xia.
Aquel beso no contenía deseo carnal. Estaba lleno de gratitud, de amor y alegría nacidos desde lo más profundo de su corazón. Era una sanación que ni siquiera los muchos años de tratamiento psicológico habían logrado proporcionarle…
En aquel instante, parecía que ninguno de los dos recordaba la tormenta que rugía afuera.
Y era la primera vez en veinte años que Fu Hanjun experimentaba emociones distintas durante un clima como aquel.
El beso fue largo y dulce, tan cálido y delicado como las aguas termales. Cuando terminó, coincidió con otro estruendo de truenos en el exterior.
Jian Xia seguía tenso por dentro, atento en todo momento a las reacciones de Fu Hanjun.
Sin embargo, los músculos del hombre bajo sus manos ya no se tensaron como al principio. Permanecieron firmes y flexibles bajo sus palmas, con aquella temperatura familiar que había sentido durante tantas noches anteriores.
—Hermano —preguntó Jian Xia con cautela—, ¿puedo encender la luz?
—Mm —respondió Fu Hanjun en voz baja.
Jian Xia se levantó de encima de él, caminó hasta la puerta y encendió las luces de la oficina.
Con la habitación completamente iluminada, por fin pudo apreciar su distribución.
Era tal como la había visto anteriormente durante sus videollamadas: sencilla, limpia y muy cómoda.
Pero también pudo distinguir el cuadro decorativo que colgaba de la pared detrás de Fu Hanjun, aquel que no había logrado ver con claridad durante la última videollamada.
En él aparecía un par de manos blancas y esbeltas que sostenían un puñado de tierra fresca. Estaban ligeramente ahuecadas bajo la luz del sol y, a primera vista, parecían formar un corazón.
Jian Xia se quedó inmóvil durante unos instantes.
De pronto recordó que aquellas eran sus propias manos.
Era una de las numerosas fotografías que le había enviado a Fu Hanjun cuando regresó al pueblo para ordenar la antigua casa familiar y aprovechó para mostrarle los paisajes rurales.
Jian Xia recordó que, mucho tiempo atrás, durante aquel día de intensa nevada, había hablado por videollamada con Fu Hanjun desde el automóvil mientras regresaba a casa para celebrar el Año Nuevo comiendo hot pot con sus padres.
En aquella ocasión ya había alcanzado a distinguir vagamente ese cuadro…
Pero en ese entonces, ¿acaso ya existían entre ellos los sentimientos que compartían ahora?
Entonces, ¿desde cuándo Fu Hanjun había convertido aquella fotografía en un cuadro decorativo y lo había colgado en su oficina?
Sin embargo, Jian Xia no tuvo tiempo de profundizar en sus pensamientos.
Su mirada apenas se detuvo un instante en el cuadro antes de volver a posarse sobre Fu Hanjun.
Su piel estaba extremadamente pálida, lo que hacía que sus labios parecieran aún más rojos y sus ojos negros adquirieran una belleza inexplicablemente cautivadora.
En su mirada ya no quedaba rastro de aquellas emociones descontroladas, ni siquiera de las que habían persistido después. Simplemente contemplaba a Jian Xia con una tranquilidad y una ternura que le resultaban familiares.
Jian Xia se acercó y volvió a abrazarlo para darle otro beso.
—De ahora en adelante, te acompañaré siempre que haga este clima —prometió.
—¿Y cómo piensas acompañarme? —Fu Hanjun soltó una risita, lo sujetó de la muñeca y volvió a sentarlo sobre sus piernas.
Aunque la habitación contaba con un sofá enorme y muy cómodo, ninguno de los dos parecía haber considerado la posibilidad de sentarse allí. Continuaban apretujados en una sola silla de oficina, completamente pegados el uno al otro.
—¿Acaso tienes tanta libertad de horarios como actor? —preguntó Fu Hanjun mientras jugaba distraídamente con sus dedos.
Jian Xia era actor. En otras palabras, no podía disponer de su tiempo como quisiera. Una vez que aceptaba un papel, pasar medio año entero dentro de un equipo de rodaje era de lo más habitual.
Fu Hanjun se sentía conmovido por el cariño y la preocupación que Jian Xia le demostraba, pero también sabía que aquella promesa no era realista.
Sin embargo, Jian Xia se incorporó muy serio sobre sus piernas.
—De ahora en adelante, evitaré aceptar proyectos que coincidan con el verano —declaró.
Miró directamente a los ojos de Fu Hanjun, sin la menor vacilación ni intención de decir aquello solo para tranquilizarlo.
—Fu Hanjun, no importa si nunca gano el premio al mejor actor. Tampoco me importa que los demás digan que todo lo que he conseguido es gracias a tu protección…
Apretó ligeramente los labios.
—Nada de eso es tan importante como tú.
Fu Hanjun lo contempló.
Sus pestañas se movieron en un parpadeo extremadamente lento y, acto seguido, levantó una mano de manera instintiva para cubrirse los ojos.
Las emociones se precipitaron sobre él como una marea incontenible.
Aquel corazón que siempre había considerado frío y duro se transformó en agua primaveral, volviéndose tan suave que podía enroscarse alrededor de un dedo.
Jian Xia no le permitió ocultar sus sentimientos.
Con una actitud bastante dominante, levantó la mano, sujetó la muñeca de Fu Hanjun y apartó la mano con la que se cubría los ojos.
—Hablo en serio, Fu Hanjun —pronunció, palabra por palabra.
Los ojos de Fu Hanjun eran negros y profundos, como un océano insondable capaz de absorber por completo a Jian Xia.
Jian Xia sostuvo su mirada. Sintió como si uno de los relámpagos del exterior le hubiera atravesado el corazón, provocándole un cosquilleo entumecedor que se extendió por todo su cuerpo.
Y, aun así, no pudo evitar sonreír.
Sabía que aquella inmensidad sin límites que se extendía en sus ojos oscuros no era otra cosa que el amor profundo e intenso que Fu Hanjun sentía por él.
Podía reconocer esa mirada.
—¿Está bien? —preguntó, inclinándose para besar los labios de Fu Hanjun, con un tono que, sin darse cuenta, adquirió un matiz mimado.
—No hace falta que llegues tan lejos.
Fu Hanjun sintió como si una llama se hubiera encendido en su corazón. Tenía la boca seca y la nuez se le movió involuntariamente al tragar.
—Mi problema no es tan grave.
Jian Xia no dijo nada. Se limitó a mirarlo con una expresión seria y decidida.
Fu Hanjun sostuvo su mirada durante unos instantes. Finalmente, cerró los ojos con resignación y apoyó la frente contra su hombro.
—Fu Hanjun —lo llamó Jian Xia con mucha suavidad.
Por fin pronunció las palabras que había querido decirle durante todo el trayecto hasta allí.
—Aquello solo fue un accidente.
El cuerpo de Fu Hanjun se puso rígido.
El sonido de la intensa lluvia al otro lado de la ventana y el retumbar de los truenos que ya se habían alejado volvieron a llegar claramente a sus oídos.
Sabía que había sido un accidente.
También sabía que sus padres no habrían querido verlo en el estado en que se encontraba ahora…
Pero no podía controlarlo.
Cada vez que llegaba un clima como aquel, no podía evitar pensar que sus padres habían regresado por él.
Si no hubiera sido por su culpa, no habrían dado la vuelta.
No habrían sufrido aquel accidente.
Y, siguiendo esa misma lógica, durante todos esos años también había albergado en silencio un profundo resentimiento hacia Fu Tingqing.
Había insistido seriamente ante su abuelo, Fu Cong, Yao Junlai y Xiao Wanli en que era capaz de controlarse.
Pero la realidad era que nunca lo había conseguido.
Desde su infancia hasta aquel momento, solo ese día, después de que Jian Xia entrara en aquella oficina, había logrado controlar sus emociones por primera vez.
En ese instante, Fu Hanjun recordó involuntariamente la enorme mentira que había contado tiempo atrás.
Había afirmado que padecía una enfermedad grave y que necesitaba un acontecimiento feliz para contrarrestar su mala suerte y tener esperanzas de recuperarse.
En aquel entonces no había sido más que una medida desesperada para resolver una emergencia.
Sin embargo, ahora que el destino iba revelándole poco a poco la respuesta, finalmente comprendió que aquella mentira había resultado ser la respuesta correcta.
Jian Xia realmente podía curar su enfermedad.
Solo que no se trataba de la supuesta enfermedad física de la que había hablado antes, sino de una herida psicológica.
Había conseguido que su corazón finalmente encontrara un lugar al que pertenecer.
…
La tormenta eléctrica torrencial no cesó hasta la hora de salida del trabajo.
Los truenos se alejaron hasta desaparecer gradualmente, mientras que la lluvia intensa se transformó en una fina llovizna.
En el horizonte, los últimos rayos del sol tiñeron el cielo con una delicada capa de nubes rosadas, creando un paisaje extraordinariamente hermoso.
Bajo innumerables miradas entusiastas, envidiosas o inquisitivas, Jian Xia salió de la oficina de Fu Hanjun.
Bajó primero y, aprovechando que nadie prestaba atención, subió al automóvil de Fu Hanjun.
Unos minutos después, Fu Hanjun también bajó y ambos regresaron a casa tomados de la mano.
Poco después, la noticia de que cierto artista había conseguido entrar en la oficina del jefe durante semejante tormenta y salir de allí sano y salvo se extendió por toda Xia Ri Entertainment, dando lugar a toda clase de especulaciones.
Sin embargo, Yao Junlai no tardó en sofocarlas sin la menor consideración.
Teniendo en cuenta el clima de aquel día, la tía Wu incluso había preparado una cena ligera y fácil de digerir.
Aquel clima infernal de Longcheng se repetía prácticamente todos los veranos y era imposible evitarlo. Los empleados más antiguos de la casa ya estaban acostumbrados.
Puesto que no podían compartir el sufrimiento psicológico de Fu Hanjun, al menos podían intentar reducir la carga sobre su cuerpo.
Cuando el automóvil entró en el patio y la tía Wu vio que Jian Xia y Fu Hanjun seguían tomados de la mano incluso al bajar del vehículo, dejó escapar discretamente un suspiro de alivio.
Sirvió la cena con sumo cuidado y luego se retiró en silencio.
Durante la comida, Jian Xia aprovechó un momento de distracción de Fu Hanjun para enviarle un mensaje a Qi Ming.
Más tarde, en cuanto Fu Hanjun entró al baño, bajó sigilosamente las escaleras.
La tía Wu, el tío Qi, Qi Ming y el tío Wang…
Los cuatro estaban sentados en el sofá, rígidos y muy formales, esperando su llegada.
Todos mantenían la cabeza gacha y una expresión abatida. Ninguno se atrevía a levantar la mirada hacia Jian Xia.
—Si hoy no me hubiera dado cuenta de que Qi Ming se comportaba de manera extraña, ¿acaso no tenían ninguna intención de contarme lo que estaba pasando? —preguntó Jian Xia.
Siempre había sido amable con ellos. Aunque era uno de los dueños de la casa, los trataba con el respeto y la cercanía que se les brinda a los mayores, sin darse la menor importancia.
Por eso, al verlo adoptar repentinamente una expresión fría, los cuatro se encogieron involuntariamente, asustados.
Bajaron la cabeza y permanecieron en silencio.
¿Cómo iban a atreverse a revelar los asuntos privados de su joven señor?
Además, ¿qué matrimonio, ya fuera entre un hombre y una mujer o entre dos hombres, no tenía algún pequeño secreto?
Jian Xia tampoco esperaba que le respondieran.
Se sentó frente a ellos y, preocupado por que Fu Hanjun terminara de bañarse, no lo encontrara y bajara a buscarlo, fue directo al grano.
—Dejaré pasar lo de hoy. Pero si vuelven a ocultarme algo relacionado con la salud de Fu Hanjun, no seré tan amable.
Hizo una pausa y, por primera vez, adoptó una actitud autoritaria.
—Después de todo, yo también soy dueño de esta casa.
Los cuatro se estremecieron al unísono.
Ahora que lo mencionaba, su joven señor realmente tenía otro secreto, y precisamente estaba relacionado con su salud.
Sin embargo, aunque los mataran a golpes, jamás se atreverían a revelar que estaba fingiendo estar enfermo.
Una cosa era lo que pensaban y otra lo que se atrevían a hacer. Ante la presión de Jian Xia, los cuatro asintieron obedientemente.
Jian Xia se levantó, bajó la mirada y los observó durante unos instantes más. Después se dio la vuelta y subió las escaleras.
Cuando entró al dormitorio, Fu Hanjun todavía no había salido del baño.
En un principio, Jian Xia pensaba buscar su propia bata, pero después de reflexionar un momento cambió de opinión. Se dirigió al armario de Fu Hanjun y sacó una camisa blanca.
Sabía que a Fu Hanjun le gustaba mucho verlo vestido con su ropa después de bañarse.
Podía darse cuenta.
Se ponía muy contento, sus besos se volvían ardientes y dulces como miel derretida, y las manos que colocaba sobre su cintura parecían incapaces de aflojarse durante toda la noche.
Como si quisiera fundirlo con su propio cuerpo.
La puerta del baño se abrió.
Jian Xia dejó la camisa sobre el mueble situado junto a la entrada del vestidor y salió para ayudar a Fu Hanjun a secarse el cabello.
Solo después tomó la camisa y entró al baño.
Aquella noche se bañó con especial cuidado.
No salió para pedirle a Fu Hanjun que le secara el cabello, sino que utilizó el secador dentro del baño hasta dejarlo casi completamente seco.
Antes de salir, se miró al espejo y desabrochó dos botones de la camisa.
Luego se inclinó, sacó algo parecido a un tubo de uno de los armarios inferiores y lo sostuvo en la mano.
Solo entonces respiró profundamente y abrió la puerta.
La lámpara del techo estaba encendida y la habitación se encontraba muy iluminada.
Fu Hanjun estaba recostado en la cama, sosteniendo una tableta mientras revisaba unos documentos.
En el instante en que levantó los ojos de la pantalla, su mirada quedó involuntariamente fija en Jian Xia.
Jian Xia avanzó hacia él en silencio, con los pies descalzos sobre la alfombra.
Llevaba el cuello de la camisa entreabierto, dejando entrever su piel blanca como la nieve. El color de la prenda se fundía con el de sus dos largas piernas desnudas, que asomaban por debajo del dobladillo y parecían leche condensada bajo la luz.
Bajo su cabello negro, todavía ligeramente húmedo, aquellos ojos que normalmente transmitían una pureza impecable habían adquirido una expresión lánguida y seductora.
Sus labios rojos estaban entreabiertos, impregnados todavía del calor húmedo del baño.
Con aquella apariencia inocente, encarnaba una sensualidad llevada al extremo.
Se acercó paso a paso, sin hacer el menor ruido.
Sin embargo, cada uno de sus pasos parecía pisar directamente el corazón de Fu Hanjun, provocándole la ilusión de que alguien le apretaba la garganta y lo privaba lentamente del aire.
La habitación estaba muy silenciosa.
Ambos se miraron sin pronunciar palabra.
Jian Xia llegó al borde de la cama, levantó la mano y apagó la lámpara del techo, dejando encendida únicamente una tenue lámpara de pared que proyectaba sobre ellos una luz íntima y difusa.
Acto seguido, apoyó una rodilla en el borde del colchón y se inclinó sobre Fu Hanjun.