Caballero en eterna Regresión - Capítulo 205
—¡Horneen el pan!
El general Olf de Martai no tenía la menor intención de dar pan negro chafa, agua mezclada con vino agrio, o carne seca y fruta con olor a rancio solo porque “era tema de suministros”.
Bajo su mando tenía varios comandantes de batallón muy capaces, y uno de ellos lideraba una unidad que él mismo había entrenado.
Les decían la Unidad del Horno.
—Amontonen las piedras y rellenen los huecos con lodo.
La Unidad del Horno hacía honor a su nombre.
Después de establecer una base de suministros, levantaban hornos ahí mismo y horneaban pan.
De cierta forma era una locura a medias, pero el general Olf sabía mejor que nadie lo importante que era comer bien.
Y ahora mismo, el campo de batalla era perfecto para desplegar a la Unidad del Horno.
Las condiciones para usarla eran restrictivas.
En batallas cortas o ofensivas rápidas no servían de nada.
Pero en un asedio, especialmente uno prolongado, la Unidad del Horno brillaba.
Era un hecho bien conocido que un soldado bien alimentado pelea mejor.
Eso era algo en lo que los estrategas famosos coincidían sin excepción, y Olf seguía ese consejo casi como religión.
Así que la Unidad del Horno de Martai empezó a sacar humo.
Quemaron leña, mezclaron agua con la harina que habían llevado y comenzaron a amasar.
En menos de un día, un olor sabroso se extendió por todos lados.
—¡Coman bien! ¿Mangoneles? ¡No los necesitamos!
Olf caminó entre los soldados animándolos personalmente.
—¿Quiénes somos?
—¡Leones del Este!
Los soldados respondieron con entusiasmo. La moral de Martai no se quebraba.
La participación directa del comandante influía, sí… pero el factor más importante era el pan.
Entre los que horneaban, algunos eran famosos por cocinar bien incluso en Martai.
Muchos planeaban seguir con panaderías al volver a la ciudad.
Martai tenía vastos campos de trigo al este, conocidos por dar trigo de alta calidad.
La lluvia caía en la medida justa, y a esos campos antes les decían los Campos de Sangre, un lugar con décadas de batallas.
Los incontables cadáveres de humanos y animales habían vuelto fértil la tierra.
Aunque con el tiempo un entusiasta de la agricultura los transformó, la tierra tenía historia.
Gracias a esa fertilidad, Martai llevaba mucho cultivando trigo, y su cultura del pan estaba muy desarrollada, con todo tipo de comidas a base de trigo.
Hay un dicho: la comida define el estatus, y en el centro del continente, el pan blanco era símbolo de riqueza.
Pero Martai era distinto.
La producción abundante hacía que el pan blanco fuera cosa de diario.
Con más de treinta años de historia, era natural que aparecieran maestros panaderos.
Algunos incluso abrieron panaderías en la capital central.
Ese pan era uno de los orgullos de Martai.
Cuando Olf regresó a su cuartel y revisaba planes, le llegó una noticia urgente.
Era mala noticia.
—La base de suministros fue atacada.
—¿Atacada?
Para Martai, lo más importante ahora era el abastecimiento.
¿De qué servía sitiar si acababan muriéndose de hambre?
El comandante supremo de Martai, al que llamaban General, había asignado a sus hombres más confiables a la unidad de suministros.
Tres comandantes de batallón, más el capitán de la guardia: cuatro oficiales confiables y capaces.
Olf dejó a la unidad de suministros bajo el mando del segundo comandante de batallón, el más rápido de mente y el más perceptivo.
No era alguien que se tomara nada a la ligera.
El mensajero sudaba a chorros.
—¡Explícate con detalle!
Cuando Olf habló con furia, el mensajero tragó saliva y siguió.
—Dos soldados enemigos y una pantera negra se acercaron, robaron pan del horno y prendieron fuego a varias tiendas.
—¿Estos idiotas…?
Olf se enfureció tanto como por el incendio de las tiendas.
¿Y cómo no?
Sabía lo importante que era la línea de suministros, por eso había desviado parte de sus fuerzas.
Además, el enemigo estaba atrapado. ¿Qué tan formidables podían ser los que se colaban a atacar?
¿Los mismos que destruyeron los mangoneles?
Si aparecían, hasta los recibiría con gusto.
Mientras el fuego de ira le ardía en los ojos, el mensajero ya no pudo seguir hablando.
—¿Zimmer, imbécil… no te quedaste baboseando y te agarraron, verdad?
El segundo comandante de batallón se llamaba Zimmer. Inteligente, rápido y meticuloso, rara vez cometía errores.
Entonces… ¿por qué no había venido él mismo a reportar?
—¿Dónde está Zimmer?
En cuanto oyó el nombre del segundo comandante, el mensajero respondió de inmediato.
—Dijo que estaba persiguiendo a los atacantes.
Al oírlo, Olf exhaló varias veces antes de hablar.
—Refuercen la seguridad. Si vuelve a pasar, no los voy a perdonar.
En una batalla, a un comandante que pierde se le puede perdonar.
A uno descuidado con la seguridad, no.
Encrid asaltó la base de suministros sin esfuerzo.
Literalmente: sin esfuerzo.
—¿Vamos?
—Vamos.
No hubo nada difícil.
Arriba de ellos salía humo, y había tiendas por todas partes.
Los guardias eran muchos y no se veían huecos claros, pero eso no fue problema.
—Kraaa.
Esther fue primero.
La pantera cargó, seguida por Encrid y Rem.
Los movimientos de Esther se veían más ligeros de lo normal.
Con un zarpazo, casi le arrancó la espinilla a un soldado enemigo, y con un latigazo de cola les pegó en la cabeza, haciéndoles girar los ojos.
—¡Ataque!
No había que alargarlo. Encrid se lanzó y le cortó la garganta a un par; y entre el olor a sangre, el aroma sabroso le pegó en la nariz.
De hecho, el olor lo venía tentando desde hacía rato.
Aprovechando el caos, Jaxon prendió fuego a varias tiendas y Encrid, junto con Rem, agarró varias piezas de pan y se largaron.
A propósito, regresaron por una ruta que pasaba por el bosque.
Si el enemigo los perseguía a caballo, no se salvaban. Pero a pie… podían dejarlos atrás sin problema.
Su resistencia era muy superior.
Corrieron varias horas sin parar, y los perseguidores ya no aparecieron.
—Deberíamos haberlos matado a todos.
Dijo Rem, chasqueando la lengua, arrepentido. Encrid negó con la cabeza.
—Con esto basta.
Regresaron y repartieron el pan.
—Lo puedes reportar mañana.
Les dijo el centinela al volver. Marcus, el comandante del batallón, ya lo había pensado por ellos.
Encrid, Rem y Jaxon descansaron como se merecía y durmieron a pierna suelta.
Era una mañana muy brillante y calurosa, el tercer día del campo de batalla.
El sol de verano salió temprano, así que tras entrenar en la luz, Encrid volvió después de bañarse.
—¡El pan está buenísimo!
Krais comentó otra vez, admirado.
Y sí, estaba delicioso.
—No tragues tanto.
Encrid le dio un golpecito en la cabeza a Krais y fue a buscar al comandante del batallón para reportar.
Vio algo cocinándose en una olla justo bajo la muralla de la fortaleza.
Los comandantes estaban reunidos alrededor de un guiso burbujeante.
Sus armaduras seguían limpias porque aún no peleaban una batalla “de verdad”.
En contraste, la armadura de Encrid estaba manchada de sangre. Aunque la limpió, las manchas se quedaron.
—¿Entonces fuiste a checar la base de suministros?
Preguntó Marcus, sentado en una silla de madera sin respaldo.
—Y de paso prendí unos fuegos.
—Ya veo.
Marcus solo asintió, y la comandante hada a su lado murmuró:
—¿Eso es hobby o especialidad?
Hablaba de prender fuego.
Encrid pensó que prender cosas se le estaba volviendo costumbre, pero… ¿qué mejor forma de dañar una base de suministros que quemarla?
—¿Quieres un plato?
El comandante de la 1.ª Compañía ofreció, levantando un cucharón de guiso. El olor estaba bastante tentador.
—¿Quién cocinó esto?
Encrid habló, y el comandante de la Guardia Fronteriza le acercó una silla.
Era igual: de madera, sin respaldo, como la del comandante del batallón.
Se sentó, olió el guiso y pensó que con pan sabría el doble de bueno.
—Aguanta.
Encrid fue por el pan que habían robado.
Era una baguette: dura por fuera y suave por dentro, bien horneada, olorosa y crujiente.
—Tomen.
Cuando partieron la baguette y la remojaron en el guiso…
—Mmm, excelente.
El comandante de la 1.ª Compañía habló con entusiasmo raro, con las mejillas coloradas.
¿No se decía que era tragón? Krais había mencionado algo así.
Encrid también probó. Estaba delicioso.
La corteza se sentía dura, pero al morder se desmoronaba suave; el interior blanco se mezclaba con su saliva.
Y luego el caldo espeso del guiso le envolvía la boca.
Era un sabor de esos que se te quedan.
—Entonces… ¿venían bien preparados?
—Piensan aislarnos y matarnos de hambre. Hasta construyeron hornos para hornear pan.
—La fama de Olf como belicista no es gratis.
Marcus sonrió con suficiencia, confiado.
Sus fuerzas seguían siendo superiores.
Tenían caballería y hasta el lujo de montar hornos.
Aun así, Marcus no se inmutaba. Encrid ya entendía en qué confiaba Marcus.
Y él pensaba cumplir su parte para honrar esa confianza.
Si no se ponía las pilas, no iba a poder proteger ni su carne seca especiada ni su mermelada de naranja.
La comida era importante.
Por eso todos comían sin decir palabra.
Mientras comían, se acercaron dos nobles.
Su ropa estaba tan limpia como las armaduras de los comandantes.
Uno, con la frente notablemente amplia, habló:
—¿Han considerado la paz?
El noble más joven detrás también habló:
—Considerando la enorme diferencia de poder, si pudiéramos resolver esto con negociación de alguna manera…
La mayoría de los nobles en la Guardia Fronteriza eran los que compraron su título o barones que habían perdido su posición ancestral.
¿Y qué harían aquí nobles de alto rango?
Pero la situación había cambiado mucho.
Cuando el país se estabilizara, hasta condes o vizcondes podrían meterse aquí.
Y antes de que eso pasara, el vizconde Bentra y otros ya intentaban clavar su bandera.
Encrid no sabía mucho de política ni le interesaba, pero gracias al “Ojos Grandes” Krais tenía una idea general.
Ese tipo no paraba de hablar.
Pero, la verdad, no parecía importante.
Si alguien atacaba, solo había que detenerlo.
Combate, espadas, golpes, batalla, campo de guerra.
Eso le daba a Encrid un cosquilleo raro.
—Creo que también tengo mal gusto.
¿Por qué se le aceleraba el corazón al pensar en batallas?
No… desde el principio él había anhelado y admirado esas cosas, por eso quería ser Caballero.
No era por una gran visión o un gran sueño. Empezó imaginándose cruzando el campo de batalla a la carga.
Tras un instante de reflexión, Marcus miró a los dos nobles y soltó una risita.
—¿Por qué? Ahora que la ciudad parece que va a crecer, ¿creen que ustedes también van a “ser alguien”? ¿Así que en vez de pelear contra Martai prefieren hacer la paz y luego decir que fueron el centro de esa paz?
¿Eso era? A Encrid le dio igual, pero Krais habría asentido como loco.
Marcus era bastante colmilludo para la política, aunque para otras cosas no tanto. Le dio justo al clavo.
—Cierren el hocico y métanse. Si no quieren morir, denle gracias a este héroe “con nombre” de aquí.
Encrid ya era comandante de compañía, pero empezó como soldado raso.
Y venía de un pueblito; se metió al ejército para ganarse la vida.
Los nobles no tenían por qué inclinar la cabeza ante Encrid.
Para los soldados era un héroe. Para los nobles, no.
—Hmph, ya dije lo que tenía que decir.
—Fue una propuesta, una propuesta. La hicimos porque las fuerzas enemigas se ven peligrosas.
Los dos nobles siguieron de necios, y Marcus los despidió con la mano.
Cuando se fueron, Marcus agarró un tazón de madera, sorbió guiso y luego dijo:
—Son el tipo de cabrones que dan ganas de cortar. ¿No crees?
Se lo decía a Encrid.
—Matar nobles es un delito grave.
Respondió Encrid, y Marcus siguió, como si nada:
—Podemos retarlos a duelo y “accidentalmente” matarlos.
—¿Quién aceptaría el duelo del comandante? Nomás pondrían a un sustituto.
Eso respondió el comandante de la 1.ª Compañía.
—Es un decir.
Escuchando eso, Encrid sacó una duda que traía atorada.
—¿Qué es un “héroe con nombre”?
—Fue impresionante, comandante de la Compañía Independiente.
En lugar de responder, Marcus le dio un pulgar arriba.
—Estoy pensando en imitarlo después.
El comandante de la 1.ª Compañía se metió.
El comandante de la Guardia Fronteriza solo asintió.
Encrid no sintió pena por lo que hizo por bravucón.
Solo pensó que esos tipos eran… un poco, solo un poquito, molestos.
—Entonces, ¿cuál es el plan ahora?
Ya casi terminaban de comer. Cuando estaban por levantarse, Marcus preguntó:
—¿Cuántas veces más piensas salir?
—Unas cuantas más.
La primera vez fue un golpe inesperado, pero la segunda ya no lo sería. Ahora sí estarían preparados.
Por muy bueno que fuera Encrid, o por muy salvaje que Rem blandiera el hacha, si los rodeaban no la libraban.
—Hay algo que me está dando comezón.
Dijo Encrid. No lo decía por decir. Cuando asaltó la base de suministros, después de prender unas tiendas y en el camino de vuelta, sintió algo raro.
Era intuición, sexto sentido.
—Se sintió como cuando Krais esconde una moneda.
La misma sensación que le daba cuando veía a Krais guardarse unas monedas a escondidas.
Sintió que el enemigo escondía algo más.
Quería averiguarlo.
Hasta le puso nombre a la operación.
Operación “Toc-Toc, Pum-Pum”.
La idea era “tocarlos”, y si se presentaba la oportunidad, “tumbarlos”. Ese era el resumen.
Encrid armó el plan base, y Krais le rellenó los detalles.
Cuando volvieron a los barracones y discutieron con Krais cuándo salir y dónde golpear…
—Entonces vayamos al amanecer esta vez.
Dijo Krais. Fue una sugerencia tranquila, pero cualquiera con tantito conocimiento militar lo habría considerado brillante.
Encrid lo vio razonable.
Atacaron de noche antes, así que ahora lo intentarían a plena luz. Sonaba bien.
—Suena divertido, hermano.
Respondió Audin tras oír el plan.
La clave de esta operación era el “Oso”.