Caballero en eterna Regresión - Capítulo 190

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—¡Rooaar!

El mantícora herido lanzó un alarido. Pareció retirarse, pero de pronto volvió a impulsarse hacia adelante, pateando el suelo.

Con su cuerpo pesado, cortó el aire como si fuera viento y embistió.

¡Whoosh!

Sus garras desgarraron el aire.

Audin cambió rápido de postura, acomodó los pies… y agitó la mano. Para ser precisos: le metió una bofetada al mantícora en pleno hocico, con la palma.

Las garras delanteras pasaron cortando el aire y la bofetada cayó casi al mismo tiempo.

Así de rápido fue el intercambio.

La palma de Audin ya era un arma por sí sola, pero el mantícora era un monstruo de alto nivel.

Aunque lo abofetearon y su cabeza se fue de lado, se estabilizó y volvió a balancear las garras delanteras.

Audin esquivó dando un pasito hacia atrás.

—¡Rooaar!

El rugido furioso del mantícora rasgó el aire.

—Ugh…

Los soldados volvieron a gemir, aplastados por la presión de la presencia de ese monstruo.

Y entonces, el monstruo que estaba dominando el entorno rugió.

¡Clang!

—¿A dónde crees que vas?

Audin lo abofeteó otra vez.

Esta vez pegó más fuerte. Sangre azul oscuro empezó a escurrirle de la boca, goteando al suelo.

—Uh…

—Ugh…

Los soldados soltaron sonidos sin querer. La escena era tan impactante que se les olvidó el miedo.

¿Quién abofetea a un monstruo así? ¡Es absurdo!

¿Le habrá herido el orgullo?

El mantícora, ignorando el dolor en la cara, se agachó.

Y volvió a atacar, más rápido que antes.

Pero ahora su ataque no fue simple.

Mientras lanzaba las garras delanteras, también latigueó la cola. La cola, como de escorpión, cayó como rayo.

Los movimientos de Audin también se volvieron tan rápidos que dejaban postimágenes.

¡Whoosh!

Las garras delanteras volvieron a fallar.

La cola, como aguijón, solo golpeó aire.

En ese instante, Audin volvió a mover la mano: un gesto simple, limpio y preciso.

¡Clang!

¿Y ese sonido qué?

Encrid chasqueó la lengua sin darse cuenta. Había visto todo el intercambio, sin perder nada.

Al inicio pareció alguna técnica de espada… pero rápido se degradó a puro cachetear al monstruo.

El mantícora probablemente jamás había enfrentado a alguien que lo superara en físico y velocidad.

‘Si yo fuera el mantícora, también estaría confundido.’

La criatura ladeó la cabeza, quizá mareada de tantos golpes. Sus ojos volvieron a brillar con una amenaza siniestra.

—Como todo monstruo, debe comportarse como tal. Las escrituras dicen que tener creencias distintas no es lo mismo que caminar por el camino equivocado.

Audin murmuró para sí y le hizo una seña con la mano. Ese hombre, enorme como oso, estaba jugando con el mantícora.

—¡Rooaar!

El mantícora se lanzó otra vez.

¡Clang!

Bofetada.

Cuando la bofetada era “moderada”, la cabeza se le iba de lado.

Cuando era más fuerte, el cuerpo entero salía volando hacia un lado.

¡Thud, thud!

Al ver a esa bestia poderosa zarandeada como muñeco, ¿quién podía seguir llamándola monstruo de alto nivel, terror de soldados, monstruo entre monstruos?

Mientras Audin movía la mano, le regresaron recuerdos de otros tiempos: de pelear contra monstruos, bestias y cultistas.

Había tenido muchos días sometiendo criaturas así.

Tenía una experiencia enorme, sobre todo contra monstruos de alto nivel.

La cara del mantícora empezó a hincharse de tantas bofetadas, y varios dientes quedaron tirados en el suelo.

Justo cuando empezaba a dar lástima, Encrid notó un pequeño alboroto abajo. Oyó un gemido leve y vio sombras moviéndose.

—Parece que tenemos visita abajo. Yo bajo primero.

Dijo Encrid.

—Adelante, hermano.

Respondió Audin, sonriendo.

Al ver un hueco, el mantícora atacó de nuevo.

Esta vez lanzó un ataque triple.

Audin esquivó las garras delanteras torciendo el cuerpo, desvió la cola con el dorso de la mano, e ignoró la lengua, como serpiente, que intentó enredársele en el cuello.

—El Señor dijo que hay pecados que no pueden ser perdonados.

Audin murmuró, ignorando la lengua, y volvió a mover la mano.

En combate cerrado, por lo general los monstruos llevan ventaja.

Eso lo habían aprendido los soldados en entrenamiento.

Entonces… ¿qué estaban viendo ahora?

¡Clang!

Un sonido agudo y fuerte retumbó. La cara del mantícora se hundió por la bofetada.

Y eso se logró solo con un palmazo.

Los soldados sintieron un escalofrío subiéndoles por la espalda.

El monstruo daba miedo, el mantícora daba miedo… pero lo más aterrador era el hombre que sonreía con una compasión falsa.

—Vuélvete a lo divino, limpia los pecados que manchan tu cuerpo y purifica el alma corrompida. Busca perdón por tus pecados, una y otra vez.

Audin predicó con tono suave y sonrisa amable. ¿Pero sus acciones?

—Creo que me meé.

Murmuró un soldado a su lado, diciendo lo que todos sentían.

Encrid, ya listo para bajar, le dio una palmada en el hombro a un soldado después de ver cómo se hundía el hocico del mantícora.

—Huele a orines.

Comentó, y luego bajó de la galería.

Bajó rápido, casi pateando los escalones, y vio a un soldado merodeando cerca de una puertita junto al portón del castillo.

No le reconoció la cara, pero el uniforme lo identificaba como parte de la Unidad de Reserva de la Guardia Fronteriza. Tenía la mano en el pestillo.

Cerca de la puerta, otro soldado estaba desplomado contra la muralla, con un líquido rojo oscuro escurriéndole del cuerpo medio colapsado.

Cuando Encrid se acercó, el soldado con la mano en el pestillo giró la cabeza de golpe.

Encrid ignoró su mirada y revisó al soldado caído.

Evaluó su condición con tal calma que cualquiera podría haberlo atacado por la espalda sin que él se inmutara. Esa confianza venía de la experiencia.

Al inspeccionar la herida:

‘No está tan profunda.’

No era mortal. Con aguante, el soldado incluso podría caminar.

Claro, ese juicio era según los estándares altos de Encrid.

Para el soldado herido, se sentía como si se estuviera muriendo. Con un hoyo en el estómago, sentirse “bien” sería raro.

—Te ves como si pudieras caminar.

Encrid habló agachado, dándole la espalda al otro.

El soldado con la mano en el pestillo dudó. ¿Abría la puerta? ¿O era el momento de atacar?

Su actitud era confusa. Sabía que estaba frente al famoso Líder de Escuadra del Encanto.

Mientras tanto, Encrid ayudó al herido a ponerse de pie.

—¡Ay! ¡Duele! ¡Duele! ¡Me apuñalaron el estómago! ¡Duele!

—Esto es de lo que se puede salir caminando.

—¡No, no puedo! Si me muero, dile a mi hermana que hay una bolsita debajo de la cama…

—No te vas a morir.

Encrid lo cortó. Ese soldado estaba exagerando. Encrid había aguantado heridas peores.

No era una herida “leve”, pero tampoco era fatal.

Rasgó un pedazo de la manga del soldado y le vendó la herida para frenar el sangrado.

—¡Ugh!

Cuando Encrid presionó, el soldado se retorció de dolor. Encrid lo acomodó contra la pared para que se apoyara.

—Si no puedes caminar, usa el silbato, ¿va? Mira la situación y sopla si se pone feo.

Dijo eso y se dio la vuelta.

El soldado del pestillo, apretando un cuchillo, seguía dudando.

Todavía estaba decidiendo.

Las historias sobre las hazañas del Líder de Escuadra del Encanto lo hacían vacilar.

Era casi como un héroe del campo de batalla, ¿no?

Aunque no supiera los detalles de lo de la colonia de gnolls, la pura reputación del Comandante de Compañía ya lo marcaba como un hombre peligroso.

Aun así, no podía con los diez de los Bandidos de la Hoja Negra que esperaban afuera.

No era razonable esperar que una persona se echara a diez encima.

Los de afuera eran asesinos curtidos.

Era entendible. Los Bandidos de la Hoja Negra fueron llamados por Vancento y su propósito era claro.

Las peleas “de verdad” en estas tierras se resolvían con fuerzas pequeñas de élite.

Esta fuerza pequeña estaba destinada a intimidar y presionar. El hecho de que mandaran solo diez demostraba su confianza en sus habilidades.

Claro, no se iba a revelar que era obra de los Bandidos de la Hoja Negra.

Tenía que quedar en secreto.

Si la guardia decía que no tenía suficiente personal para defender después del caos…

Y además, si llegaba información de que la vecina Martai, bastante amenazante, estaba a punto de iniciar una guerra de ciudad…

No tendrían más remedio que recurrir a los Bandidos de la Hoja Negra.

No habría refuerzos del reino central, y el sur estaba ocupado con monstruos.

Aunque la Hoja Negra eran bandidos, Martai no era muy diferente. Era una ciudad fundada por mercenarios del este.

A los mercenarios se les menospreciaba de por sí, y a los orientales aún más.

Era como meter un tigre para sacar a un lobo, pero la situación los obligaría.

Los preparativos ya estaban en marcha.

Ya habían volteado en secreto a cierta gente de dentro.

Ese era el plan de Vancento.

El primer paso era dejar entrar a los que esperaban afuera, y esa era la misión de ese “soldado”.

—¿Qué estás haciendo?

Preguntó Encrid.

El soldado, o más bien, el espía disfrazado, estaba sudando por lo enredado de la situación.

Su misión era abrir la puerta y dejar pasar a la Hoja Negra.

Ya había apuñalado a un soldado en el estómago y estaba por abrir cuando llegó Encrid.

Encrid no debería estar en patrulla, y aun así ahí estaba.

El espía lo conocía.

Tragó saliva y se quedó congelado.

Si algo salía mal, estaba muerto. Sabía que con sus habilidades no podía contra Encrid.

No había necesidad de sacrificarse heroicamente solo por abrir una puerta.

‘Debí abrir y correr desde antes.’

Dudó, dándose cuenta tarde de que dejó pasar el momento; quizá sospechaba que Encrid quería hacerlo bajar la guardia.

Sus ojos se movieron a todos lados, buscando salida.

Encrid lo miró de reojo, con calma, evaluando todo.

Más que nada, percibió gente afuera. Sus sentidos finos, junto con la intuición, le dieron una imagen clara.

‘Abrir la puerta. Dejar entrar al enemigo.’

¿La meta? ¿Caos? ¿Algo más?

Eso solo se aclararía al verlos.

El soldado apuñalado no parecía tener herida mortal.

Después de calcular rápido, Encrid habló:

—Ábrela.

El espía entró en pánico al oír eso. Parpadeó y las manos le temblaron tantito, completamente sacado de onda.

—…¿Qué?

—Ábrela.

Fue una decisión al momento, basada en intuición y años de experiencia.

Aunque los de afuera se quedaran quietos, iban a encontrar otra forma de entrar. Sería peor perseguirlos después.

Podía sonar la alarma, y si querían caos, actuarían en consecuencia.

Por ahora, todo estaba silencioso, y ocurría durante una patrulla, así que podía manejarse bien.

Además, si se ponía feo, siempre podían soplar el silbato.

Esto era la Guardia Fronteriza, y Encrid estaba con Audin.

Si sonaba el silbato…

‘Rem seguro corría, con ganas de partirle la madre a alguien.’

Últimamente andaba inquieto.

Y, sobre todo, Encrid tenía cierta confianza en sí mismo. Fuera quien fuera el rival, hiciera lo que hiciera, creía que como mínimo aguantaría el tirón.

¿Era exceso de confianza?

No. Era confianza construida con incontables encuentros y danzas con demonios, pulida junto a su instinto de evasión.

—…¿Qué?

El espía repitió, atónito.

Encrid dio un paso al frente, tan decidido que el espía no reaccionó.

Por reflejo, levantó el pestillo. Luego empujó la puerta y se lanzó a un lado. La puertita se abrió con un golpe sordo. El espía intentó escapar.

Cuando se giró para huir, la mano de Encrid se movió en el aire. Pareció un gesto sin sentido.

Para el espía se vio así, pero una navaja arrojadiza voló y se le clavó en la parte trasera del muslo.

—¡Aaagh!

Un grito corto, suficiente para alertar a otros guardias cercanos.

Desde afuera, a través de la puerta entreabierta, ojos observaban. Eran varios, pero no tantos como para llamarlo ejército.

Encrid se acercó, desenvainó, y empujó la espada hacia adelante.

Al atravesar con la hoja, las figuras que estaban firmes retrocedieron, y Encrid salió.

Fue contando al salir: diez.

—…Qué pinche loco.

Murmuró uno de los de negro.

Encrid vio sus caras a la luz de la luna.

No reconoció a ninguno.

Una de ellos, una mujer de cabello blanco llamativo, alzó la mirada. Tenía orejas como de animal: era una bestia-humana.

—¿Sabías que estábamos aquí esperando… y aun así saliste?

Encrid se encogió de hombros.

Como diciendo: “pues averígualo tú.”

—Loco de mierda.

El primero volvió a murmurar.

Se oyó el sonido de espadas desenvainándose.

Uno de los hombres de negro sacó una espada corta y se lanzó. El ataque casi no hizo ruido, ejecutado con rapidez precisa.

El movimiento y el brillo del filo llegaron casi al mismo tiempo. Rapidísimo.

La hoja cortó el aire de la noche, antes tranquila, con un ping agudo.

Rápido, lleno de intención asesina.

Rápido… pero la trayectoria era simple.

Encrid levantó su espada en un bloqueo.

¡Clang!

Desvió la espada corta y, de inmediato, bajó la suya a una guardia de corte diagonal, obligando al enemigo a hacerse a un lado.

En vez de continuar el corte hacia arriba, Encrid balanceó la espada con naturalidad, creando la ilusión de dos círculos entrelazándose en el aire.

Reacomodó el filo y cambió a un tajo descendente con un ritmo un poco más rápido.

Era una técnica llamada “Corte en Espiral”, uno de los golpes que había aprendido recientemente.

—¡Ugh!

El atacante, sorprendido, intentó bloquear con su espada corta, pero la diferencia de peso entre armas era demasiado grande.

¡Crack, crunch!

Encrid aplastó la espada del hombre con pura fuerza y empujó la hoja contra su pecho.

—¡Ugh!

El filo opuesto de la espada corta del hombre se le enterró a él mismo en el pecho.

‘Uno menos.’

Tras reducirlos con un solo movimiento, Encrid alzó su espada hacia la luna y adoptó una postura defensiva.

—¡Todos juntos! Si van de uno por uno, se van a morir por turnos.

Dijo la mujer bestia-humana, que parecía la líder. Su tono tenía una tensión clara.

Para cualquiera era obvio: Encrid era un rival peligroso.

Encrid evaluó a sus oponentes.

Y entonces se dio cuenta de algo.

‘No tengo por qué contenerme.’

Antes quizá no habría tomado una postura tan atrevida: habría intentado sobrevivir con trucos y vueltas.

¿Pero ahora?

El aura y la intención de los que tenía enfrente no se podían subestimar.

Y aun así, no sentía que fuera una pelea imposible de ganar.

Con esa certeza, Encrid no dio un paso atrás.

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