Caballero en eterna Regresión - Capítulo 182

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La espada, en realidad, no era una hoja maldita.

Aunque se decía que estaba poseída por un espíritu maligno, no estaba “embrujada” en el sentido estricto.

En realidad, era más bien la manifestación de una mentalidad.

Sin embargo, en el pasado, cierto mago genio tuvo una idea brillante y la materializó con sus hechizos.

—¿No hay una forma de heredar habilidades a los descendientes?

Le dio vueltas, lo meditó. Su idea genial pronto se volvió realidad.

Pero, aunque su talento mágico era excepcional, su comprensión de los humanos era desastrosamente deficiente.

El espíritu atado a la espada existía con un solo propósito: impartir una única enseñanza.

Como resultado, toda persona que intentaba aprender de ella terminaba sangrando de los oídos.

No era una manera adecuada de transmitir conocimiento.

Tras ese fracaso, el mago desarrolló un método para transmitir habilidades de espadachines o guerreros: habilidades que involucran técnicas físicas.

—Haré que la esgrima se herede a través de generaciones.

Así nació la espada maldita conocida como “Tutor”.

—¿Dolph, era, no? Se nota que sí odiabas a tus descendientes.

Dijo Luagarne, dándose una cachetada con la lengua en un gesto de fastidio.

La espada maldita “Tutor”, aunque rozaba la nigromancia, no bebía sangre ni volvía berserker a su portador.

¿Qué pasa cuando encierras un espíritu humano dentro de una espada?

El mago no entendía a los humanos. No sabía nada de ellos. Sacrificó la mente y el alma de una persona.

Así, “Tutor” contenía un alma con un único propósito.

Sin importar si el aprendiz moría o sangraba de los oídos, se enfocaba únicamente en su tarea.

Para aprender una sola técnica, había que cruzar la montaña de la muerte decenas de veces.

Solo al superar al oponente con la misma esgrima, el alma atrapada en “Tutor” desaparecería.

Entonces, el “tesoro” al que se refería esto probablemente era…

—Esgrima.

Luagarne parpadeó con un ojo.

—Se trata de obtener la esgrima, pero aunque el cuerpo quizá no muera, la mente puede no soportar la muerte. Así que conviene encontrar otra forma de abrir el velo en vez de meterse con esa espada.

Luagarne lo dijo y Encrid, tras echarle una mirada breve a la espada, regresó la vista a Luagarne y preguntó:

—¿O sea que hay que aprender esgrima incluso arriesgando la vida?

—Sí. Es una estupidez. ¿Qué humano podría hacer algo así?

La lengua de Luagarne volvió a sonar contra su mejilla. ¿Sería equivalente a chasquear la lengua entre humanos?

—Ah, carajo… fue mi culpa. Una disculpa.

Krais bajó la cabeza.

—Je, esto desespera. Con lo que nos queda de comida aguantamos más de dos semanas, pero… ¿no podemos excavar un túnel hacia arriba o hacia abajo?

Dijo Finn. Estaba frustrada, pero como exploradora de inmediato pensó en alternativas.

Y Esther estaba dormida, echada panza abajo.

¿De verdad tiene sueño en una situación así?

Encrid miró a todos, pensando.

¿Entonces solo hay que aprender esgrima a riesgo de morir?

—Oye, eh… eso suena a estafa.

Sintió como si un barquero se lo murmurara en un sueño.

Honestamente, comparado con morir envenenado rodeado por una manada de knolls…

¿Esto no está fácil?

Encrid frunció el ceño. ¿De verdad podía ser así?

Se sentía demasiado sencillo. ¿Cuándo la vida había sido tan simple?

Probablemente nunca.

¿Solo aprender esgrima?

Ni de broma.

—¿Hay posibilidad de otra trampa?

—Pues… si hubiera algún tipo de bucle, yo podría con eso.

Dijo Luagarne, mostrando la palma lisa de su mano.

Encrid, tras pensar si de verdad era todo, por fin dijo:

—Yo lo haré.

—Aguantar la muerte varias veces no es sencillo. ¿Quieres que te enseñe cómo se siente?

Luagarne estaba enojada. La mente humana se erosiona con facilidad. Sí, Encrid era alguien extraordinario que avanzaba sin retroceder.

De repente, sus habilidades mejoraban y asomaban destellos de algo inimaginable.

Pero para los mortales, la muerte es la peor experiencia, de cualquier forma.

Para aguantarla se necesitaba una disciplina inconcebible, algo que la mayoría ni siquiera intentaría.

—Nueve de cada diez sacerdotes que sirven al dios de la paciencia y la penuria fracasaron.

Esa era la naturaleza de “Tutor”.

Ahora solo quedaban unas cuantas espadas así en todo el continente.

Y sin embargo, ahí había una.

Para coleccionistas, era una pieza muy codiciada, algo por lo que se vaciarían bolsas de oro.

Y pensar que esta trampa incluye un objeto así.

Parecía que el velo no se abriría a menos que lo manejara un mago verdaderamente capaz.

Aunque Luagarne no era una experta profunda en magia, sabía lo suficiente.

Intentó azotar el velo con un látigo, pero como era de esperarse, ni siquiera dejó un rasguño.

Era claramente una situación frustrante.

—Déjame intentar otra vez.

En medio de todo, Krais volvió a agarrar la espada.

—Siguen persiguiéndome, como berserkers.

La soltó tan rápido como la había agarrado. Sujetarla y soltarla no era gran cosa.

Esa era la esencia de la espada maldita “Tutor”.

Si sueltas la espada, puedes regresar.

Podías rendirte cuando quisieras. Rendirse era fácil. Pero la maldición atada a “Tutor” jamás se levantaría.

Cruzar la cresta de la muerte sería imposible a menos que uno tuviera una disposición rara: sentirse eufórico al morir.

Por supuesto, Encrid no era un masoquista.

Aun así, no se ve tan difícil.

No podía evitar pensarlo. Al fin y al cabo, ¿no había pasado por cosas similares antes?

Se preguntó si aparecería otra barrera, si el barquero volvería a aparecer, pero no parecía ser el caso.

—Maldita sea, de veras creí que esto era tan simple como encontrar un cuento de hadas tirado en el camino.

Krais, que a veces se quedaba sin criterio cuando de kronas se trataba, soltó su frustración una y otra vez.

—¿Racionamos la comida para que dure lo más posible? ¿No se irá adelgazando el velo con el tiempo?

Finn propuso un enfoque práctico, preocupada por el futuro.

—Esto sí no lo vi venir…

Hasta Luagarne expresó su frustración.

Se rascó la cabeza.

Encrid se mantuvo sereno.

Sereno, volvió a agarrar la espada.

—¡Enki!

Luagarne elevó la voz, algo poco común en ella, pero eso fue todo. Al instante, él ya estaba de vuelta en el fango.

Era la segunda vez.

Apenas Encrid pisó el suelo lodoso y percibió el entorno, blandió la espada de inmediato.

¡Bang!

Golpeó de forma horizontal, empujando la hoja del oponente.

La espada del rival, que parecía retroceder, se retorció y se clavó hacia su costado.

Encrid reaccionó rápido, descargando un tajo hacia abajo.

¡Clang!

El sonido claro del choque de metal resonó.

Whoooosh.

Un viento sopló desde algún lugar y la niebla se disipó.

Apareció una figura: una cabeza metálica con flama azul y una armadura de placas parcial en el cuerpo.

Corazón de la Gran Fuerza.

No se movía.

Se siente injusto que esto no funcione… pero bueno.

No importaba.

Solo tenía que entender que ese era un mundo mental, el patio delantero de un espíritu malévolo, o algo parecido.

Ya lo había vivido una vez.

Y aunque solo hubiera sido una, hubo incontables ocasiones en las que había jugado con la vida y atravesado situaciones similares.

Gracias a esas experiencias, algunas cosas solo necesitaban vivirse una vez.

Por ejemplo: con entender la situación una sola vez bastaba.

Así que, aunque Encrid no estuviera familiarizado con lo que pasaba, podía mantenerse calmado.

—Ah.

Le salió la voz.

Probó hablar y parecía funcionar bien.

—¿Puedes hablar?

La respuesta no llegó con palabras, sino con una espada.

¡Thud!

Una armadura empuñando una espada cargó contra él, pateando el lodo espeso.

Whoosh.

Fue un golpe pesado: un tajo descendente desde arriba.

Combinaba velocidad y fuerza, y la trayectoria era engañosa.

Encrid lo bloqueó de la misma manera.

Bloqueó y empujó. El oponente entonces estocó hacia su costado del mismo modo. La respuesta de Encrid fue idéntica.

Al repetir esas acciones idénticas, como una obra de teatro, la hoja del rival se alzó de pronto.

No… era un movimiento planeado desde el principio.

La hoja que subía desde abajo buscó perforarle la barbilla. Encrid flexionó la rodilla izquierda y giró el cuerpo.

La hoja pasó por nada, rozándole la mejilla derecha y barriendo cerca de la frente.

Gracias al hueco que creó al esquivar, la espada de Encrid cortó hacia la cintura del oponente.

¡Clang!

¿Eso también lo bloqueó?

Mientras seguían intercambiando golpes, Encrid se dejó arrastrar por la situación. Blandió una y otra vez. Intentó abrir la Puerta del Sexto Sentido para leer la intención del enemigo, pero falló.

La consecuencia llegó de manera física.

La hoja metálica del oponente atravesó el pecho de Encrid.

Luagarne se habría quedado helada si la hubieran apuñalado en un punto tan vital.

—Phew.

Un dolor sordo se extendió desde su corazón por todo el cuerpo.

Murió otra vez.

Era la segunda muerte. Sin embargo, su cuerpo seguía intacto. El corazón le latía a mil y había dolor, pero no estaba realmente muerto.

¿Así que esto es lo “difícil”?

No… ¿no está tan mal, en realidad?

Era muchísimo mejor que morir de verdad.

—¿Te apuñalaron ahí?

Luagarne estaba justo a su lado. Encrid asintió y se puso de pie.

Tras respirar un par de veces, se sintió bien. Podía moverse. No tenía heridas graves.

Agarrar la espada provoca el dolor de la muerte. El momento es breve, y la tarea es aprender esgrima.

Era extrañamente familiar.

—Es una tontería. Intentarlo es una tontería, a menos que quieras volverte loco…

¿Luagarne siempre había sido tan regañona?

Encrid recordó la primera vez que repitió ese día.

La técnica de estocada de entonces se había vuelto instinto y ahora se sentía como una habilidad propia.

También vio, al fondo, a la rana absorta en sus regaños.

Y la espada que había sostenido hasta hace nada, la maldita “Tutor”, supuestamente albergaba un espíritu malévolo experto en esgrima.

—¿De verdad así es como se hace?

Encrid ignoró con calma los regaños. En cambio, blandió su espada, mostrando una forma que había aprendido al observar al oponente.

Su intención era clara: entrenarse, corregirse.

Luagarne, que había dejado de hablar, se le quedó viendo sin parpadear.

Luagarne murmuró en voz alta lo que estaba pensando por dentro.

—¿Te pegaste en la cabeza? ¿Ya estás herido?

Encrid no negó con la cabeza ni dio explicación alguna. Solo siguió blandido la espada, murmurando para sí.

Como si intentara recordar una trayectoria específica.

—¿Era así?

Para Luagarne, Encrid se veía lento, muy lento. Era una persona con una falta notable de talento para mover el cuerpo o manejar la espada.

Le he estado enseñando directo, ¿y hasta aquí llega?

Luagarne se consideraba una estudiosa. No de las que se sientan todo el día a leer libros, como otras ranas.

También estudiaba esgrima. Luagarne poseía un entendimiento profundo que influía de forma significativa en la esgrima de las familias líderes del continente central.

No era una rana vieja por nada.

Se le reconocía más por sus habilidades en otras áreas que por su fuerza marcial.

Y entre esas habilidades, su capacidad para enseñar destacaba.

Aun así, el progreso de Encrid era desesperadamente lento.

Claro que había momentos que desafiaban la razón.

En crisis aparentemente imposibles, de pronto daba saltos enormes.

Sin preparación, sin señales, sin indicios.

Simplemente… mejoraba.

Luagarne nunca había visto a alguien así.

Alguien incomprensible, inexplicable, imposible de medir con cualquier estándar que ella conociera.

—¿Puedes ver esto por mí? De todos modos estamos atrapados.

Ante su petición casual, Luagarne volvió a hablar.

—De verdad pareces alguien que se golpeó la cabeza.

—Kya.

La pantera, tirada a un lado, asintió.

—¿Seguro que estás bien?

Preguntó Krais.

—¿Qué pasa? ¿No estarás poseído por un espíritu maligno?

Preguntó Finn, con la voz llena de preocupación.

Encrid blandió su espada con calma otra vez. No podía decirse que fuera perfecto; de hecho, era torpe.

Pero para los ojos de Luagarne, la intención de la espada era visible.

Si el oponente estuviera frente a él, lo forzaría hacia la izquierda y luego estocaría.

Encrid se movía de manera similar.

Aunque había problemas con su juego de pies y con un par de detalles más.

Así que Encrid estaba intentando plasmar la forma.

Justo cuando Luagarne estaba por decir algo…

—Creo que voy a verlo otra vez.

Dijo Encrid y, de inmediato, volvió a agarrar la espada.

—Está completamente loco. Completamente loco.

Luagarne, de pronto… se sintió impresionada.

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