Caballero en eterna Regresión - Capítulo 180

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Krais cruzó los brazos y siguió hablando, con un brillo raro en los ojos.

—Dolph, el que hizo el mapa del tesoro, lo creó hace un buen.

Encrid lo miró, preguntándose qué tontería era esa. Krais traía una sonrisa de confianza.

Era una cara irritante, pero no había nada qué decir, así que solo se le quedó viendo.

—Entonces, este método no existía en ese tiempo.

Con el paso de los años y el cambio de épocas, los cazatesoros se volvieron más colmilludos.

Entre desactivar trampas, meterse a mazmorras y sacar recompensas, empezaron a saltarse lo tedioso de desarmar trampas y se enfocaron únicamente en el resultado.

A ese enfoque concentrado le llamaban la “Guía para despejar las mazmorras de Cristrown”.

—Se llama “la técnica de retroceso”.

Era un atajo… pero si funcionaba, era un método buenísimo, como Encrid ya lo había vivido en carne propia.

Si derrotar al líder knoll era un obstáculo, no se iban a quedar esperando ni a sacrificar el pueblo a lo menso, ni iban a escoger un terreno desfavorable. Encontraron una forma de superarlo.

—Es aquí.

Krais encontró una roca del tamaño de un hombre adulto y dijo:

—Por favor, Luagarne.

A sus palabras, la Rana dio un paso al frente sin dudar.

Al empujar la roca, esta se volcó con un thud, revelando un hoyo viejo debajo.

Krais sacó una pala de su mochila y cavó unas cuantas veces antes de decir:

—Más o menos por aquí está la entrada.

Luego se movió con paso rápido. Cuando la vela se consumió hasta quedar como del tamaño de un dedo, Krais volvió a andar por la zona con esa sonrisa suya.

—Debe de estar por acá.

Krais empezó a cavar el suelo con la pala. Solo, era un trabajo pesado.

—Déjame ayudar.

Esta vez Encrid tomó la pala y se puso a cavar.

El plan era saltarse todas las trampas y abrir un agujero directo hacia donde estuviera escondido el tesoro.

No era una idea “nueva” como tal, pero cuando Dolph creó la mazmorra, seguramente era impensable.

Era un atajo, pero mucho más eficiente que ponerse a desactivar trampas y jugarse la vida.

Encrid estuvo de acuerdo y ayudó.

Mientras Esther rondaba por ahí con las garras extendidas, Encrid negó con la cabeza.

—Descansa.

La pantera, viéndose cansada, soltó un sonido como de queja.

—Kyaa.

Pero parecía contenta con esas palabras y encontró un lugar para echarse. Se hizo bolita y cerró los ojos. De verdad se veía agotada.

Él la había cargado en brazos durante el camino, excepto cuando hizo sparring. El viaje la había dejado fundida.

Como sea, Krais tenía razón.

—Si sale algo de tesoro de pasada, lo agarramos y nos vamos. Aunque… puede que ya no esté. Alguien pudo haberlo tomado sin mapa, pero es poco probable.

Ya era la tercera vez que le bajaba el tono al asunto.

Mientras cavaban, la tierra se desmoronó hacia adentro y dejó ver un pasaje hecho por mano humana.

—¿Ves?

Dijo Krais.

El resultado de turnarse la pala con Encrid.

Unas monedas de oro rodaron dentro del hoyo, reflejando la luz.

Más adentro estaba oscuro, pero seguramente había más que solo unas cuantas monedas.

Tal como dijo Krais, estaba fácil.

—Wow…

A Finn se le iluminaron los ojos. Krais le había prometido una parte del tesoro, o sea, Finn podría llevarse unas bolsas de Krona.

A Luagarne y a Esther no les interesaba, pero Encrid pensó que tener Krona vendría bien porque su espada estaba dañada.

Bajar por el tesoro y volver… seguía siendo una tarea sencilla.

Debería.

Debía serlo.

El sol ya se estaba ocultando, y la luna ya había salido. Krais la miró y habló:

—Bajemos todos juntos. No estaría mal quedarnos un día. Puede que haya mucho qué cargar.

No debía haber peligro.

No había bestias alrededor, y no pensaban quedarse adentro más de un día.

Como el sol ya se iba y de todos modos necesitaban acampar, era mejor pasar la noche adentro si no había riesgos.

Krais lo dijo con esa lógica, y todos estuvieron de acuerdo.

En vez de lidiar con bichos molestos afuera, era mejor quedarse adentro y salir mañana.

—Buena idea.

Encrid también lo vio bien, pensando que quizá habría algo más aparte de unas cuantas monedas.

“¿Habrá algo valioso?”

No le faltaba Krona, pero su espada estaba demasiado maltratada por la batalla reciente.

En especial la hecha con acero valyrio y hierro forjado del Monte Noir: estaba bien mellada.

No solo había que afilar el filo; el núcleo también estaba dañado.

“Así no se puede.”

Para un mercenario, el arma es la vida. Un espadachín que no entiende el valor de su arma está mal desde el principio.

Encrid sabía revisar el estado de su equipo.

Había cortado a cientos de bestias y monstruos. Sería raro que la espada siguiera intacta.

Ambas espadas tenían el núcleo dañado.

Su armadura también estaba rota en varios lugares. El cuero estaba desgarrado y la cota de malla debajo tenía huecos.

Mientras pensaba eso, volteó y vio a Luagarne moverse como si nada.

—Parece que nos vamos a tardar en regresar.

Cuando Encrid habló, Luagarne infló las mejillas y contestó, bufando:

—Da igual. De hecho está divertido.

El ambiente era alegre. Encrid le dio a Esther un poco de carne seca sazonada, y Finn amarró una cuerda a un árbol firme.

Ahí se notó la técnica de nudos de una Ranger.

—No se va a soltar a menos que la corten, y no está tan difícil de trepar.

Era una medida preventiva, muy de Ranger. Dejaron la cuerda colgando dentro del agujero que habían abierto.

Encrid bajó primero, luego Finn, después Krais. Esther brincó, clavando las garras en la pared para frenar la caída. Al final, Luagarne envolvió la cuerda con las piernas y descendió con elegancia.

Cuando todos estuvieron abajo, la luna ya estaba alta.

“¿Ya será medianoche?”

Pensó Encrid.

—Va a estar perfecto si acampamos aquí abajo y subimos mañana.

Dijo Krais detrás.

Encrid asintió. Aun así podía haber peligro, así que encendió una antorcha y revisó el entorno.

Había un pasillo largo que llevaba hacia la entrada que Krais encontró, pero estaba tan angosto que tendrían que ir encorvados.

“Si nos metemos por ahí, se nos va a partir la espalda.”

No es que fuera a pasar literal, pero así de estrecho estaba. Pelear ahí sería horrible.

“Mal lugar para usar espada.”

Concluyó Encrid.

No parecía haber otros peligros. Todos pensaban igual.

No había mucho polvo, ni trampas que se activaran al pisarlas.

Esther bostezó con un gruñidito. Al ver que seguía cansada, Encrid la cargó en brazos y le pasó la antorcha a Krais.

Luagarne murmuró, viendo alrededor:

—Son rastros viejos.

¿Cómo sería ella como erudita?

Encrid se fue a pensamientos sueltos.

“Sabe lenguas antiguas y es evaluadora de talento para el Reino…”

La Rana era todoterreno; su valor no podía ser bajo.

Finn, que revisaba el pasillo, no detectó peligro.

Aunque no al nivel de un cazatesoros, la Ranger Finn podía ver trampas.

“Todo se ve intacto.”

Si había trampas que ella no pudiera notar, serían mágicas o demasiado sofisticadas.

No las básicas de flechas; sino de las que se activan con el roce más mínimo.

Esas son difíciles de detectar si no eres profesional.

“Está pesado para que lo haya hecho un rico cualquiera…”

Trampas así suelen estar en tumbas antiguas, y muchas llevan magia.

Finn vio a Krais caminar a su lado, recogiendo unas monedas de oro del suelo y barriendo el entorno con la antorcha.

Hasta ese punto, nada raro.

Ni peligro, ni eventos.

El pasillo era corto y terminaba en una cámara redonda. Ahí, al fondo de la mazmorra, había un altar con un cofre viejo, gastado.

Sobre el altar, una espada cubierta de polvo.

Se veía antigua… o directamente antiquísima.

—Ya llegamos.

Dijo Krais.

Krais no podía contener la emoción. Cavaron en el lugar correcto y dieron con el camino correcto.

¿A estas alturas ya podía llamarse cazatesoros?

Leer la “Guía para despejar las mazmorras de Cristrown” había sido una gran decisión.

Desde niño, cuando aprendió a leer, Krais siempre buscó libros distintos y se los devoró.

Creía que el conocimiento era la llave para escapar de la pobreza de su infancia.

Y tenía razón.

Ahora habían encontrado tesoro.

—¿De verdad necesitas tanta Krona para abrir un salón?

Preguntó Encrid, como si fuera una pregunta tonta.

—Sí, totalmente.

Krais respondió sin dudar.

¿Neta? Los ojos de Encrid parecían decir eso. Krais, aprovechando el momento, soltó su sueño de toda la vida.

—Voy a fundar el establecimiento más lujoso y espléndido de la capital, un lugar al que todo mundo quiera entrar. Habrá tarjetas de membresía, también. Y eso no es todo: abriré sucursales por todo el continente.

Los ojos de alguien que persigue un sueño siempre arden.

Encrid no tenía derecho a burlarse del sueño de otro, y viendo ese brillo en los ojos de Krais, solo lo animó.

—Va. Dale.

Aparte de la espada vieja clavada en medio del altar, solo había dos cofres, que no se veían particularmente especiales.

Pero como había monedas tiradas en el pasillo, debía haber algo más.

Con expectativa, Krais se acercó a los cofres con cuidado, por si había trampas como las de flechas envenenadas.

Detrás de Krais, Luagarne le soltó a Encrid un consejo que valía más que monedas de oro.

—Con puras bases no te va a alcanzar. Necesitas aprender esgrima de verdad e interiorizarla, y entonces sí podrás avanzar más.

—¿Como qué?

—Aprendiste esgrima del Norte de ese tipo, ¿no?

El ojo afilado de la Rana ya lo había visto.

Tras ver a Ragna y a Encrid, dedujo el origen.

Encrid asintió, y la Rana siguió:

—Te convendría aprender bien la esgrima del Norte de ese rubio de ojos rojos.

—¿Y tú no puedes enseñarme?

—Estoy atada por un pacto. Esto fue un permiso excepcional. Tengo que volver.

Dijo Luagarne, y en serio se le notó el pesar.

Un pacto: las Ranas se dejan llevar fácil por deseos y antojos. Por eso hacen un juramento del corazón.

Muchas veces evitan decir “corazón”, y lo sustituyen por dos caracteres que significan “pacto”.

Así que el pacto de una Rana no era cosa ligera.

Era una regla que debía respetarse por encima de deseos personales.

Las Ranas que viven sin obedecer eso son rarísimas, casi inexistentes.

Por eso existía el dicho: “La esgrima de la Rana inocente.”

Se refería a una Rana ignorante, engañada por humanos u otras razas, que vendía su pacto y cometía masacres no deseadas con su espada.

“Está cañón…”

Encrid entendió otra vez que lo de Luagarne no era algo para tomarse a la ligera.

¿De verdad era necesario?

¿Hacer un juramento del corazón para enamorarse de él?

¿Por qué? ¿Para qué?

Encrid no podía decirle que lo revocara.

Nadie que no fuera idiota ignoraba el peso de un juramento de una Rana.

Y él también sabía que a las Ranas les encanta cortarles la cabeza a quienes insultan sus juramentos.

Pelear sin perder e insultar a alguien son cosas distintas, así que Encrid se quedó callado.

En ese momento…

—¡Kyaa!

Esther, que estaba hecha bolita de puro cansancio, soltó de pronto un grito feroz.

 

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