Caballero en eterna Regresión - Capítulo 177

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—¿Cómo se comportaba normalmente ese tipo?

Para conocer bien a alguien, lo mejor es preguntar en varios lados. Krais hizo exactamente eso.

Empezó con Deutsche Pullman.

—Era muy amable, como lengua en la boca, y bien meticuloso. No empezaba nada si no estaba seguro.

Antes de meterse al culto lo consideraban un recurso valioso. Se llevaba bien con todos, nunca se hacía enemigos, y su meticulosidad era su mayor fortaleza.

—Era mañoso. Tanto en lo que hacía como en los métodos que usaba.

Esa fue la opinión de Luagarne.

“Mañoso y precavido, no actúa sin certeza.”

Incluso al apostar o jugarse algo, no se metía si no estaba seguro.

—Era bueno en lo que hiciera, pero… pues tardaba mucho en preparar todo. Al líder parecía gustarle eso.

—¿Su lugar en la formación? ¿Hasta atrás? Sí, siempre hasta el mero atrás.

—Ahora que lo dices, sí es cierto.

Krais juntó las opiniones de los demás vigilantes y formó una imagen en su cabeza.

En la mente de Krais, el tipo parecía como una cabra mezquina. También captó más o menos sus hábitos.

“Si hablamos de personalidad, es como Jaxon.”

Jaxon podía hacer las cosas, pero era meticuloso y especialito con muchas cosas.

Se parecían, solo que el otro era más menso. Mucho más.

Krais armó un guion: uno para sacar a ese sujeto mañoso y miedoso.

En específico, un escenario para hacerlo bajar la guardia.

—¿Qué tal si toses sangre? Puedes usar esto.

Era una bolsita hecha con vejiga de cerdo, llena de sangre de cabra. Olía feo, pero no tenías que traerla en la boca: solo dejar que escurriera.

—Una heridita también ayuda. Es una Rana, ¿no? Con que se lastime tantito está bien, ¿verdad?

—Sí.

Luagarne era intensa. Llegó con el brazo totalmente cercenado.

—Esto sería más efectivo. Pero… ¿estás bien con perder un brazo?

—Soy diestra.

¿Eso era respuesta?

Tal vez.

Como sea, el enemigo vería el brazo cercenado y estaría seguro de su victoria; se relajaría.

Aun así, la moral de los suyos no flaqueó, gracias a Encrid.

Ese día, entre monstruos y bestias, se había mostrado algo.

Algo verdaderamente impresionante; hasta Krais lo gritó.

Este plan lo contemplaba todo.

“Con esto debe bastar.”

Convenía empujar la mente del enemigo hacia una sola dirección. Podías llamarlo un proceso de aprendizaje.

“Y no se ven muy listos.”

La gente tiene hábitos.

Esconderse atrás es un hábito, una rutina. ¿Lo abandonarían así nomás?

“Ni de chiste.”

Para Krais, ubicar al enemigo fue bastante fácil.

Le sembró una idea preconcebida al enemigo manteniendo a Esther cerca de Encrid.

Donde estuviera la pantera, estaría Encrid.

Así que, al amanecer, antes de que el enemigo se diera cuenta, mandaron afuera a Encrid y a Luagarne.

—Finn, ponte esto.

Tras vestir a Finn con ropa extra, Krais lo colocó a él y a Esther arriba de la barrera, en un lugar que podía llamarse “palco”.

Cuando el enjambre de monstruos y bestias, anticipando la victoria, se lanzó al ataque, Krais vio con claridad dónde se estaba escondiendo el enemigo.

Un sitio donde podía permanecer oculto mientras observaba a sus rivales.

Seguramente se cubriría detrás de pieles de monstruo.

Leer la mente del enemigo y usarla para tender trampas era simple y fácil.

Al menos para Krais.

—Ojos Grandes sí sirve. No es nada más la cara.

Comentó Luagarne, y la mandíbula de Encrid se movió ligeramente, asintiendo.

Tal como predijeron, encontraron al tipo disfrazado con una piel de hiena en el punto que Krais dijo.

Encrid se limpió el maquillaje de carbón mezclado con agua.

También se quitó el polvo de piedra que le habían espolvoreado en la cara.

El polvillo gris se dispersó de su mano. Era espeso e incómodo.

—¡Malditos, me engañaron!

Ah, qué respuesta tan de manual.

Cada vez, Encrid quería decir cierta frase. La traía en la punta de la lengua.

—Al que engañaron es al idiota.

El mundo se había vuelto tan duro y mañoso que esas reacciones estereotípicas ya eran raras.

Se sintió como una conversación de libro, algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, y le dio una satisfacción extraña.

—¡Desgraciados!

El cultista se enfureció; sus ojos se le pusieron rojos.

Varios knolls cercanos reaccionaron al grito del cultista y se lanzaron.

¡Screech!

Los hechizos de hipnosis e ilusión del cultista alteraban la mente de los monstruos. Los knolls no mostraron miedo.

Si hubieran visto la espada de Encrid en acción, deberían haber huido; pero en lugar de eso, cargaron sin temor.

Pero Encrid ni siquiera tuvo que intervenir.

¡Whoosh, bang! ¡Bang! ¡Crack!

El látigo de Luagarne zumbó. La pieza metálica del extremo aplastó la cabeza de un knoll.

Uno de ellos bloqueó con un escudo grueso de madera.

Con un ¡bang!, parte del escudo se astilló, pero el látigo quedó detenido.

Era un knoll mutado. La criatura detrás del escudo mostró los colmillos.

Mientras varios knolls mutados se acercaban al cultista para cubrirlo, Luagarne infló las mejillas.

—¿Crees que te vas a escapar dos veces?

—Tú, Rana… ¿no valoras tu corazón? ¿No te diste cuenta de que la vez pasada yo no iba preparado?

Tenía una lengua larguísima.

Con ese pensamiento, la mano de Encrid se movió.

Whoosh.

Un destello voló.

No era un cuchillo silbador, así que era más lento, pero lo arrojó con el Corazón de la Gran Fuerza. Fue rápido.

La daga voló directo a la frente del cultista.

Justo antes de alcanzarlo…

¡Thud!

Un knoll mutado extendió el brazo izquierdo y bloqueó la daga. La hoja se incrustó en su cuero grueso.

Sin cambiar de expresión, el knoll sacó la daga con la otra mano y la aventó a un lado.

Sangre negra chorreó, y aunque frunció el ceño un instante, solo se quedó mirando con furia a Encrid.

“Esa velocidad de reacción…”

Nada mal. De hecho, era impresionante.

Los ojos amarillos del knoll se clavaron en Encrid, y Encrid le sostuvo la mirada.

El cultista, aunque precavido, no era tonto.

Se dio cuenta de que controlar a los monstruos todo el tiempo era un desperdicio de poder mágico. Había una manera más fácil: nombrar un líder dentro de la colonia.

El líder anterior había sido un berserker que blandía dagas envenenadas, pero esta vez fue el más grande de los knolls mutados.

Con un hechizo añadido, parecía que un aura oscura emanaba de los hombros del nuevo líder.

—Es un truco de cultista.

Dijo Luagarne, dando a entender que debían tener cuidado.

Encrid desenvainó su espada, la sujetó con ambas manos y la sostuvo erguida mientras encaraba al enemigo.

Mantuvo tanto el aura oscura como al cultista dentro de su campo de visión.

“¿Cómo va a salir esto?”

En algún punto, Encrid había empezado a medir a sus rivales comparándolos con Rem.

“¿Son como Rem?”

O tal vez,

“¿Son más duros que Rem?”

O,

“¿Esto está mejor que enfrentar a Rem?”

En conclusión:

“Ni de chiste.”

Compararlos con Rem era casi un insulto para ese bruto.

Así que…

—Cubre la retaguardia.

Dijo, y luego se lanzó al frente.

El cultista estaba confiado. Confiaba en sus invocaciones.

Creía en el knoll líder cuando cargó, pensando que por muy hábil que fuera el oponente, lo inesperado —ese líder recién nombrado— era un comodín a su favor.

Así, el rival que tenía enfrente era otra variable.

Un recurso imprevisto.

Mientras tanto, la Rana se le venía encima.

El cultista quiso usar una estrategia que garantizara la victoria.

Evaluó que el de la espada desenvainada era mucho más peligroso que la Rana, que ya solo tenía un brazo.

“Dame tu carne.”

Huesos.

El cultista hizo justo eso.

De las yemas de su mano derecha cayó una masa negra, como un bulto. Era más oscura y densa que una sombra, y despedía un aura ominosa.

—Brazo del Guerrero.

Cuando el cultista murmuró, la masa tomó forma de inmediato.

Era una figura extraña: piernas delgadas, un brazo grueso y un cuerpo humano sin cabeza. El brazo derecho, grueso, blandía algo romo, como una espada.

Mientras tanto, Luagarne se acercó con rapidez, sacudiendo el látigo. Silbó en el aire, buscando aplastarle la cabeza al cultista.

—¡Bloquéenlo!

Gritó el cultista, con los ojos inyectados en sangre.

¡Thud!

Un knoll mutado se interpuso con el cuerpo y recibió el golpe.

Luagarne giró la muñeca y el látigo se enroscó y retorció, como una serpiente viva, sobre el cadáver del knoll, y volvió a ir por la cabeza del cultista.

El cultista se torció a tiempo, pero el látigo le envolvió el brazo izquierdo y le tronó los huesos.

—¡Maldita rana!

En lugar de gritar, el cultista se mordió la lengua; un chorro espeso de sangre le escurrió por la boca.

Al ofrecer la sangre como precio, murmuró, y el brazo izquierdo, atrapado por el látigo, se desprendió, derritiéndose en un líquido oscuro.

—¡Tú, Perro de Hualin!

Gritó el cultista.

El líquido negro que había sido su brazo izquierdo se transformó en una bestia de cuatro patas, más grande que un perro promedio.

El cultista sintió que se le retorcían las tripas por invocar varias criaturas en rápida sucesión. El estómago le dio un vuelco y la vista se le nubló.

Además, la pérdida del brazo izquierdo hizo que la sangre se le fuera a chorros.

“Maldita sea.”

Estaba al borde de morir.

Tragándose la sangre que se le juntaba en la boca, el cultista logró recuperar la compostura.

Y entonces sonrió al ver la escena.

La Rana estaba peleando contra la bestia que él había invocado.

Del otro lado, el medio tarado ese que se hacía pasar por caballero aprendiz con técnicas raras ya casi alcanzaba el Brazo del Guerrero.

“Ya gané.”

El cultista estaba seguro de su victoria.

Luagarne, frente a la bestia invocada, enrolló el látigo en su muñeca.

Mientras más corto, más fuerte.

El enemigo estaba escondiendo su verdadera fuerza. Las invocaciones eran más complicadas de lo que había anticipado.

Eran rápidas, tenían colmillos afilados y, aunque no tenían ojos, esquivaban bien.

No era un rival que se tirara con un solo golpe.

El hecho de que pudiera invocar dos criaturas al mismo tiempo indicaba que este cultista era excepcional entre los suyos.

“Solo aguanta.”

Con eso bastaba. La Rana sacó el arma que tenía preparada. Cuando viajaba sola, los enemigos más difíciles eran los monstruos de tipo espíritu.

Fantasmas y espectros.

Las criaturas invocadas y controladas por el cultista se parecían en forma.

Eran entidades manifestadas físicamente en este mundo mediante invocación.

Había muchas formas de lidiar con eso, pero ella prefería lo simple.

Por ejemplo…

—Arde.

Parecía estar usando un instrumento mágico sencillo.

Whoosh.

De inmediato, llamas azules se encendieron a lo largo de su látigo. Naturalmente, era un tipo de hechizo.

Algo pensado para golpear de forma efectiva a la criatura invocada.

Ella no lo sabía.

El cultista estaba usando su fuerza vital para controlar esas invocaciones.

Ella solo pensó que él estaba mandando un estorbo hacia Encrid y una cosa problemática hacia ella.

Mientras tanto, el Brazo del Guerrero, con sus piernas delgadas, se lanzó hacia Encrid, acortando distancia.

Ya lo tenía encima.

Encrid acababa de desviar con su espada —sujeta con ambas manos— un garrotazo que caía desde arriba, y respondió con un tajo hacia adelante, abriéndole profundo el abdomen a la criatura.

¡Rip!

A pesar del corte, tan hondo que dejaba ver las entrañas, el knoll parecía ignorar el dolor y agitó su garrote como loco.

Encrid agachó la cabeza y flexionó las rodillas, esquivando.

El garrote pasó zumbando por encima de su cabeza.

Luego, sin pausa, jaló la espada hacia atrás y cortó los tendones detrás de las rodillas de la criatura.

Cruzando la pierna izquierda con la derecha, se colocó detrás, y soltó dos cortes sobre las pantorrillas.

¡Slash, slash!

Con eso bastó.

Con los músculos de la pantorrilla destrozados, la criatura cayó de rodillas.

Encrid giró el torso y ejecutó un tajo giratorio.

¡Thud!

La cabeza del knoll salió volando.

Gu—

Murió sin siquiera poder gritar bien.

Los movimientos no habían sido “perfectamente” fluidos; cada acción se ajustaba al momento, pero peleó como si estuviera enfrentando a Rem.

Para Encrid, esto era más fácil que pelear contra varios a la vez. El combate fue rápido y la diferencia de habilidad quedó clara.

Mientras cortaba las pantorrillas del knoll, la figura oscura con espada enviada por el cultista ya se aproximaba.

Para cuando decapitó al knoll, la criatura invocada blandió su espada negra, sombría.

Era el último manotazo desesperado del cultista: un golpe final y mortal.

El Brazo del Guerrero era una invocación diseñada para desaparecer tras dar un solo golpe letal.

Un hechizo que se usaba cuando querías asegurarte de la muerte del objetivo.

Al ver a esa cosa de piernas delgadas lanzarse, Encrid alzó su espada.

La espada negra cayó desde arriba. Fue increíblemente rápida, una aceleración súbita. No había manera de esquivarla.

Encrid ya había previsto que tendría que bloquearla después de matar al knoll, así que levantó la espada.

Para bloquear y desviar.

Justo como esperaba el cultista.

El Brazo del Guerrero ignoraría defensas físicas, asestando un golpe mortal al espíritu humano.

Los ojos del cultista brillaron con anticipación, aun con sangre en la boca y sin brazo.

“Muere.”

Encrid encontró el filo de la criatura invocada con su espada.

—Hmph.

Esther observaba la pelea desde lo alto de la muralla.

El hechizo del cultista era un truco tosco. Pero incluso un truco tosco podía matar a alguien desprevenido.

Sabiendo eso, ¿cómo iba a dejar que el hombre se fuera así?

Arrancó tiras de su vieja armadura de cuero y les añadió su magia. Era un reemplazo, un obsequio.

“Esto es un regalo, hombre.”

Esther le metió parte de su magia a la espada del hombre.

Para que reaccionara si el rival intentaba cualquier marrullería de tipo hechizo.

Encrid vio un leve resplandor azul brotar de su espada.

Fue un instante.

La espada azulada hizo añicos la espada negra y partió la masa oscura en dos.

Si hubiera sido humano, habría sido un corte limpio por debajo del pecho.

Sintió en las manos la sensación de atravesarla.

¿Había algún tipo de carne dentro de esa forma?

La masa negra cortada soltó humo negro a borbotones y luego se deshizo.

Al verlo, los ojos del cultista se abrieron como si se le fueran a reventar.

—…¡¿Qué es eso?!

Encrid fue honesto.

También estaba un poco desconcertado. No demasiado, pero tras pensar un momento, abrió la boca.

—Yo tampoco sé.

Esa respuesta le subió la sangre a la cabeza al cultista. ¡Hablar como si viniera algo importante para salir con semejante tontería!

Con las emociones hechas pedazos, la vista del cultista empezó a dar vueltas. De pronto, no pudo respirar.

Tras forzarse más allá del límite, el corazón se le cerró.

—Argh.

A veces, la muerte es anticlimática.

El cultista se agarró el pecho, boqueó por aire y se desplomó de bruces.

Verlo caer con la cara al suelo no tuvo nada de digno.

Al caer, la niebla que nublaba las mentes de los monstruos y bestias alrededor se levantó.

Ellos también tenían instintos.

En cuanto vieron a los humanos que habían matado a los suyos, salieron disparados en distintas direcciones.

La colonia se desmoronó.

Mientras tanto, Encrid examinaba su espada con cuidado.

“¿Es una espada mágica?”

Entonces… ¿ese herrero guardafronteras era un mago?

No parecía probable; era una combinación rara.

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