Caballero en eterna Regresión - Capítulo 155
Frok, Ruagarne observaba en silencio al hombre que blandía su espada.
La hoja descendía en un arco limpio.
De arriba hacia abajo.
Whoosh.
El aire se abrió con un sonido cortante, y el olor del metal cosquilleó la nariz de Ruagarne.
Con el Ojo de Percepción del Talento, Ruagarne examinó al detalle la esgrima de ese hombre.
Totalmente concentrado.
Totalmente meticuloso.
¿Cómo podía alguien esforzarse al máximo a cada día, cada hora, cada instante, aun cuando no hacía más que blandir esa espada una y otra vez?
El hombre desayunaba y luego entrenaba. Cuando dejaba la espada, llevaba el cuerpo al límite—levantando piedras pesadas, haciendo sentadillas, poniéndose de pie, repitiendo.
Después de comer al mediodía, volvía a entrenar. Incluso cuando salía a hacer recados, cargaba con su espada.
A veces añadía ejercicios de evasión, esquivando piedras que le lanzaban. Los combates de práctica eran frecuentes, siempre con sus compañeros de escuadra como oponentes—
Y cada uno de ellos era muy superior a él.
¿Ya habrán superado sus límites?
¿Cómo funcionaba el Ojo de Percepción del Talento?
Observación y percepción. Postura y actitud. Ritmo de crecimiento.
En el fondo, todo se reducía al instinto.
Sexto sentido, intuición—una habilidad pulida a través de la experiencia.
Ruagarne era particularmente talentosa entre los Frok cuando se trataba de esa percepción.
En otras palabras, había visto mucho.
Había presenciado a incontables guerreros blandir sus espadas y romper sus propios límites.
Después de verlo tantas veces, bastaba una mirada para darse cuenta.
Y sus instintos, afilados por años de experiencia, le repetían una verdad innegable—
Ese hombre jamás podrá convertirse en caballero.
Si se definían las condiciones para ser caballero—lo primero era alcanzar los límites de la capacidad humana.
Incluso eso ya requería un talento raro, de quizá uno entre cien.
Lo siguiente era romper esos límites.
Una hazaña lograda tal vez por uno entre miles.
Una vez que uno se topaba con su límite y lo superaba—
Tenía que despertar a la Voluntad.
La mayoría fracasaba en esa etapa. El talento por sí solo no bastaba para cruzar ese umbral.
La ironía era que aquellos con un talento sobresaliente a menudo subestimaban sus propios límites.
¿Alguna vez se exigían de verdad al máximo?
En resumen—
Pocos son realmente constantes y disciplinados.
Por eso Ruagarne juzgaba el talento con dos criterios.
Primero—¿tenían la aptitud física, ya fuera para la espada o el combate cuerpo a cuerpo?
Segundo—¿tenían la voluntad de seguir adelante?
¿Y qué era la voluntad?
Era la fuerza para soportar un esfuerzo duro y tedioso sin volverse arrogante, incluso si uno tenía talento.
El segundo criterio no se podía juzgar solo con intuición. Requería tiempo y observación.
Sin embargo, si el primero faltaba, ni siquiera valía la pena revisar el segundo.
Aun así…
Ruagarne se descubría una y otra vez volviendo la mirada hacia ese hombre que blandía la espada de la mañana a la noche, soportaba palizas en los entrenamientos y pulía su cuerpo sin descanso.
Claro, su apariencia también tenía algo que ver.
Los Frok tenían un sentido estético peculiar. Los estándares humanos de belleza o fealdad significaban poco para ella.
Bajo esos parámetros, Encrid y su escuadra pasaban la prueba sin problema.
Por supuesto.
Tenía sentido.
Encrid, con su cabello negro, ojos azules y porte recto—su espalda ancha era especialmente impresionante.
¿Y Rem?
Si lo juzgaba solo por talento, él y los demás cumplían todas las condiciones—excepto la Voluntad.
La Voluntad estaba sujeta al destino.
Eso escapaba a su control. El Ojo de Percepción del Talento podía ver el potencial, pero no era la visión de un profeta.
Aun así, dejando de lado el talento, había algo que valía la pena observar.
El cabello gris de Rem y su naturaleza impredecible eran como una hoja sin empuñadura.
Si tuviera que presentarlo ante otro Frok, lo describiría como—
Un hombre con un encanto peligroso.
Jaxson era parecido, pero distinto.
Su cabello rojo opaco y sus ojos apagados—
Como una flor venenosa a la que es mejor no tocar.
Hermosa de contemplar, letal al contacto.
Una Flor Venenosa, como las llamaban.
¿Y Audin?
Independientemente de su habilidad—
“Debería llamarle hermana”, decía Audin.
A pesar de su tamaño y complexión, sus sentidos eran sorprendentemente delicados.
Un oso gentil—así lo veía ella.
Toda la escuadra parecía haberse dado cuenta ya de que Ruagarne era una Frok hembra.
Pero ese guerrero enorme había atinado a la primera.
Tenían sentidos agudos.
El cabello dorado y ojos rojos también son agradables.
Ragna—un norteño, como un sol perezoso de tarde.
A veces se encendía, pero por lo general se mantenía estable.
Entre todos ellos, Ruagarne lo consideraba el más dotado de nacimiento.
Aunque talento no siempre significaba habilidad.
Lo sabía por experiencia.
¿Cómo habían terminado reunidos todos ellos en un mismo lugar?
Incluso hay algunos que ya han rozado los límites de la Voluntad.
Pero rozarla no era lo mismo que alcanzarla.
El camino del caballero era empinado y traicionero.
Muchos guerreros se estancaban precisamente en ese punto.
Aun así, la mirada de Ruagarne seguía clavada en Encrid.
Sus ojos rastreaban cada uno de sus movimientos.
Mientras reflexionaba sobre todo eso, sus pensamientos regresaban una y otra vez a la misma pregunta—
¿Cómo podía este hombre ser tan constante?
—Hup.
Encrid exhaló con fuerza y se movió. El sudor se dispersó en el aire.
Un corte horizontal desde guardia media, a veces llamado Corte Giratorio.
Apoyándose en su pie izquierdo, golpeaba con toda su fuerza sin perder la línea central.
¿Dónde aprendió eso?
Había recibido enseñanza adecuada. Sus fundamentos eran sólidos.
Y—
No sabe rendirse.
Solo habían pasado unos días, pero no había vacilado ni una sola vez. Seguía igual.
Los genios a menudo mostraban un crecimiento absurdo en cuestión de días.
Desde esa perspectiva, ¿cómo había logrado Encrid alcanzar este nivel?
Era difícil seguir presionándose cuando no se veían avances claros.
Solo eso ya era admirable.
Para los Frok, entregarse a sus deseos era la vida misma.
Y Ruagarne no era la excepción: seguía fiel a sus deseos.
Cada Frok tenía un anhelo propio.
Algunos Frok dedicaban toda su existencia al amor espiritual.
Otros arriesgaban el corazón buscando la perfección a través de un entrenamiento implacable.
En cuanto a Ruagarne… ella era débil ante lo desconocido.
Pese a haber vivido mucho tiempo, ahora por primera vez se encontraba con algo que no sabía cómo clasificar.
—¿No te aburres de solo mirar?
El desconocido habló.
Ruagarne dejó escapar una risita baja.
Sus mejillas se inflaron apenas.
—¿Estás diciendo que quieres ver mi arma?
—Más bien quiero enfrentarla.
Un hombre que no conocía la rendición, que desafiaba sin descanso sus propios límites.
Ese tipo de persona no era tan raro.
Ruagarne ya había visto a muchos así.
Pero—
Este es realmente fascinante.
Jamás había visto a alguien arrastrarse hacia adelante sin la menor vacilación. Sin titubeo, sin desesperación—alguien que borraba por completo esos conceptos de su mente. Simplemente aceptaba lo que tenía, lo reconocía y se concentraba en lo que podía hacer.
La gente hablaba de esa mentalidad, pero ¿cuántos la vivían de verdad?
Probablemente solo él.
Al margen de su talento innato, su pura fuerza de voluntad brillaba con intensidad.
Tan fuerte que casi cegaba.
Si la moneda que lanza la diosa de la fortuna no cayera en cara ni cruz… sino que se quedara de pie sobre el canto…
La diosa de la fortuna siempre lanza una moneda, destinada a caer de uno de los dos lados.
Pero ¿qué tal si, por un milagro absurdo, se mantuviera derecha sobre el canto?
La suerte, como siempre, era impredecible.
Si—si algo así llegara a ocurrir.
Si el hombre frente a ella realmente despertaba a la Voluntad—
La sola idea hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. El éxtasis de encontrarse con lo desconocido encendió el corazón de Ruagarne.
Se puso de pie.
—¿Jugamos?
Su interés era inevitable.
La mayoría asumía que se había quedado por Ragna.
Pero ya he visto muchos como él.
Ragna no era un desconocido para ella.
El único que lo era, era el hombre frente a sus ojos.
Solo Encrid era un misterio—su nombre ahora grabado en su mente.
Ha pasado tiempo.
Por primera vez en mucho, Ruagarne se descubría deseando algo parecido al amor espiritual.
—
Convertirse en caballero.
El camino ahora estaba más claro en su mente. Se había marcado un hito.
Enfrentar sus límites.
Ya lo había hecho incontables veces.
“¿Qué hace la gente cuando no conoce sus propios límites?”
Ragna le había planteado esa pregunta una vez.
La respuesta estaba en la misma pregunta.
“Sigue caminando.”
Aunque sea arrastrándote, sigues adelante.
Lo que significaba que—solo tenía que hacer lo que siempre había hecho.
Enfrentar sus límites. Romperlos. Avanzar.
Y una vez más allá de ellos, tendría que despertar ese poder desconocido llamado Voluntad.
Así de simple.
Encrid conocía bien su propio talento.
Siempre aceptaba, reconocía y asumía la realidad.
Simplemente, no se permitía desesperarse después.
—Un látigo, ¿eh?
Tumbado de espaldas, mirando al cielo, murmuró Encrid.
Había un supuesto muy extendido de que los Frok solo usaban armas cortantes. Un estereotipo, al final de cuentas.
Pero la Frok frente a él empuñaba un látigo.
El mango formaba un aro, y el arma se enrollaba en una forma circular.
Medía alrededor de una vez y media la longitud de una lanza.
Se deslizaba como una serpiente, se enroscaba alrededor de su tobillo y lo jalaba.
Golpear, desviar, esquivar—
Tras diez intercambios, no logró leer sus intenciones y salió volando hacia atrás.
¿Por qué no funcionó?
Una pregunta que valía la pena hacerse.
Si lograba resolverla, sería combustible para el siguiente paso.
—Eres un humano interesante.
dijo la Frok.
—¿Cómo te llamas?
Solo entonces Encrid preguntó el nombre de ella.
—Ruagarne. Puedes decirme Rua.
—Puedes decirme Enki.
No fue una presentación formal—solo un intercambio de nombres, un pequeño paso para hacer más llevadero el tiempo que pudieran llegar a compartir, fuera mucho o poco.
Encrid se levantó.
Quedarse tirado descansando habría sido un desperdicio.
Había empezado a entrenar desde el amanecer, y ahora que el mediodía ya había pasado, aún tenía mucho tiempo para moverse.
—¿Otra ronda?
Al ponerse en pie, preguntó, y Ruagarne soltó una risita.
—Claro.
Una vez más, empuñó la espada. Una vez más, chocaron. Una vez más, buscó un nuevo camino.
Reflexionó sobre la naturaleza de la Voluntad, intentó hallar la forma de superar sus límites.
Ésa era su tarea.
Encrid siguió blandiento la espada.
Solo se tomaba descansos para ver los duelos entre Finn y Audin.
Un combate entre artes marciales Aile Carraz y Valaf.
Menos intenso de lo que había imaginado, pero digno de observar.
Jaxson seguía ausente la mayor parte del tiempo.
Krys había encontrado un mapa de quién sabe dónde y lo estudiaba con frustración.
Pasó un mes desde que terminó la batalla, y el clima se volvió cada vez más cálido.
El sudor se deslizaba incluso estando quieto.
—Esta victoria reciente ha expandido el territorio del reino. ¡Y para celebrar este triunfo…!
Se celebró un gran festival—no una simple reunión como antes, sino una verdadera fiesta en la ciudad entera, con comida y bebida repartidas libremente.
Incluso entonces, Encrid siguió blandiento su espada.
—De verdad eres un humano aburrido.
A los Frok les encantaban los festivales.
Para ellos, la diversión y el placer eran la vida misma.
Aun así, Ruagarne se descubría mirando entrenar a Encrid.
No había manera de que ver a alguien blandir la espada todos los días pudiera ser más divertido que un festival—
Y aun así.
¿Por qué es tan entretenido verlo?
No lo sabía.
Era algo desconocido.
Y eso lo hacía emocionante.
El tiempo pasó.
Azpen se rindió.
Transcurrieron tres meses.
—
Ahora, incluso estando parado, el sudor corría en ríos.
—Este verano se siente más largo de lo normal.
murmuró Rem.
Encrid lo ignoró y siguió blandiento su espada.
Habían pasado tres meses, y aun así Frok, Ruagarne seguía allí.
Finn tampoco se había ido.
Ella había sido exploradora.
A estas alturas, ya debería haber sido reasignada a otra escuadra.
—Nadie ha dicho nada todavía.
¿Habría el comandante de batallón olvidado su caso?
¿O habrían decidido que encajaba bien aquí?
No era asunto suyo.
Siguió blandiento. Una y otra vez.
Así habían pasado los últimos tres meses.
—Oye, Rem, Rem.
En esos tres meses, Frok por fin se había acostumbrado a hablar con la escuadra.
—¿Qué?
—¿Cómo demonios le enseñaste eso?
Frok estiró la lengua, larga y delgada, presa de la impresión.
—Je, si lo hubieras visto antes, estarías aún más sorprendida.
Rem sonrió al responder.
En efecto—
Incluso Frok estaba impresionada.
A pesar de todo su entrenamiento, Encrid no mejoraba.
Blandía su espada a diario, entrenaba sin descanso—y aun así seguía estancado.
Al menos, eso era lo que veía Frok.
Lo cual solo hacía que su respeto aumentara.
El esfuerzo en sí mismo era un talento.
Uno solo podía seguir entrenando y avanzando si alcanzaba a percibir su propio crecimiento.
¿Qué demonios pasa por su cabeza?
Eso era lo único que Frok quería saber.
Durante tres meses enteros, Encrid había estado atrapado en una meseta.
Al menos, desde su punto de vista.
Encrid no lo veía igual.