¡Bienvenido a la tienda de habilidades! - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - Volar a lomos del viento
Exceptuando a Marlena y a Milton, Chen Xuan llevó a los otros veinte y dos de vuelta al restaurante del tercer piso de la tienda principal. Luego los dividió en seis grupos de cuatro o cinco y los acomodó en los reservados del restaurante para que se hospedaran allí. En cada reservado había agua y un retrete; al retirar la mesa, el espacio seguía siendo bastante amplio, así que podían dormir en el suelo sin sentirse apretados.
Todos sabían que esta misión diplomática estaba llena de riesgos; tener un sitio donde guarecerse y dormir ya era mucho pedir. De hecho, el ambiente de esos reservados superaba con creces sus expectativas.
Mientras tuvieran comida todos los días, muchos dijeron que podrían quedarse allí un año entero sin problema.
Chen Xuan regresó de nuevo a la entrada de la sucursal y subió al helicóptero junto con Lin Qing. Liu Shuyue se quedó dentro de la sucursal, encargándose de cerrar la puerta principal. Una vez cerrada, la tienda quedaría aislada de este mundo y el interior de la casa volvería a recuperar su aspecto ruinoso de antes.
Chen Xuan se volvió y lanzó dos cascos a los pasajeros de atrás, indicándoles que se los pusieran igual que él.
“Su Excelencia, ¿puedo preguntar quién es esta dama…?” no pudo evitar preguntar Milton.
“Es la navegante que he contratado. Será quien nos lleve al Oriente.”
En este punto de la historia ya se rozaba la era de los grandes descubrimientos, y el navegante era la persona responsable de calcular el rumbo y trazar la ruta en el barco.
Lin Qing movió con soltura uno a uno los interruptores del panel de control, comprobó el estado del helicóptero y luego le hizo a Chen Xuan un gesto de pulgar arriba. “Todo en orden, listos para despegar en cualquier momento.”
Chen Xuan agitó el dedo índice hacia delante. El sentido era más que evidente.
Lin Qing arrancó el motor.
Con el temblor del motor, el rotor sobre sus cabezas empezó a girar lentamente.
El barón y la bruja dieron un respingo.
No se esperaban que aquellas largas barras metálicas fueran capaces de girar como las aspas de un molino… y, además, girar tan rápido.
Pero enseguida se dieron cuenta de que aquello era demasiado rápido.
En cuestión de instantes, sus ojos ya no podían seguir el giro de las aspas.
Sin embargo, la aceleración del rotor apenas acababa de empezar.
Marlena pensó que ya iba lo bastante deprisa, pero resultó que aún podía ir más rápido. Cuando por fin se estaba acostumbrando, la velocidad seguía aumentando. En apenas unos segundos, sus expectativas mentales se habían visto sobrepasadas una y otra vez.
De hecho, cualquiera que sube por primera vez a un helicóptero queda impresionado por la fuerza que desata el rotor.
No es lo mismo que verlo desde lejos. A distancia, lo único que piensas es que hace ruido. Pero si estás justo en el centro de la corriente de aire, la experiencia cambia por completo: un viento fortísimo golpea el suelo como si fueran olas, aplastando la hierba a sus pies y levantando piedras y polvo. El sonido de las aspas cortando el aire se asemeja a truenos constantes; hasta la caja torácica parece vibrar, y uno casi no se atreve ni a respirar.
Llegados a ese punto, el rotor es totalmente invisible.
Se había convertido, sobre sus cabezas, en un círculo perfecto.
Cuando Lin Qing levantó poco a poco la palanca de paso colectivo, el helicóptero se balanceó un par de veces y, de pronto, se desprendió de las ataduras de la gravedad, empezando a ascender.
Milton aspiró una bocanada de aire frío, se encogió de forma instintiva y pegó la espalda con fuerza al respaldo del asiento.
Marlena, por fuera, intentaba aparentar calma, pero por dentro estuvo a punto de soltar un grito.
Así que este carro no es que no tuviera ruedas… ¡es que las ruedas estaban montadas arriba del todo!
“Relájense. A partir de ahora, lo único que tienen que hacer es disfrutar del paisaje.” dijo Chen Xuan a través del micrófono del casco.
En poco tiempo, el helicóptero ascendió hasta unos doscientos metros. Tanto la gran ciudad de París a lo lejos como la ciudad satélite de Versalles quedaban ya al alcance de la vista.
Lin Qing introdujo la ruta en el sistema de control de vuelo y conectó el piloto automático. El helicóptero podía así dirigirse hacia el destino gracias a la navegación inercial.
Marlena miraba, asombrada, la tierra desplazándose a toda velocidad bajo sus pies. Casi no podía creer lo que veía.
¿Era así como se movían los dioses?
Reconocía que había subestimado mucho al mensajero divino.
Cualquiera que jamás se haya alejado del suelo y vuela por primera vez siente esa sacudida en el alma.
Los campos de cultivo se convertían en bloques amarillos y verdes.
Las montañas parecían ahora bajas y suaves, ya no eran cimas inaccesibles como antes.
Por grandiosa que fuera una ciudad, bastaba una mano para abarcarla por completo.
El río que cruzaba el reino parecía despojarse de su imagen de agua sucia y maloliente. En aquel momento reflejaba el color del cielo, como una cinta de seda azul claro.
Era como si se hubiera convertido en otro tipo de ser humano. A partir de ese día, la forma de contemplar el mundo sumaba un nuevo y desconocido ángulo.
Cuando Marlena volvió la cabeza hacia Milton, lo encontró con las manos juntas, los ojos cerrados con fuerza y el rostro lleno de devoción, rezando a Dios como si así pudiera bloquear el miedo en su corazón.
Al caer la tarde y descender el helicóptero, ella se sorprendió al descubrir que ya habían abandonado las fronteras de Francia.
Los aldeanos que se habían acercado por el estruendo del rotor hablaban otro idioma que ella no entendía.
Milton, en cambio, conversaba con ellos con total fluidez.
Y eso que, poco antes, había vomitado.
“Ahora nos encontramos en territorio de Lorena.” dictaminó el barón, seguro de sí mismo.
¡Qué velocidad! Era un ritmo increíble. No llevaban ni un día de viaje. Marlena no pudo evitar estremecerse: si hubieran ido por los caminos oficiales en carruaje, no habrían llegado ni en quince días. Así no solo recuperaban el tiempo que habían perdido esperando, sino que adelantaban el trayecto por muchísimo.
Qué lento… pensaba, por su parte, Chen Xuan. Sobre todo desde que la tienda tenía sucursales y él podía cruzar medio planeta con solo un parpadeo; ahora, viajar en helicóptero le resultaba casi una tortura.
Y aun así, era el medio de transporte más rápido que se le ocurría.
Un pequeño avión civil de ala fija quizá podría ir más deprisa, pero exigía condiciones mucho más estrictas para aterrizar, mientras que un helicóptero podía posarse en cualquier terreno mínimamente llano.
Así que decidió regresar a la tienda a descansar y dejar toda la responsabilidad del trayecto en manos de Lin Qing.
Como no contaban con navegación satelital ni con guía desde una torre de control, el resto del viaje solo se efectuó de día y con buen tiempo. Durante las paradas para repostar, fueron rotando a los pasajeros de atrás para que todos en el grupo de enviados pudieran disfrutar al menos una vez de la experiencia de contemplar las alturas.
Por supuesto, una vez pasada la novedad, un vuelo tan largo e ininterrumpido se volvía monótono. Al fin y al cabo, la comodidad en un helicóptero pequeño o mediano era prácticamente nula: asientos duros, cabina estrecha y el ruido constante del motor y del rotor. Para cuando pasaron unos días, no era raro que solo Lin Qing viajara a bordo. Según Chen Xuan, no era que él quisiera escaquearse, ni mucho menos; simplemente, cuanta menos gente, menor carga, y eso equivalía a mejorar la autonomía y ayudar a que el grupo de enviados llegara antes.
Tras volar nada menos que once días, el helicóptero atravesó finalmente la región del sur de Asia y, a la altura de Birmania, entró en el territorio gobernado por la dinastía Ming.
Teniendo en cuenta que en esa época los vastos territorios del suroeste servían como zona de destierro, Lin Qing optó por seguir avanzando hacia el noreste y detenerse en la primera gran ciudad que encontraran.
Esa búsqueda les tomó otro día entero.
A la mañana siguiente, Lin Qing por fin avistó un objetivo ideal: una gigantesca ciudad en medio de una llanura.
Su tamaño era abrumador para esa época: equivaldría a varias decenas de París, y se veían por todas partes edificios altos dentro de la ciudad. Eran más anchos en la base y más estrechos arriba, como torres cónicas. No existía nada parecido en los registros arquitectónicos históricos.
Para evitar llamar demasiado la atención, descendió el helicóptero en un bosque a varios kilómetros de la ciudad. Allí levantó una casita hinchable y la utilizó como punto de conexión con la puerta de la tienda.
“Uf… el aire de este lado sí que se siente fresco.” dijo Chen Xuan al internarse en el bosque. Vio que Lin Qing había cubierto el helicóptero con una lona de camuflaje comprada por internet. Había que admitir que los soldados del futuro trabajaban con mucha profesionalidad.
Junto con él cruzó el umbral Liu Shuyue; mientras el cuerpo de combate de Lin Qing no estuviera operativo, ella era la principal fuerza armada de la tienda.
Tras varios días aprendiendo de la señorita Lin, Liu Shuyue ya tenía una idea bastante clara del método de gestión del encargado y de la forma en que la tienda solía expandir su negocio.
“¿Convocamos al grupo de enviados ahora mismo?” preguntó.
“No, primero debemos investigar la situación.” Chen Xuan negó con la cabeza. “Algo en esta ciudad no encaja. Sospecho que la información histórica ya no es fiable. Si no entro a echar un vistazo, no me quedaré tranquilo.”
Si ocurriera algún imprevisto, ellos podrían regresar a la tienda al instante; el grupo de enviados, en cambio, no tendría escapatoria.
Por supuesto, intentar colarse en la ciudad con ropa de calle no era una opción.
Lo más probable era que los guardias los arrestaran en la puerta.
Por suerte, Chen Xuan ya lo había previsto. Le había pedido a Liu Shuyue que preparara dos juegos de ropa de la familia Liu: la vestimenta de la gente común apenas cambiaba en cientos de años. “Sencilla y austera” eran las palabras que mejor la describían. Una prenda sin parches ni rotos ya despertaba envidia.
“Tu pelo…”
Antes de que terminara la frase, el cabello multicolor de Lin Qing se volvió negro y brillante al instante.
“Impresionante…” murmuró Liu Shuyue. “¿Qué clase de hechicería es esa?”
“No es cabello de verdad, solo filamentos flexibles que emiten luz y se parecen al pelo. Puedo cambiarlos al color que quiera.” Lin Qing se caló un viejo sombrero de paja y, marcando un gesto de victoria con los dedos, sonrió con picardía. “¡Transformación completa, vámonos!”