Amar al hombre más guapo de la capital - Capítulo 359

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  4. Capítulo 359 - Un encuentro mágico de Mu Yun
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Flotaba suspendido en el aire, sin apoyo, sobre la superficie del mar, con la mirada fija en el agua, esperando en silencio a que volviera a emerger el brillante objeto tornasolado.

Después de unos dos minutos, Mu Yun por fin vio cómo la cosa multicolor salía a la superficie.

¡Sorprendentemente, era un pez!

Mu Yun se quedó pasmado.

Ya había visto peces antes, pero era la primera vez que se topaba con uno tan bonito.

¡¿Por qué no atraparlo?!

Mu Yun estaba deseando intentarlo. Luego de un pequeño calentamiento, cuando el pez volvió a mostrarse, lanzó la mano para atraparlo. Lo logró, y acabó con la cara salpicada de agua marina.

Sonriendo al ver al pez en su mano —del tamaño de una palma—, Mu Yun dijo:

—¿Por qué andabas brincando como una carpa queriendo saltar la Puerta del Dragón? No veo ningún otro pez por aquí. ¡Debes de ser muy travieso para haberte alejado tanto del banco!

—Tú lo dijiste, colega. Yo tampoco veo a ningún otro humano por aquí. Solo estás tú —dijo el pez con una vocecita plateada.

—Te diré un secreto. La verdad es que ni siquiera sé cómo llegué hasta aquí. ¿Puedes decirme qué es este lugar? —preguntó Mu Yun, mirando al adorable pececillo.

—Este es el Mar de los Tritones. Los humanos solo pueden entrar aquí en forma espiritual, lo que significa que tú también eres un fantasma travieso. Pero deberías tener cuidado y no quedarte mucho tiempo. Cualquiera que permanezca en esta dimensión por más de una hora quedará atrapado aquí para siempre, excepto los nativos del Mar de los Tritones y los miembros de la familia Ming. Eres muy guapo, colega. Me encantaría que te quedaras aquí, qué lástima que no pueda hacer que eso pase —soltó una risita el pez.

—¿El Mar de los Tritones? —repitió Mu Yun, con un dejo de confusión en la mirada—. ¿Por qué siento que ese nombre me resulta familiar?

—Eso es imposible. Nadie aparte de los fantasmas y de los miembros de la familia Ming podría haber oído hablar del Mar de los Tritones. ¿Cómo se supone que tú lo conoces? —dijo el pez, divertido.

—No lo sé. Solo me suena un poco conocido —Mu Yun no le dio más vueltas. Mirando al pez en su mano, dijo—: Deberías volver. Yo también tengo que irme.

—¿Puedo saber tu nombre, colega? Yo soy Pez Dorado —dijo el pececillo.

Mu Yun soltó una carcajada.

—Eres un pez muy simpático, pero no puedo creer que tengas un nombre tan chafa. ¿Quién te lo puso?

—Yo mismo me lo puse. ¿Tú crees que está feo? Pues a mí me gusta —respondió el pez.

—Ah, bueno, si tú lo dices. Yo soy Mu Yun. Que nuestros caminos se… bah, mejor olvídalo. Espero que nuestros caminos no se crucen otra vez —Mu Yun había querido decir “que nuestros caminos se vuelvan a cruzar”, pero luego recordó que tendría que morir para eso. Aún era joven, y morirse no estaba en sus planes.

Apenas terminó de hablar, el pez se escurrió de su palma. Mu Yun intentó atraparlo por reflejo, pero no lo logró.

—¿¡Eres Mu Yun!? ¿¡El hijo de la princesa Meiyu!? —exclamó el pez, asombrado.

—¿Princesa Meiyu? ¿Y esa quién es? —Mu Yun estaba confundido.

Fue entonces cuando el pez entendió por qué este joven había aparecido en ese lugar. Si era hijo de la princesa Meiyu, naturalmente podía estar allí, y podía quedarse el tiempo que quisiera.

Pero se suponía que el hijo de la princesa Meiyu, Ming Yun, había muerto hacía mucho. ¿Cómo era posible que estuviera aquí? ¿Sería realmente ese príncipe legendario o solo alguien con el mismo nombre?

Desde que nació, el pez había oído la leyenda de la princesa Meiyu y su hijo, Ming Yun.

La historia contaba que la hija menor del Rey de los Tritones, la princesa Meiyu, se había enamorado del príncipe Tianwei de la familia Ming. A los tres meses se casaron: una pareja hecha en el cielo. Nadie se opuso a su unión, y su amor permaneció como el primer día. Un año después, la princesa Meiyu dio a luz a un hijo. El príncipe Tianwei lo llamó Ming Yun.

Se decía que Ming Yun nació débil, que logró sobrevivir porque su madre, muy debilitada tras el parto y con dolores posparto, se arrancó una escama y se la puso en la boca.

Sin embargo, las escamas eran la defensa vital de los tritones. Incluso perder una sola escama hacía que las demás perdieran su función protectora.

Por eso, al perderla, la salud de la princesa Meiyu se fue deteriorando con los días, al grado que apenas podía levantarse. Como Ming Yun era muy pequeño, se negó a recuperar la escama y dijo que no la tomaría de vuelta hasta que su hijo cumpliera cinco años.

Además, insistía en cuidar ella misma al pequeño. El príncipe Tianwei intentó convencerla de lo contrario, pero ella no cedió, así que decidió compartir la carga con ella. Claro que, la mayoría del tiempo, era él quien vigilaba al niño.

Pero no era un hombre ocioso. Tenía muchos otros asuntos, así que llevó un Perro Tongling desde la residencia de la familia Ming para que acompañara y protegiera al niño.

Un día, cuando Ming Yun tenía cinco años, perdió la escama accidentalmente, y no logró encontrarla pese a buscarla por todas partes.

Se decía que el príncipe Tianwei se enfureció tanto que, por primera vez, le dio una golpiza a su hijo, a quien adoraba. Luego lo confinó al Acantilado Mingshan y dijo que debía quedarse allí tres años reflexionando sobre su error.

La princesa Meiyu, por supuesto, no estuvo de acuerdo. Por primera vez, la pareja discutió. Pero el príncipe no cambió de parecer.

El Perro Tongling, que había estado con Ming Yun desde su nacimiento, recibió el mismo castigo. Así, el niño y el perro fueron enviados al acantilado. Ming Yun lloraba sin parar, pero su padre no cedió.

Desde el acantilado, el niño veía cómo su madre lo observaba desde el otro lado. Se comunicaban con una técnica de Voz Telepática. La princesa le decía que no guardara rencor a su padre, que todo era por su bien.

Tal vez por esa compañía, Ming Yun nunca se sintió solo en esos tres años.

Tres años después, su padre fue personalmente a buscarlo. Feliz, el niño corrió hacia él, pero al ver que su madre no estaba detrás, preguntó:
—¿Padre, por qué mamá no vino?

Su padre le dijo que estaba enferma.

Alarmado, Ming Yun corrió cuesta abajo para verla.

Al verla en cama, tan débil, el corazón del niño se hizo pedazos. Después, una sirvienta le reveló que por haberle dado la escama, la princesa Meiyu había estado enfermando cada vez más y que podría morir si no se recuperaba la escama.

Fue entonces que Ming Yun entendió por qué su padre se había enojado tanto y lo había castigado. Al final, él había sido la causa del sufrimiento de su madre.

Supuestamente, Ming Yun, con apenas ocho años, fue con su padre y le dijo que iría a buscar la escama, que no volvería hasta encontrarla.

El príncipe no se opuso, pero le ordenó al Perro Tongling que lo acompañara.

El niño y el perro partieron de nuevo. Desde ese momento, Ming Yun cambió su nombre a Mu Yun, y vivió muchas aventuras en el mundo exterior, tantas que se convirtieron en leyendas. Pero nunca encontró la escama perdida.

Esa era la versión más conocida de la historia. Pez Dorado la conocía muy bien y sentía profunda admiración por el amor entre la princesa Meiyu y el príncipe Tianwei, y también por el afecto que estos mostraban por su hijo.

Tan obsesionado estaba con esa historia, que empezó a investigar otras versiones.

Y sí encontró otra, aún más triste.

Decía que la escama nunca se perdió. Fue ocultada por el príncipe y la princesa.

El motivo era que, antes de conocerse, ambos ya estaban comprometidos con otras personas. Pero se enamoraron y rompieron sus respectivos compromisos, desafiando a sus familias y casándose.

Como consecuencia directa, sus hijos fueron maldecidos: ninguno viviría más de cinco años. Para prolongar la vida de su hijo, la pareja le dio años de su propia vida. La princesa se negó a recuperar la escama. El príncipe encerró a Ming Yun en el acantilado mientras él viajaba al mundo humano a curar parejas estériles.

Durante tres años ayudó a esas parejas, acumulando karma positivo que fue recompensado con una extensión a la vida de su hijo.

Por eso Ming Yun nunca vio a su padre junto a su madre en ese tiempo.

Ambos padres habían agotado su tiempo. Sabían que no vivirían mucho más. Querían encontrar una excusa para enviar lejos a Ming Yun, pero para su sorpresa, el niño pidió irse él mismo a buscar la escama. Su padre le dio su bendición, le entregó un libro, y lo despidió junto al Perro Tongling.

Sin embargo, Ming Yun nunca volvió. Nadie sabía si fue por el esplendor del mundo exterior, o por alguna otra razón.

El final de esa versión decía que el príncipe y la princesa desaparecieron sin dejar rastro, y que Ming Yun murió al intentar salvar a alguien, su alma hecha pedazos.

Tras leer eso, Pez Dorado lloró tres días seguidos. Sentía que esa familia no merecía ese destino. ¿Por qué el cielo había sido tan cruel?

Por eso, cuando escuchó al joven frente a él decir que se llamaba Mu Yun, su corazón se aceleró. Quizá su obsesión lo hacía imaginar cosas, pero deseaba con fuerza que este fuera Ming Yun, porque eso significaría que el final no había sido tan trágico como creían.

—¡La princesa Meiyu es tu madre! —exclamó Pez Dorado, con la voz temblando de emoción.

Mu Yun sonrió y negó con la cabeza.
—Mi madre no es una princesa.

La emoción de Pez Dorado se desvaneció de inmediato.

—Ya lo olvidaba. Eso fue hace diez mil años. Parece que sí estoy demasiado obsesionado con esa leyenda —dijo, y luego se sumergió y se fue.

Mu Yun lo miró alejarse, sin palabras. Tardó unos momentos, y luego comenzó a flotar sobre las aguas.

“El Mar de los Tritones… de verdad siento que ya había oído ese nombre antes”, pensó.

No sabía cuánto tiempo llevaba vagando, cuando de pronto vio un objeto gigantesco y radiante. Curioso, voló hacia él y extendió la mano. En cuanto tocó la luz con la punta de los dedos, una ráfaga brillante lo envolvió por completo.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en un lugar totalmente distinto. Se incorporó de inmediato y miró a su alrededor, sorprendido, solo para quedar impactado al ver un acantilado sin fondo tras de sí. Se alejó del borde alarmado, retrocediendo varios pasos hasta recuperar el equilibrio.

—¡La madre! Casi me caigo —murmuró para sí, dándose palmaditas en el pecho.

Se acercó con cuidado al borde y miró hacia abajo. No se veía nada, solo oscuridad absoluta. Era una escena aterradora, pero por alguna razón, Mu Yun no sentía miedo.

Alzó la mirada y escaneó el entorno, hasta que sus ojos se posaron en unas palabras talladas en la roca:
Acantilado Mingshan.

¿Acantilado Mingshan?

Esa sensación familiar volvió. La misma que tuvo al escuchar “Mar de los Tritones”. Le parecía tan… conocida.

¿Qué significaba todo esto?

De repente, una voz infantil resonó. Mu Yun volteó hacia la fuente y vio a un niño de unos cinco o seis años, vestido con ropas antiguas, acostado en el borde del acantilado junto a un perro.

El niño dijo:
—Huesito, ¿crees que de verdad tenga que quedarme aquí tres años? ¿Será cierto que mi papá ya no me quiere?

Para sorpresa de Mu Yun, el perro era muy inteligente. Podía hablar como un humano. Le respondió:
—No debes pensar así, joven maestro. Estoy seguro de que tu padre te quiere mucho. Además, tu madre te pidió que no le guardaras rencor, y deberías hacerle caso.

—Pero mi mamá siempre viene sola. Mi papá nunca está con ella. Seguro ya no me quiere —dijo el niño, muy dolido.

El perro, sin saber qué más decir, solo le lamía la mejilla para consolarlo.

Mu Yun se acercó de inmediato y preguntó:
—Disculpen, ¿me podrían decir dónde estoy?

Apenas terminó de hablar, el niño y el perro se desvanecieron en partículas de luz que pronto desaparecieron.

Mu Yun los miró, asombrado.

—¿Acabo de ver imágenes mágicas del pasado? —pensó.

Un niño, un perro…

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