¡Esto no es un Omegaverso! - Capítulo 56

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—Tenía una autoestima tan grande que pensaba que era perfecto. Como dijiste, alguien sacado directamente de una novela. Creía que, por supuesto, yo era el protagonista; la historia debía de haber sido escrita para mí.

Pero desde que llegó aquí, había descubierto que no era así.

Ian no era ningún protagonista perfecto.

Si acaso, era un desastre: un personaje mal ensamblado, cuyas piezas no terminaban de encajar. Y cuanto más leía novelas web, más evidente se volvía que incluso las características que se suponía que le pertenecían parecían tomadas de otro sitio, sin ninguna individualidad real.

—Estando contigo… me di cuenta de que no me conozco en absoluto. Quizá ni siquiera tengo una configuración propia.

Sin apellido.

Sin familia.

Ni siquiera tenía gustos claramente definidos, aparte de que le gustaban los hombres.

Ni siquiera conocía su propia fecha de nacimiento.

Quién sabía cuántas cosas más le faltaban.

—Estaba orgulloso porque era el protagonista, pero supongo que era una historia realmente extraña. Casi nadie la leyó y, los pocos que lo hicieron, parecían dedicarse únicamente a criticarme.

—¿De verdad lo buscaste?

—Sí. Hace poco.

Antes no se le había ocurrido.

Todo el mundo decía que la novela había desaparecido sin dejar rastro y que lo único que le esperaba era revivir una historia que ya había experimentado.

No le interesaba.

La necesidad de buscar apareció únicamente cuando empezó a cuestionarse su propia existencia.

Buscó durante mucho tiempo, pero solo encontró una publicación.

Era una mezcla de críticas dirigidas a la novela y burlas hacia su protagonista, Ian.

La mayoría de los comentarios ni siquiera eran de personas que la hubieran leído, sino de gente que se unía únicamente para reírse. Incluso quienes llegaron después de haber leído realmente la novela solo hojearon unos pocos capítulos para burlarse, diciendo cosas como que iban a «probar la mierda».

—Por eso no quería enseñártelo.

—Después de leerlo, entiendo por qué. Hasta a mí me dolió un poco.

Aun así, Ian no tuvo más remedio que seguir leyéndolo una y otra vez.

Porque Ian quería conocer al protagonista llamado «Ian».

Y lo que descubrió fue que la novela era un completo desastre, repleta de una construcción del mundo absurda y una narrativa incoherente.

—Como dijiste, yo soy la ficción. El verdadero quizá seas tú.

—…

—Si al menos hubiera sido algo genial, no habría estado tan mal. Pero después de que todo mi mundo quedara invalidado, simplemente… empecé a perder la confianza en mí mismo.

Mientras masticaba lentamente un bocadillo, expresó algo que llevaba tiempo evitando poner en palabras.

—¿Soy… alguien armado a medias?

—Mmm…

—Si lo piensas así, un extra de la realidad y un protagonista mediocre de una novela basura no se diferencian demasiado en cuanto a presencia.

Jiha vaciló un momento y luego pasó suavemente el brazo por los hombros de Ian, acomodándolo.

Ian sintió aquel calor que intentaba consolarlo y soltó una pequeña risa.

—Además, no te falta presencia en absoluto. Ahora mismo eres la persona más… importante para mí. Mi nombre, mi familia, todo eso vino de ti.

La cáscara vacía llamada Ian se iba llenando poco a poco gracias a Jiha.

Un nombre.

Una familia.

Un hogar.

Un trabajo y conocidos.

Innumerables cosas pequeñas.

Incluso gustos y preferencias.

«Por supuesto que no tenía más remedio que enamorarme de él».

El pensamiento llegó tarde.

Si a eso se le llama destino, entonces era normal que le picara el pecho.

—No fuiste hecho a medias. Al menos, yo no lo siento así.

—¿Solo estás consolándome?

—Estoy diciendo lo que veo.

—Cuando te pregunté antes qué pensabas de mi historia, no dejabas de esquivar la respuesta. Eso significa que era una basura, ¿no?

—Bueno… sí era descuidada y rara en muchos aspectos…

Ian pensó que se trataría de un consuelo torpe y vacío.

Pero cuando alzó la vista, el rostro de Jiha era sorprendentemente serio.

—Pero cuando se trataba de describirte a ti… ¿cómo decirlo? Estaba lleno de cariño. Hasta el punto de pensar que el autor realmente, realmente te quería.

—¿Qué parte?

—Las descripciones sobre ti. Daba la impresión de que habían reunido todo lo que amaban y te habían construido con ello. Vivaz, adorable, bonito… supongo que eras su tipo ideal.

—Entonces, ¿por qué demonios hay tantos agujeros en la ambientación?

—Quizá porque solo pusieron las partes que amaban y todo lo demás perdió el equilibrio. O quizá estaban demasiado desesperados por hablar de ti.

—Mmm… Qué demonios. Entonces el autor era un novato absoluto.

—Podría ser.

Jiha volvió la cabeza y miró a Ian.

Sus ojos serios brillaban con mayor profundidad bajo la luz temblorosa de la vela.

¿Por qué?

¿Por qué tenía que verse tan condenadamente cautivador?

—No eres un protagonista hecho a medias.

—Mmm.

Después de decir lo que quería, Jiha apartó discretamente la mirada hacia el pastel y fingió seguir comiendo.

Su perfil hacía que Ian quisiera molestarlo.

Se acercó hasta pegar el rostro al hombro de Jiha y comenzó a pincharlo mientras sonreía traviesamente.

—Entonces era vivaz y adorable. ¿Y bonito?

—¿Qué?

—Dijiste que la novela me hacía parecer así. ¿Tú también lo pensabas?

—El autor lo pensaba. El autor.

—Pero si tú no lo hubieras sentido también, ¿no te habría parecido pretencioso?

—¿Es así?

—¿Cuánto llegaste a leer? Todos los demás dijeron que abandonaron muy pronto.

—Mmm… unos treinta capítulos.

—Leíste mucho más que la mayoría.

—Era para una tarea… y además…

Jiha pareció sumirse en sus pensamientos y luego asintió para sí mismo, como si algo hubiera encajado.

Después habló con calma.

—Sí. Eras adorable. Por eso seguí leyendo. No la terminé, pero aun así.

—¿Por qué lo admitiste tan fácilmente?

—Acabo de darme cuenta de que probablemente era por eso. Me gustaba el protagonista, así que, aunque la historia fuera rara, seguí leyendo…

De repente, frunció el ceño, como si hubiera recordado algo.

—Pero aun así, lo del técnico del aire acondicionado fue demasiado.

—¿Qué…? Ah.

—¿Lo recuerdas?

—Sí. Era bastante bueno.

—Soporté lo del repartidor, pero…

—¿Qué tiene de malo el técnico si el repartidor te pareció bien?

—Ninguno de los dos está bien. Solo dejé pasar al repartidor porque ocurrió muy al principio. Pensé que quizá habría alguna razón.

—La había. De repente empezó a liberar feromonas. ¿Qué se suponía que debía hacer? Ni siquiera tuve tiempo de tomar un supresor.

—No hace falta que sigas. Dejé de leer justo ahí, y después apareciste tú.

—Ah, cierto. Creo que fue más o menos entonces.

Ahora que lo pensaba, era verdad.

Había pasado tanto tiempo que casi lo había olvidado, pero Ian terminó llegando aquí justo después de revolcarse varias veces con aquel técnico del aire acondicionado.

Si Jiha dejó de leer antes de esa escena e Ian apareció justo después, entonces la historia no debía de haber avanzado mucho más.

—¿Qué? Entonces casi leíste toda la novela. Porque después de acostarme con ese tipo no recuerdo que pasara gran cosa. Salvo llegar aquí.

—No, creo que había un poco más, pero no demasiado…

—En aquella época hice muchas cosas con él.

—Ugh…

La expresión de disgusto de Jiha era tan divertida que Ian estuvo a punto de morir de la risa.

Por aquel entonces, Ian se acostaba con cualquier Alfa que encontraba, así que no le había dado demasiada importancia.

Visto ahora, sin embargo, había sido un período bastante imprudente.

No había tenido ningún miedo.

Pero eso era porque su cuerpo era excesivamente sensible a las feromonas Alfa.

Incluso el más mínimo rastro era suficiente para deshacerlo por completo, mucho más que a la mayoría de los Omegas.

¿Quizá por eso?

Ahora que apenas podía percibir las feromonas Alfa, todo resultaba más sencillo.

El aire se sentía más limpio.

Después de todo, las feromonas Alfa realmente eran duras para los Omegas.

Y el sexo también se sentía mucho mejor, no como antes, cuando estaba completamente fuera de sí.

Claro que…

Quizá simplemente se debía a quién era su pareja ahora.

—Entonces, ¿qué opinas ahora? El protagonista que te parecía adorable incluso en el texto, ¿cómo se ve en persona?

Jiha volvió a girar la cabeza y miró directamente a Ian.

Si le decía que dejara de hacer preguntas inútiles, afirmaba que no lo sabía o ponía cara de horror, Ian parecía dispuesto a seguir molestándolo eternamente.

—Eres adorable.

Pero aquella respuesta inesperada dejó a Ian sin palabras.

—No digas eso solo para halagarme.

—No lo hago. Bueno… justo después de conocernos no tenía tiempo para pensar en esas cosas, pero sí.

Jiha realmente hacía eso a veces.

Se volvía sincero en los momentos más inesperados.

En lugar de que Jiha se avergonzara, parecía que toda esa vergüenza hubiera sido arrojada sobre Ian.

Su rostro se calentó, apretó los labios y apartó la mirada.

Se alegró de haberle dicho a Jiha que apagara las luces.

Su expresión debía de ser un desastre.

—Lo pensé desde el principio. Eres adorable. Bonito. Vivaz.

—…

—Es natural que la gente te quiera.

Incapaz de soportar la vergüenza, Ian finalmente dejó caer la frente contra el hombro de Jiha.

Maldición.

Normalmente era el tipo de persona que podía devolver este tipo de comentarios sin ningún pudor.

Entonces, ¿por qué Jiha lo hacía perder toda la compostura?

No.

La verdad era que lo sabía.

El amor podía volver así de estúpida a una persona.

Tan estúpida como para decir cosas en el momento equivocado sin darse cuenta.

—¿Y tú?

—¿Mmm?

—¿Qué piensas de mí? No de los demás. Tú.

Su voz se hizo cada vez más pequeña, como una hormiga escondiéndose dentro de un agujero.

No era el momento adecuado para preguntar eso.

No estaba preparado para escuchar la respuesta.

Ian creía que Jiha lo quería, sí.

Pero aquella pequeña semilla de duda dentro de él aún no había desaparecido por completo.

Incluso si Jiha respondía de forma positiva, no se sentiría del todo real.

Maldición.

¿Por qué no podía simplemente reírse y restarle importancia, como siempre?

—Me gustas.

—…

—Ya dije que es natural quererte. Yo no soy diferente.

¿Era ese el mismo «me gustas» que llevaba en el corazón?

Ian acababa de escuchar las tres palabras que más deseaba, pero por alguna razón seguía sin estar seguro.

Extrañamente, quería huir.

Reír a carcajadas, fingir que no había oído nada, romper el ambiente.

Pero no podía.

No con el corazón latiéndole así.

No cuando era incapaz de disimularlo.

Aun así, tampoco podía seguir escondiendo el rostro para siempre.

—No sé por qué estoy tan avergonzado…

—Pensé que lo darías por sentado.

—Lo intenté, pero no está funcionando.

Lentamente levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los de Jiha, que lo observaba directamente desde tan cerca.

Ian fue el primero en apartar la mirada.

Por supuesto que lo fue.

Y de repente odió la luz amarilla y temblorosa de la vela.

¿Por qué había insistido en apagar las luces?

Ahora todo era incómodo.

Era culpa del ambiente.

De aquella luz oscilante.

De aquella habitación oscura.

Y porque…

—Ian.

—Sí.

La mano de Jiha, que había permanecido tranquilamente sobre el suelo, se elevó lentamente.

Ian bajó la mirada hacia las yemas de los dedos que atrapaban con suavidad el listón que aún colgaba de su cuello.

La piel alrededor de su garganta hormigueó.

—Dijiste que hoy tú eras el regalo, ¿verdad?

—Sí.

—¿Puedo desenvolverlo?

—Mmm.

Con un ligero tirón, el listón se soltó y cayó.

La mirada de Ian solo siguió el movimiento del lazo que descendía.

—¿Puedo hacer lo que quiera con este regalo?

—Haz lo que quieras.

Pensó que Jiha seguía hablando del listón.

Al menos hasta que Jiha se inclinó y apagó la vela.

—¿Por qué hi—mmph…?

En el instante en que sintió una mano cálida y suave sobre su mejilla, unos labios se posaron sobre los suyos.

La voz y la respiración se entrelazaron de inmediato.

Antes siquiera de poder sorprenderse, Ian rodeó instintivamente aquel cuerpo con los brazos y se inclinó hacia él.

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