¡Esto no es un Omegaverso! - Capítulo 30
Incluso durante las vacaciones, la rutina agitada continuó. Al menos para Jiha.
Por las mañanas, Jiha salía de casa junto con Ian y tomaba el metro rumbo a la academia. Como esta se encontraba cerca de la universidad y el horario de clases era similar al de las clases regulares, el paisaje del trayecto le resultaba familiar. Incluso en vacaciones, el metro seguía abarrotado. Probablemente muchos de ellos se dirigían a la misma academia.
Aunque llegó un poco temprano, el enorme salón de clases ya estaba medio lleno. Era el primer día, así que todos parecían entusiasmados, aunque Jiha sabía perfectamente que la asistencia disminuiría poco a poco con el paso del tiempo. Salvo algunos que se habían inscrito junto a sus amigos, la mayoría mantenía la cabeza baja, mirando el teléfono, por lo que era difícil distinguir a unos de otros. Incluso si lo intentaba, casi todos serían desconocidos.
Jiha se sentó en un asiento intermedio, sacó el libro y, como los demás, tomó el teléfono con expresión aburrida. El aula era tan grande que se preguntó cuántas personas podría albergar, y los pupitres estaban tan apretados que resultaba difícil siquiera pasar entre ellos. Aun así, la interminable fila de estudiantes terminó llenando completamente el lugar.
Debería haber elegido un asiento cerca de la salida.
Se sentía sofocado.
A Jiha no le gustaban los lugares abarrotados.
Una innecesaria sensación de inferioridad se apoderó de él. De algún modo, sentía que era el único allí completamente solo y, absurdamente, comenzó a preocuparse por ser el estudiante menos capaz del grupo. Incluso se arrepintió de haberse apuntado al grupo de estudio organizado por la academia. Era evidente que también allí terminaría siendo un extraño.
Por suerte, el instructor llegó antes de que Jiha se hundiera más en aquel pozo mental.
El profesor, completamente indiferente a la enorme cantidad de alumnos que lo observaban, hizo un par de bromas, explicó con rapidez el programa del curso y las fechas importantes, y enseguida comenzó la clase.
Las lecciones eran sistemáticas y avanzaban a gran velocidad.
Además de los ejercicios del libro, el profesor asignó tareas adicionales que debían descargarse desde la comunidad en línea de la academia. Y las actividades del grupo de estudio iban por separado.
¿De verdad podría hacer todo aquello?
Jiha tomó apuntes con rapidez, aunque no podía dejar de preocuparse. La carga de trabajo durante las vacaciones sería considerable.
Ya se sentía agotado.
La fama del instructor estaba justificada; las clases eran muy buenas, aunque el ritmo resultaba abrumador. Sin darse cuenta, mientras se concentraba en la explicación, se olvidó de la ansiedad que lo había consumido por la mañana.
Cuando la larga clase terminó, Jiha se dirigió directamente a la sala de estudio sin siquiera beber agua.
La academia había habilitado un espacio con largas filas de mesas donde cada grupo realizaba las actividades después de clase. Como los equipos se asignaban automáticamente durante la inscripción, no era necesario buscar compañeros por cuenta propia, lo cual era bastante conveniente.
—¿Dónde está el B-17…?
—¡Eh! ¡Lee Jiha!
Era extraño.
Jiha, cuyos círculos sociales eran tan reducidos, no esperaba que nadie lo saludara con tanta familiaridad allí.
Quizá se trataba de alguien con el mismo nombre.
Pero la voz le resultó demasiado conocida.
Y demasiado ominosa.
Jiha hizo una mueca y se giró.
Era Yoo Taesung, que se acercaba agitando la mano con una enorme sonrisa.
Antes de que Jiha pudiera reaccionar, ya le había pasado un brazo por los hombros.
—¿Qué pasa con esa cara? ¿También estás tomando clases aquí?
—Ah… hola.
—Vaya, pensé que no conocería a nadie. Menos mal que estás aquí. También estás en el grupo de estudio, ¿verdad?
La situación comenzaba a sentirse peligrosa.
Como la sala no era exclusiva de su clase, las posibilidades de coincidir en el mismo grupo eran mínimas.
Pero con la suerte que tenía Jiha, algo así era totalmente posible.
—Yo soy del B-17. ¿Y tú?
—Yo… también.
—¡¿En serio?! Parece que sí tenemos destino, ¿eh?
Sí.
Así funcionaba su suerte.
Realmente era terrible.
Yoo Taesung lo arrastró del brazo hasta la mesa del B-17.
Cuatro personas ya estaban sentadas, esperando a los dos integrantes que faltaban: Taesung y Jiha.
El equipo estaba compuesto por seis personas en total.
Tres hombres y tres mujeres.
La proporción era perfecta, y todos conversaban animadamente con grandes sonrisas, dando la impresión de ser personas extrovertidas y sociables.
Un grupo cuya primera impresión hizo que Jiha dudara seriamente de que fueran a estudiar de verdad.
El fin de semana llegó rápidamente.
Al menos para Ian.
El trabajo de medio tiempo era divertido, y la gente a su alrededor era amable, por lo que cada día resultaba agradable.
Aunque llevaba poco tiempo en la florería, algunos clientes habituales que ya parecían reconocerlo le ofrecían tímidamente pequeños bocadillos o dulces.
Los días felices pasaban volando.
Ian estaba emocionado desde la mañana, esperando con ilusión un fin de semana divertido.
Por otro lado, había alguien a quien el fin de semana le parecía desesperadamente lejano.
Ese era Jiha.
La cantidad de tareas era mucho mayor de lo que esperaba.
Todavía podía seguir el ritmo de las clases, pero el avance era intenso. El programa estaba tan ajustado que no hacer las tareas no era una opción.
No había espacio para relajarse.
Por suerte, el grupo de estudio estaba funcionando mejor de lo que esperaba.
Aunque también lo agotaba.
Jiha se preguntaba si alguna vez había estado rodeado de tantas personas extrovertidas en toda su vida.
Aun así, era mejor que aquella mesa silenciosa y desolada de la fiesta de fin de semestre.
…¿O no?
Por un momento pensó que una atmósfera tranquila sería mejor para estudiar, pero terminó admitiendo que esto era preferible a tener que soportar un silencio incómodo.
Finalmente llegó el fin de semana.
Después de pasar toda la semana en la academia, llevando sus escasas habilidades sociales al límite, Jiha solo quería descansar.
Dos días tranquilos.
Sin gente.
Sin conversaciones.
Pero una promesa era una promesa.
Parecía que pasaría todas las vacaciones rodeado de personas.
Serían unas vacaciones agotadoras.
Además, Jiha no tenía ninguna ilusión por ir al cine.
Sabía perfectamente que Ian había reservado una película de terror.
Aunque hubiera intentado ocultarlo, era demasiado evidente.
Ian apenas había visto películas —o más bien, nunca había visto ninguna— y las cintas populares de la temporada eran casi todas de terror.
Jiha comprendía perfectamente por qué la había elegido.
Pero…
Jiha no podía ver películas de terror.
De verdad.
Sinceramente, no se sentía capaz.
Por favor.
¿No podrían ver otra cosa?
Pero ya era demasiado tarde para cambiar la entrada.
Debió haber dicho claramente que odiaba las películas de terror y que prefería hacer otra cosa.
Sin embargo, por alguna razón, no fue capaz de decirlo.
Y no era solo por su timidez.
Quizá era orgullo.
Lo cual resultaba completamente absurdo.
¿Qué clase de orgullo era ese?
La realidad siempre le llegaba tarde.
¿Qué iba a hacer con esa película?
Independientemente de las preocupaciones de Jiha, Ian llevaba emocionado desde la noche anterior, así que cancelar el plan ya era imposible.
Cualquiera habría pensado que iban de viaje.
—Mmm… tendré que comprar más ropa de verano cuando me paguen.
—¿De verdad? Creo que te ves bien así.
—No. Y no hablo solo de mí, también de ti.
—¿Eh? ¿Yo?
—¡Deja de comprar ropa tan aburrida!
—Solo uso lo que tengo.
—¡Entonces compra cosas con más color!
¿Qué se suponía que debía hacer?
Jiha se quedó frente al espejo revisando su ropa.
No tenía arrugas y estaba bastante arreglado.
Una camiseta blanca y una camisa negra encima.
Había evitado las prendas estampadas porque Ian siempre decía que las camisas de cuadros lo hacían parecer un empollón.
—¿Es tan horrible…? ¿Debería cambiarme?
—Da igual si todo tu armario es del mismo color. Me pagan la próxima semana, así que iremos de compras. ¿Entendido? Yo elegiré tu ropa.
—Es tu dinero. ¿Por qué vas a comprarme ropa?
—Es mi dinero, así que hago lo que quiero. Me has cuidado mucho, considéralo una forma de compensarte. Además, no me gusta tu armario.
¿Era realmente tan terrible?
Ian ya se había quejado varias veces de la ropa de Jiha.
Como Ian no tenía demasiadas prendas, a veces le pedía prestada ropa.
Y cada vez terminaba criticando lo aburrido que era su armario.
Jiha no entendía qué podía tener de divertido la ropa.
Aunque quizá simplemente se debía a que casi todas sus prendas eran de colores apagados.
Tomó una camisa verde de cuadros, una de las pocas prendas con algo de color.
Era de manga larga y seguramente haría demasiado calor, pero si se remangaba…
—¿Y si me pongo esta? Al menos tiene color.
—No. Te ves mejor así.
—No entiendo qué quieres de mí.
Discutieron frente al armario más tiempo del esperado y finalmente salieron apresuradamente.
Tomaron un autobús hacia una zona comercial muy concurrida.
Había un cine más cerca de casa, pero eligieron uno situado en una zona mucho más transitada.
Después de todo, cuanta más gente hubiera, mayores serían las probabilidades de encontrar un Alfa.
La calle era famosa por sus restaurantes populares, cafeterías bonitas y tiendas de ropa.
El lugar estaba repleto de personas disfrutando del fin de semana.
Ian y Jiha comenzaron a observar a la gente de manera natural.
—Mmm…
—Todos son parejas.
—Sí.
Quizá porque era una zona famosa para las citas.
Muchas parejas caminaban tomadas del brazo o de la mano.
Parecía que la mitad de las personas allí estaban saliendo con alguien.
¿Siempre había tantas parejas?
También había grupos de amigos divirtiéndose entre ellos, así que incluso si hubiera algún Alfa por allí, acercarse sería difícil.
La salida de ese día ya parecía condenada al fracaso.
Pero precisamente Ian, quien supuestamente estaba más desesperado por encontrar un Alfa, parecía increíblemente emocionado.
Bueno.
A Jiha realmente ya no le importaba demasiado si encontraban uno o no.
Poco a poco se estaba acostumbrando a vivir con Ian, y la idea de devolverlo a la novela ya no parecía tan urgente.
Pensándolo bien, convivir con él no era tan incómodo.
Quizá era porque las vacaciones le permitían relajarse más.
O porque los recuerdos recientes habían adquirido un brillo más cálido.
Limpiar era más fácil entre dos.
Pedir comida para dos resultaba más sencillo.
Últimamente incluso habían comenzado a cocinar en casa.
Antes de eso, Jiha prácticamente vivía de la comida instantánea y las tiendas de conveniencia.
—Eso se ve rico. Vamos a comprar té de burbujas, ¿sí?
—¿Estabas mirando las bebidas en vez de a la gente?
—¿Qué puedo hacer si lo vi?
—Ya casi empieza la película. ¿Quieres llevarlo y beberlo dentro?
—Mmm… no realmente. El té de burbujas y una película de terror no combinan, ¿verdad?
—Ja… así que sí era eso.
—Ah. Se suponía que era un secreto.
¿Qué clase de secreto era si lo estaba dejando tan evidente?
De repente, los Alfas y todo lo demás dejaron de importarle.
Jiha solo quería volver a casa.
¿No podrían considerar esta primera salida como un fracaso y darla por terminada?
Probablemente no.
Cada vez que mencionaban la película, los ojos de Ian brillaban de aquella manera.
Y Jiha no tenía valor para apagar ese entusiasmo diciendo algo como: «¿Y si mejor nos vamos a casa?».
Con una expresión completamente agotada, siguió a Ian.
Aunque Ian avanzaba lleno de entusiasmo, se equivocó de camino al menos cuatro veces, obligando a Jiha a corregirlo constantemente.
Si iba a ser así, debería mirar un mapa o dejar de insistir en guiar.
De cualquier forma, después de tantas vueltas, ambos lograron llegar al cine justo a tiempo.
La enorme pantalla del vestíbulo repetía los avances de las películas en cartelera.
El volumen era tan alto que apenas se podía escuchar otra cosa.
Como la mayoría de los tráilers eran de terror, gritos y sonidos inquietantes seguían golpeando sus oídos, provocándole escalofríos.
Aun así, había cosas que debía hacer.
Por Ian, que parecía tener grandes expectativas sobre el cine, Jiha compró un cubo grande de palomitas y dos refrescos, sacó una entrada fotográfica con un póster que no le gustaba demasiado, tomó algunos folletos y finalmente entró a la sala.
—¿Qué te parece? Estoy muy emocionado. El tráiler se veía muy aterrador.
—Ah…
—Sé sincero. No puedes con esto, ¿verdad?
—Si te digo la verdad, ¿podemos irnos?
—No. Tú fuiste quien mintió primero.
Maldición.
Pedir clemencia había sido un error.
Jiha miró el oscuro interior de la sala y decidió concentrarse únicamente en las palomitas.
El objetivo de hoy era no hacer demasiado el ridículo.
Pero aquello era imposible.
Jiha era tan cobarde que incluso la simple silueta de una persona en la oscuridad era capaz de asustarlo.
Los avances terminaron y, sin importar sus deseos, comenzó la película.
Empezó tranquilamente.
Probablemente el primer y último momento de paz.
Al ser una película de terror, incluso el paisaje rural parecía sombrío, como si estuviera anunciando algo terrible.
Pronto la tensión aumentó siguiendo a un protagonista que tomaba riesgos innecesarios.
¿Por qué los protagonistas siempre investigan de noche?
¿Por qué entran en lugares aterradores?
¿Por qué harían algo tan obviamente peligroso?
Jiha cuestionaba desesperadamente todo lo que veía para distraerse.
Pero cuanto más se preguntaba esas cosas, más curioso se sentía.
Sin darse cuenta, terminó observando atentamente la pantalla.
¿Qué estaban intentando descubrir?
¿Qué aparecería?
¿Cómo superarían el peligro?
Su curiosidad interminable le impedía apartar la vista.
En realidad, Jiha conocía muy bien ese hábito suyo.
Cuando comenzaba a cuestionarlo todo, significaba que estaba completamente absorto.
Tenía la mala costumbre de criticar más precisamente aquello que le gustaba o le interesaba, como si intentara negarlo.
—¡Ugh…!
Jiha logró contener el gemido que casi escapó de sus labios, aunque no pudo evitar algunos sonidos ahogados.
En el instante en que levantó la vista por curiosidad, un fantasma apareció de repente.
Sintió que el corazón se le detenía.
Definitivamente no debería haber mirado.
La imagen era tan impactante que seguramente aparecería en sus sueños.
Era mejor concentrarse en otra cosa.
Por ejemplo, las palomitas.
Jiha bajó la cabeza y observó las palomitas en su regazo como si fueran algo sumamente importante.
Aunque la oscuridad no le permitía verlas bien, intentó concentrarse en cada una.
Tomó una con cuidado.
La masticó lentamente.
Se concentró en el sabor salado.
Eso debería mantener su atención alejada de la pantalla.
—¡Cof! ¡Cof! ¡Agh! ¡Cof!
Imposible.
Distraído por el aumento de la música inquietante, Jiha levantó la vista por un instante.
Y justo entonces algo apareció de golpe.
Su rodilla golpeó el cubo de palomitas.
Un puñado salió volando antes de caer por todas partes.
Ian abrió mucho los ojos y se volvió hacia él.
Avergonzado, Jiha intentó disimular tosiendo, pero una palomita se le fue por el camino equivocado y terminó atragantándose de verdad.
Bebió refresco a toda prisa, se golpeó el pecho y terminó armando un espectáculo él solo.
De verdad sentía que iba a morir.
Apenas parecía haber pasado la mitad de la película y ya quería escapar de la sala.
Ahora incluso se sentía avergonzado por la mirada de Ian.
Pensándolo bien, Ian no parecía asustado en absoluto.
Sorprendentemente, veía la película con total tranquilidad.
Eso hacía que Jiha se sintiera todavía más ridículo.
Movido por la curiosidad, miró a Ian de reojo.
No era una excusa para apartar la vista de la pantalla.
De ninguna manera.
—…
—¡Cof…!
Y entonces sus miradas se cruzaron.
Ian lo estaba observando directamente.
Sonreía con los ojos curvados.
Se cubría parcialmente la boca con la mano, aunque la risa ya se había escapado.
Sí.
Muy divertido.
Qué bien para ti poder ver una película de terror tan tranquilo.
«¿Quieres tomarme la mano?»
Ian se inclinó hacia él y movió la mano libre mientras articulaba las palabras con los labios.
Jiha, pálido y alterado, negó enérgicamente con la cabeza.
¿Tomarle la mano?
¿Para qué?
No era para tanto.
Cuando terminara la película y se encendieran las luces, Ian seguramente se burlaría de él.
Ya le había dado suficiente material.
A partir de ese momento, al menos tenía que fingir que no estaba asustado.
—…!
Era imposible.
La película estaba dirigida por un auténtico maestro del terror.
Incluso existía una reseña que decía que el director debía estar poseído por un demonio, porque una película así no podía haber sido creada por una persona normal.
Para Lee Jiha, que ya se sobresaltaba leyendo historias de miedo, aquello había sido demasiado desde el principio.
Ahora no solo eran los sustos.
Realmente tenía miedo.
La oscuridad de la sala resultaba opresiva.
Incluso los rostros de los espectadores, iluminados por el parpadeo de la pantalla, le parecían inquietantes.
Jiha volvió a mirar a Ian.
Ian seguía concentrado en la película.
Parecía más curioso que asustado.
Realmente la estaba disfrutando.
No se debe molestar a alguien que está concentrado.
Jiha lo sabía muy bien.
Pero no pudo evitarlo.
La mano de Ian descansaba tranquilamente sobre el reposabrazos, casi como si dijera: «Tómala si la necesitas».
Jiha la agarró con fuerza.
Si no se aferraba a algo, sentía que de verdad perdería la cabeza del miedo.
Abrazarse a sí mismo no le servía de nada.
En el momento en que Jiha tomó su mano, Ian se volvió hacia él y sonrió ampliamente, satisfecho.
Aquella tranquilidad le pareció no solo confiable, sino incluso un poco genial.
Adelante.
Búrlate todo lo que quieras.
Eso ya no era importante.
Ian apretó con firmeza la mano de Jiha.
Jiha se sentía avergonzado y culpable, convencido de que su palma ya estaba sudando, pero no le quedaba espacio mental para preocuparse por eso.
No pudo soltar la mano de Ian hasta que las luces finalmente se encendieron al terminar la película.
Y, por supuesto, la duración se le hizo eterna.